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Apocalipsis demográfico portorricencis


¿Cómo encontrarán a Puerto Rico los cuatro jinetes del Apocalipsis cuando se acerque el fin del mundo?  Según los cálculos de demógrafos y planificadores, estos cuatro jinetes serán precedidos por una yegüita criolla montada por una vieja trigueña –ancianidad–  quien habrá convertido a la isla en un “gueto de viejos pobres”. No exagero, estas son las palabras textuales de un profesor de planificación que antecedió a la controversia intelectual suscitada por Edgardo Rodríguez Juliá sobre Puerto Rico como isla-nación o isla-gueto.  Sin embargo, el oráculo del planificador resulta más barroco que La noche oscura del Niño Avilés pues augura una calamidad de vejez y pobreza que inexorablemente arropará a la isla-gueto, enrevesada con el anticipo de la solución boricua a tal tragedia: el gobierno tendrá que pagarle a inmigrantes para que nos sostengan con su trabajo (El Nuevo Día, 4 de agosto de 2010).

Los demógrafos y planificadores no son nada tímidos cuando de hacer pronósticos se trata y sus osadas predicciones científicas avergonzarían a la prolífica camada insular de astrólogos y pitonisas. La certeza de sus pronunciamientos se elabora con una firmeza impresionante que no anticipa posibles variaciones. Tal parece que la propia naturaleza de la disciplina de la demografía hace que sus profesionales tiendan a vaticinar  hecatombes. Y alejándose de la cacareada neutralidad del científico, este discurso suele utilizar la retórica política del peligro inminente, para así promover la adopción inmediata de drásticas acciones. Al menos Shanti Ananda (anteriormente llamado Walter Mercado, pero que desde que la luna se puso en Piscis en octubre pasado decidió usar este nombre para su labor espiritual) tiende invariablemente a inspirar fe y confianza y anima a quien lo escucha a que trabaje por el futuro anhelado.

Jinetes del Apocalipsis

Esta pronosticada isla-gueto de viejos pobres seguramente sufrirá de un Alzheimer endémico que facilitará la llegada de los otros jinetes del Apocalipsis. El jinete de la enfermedad o la pestilencia no tardará mucho en arribar a nuestras playas. En la medida en que olvidemos llevar al hospital o a la sala de urgencias nuestra tarjeta del plan médico, se nos negará la debida asistencia. Y si la condición avanza y se nos olvida dónde pusimos la tarjeta, o dónde podemos pedir que la reemplacen, o peor aún, si se nos olvida que una vez en la Isla hubo un planificado sistema de regionalización de centros de salud primarios y hospitales públicos, y si la memoria no nos permite recordar que nuestro sistema actual está fundamentado en los privilegios contributivos concedidos a las compañías aseguradoras, con su correspondiente cuota de corrupción no investigada, definitivamente la pestilencia arropará a la isla completa. El jinete del hambre tal vez llegue antes, pues si el azote de Alzheimer nos hace olvidar la validez de los reclamos de soberanía alimentaria, una hambruna llegará tan pronto se nos acaben las últimas latitas de atún y las latas de habichuelas marca Diablo que sobrevivieron el último amago de tormenta que dejó sin electricidad a la mitad de la isla y a la otra mitad sin agua.

Seguramente no tardará mucho en llegar el jinete de la guerra, pues si también olvidamos que nuestros familiares y vecinos van a lo que queda de la Universidad de Puerto Rico, el hambre nos empujará a aceptar trabajos con Capitol Security junto con la cuadrilla de guapetones contratados por la gerencia de una universidad anti-intelectual que nutre los bolsillos de una compañía de seguridad que inadvertidamente ha creado una ingeniosa forma de conflicto de clases al enfrentar al lumpen contra la clase obrera de estudiantes universitarios.

El jinete de la muerte tendrá muy poco trabajo que hacer, si el Alzheimer nos hace olvidar nuestra nacionalidad.  Si se nos olvida que la irreverencia de Calle 13 es una defensa del constante atropello a la nación en presencia de un movimiento obrero arterioesclerótico; o si no recordamos lo que el país bromeó con la “matá” de Miss U.S.A. sobre la pasarela del concurso de Miss Universe; o si las neuronas fatigadas impiden recordar la foto de Miliví, la preciosa niña viequense con su coquito pela’o a consecuencia del cáncer, uno de los iconos que más unió a los puertorriqueños en la lucha contra la Marina de Guerra de Estados Unidos; entonces, el jinete de la muerte tendrá poco trabajo que hacer en la isla-gueto vaticinada. Sin sentido de nación, un verdadero Apocalipsis estará a la vuelta de la esquina.  Afortunadamente, los demógrafos aciertan menos que Rukmini, quien afirma que Maripily fue malvada en una vida pasada y será muy feliz en el futuro,  y en este artículo usaré un razonamiento estadístico para sembrar dudas sobre la posibilidad de tal Apocalipsis demográfico.

