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Apuntes sobre Dominga de la Cruz Becerril (1909-1981)


Masacre de Ponce, 1937.

El libro del cual tomé los datos que les voy a presentar se titula Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot, 1930s-1950s. Escribí este libro en inglés porque la comunidad puertorriqueña que reside en los Estados Unidos tiene gran interés en el tema del nacionalismo y quise dar a conocer la labor de diez y seis mujeres que sacrificaron sus vidas en aras de la independencia de Puerto Rico, y que aún siguen siendo poco conocidas.

Durante mi investigación encontré que cuarenta y una fueron detenidas durante la década del 50, más por sus afiliaciones políticas que por su participación directa en la lucha armada de esa década. De las cuarenta y una detenidas, quince fueron arrestadas, y la mayoría fue a la cárcel por el supuesto crimen de haber violado en Puerto Rico, la Ley #53, mejor conocida como la Ley de la Mordaza, y en Estados Unidos la Ley Smith. Dos de estas mujeres fueron sentenciadas en Puerto Rico a cumplir cadena perpetua mientras otras fueron sentenciadas a servir varios años de cárcel en los Estados Unidos.

Solamente una de las diez y seis que reseño en mi libro logró escaparse de ir a la cárcel por el mero hecho de que se había mudado de Puerto Rico a México en el 1945. Me limitaré a exponer algunos datos acerca de Dominga de la Cruz Becerrril, la heroína que arriesgó su vida cuando rescató la bandera puertorriqueña durante la Masacre de Ponce en 1937.

Dominga de la Cruz, mujer pobre y negra, nació en Ponce el 22 de abril de 1909. Residió gran parte de su vida en Mayagüez, donde se inició en el Partido Nacionalista en el 1932. Dominga, al igual que Albizu Campos, quedó huérfana a temprana edad. Sobrevivió parte de su niñez gracias a su madrina, Isabel Mota de Ramery, quien se la llevó a su hogar en la ciudad Mayagüez. Según ella, su madrina era amante de la música y la poesía. Tocaba el piano e iba a todos los eventos culturales que se presentaban en Mayagüez para esa época. Fue gracias a su madrina, nos dice, que ella se interesó por la poesía y terminó trabajando como declamadora varios años más tarde.

Desafortunadamente, su madrina murió joven y Dominga quedó huérfana por segunda vez, poco antes de comenzar el cuarto grado. Sin otra opción, se regresó a Ponce a la casa de sus hermanos, los cuales, según ella, vivían en la pura pobreza. No bien llegó a la adolescencia su hermana la llevó a trabajar con ella a un taller de   costura de los que existían en Mayagüez para la década de 1920. Allí, nos dice Dominga, “a veces trabajábamos hasta las 2 de la madrugada, hacinadas en salones mal alumbrados, poco ventilados y sin mucho que comer”.

Para escaparse de esa vida ella y su hermana regresaron a su casa, desde donde trabajaron a domicilio. Pero la paga era tan baja que se veían obligadas a trabajar “hasta   la media noche y apenas ganaban lo suficiente par cubrir los gastos básicos”. Se casó joven, “aunque no quería al hombre que eligió como marido”, nos dice, porque en esa época “la mujer pobre necesitaba un hombre a su lado para que la ayudara económicamente”.

Su marido era quincallero y se pasaba mucho tiempo fuera de la casa, y un día se fue del todo y la dejó sola con la responsabilidad de criar a sus dos nenas. No había trabajo durante esos años, nos cuenta, y se vio obligada a lavar pisos y hacer otras  labores domésticas para ganarse unos pesos para comprar leche y comida para ella y sus nenas. Para calmarle el hambre a sus hijas ella amantó a cada una por más de dos  años. Pero como el dinero no le alcanzaba las vio morir de raquitismo. Los adultos también padecían hambre, nos cuenta, y por eso trataban de comer cosas saladas para que les diera sed “y así llenarnos la barriga de agua”.

Después que murieron sus nenas, Dominga encontró trabajo de lectora en una tabaquería en Mayagüez. Allí fue donde ella por fin despertó y logró entender las causas de su pobreza, dado que en ese taller le tocó leer tratados sobre las revoluciones francesa y rusa. En ese taller también ella leía los diarios del país y fue así que descubrió la figura de Don Pedro Albizu Campos, cuando una mañana en 1932 leyó que éste había sido arrestado el día anterior, por haber llevado una manifestación hasta al Capitolio en contra de un proyecto de ley, que de ser aprobado, le permitiría al gobierno colonial usurpar la  bandera puertorriqueña.

