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Alien: Covenant


Prometheus” (2012), la película que antecede a esta, que nos llevará a la secuela que ya se planifica por un lago de sangre hasta que lleguemos al filme original “Alien” (1979), nos dejó perplejos al final ante el posible significado metafísico de la desintegración de un cuerpo. Algunos de esos temas, que han estado presentes desde el origen de esta franquicia fílmica y que tuvieron su cenit en la entrega de 2012, vuelven a explorarse en esta; pero la cinta no pretende ser un ensayo filosófico y muy pronto gira hacia el horror. Como sabemos, fue eso en realidad lo que hizo de la original algo especial. “Alien” fue el primer filme de horror espacial y ha engendrado muchos cuentos en películas que derivan de la premisa de que alguien alberga dentro de sí (sin saberlo) un monstruo extraterrestre. Como cuento que sigue a lo que ya hemos visto y como eslabón a algo por verse (no cabe duda de que el director Ridley Scott no puede soltar este monstruo), el filme está infectado de un virus casi fatal: reaparece parte de la incoherencia en la trama que afectó a “Prometheus”. Además, sabemos, que es difícil controlar el monstruo. No revelo con esto ningún secreto, ya que cualquiera que haya visto los capítulos que preceden a este, y saben que habrá otros, tendrán la misma impresión y llegarán a la misma conclusión.

El guión de John Logan y Dante Harper comienza a jugar con el espectador desde el título. Convenio (o pacto) tiene significados varios, pero uno de sus matices importantes se refiere a “juntarse” o a convenir a hacer cosas juntos (hoy, gracias a los deportes, decimos actuar “en equipo”) también es usado en el antiguo testamento como la costumbre de “comer juntos”. Los que sabemos los deseos del gran monstruo de la serie, entendemos que está en búsqueda de un banquete y que no se detendrá a contemplar su hazaña. Es curioso que a ese “junte”, los guionistas le impartan al monstruo características de un asesino obsesionado (es, sin dudas, un “serial killer”) que mata por gusto y que, para multiplicar su especie, establece un convenio parasítico entre una de sus formas y los humanos. Es un alerta sobre el bien y el mal que puede residir dentro de cada humano y, en otro aparte bíblico, los guionistas nos acercan a una versión futurista de Caín y Abel, que me pareció uno de los puntos dramáticos más altos del filme.

También volvemos desde el principio al tema del creacionismo y la creación. Al comenzar el filme, una escena estilizada y brillantemente actuada, nos revela el antecedente del robot David (Michael Fassbender). Su creador Peter Weyland (Guy Pearce), le recuerda que, aunque él lo ha creado, el androide mismo escogió el nombre de David abrumado por la belleza del de Miguel Ángel.  La conversación puede ser un ensayo para la secuela de “Blade Runner”, que llegará a las pantallas este año. Ciertamente, recuerda la conversación entre el creador Tyrell y su replicante Roy Batty en aquel filme.

Hay también referencias a Lord Byron y a Shelly. Quienes conozcan algo de estos poetas entenderán el chiste que los guionistas se inventan y que es parte de la solución al misterio de la película. No es fortuito que la música de Wagner tenga también un propósito metafórico, pero hay que esperar hasta el final para descifrarlo.

Toda la trama gira alrededor de una señal que se recibe en la nave en que viaja la nueva tripulación de un planeta que no está en sus “mapas” y que está más cerca de ellos que su destino planificado, otro planeta con las características de la tierra llamado Origae-6. Deciden ir a investigar de dónde proceden los mensajes y qué significado tienen. Es un aspecto de la trama que parece ser estándar en la películas del espacio: ir a un lugar desconocido en el que se esconde la maldad. Como es de esperarse la tripulación se expone a riesgos que resultan ser mortales.

Los intentos colonizadores del país de donde viene la nave “Covenant” (se presume que los EE.UU.) son evidentes: a bordo van 2000 colonizadores y más de mil embriones preservados en frío que han de implantarse en sus recipientes apropiados cuando el nuevo planeta sea invadido.

Hay cierta satisfacción al ver los intentos del director Ridley Scott y sus guionistas de darnos algún material que nos haga pensar las referencias bíblicas y literarias que ayudan a entender las motivaciones de los personajes. Sin embargo, hay que entender que este es un filme de acción y de horror. Inevitablemente, y de forma muy ágil y efectiva, la acción en la película satisface y mantiene el suspenso. Esa acción se sostiene no solo por los efectos especiales y la edición cinematográfica, sino por la ayuda que representan las actuaciones de todos los involucrados en la cinta.

Katherine Waterston como Daniels (precursora de Ripley en las primeras dos películas de la franquicia, la gran Sigourney Weaver) es muy efectiva como uno de los miembros más importantes de la tripulación. El filme, sin embargo, le pertenece a Fassbender quien representa no solo a David, sino a un nuevo androide llamado Walter. La suya es una actuación siniestra y compleja que nos hace aceptar algunos baches en la trama.

Parece curioso que en 2104 los humanos estén buscando dónde irse a vivir en la galaxia. Tal parece que no controlaron las emisiones de carbón y partículas químicas en el aire y el agua y todo se ha muerto. Pero colonizar lo desconocido no es ninguna bicoca, máxime si hay oposición.