Proyecciones demográficas futuras y fatulas

¿Por qué creer en predicciones demográficas de catástrofes futuras si en el pasado han fallado estrepitosamente? Una de las predicciones demográficas más sonadas fue la de la explosión poblacional, publicada en 1968 en el libro de Paul Ehrlich, The Population Bomb. Argumentando que nuestra civilización estaba jugando a la ruleta rusa ambiental, el fatídico pronóstico afirmaba que la superpoblación mundial haría que millones de personas murieran de hambre, pues el planeta no podía producir suficientes alimentos para todos. Para este profesor de biología, el hambre no sería el único jinete apocalíptico causado por la superpoblación pues la amenaza de una gran epidemia, un superflu, también acechaba al planeta.

Estas profecías del profesor de la Universidad de Stanford tenían su contraparte militar. El General William H. Drapper, uno de los fundadores del Population Crisis Committee, afirmaba que la explosión poblacional era la principal causa de la pobreza en el Tercer Mundo y por tanto constituía una temible amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos.  A partir de la década de 1960, la promoción del control poblacional en América Latina y la financiación de centros de investigación demográfica fueron prioridades para Estados Unidos y su Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID), motivados por el temor a que la vaticinada explosión poblacional resultara en revoluciones comunistas. En este contexto es que surge la denuncia de Galeano en \Las venas abiertas de América Latina, “Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles”. Sólo una exigua minoría de demógrafos afirmó valientemente que la pobreza no es consecuencia del crecimiento poblacional sino, en todo caso, su causa y que los programas de control poblacional respondían a intereses imperialistas y militaristas.

La contumacia del autor de The Population Bomb es prodigiosa. En su libro de 1990, escrito junto a su esposa Anne H. Ehrlich, The Population Explosion, afirman que la mecha de la bomba poblacional ya estaba encendida para el 1968 y que la bomba ya explotó y ha tomado como víctimas a cerca de 200 millones de personas, la mayoría niños, que han muerto de hambre y de enfermedades relacionadas al hambre, en dos décadas. Ellos afirman que a pesar de que las tasas de natalidad han comenzado a bajar, el Homo sapiens está todavía muy lejos de terminar la explosión poblacional o de evitar sus consecuencias y nos recuerdan que si la humanidad no actúa con premura sobre este asunto, la naturaleza se encargará de actuar por nosotros y eliminar el exceso de población en formas absolutamente destempladas. Sin reconocer que nuevas epidemias de enfermedades infecciosas han surgido periódicamente en la historia de la humanidad, se atribuyen haber anticipado la epidemia del sida. Tan reciente como el año pasado, esta pareja de científicos afirmó en el Electronic Journal of Sustainable Development que los planteamientos expresados en su libro del 1968 son tan vigentes hoy como entonces, pues si la humanidad no actúa con premura, el hambre, la pestilencia y las guerras nos devastarán. Ellos argumentan que el resto del mundo no se ha dado cuenta de esta silenciosa explosión, que cobra la vida de 10 millones de personas al año, pues al ciudadano promedio, e incluso al científico promedio, se le hace difícil hacer la conexión entre toda una gama de problemas mundiales y el crecimiento de la población. Este razonamiento es similar al del astrólogo que predijo que Rosselló sería electo gobernador en la elecciones del 2004 y luego aducía no haberse equivocado pues la gente no se daba cuenta que Rosselló fue electo y en realidad él era el gobernador legítimo.

Para continuar con la desventurada racha de fatulas profecías demográficas, es necesario aclarar un término técnico, la tasa total de fecundidad (TTF), en inglés total fertility rate, que representa el número promedio de hijos que se espera que tenga una mujer para el final de su vida reproductiva. Se entiende que el nivel de remplazo lo constituye una TTF=2.1 hijos, esto es, si el número promedio de hijos que tengan las mujeres es igual a 2.1, eventualmente el tamaño de la  población se mantendrá igual, pues cada mujer parirá en promedio 2 criaturas que reemplazarán a sus respectivos padre y madre biológica. El excedente de 0.1, o 1/10, o un hijo adicional por cada 10 mujeres, ajusta el número para tomar en consideración que algunos hijos morirán antes de llegar a la edad reproductiva. Ben J. Wattenberg, un conservador asesor de los gobiernos de Reagan y Bush,  en su libro Fewer: How the New Demography of Depopulation will Shape Our Future, se refiere a este número como el cálculo clave de la demografía y la estadística individual más importante de la humanidad.