Dicha bandera, según ella averiguó luego, había sido diseñada en la ciudad de Nueva York, en 1895, por un grupo de patriotas puertorriqueños que quería la independencia para la isla. ¿Quien es ese señor Albizu Campos?, le preguntó a un compañero en el taller. A lo  cual éste le respondió: “Ese es un gran revolucionario”. Impresionada por la bravura de Albizu, decidió ese mismo día que iría a escucharlo  la próxima vez que él fuera a Mayagüez. No tuvo que esperar mucho, nos dice,  porque Albizu fue invitado poco tiempo después y allí fue ella. Quedó satisfecha  con su mensaje, nos aclara, no sólo por la forma tan sencilla en que Albizu les explicó los problemas que asediaban a Puerto Rico, sino porque además les hizo ver “que los Yanquis no eran dioses”.

Por esa razón, ese mismo día se fue directamente a la Junta Nacionalista en Mayagüez y se inscribió en el Partido Nacionalista. Para esa fecha Dominga tenía 23 años. Seguirá a Albizu Campos, nos dice, porque después que murieron sus hijas,  él fue quien le devolvió “el ánimo para seguir viviendo”. Hasta que Albizu llegó a nosotros estábamos confundidos.

La grandeza de Albizu fue que tomó un pueblo que estaba de rodillas –porque así era que estábamos, un pueblo de rodillas– y con su gran energía nos levantó y nos puso de pie. Él nos enseñó a caminar y nos enseñó a luchar y ya después jamás volveríamos a arrodillarnos.

Dice también que ella amaba a Albizu y jamás cuestionó sus órdenes porque “veía en él a un padre que enseñaba a sus hijos a vivir con dignidad”. Una vez se inscribió en el Partido, Dominga trabajó arduamente y se destacó entre sus compañeros. Éstos reconocieron su talento y la eligieron para que dirigiera la Sección de Damas de la Junta Nacionalista de Mayagüez. Como representante de ese grupo fue invitada a participar en la Asamblea del Partido que se celebra en Caguas en 1935. Allá llevó una petición de su grupo que proponía la creación de un Cuerpo de Enfermeras, cuyo fin era auxiliar a los Cadetes de la República cuando cayeran heridos. La petición, según ella, fue bien acogida por Don Pedro, quien la llevó a votación. La Asamblea, explica, aprobó la petición por unanimidad y ella fue reconocida por traerla.

De ahí en adelante, de acuerdo a los informantes de la División de Seguridad Interna, Dominga asistía a muchas actividades del Partido Nacionalista y por lo general se le veía sentada en la mesa presidencial, a la derecha de Albizu Campos. Cuenta Dominga que ella se dedicaba con ahínco a reclutar nuevos miembros, a organizar recitales y a explicar a todo el que la escuchara la importancia de seguir a Albizu Campos y de apoyar el ideal de la independencia que él promovía.

El 21 de marzo de 1937, cuando apenas tenía 28 años, fue con un grupo de compañeros de Mayagüez hasta Ponce con el fin de participar en una manifestación que se había organizado con varios fines, entre ellos, la de protestar las sentencias por sedición que la Corte Federal le había impuesto a Albizu y otros líderes del Partido. A su llegada a Ponce encontraron la plaza rodeada de policías bien armados, algunos de ellos parapetados en los techos de algunos edificios. Luego descubrieron que los permisos obtenidos para esa actividad habían sido cancelados esa mañana por orden del Gobernador Blanton Winship. Los organizadores decidieron seguir adelante con la demostración según estaba pautada. La policía, enviada allí para impedir la parada, abrió fuego contra el grupo, dejando un saldo 21 muertos y más de 150 heridos. Entre los muertos había un policía, un miembro de la Guardia Nacional, y 19 nacionalistas, la mayoría mujeres y niños.

Cuenta Dominga que al ver caer heridos a varios de sus compañeros, ella salió corriendo en busca de refugio. Pero mientras corría vio que la bandera que llevaba una compañera (Carmen Fernández) se iba al piso y fue a recogerla “porque Don Pedro había dicho que la bandera jamás debe tocar el suelo”. Con la bandera ensangrentada en sus brazos, nos dice, se refugió junto a otros compañeros en la casa de un hacendado que estaba al cruzar la calle. Allí permanecieron poco tiempo porque la dueña de la casa llamó a su abogado, y este, a su vez, llamó a la policía para que viniera a sacarlos. A los heridos, dice Dominga, se los llevaron al hospital y a los demás nos llevaron  a la Corte de Distrito de Ponce para interrogarnos. Pasó esa noche en la Corte de Ponce, donde no le formularon cargos, gracias a la ayuda de algunos abogados que acudieron a socorrerlos.

A la mañana siguiente se regresó a Mayagüez, donde la interrogaron de nuevo, porque allí un fiscal quería hacer ver que ella era uno de los responsables de la muerte del policía que muriera en Ponce el día anterior. De esos cargos salió libre gracias a la ayuda de varios abogados y a la investigación que llevara a cabo la Comisión de la Unión Americana de Derechos Civiles, dirigida el abogado Arthur Hays.