Con toda la revestida importancia que este número implica, los propios centros de investigación demográfica han sido sumamente erráticos en predecir las tendencias del TTF. Europa y Japón fueron las primeras sociedades en observar niveles de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo, allá para la década del 1980. Según Wattemberg, las proyecciones demográficas de las Naciones Unidas aducían que para mediados del siglo 21 estos países aumentarían sus niveles de fecundidad muy cerca del nivel de reemplazo, a pesar de que esas proyecciones no se fundamentaban en evidencia empírica alguna. Su fundamento parecía ser algo así como un misterio de fe, un país no se puede sostener con niveles de fecundidad tan bajos. Ya adentrándonos en el siglo 21, Europa y Japón siguen disminuyendo sus niveles de fecundidad, al igual que lo hacen muchos de los países más pobres del planeta, aunque estos últimos todavía no llegan al nivel de reemplazo. Los centros internacionales de investigación demográfica demostraron una incapacidad manifiesta en captar con una década de anticipación los cambios que se avecinaban en los niveles de fecundidad. ¿Deberíamos entonces alarmarnos por las predicciones demográficas de una isla-gueto de viejos pobres?

¿Una isla-gueto de viejos pobres?

Con este talante de predicciones fatulas, es hora de aterrizar en la Isla y evaluar una de las premisas de la predicción de la isla-gueto de viejos pobres que tendrá que importar inmigrantes para que trabajen, la cual alegadamente es el inequívoco resultado de la consecuencia del envejecimiento de la población unido al flujo migratorio de puertorriqueños hacia Estados Unidos. Si bien es cierto que la población de envejecientes (para nuestros cálculos, mayores de 65 años)  ha estado aumentando constantemente en Puerto Rico, este aumento no representa niveles alarmantes para los próximos años. No hay duda de que el peso relativo de los envejecientes alcanzará cerca del 32% de la población para el 2025, contrastando con un 18% para 1990. Pero el alarmismo demográfico no es el resultado del destino, sino de la desidia.

Los demógrafos han construido un indicador con el propósito de medir la dependencia que una sociedad tiene del grupo de personas que trabajan. Este indicador, llamado razón de dependencia, consiste en la razón (o división) entre las personas que típicamente están fuera de la edad de la fuerza laboral (dependientes) y las personas que típicamente están en la edad productiva. El  grupo de dependientes está compuesto por los niños (menores de 15 años) y los envejecientes (mayores de 65 años). Su fórmula es bien sencilla: (Número de personas menores de 15 años + números de personas de 65 años o mayores) / (número de personas entre 15 y 64 años)  x 100.  Una razón alta de dependencia implica una sociedad con relativamente muchos niños, o muchos envejecientes, o una combinación de ambos. El cálculo de esta razón de dependencia del 1990 al 2015 aparece en la siguiente tabla.

La razón de dependencia para Puerto Rico para el 2025, igual a 58.5,  significa que por cada 100 personas en edad productiva existen 58.5 personas en edad de dependencia. Un análisis estadístico de prueba de tendencia (Kendall Tau) demuestra que la tendencia es sumamente débil (tau=0.357).  Los datos para Puerto Rico demuestran que la razón de dependencia no evidencia una tendencia significativa a aumentar con los años. Por tanto, el aumento en la proporción de envejecientes influye muy poco en la carga que le corresponde llevar al grupo de edad productiva.

Como todo indicador estadístico, la razón de dependencia tiene sus limitaciones y deficiencias, pero ofrece un argumento para dudar del futuro apocalíptico de una isla-gueto de viejos pobres que tiene que importar a inmigrantes jóvenes para poder sustentarse. Por el contrario, el sustento de la población dependiente sobre la población productiva no variará sustancialmente con el aumento en la proporción de envejecientes en Puerto Rico. De manera similar a los ribetes militares que acompañaban la predicción demográfica de la explosión poblacional, esta nueva demografía apocalíptica tiene insidiosas consecuencias neoliberales. Aseveraciones alarmistas sobre la escasez que generará el envejecimiento de la población proveen municiones a quienes desean capitalizar de la privatización del sistema de pensiones y a quienes abogan para que se aumente la edad para cualificar para el retiro.

Advertencia final para nuestros tiempos

No es momento de desesperarnos, pues nuestro querido Shanti Ananda jamás predecirá con estoicismo la muerte prematura de la nación en la carta astral portorricensis.  Tenga cuidado el lector con los falsos profetas, aquellos agoreros que validan con estadísticas sus predicciones. Dude de los presagios numéricos efectuados con indolencia e imparcialidad. Quienes no pueden identificar las desventuras de nuestros tiempos están incapacitados para entender y presagiar los tormentos venideros. Tan grave es la imaginación barroca de la demografía apocalíptica, como la imaginación ñoca de la estadística apolítica. Hoy más que nunca, el rigor científico exige del cálculo político.