No obstante, después de la Masacre de Ponce, dice Dominga que su vida se convirtió en un calvario ya que la policía la seguía a todas partes y varias veces allanó su casa bajo el pretexto de que en ella se escondían armas. Le era difícil conseguir trabajo, en parte por la pésima situación económica que atravesaba el país y porque para entonces ella se dedicaba a declamar las poesías de Luis Palés Matos. Se mudó a San Juan en 1940 porque creyó que tal vez en la capital le iría mejor, pero allí tampoco había suficiente trabajo y apenas sobrevivió años, gracias a la caridad de algunos amigos, entre ellos Albizu Campos y su esposa Laura Meneses. A los 33 años, hostigada por la policía, y hastiada de su pobreza, se fue a Cuba con el fin de estudiar el arte de la declamación. Allá tampoco le fue bien económicamente y se vio obligada a lavar pisos y hacer otras labores domésticas para sobrevivir y poder costearse sus clases.

Regresó a San Juan en 1944 y apenas permaneció un año. Se marchó de nuevo, esta vez se fue a Ciudad de México, con la ayuda del Presidente del Partido Comunista de  Puerto Rico y una carta de recomendación de Doña Laura Meneses. Sobrevivió diez y seis años en México, gracias al apoyo de sus amigos mexicanos, quienes además de brindarle albergue, le conseguían recitales para que se ganara la vida. En Ciudad de México tomó clases en la Universidad de los Trabajadores y fue así que conoció a Fidel Castro y a Ché Guevara, quienes de vez en cuando iban allí a dar charlas durante su exilio.

En 1961, una vez que triunfó la revolución cubana, Dominga fue invitada  por el gobierno de Fidel Castro para que fuera a residir a la Habana. Ella aceptó. Una vez allí el gobierno cubano la empleó para que les enseñara poesía revolucionaria a los trabajadores cubanos. Agradecida por lo que el gobierno revolucionario hacía por ella, en 1963, se unió a una brigada que iba al campo a cortar caña. Se desplomó en el cañaveral debido a un   ataque cardíaco y tuvo que ser hospitalizada. Tenía entonces apenas 54 años. Allí uno de los médicos le aconsejó que tratara de irse a Moscú, donde seguramente recibiría el tratamiento que ella necesitaba, porque para esa fecha muchos médicos se habían ido de Cuba. El mismo, nos dice ella, la ayudó a hacer los trámites con el Comité de Mujeres Soviéticas para que éstas le financiaran los gastos de viaje y estadía. El Comité la aceptó, y Dominga llegó a Moscú en julio de 1963. Allá, según una carta que ella le enviara a su amigo Juan Antonio Corretjer, la trataron “como a una   reina”. A su llegada a Moscú, le dice, la recogió la esposa de un ministro soviético y se la llevó al Kremlin, donde la invitaron a hablar sobre Puerto Rico y su lucha por la   independencia. Ella les habló de Albizu Campos y de la Masacre de Ponce.

Luego de la visita al Kremlin miembros del Comité la pasearon por Moscú y le mostraron varios monumentos, entre los cuales el más que la impresionó fue la tumba de Lenin. Al cabo de una semana sus piernas estaban muy hinchadas y la llevaron al hospital donde permaneció cuatro meses, según nos dice. Allí los médicos le explicaron que ella había sufrido una serie de infartos y a eso se debía que se hubiese  desplomado en el cañaveral en Cuba. Le recomendaron descanso, y para eso la enviaron  a Praga, donde se pasó otros cuatro meses antes de regresar a Cuba. A su regreso a la Habana trabajó por varios años. Luego sufrió otro infarto  y el gobierno le asignó una pensión que le permitió jubilarse.

Deseosa de ver su tierra natal antes de que la sorprendiera la muerte hizo arreglos con ayuda del gobierno cubano, y regresó a Puerto Rico en marzo de 1976. Quería quedarse, nos dice, pero no se acostumbró “porque ya Puerto Rico estaba muy americanizado”. Se quedó en San Juan apenas cuatro meses y se regresó a Cuba. Durante su estadía en Puerto Rico escribió un artículo acerca de la Masacre de Ponce, el cual publicó en el Correo de la Quincena de su amigo Juan Antonio Corretjer. También le concedió una larga entrevista a Miñi Seijo para el periódico Claridad. En la Habana la entrevistó la activista Margaret Randall, en 1978, parte de la cual  luego publicó en su libro El pueblo no solo es testigo: La historia de Dominga.

Dominga de la Cruz murió en la Habana en 1981 a la edad de 72 años. Su muerte hubiese pasado desapercibida en Puerto Rico de no ser por una hoja suelta que publicara Jacinto Rivera Pérez, Presidente del Partido Nacionalista, en la que le recordaba a los miembros de su Partido la importancia de Dominga de la Cruz, y en la que la reconocía como “heroína de la patria”.

* Conferencia presentada en la Escuela de Comunicación, Recinto de Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, el 16 de noviembre de 2016, actividad coordinada por el bibliotecario e historiador Amílcar Tirado.