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Bregando con el sueño


Abre los ojos en la oscuridad e impide así que el alba le despierte.
De Minimalia

A Tim Duncan

Intersección de los mundos 3. Rafael Trelles.

En su libro Dream Nation: Puerto Rican Culture and the Fictions of Independence (Routledge 2014), María Acosta Cruz hace un escrutinio de las paradojas políticas y culturales puertorriqueñas en las que la independencia funge como ideal mientras la población brega con prácticas de dependencia. Por ejemplo, según Acosta Cruz, el canon literario puertorriqueño se ha construido mediante la representación del sueño de la nación: la ficción independentista. Poco más de una década atrás, Arcadio Díaz Quiñones describió cómo la brega colonial es la cultura hegemónica en la sociedad puertorriqueña y el Estado Libre Asociado es su brega más trascendental (El arte de bregar, Ediciones Callejón 200).

¿Cómo bregan sueño y cotidianidad? ¿Es el sueño una instancia etérea extraña, ajena y lejana de las prácticas diarias de los sujetos coloniales? Más que discutir ambos libros, quisiera ponerlos en relación para ensayar entre la bruma de las bregas y los sueños puertorriqueños.

El libro de Acosta Cruz, Dream Nation, brega con una tradición que trabaja poco (no quiero repetir el verbo) Díaz Quiñones en El arte de bregar: el paternalismo literario que fundó la nación puertorriqueña. De cierta manera, Acosta Cruz estudia la formación de ese canon aplicando la perspectiva de la brega del ensayo de Díaz Quiñones “De cómo y cuándo bregar”: en su libro, esta autora puertorriqueña discute con profundidad y sagacidad (astucia) las estrategias retóricas de la inteligentsia literaria puertorriqueña que ha creado la imagen de la independencia como el ensueño nacional, cuando apenas conquista menos de cinco porciento del voto electoral.

Se desprende del libro que este discurso —cuyos sujetos provienen de un espectro social amorfo, indefinido, en todo caso heterogéneo— consolidó el ensueño de la nación (la independencia) como rasgo dominante de la literatura puertorriqueña mientras sus actores se acomodaban en los tronos del poder colonial. Son las Negociaciones culturales que estudia Catherine Marsh en su análisis de las bregas de la DivEdCo, proyecto socio-cultural del populismo muñozcista; culturales y sociales hay que decir, pues la profesionalización de la escritura literaria implica puestos en las academias, el Instituto de Cultura y otras agencias culturales: son modos sociales de bregar con la colonia y con la maldición de Pedreira1. El cómo bregar con la administración de turno se ha convertido en arte de sobrevivencia de izquierdistas, aretsan@s y alternativ@s; brega que obviamente interfiere en este discurso.

Según Díaz Quiñones la brega es una “tensión”; un “ten con ten”; un “poner en relación” que “remite a luchas privadas e íntimas, o públicas”; y “un saber estratégico que provee recursos para mediar con el fin de suavizar antagonismos” y que persigue “evitar la violencia de la ruptura radical” y “humanizar los mecanismos del poder”. Son actos y acciones de la brega diaria, como las del transeúnte que estudia Michel de Certeau en “Walking the City”.2 Como el peatón que toma atajos o se va por el lado de la sombra, y que desobedece inocentemente las reglas que le impone la ciudad para trazar sus rutas alternas, la brega no es unidireccional. Como los mil planos de Gilles Deleuze y Félix Guattari, se regodea en múltiples direcciones: se afirma soberanamente como colonia y se sueña como nación.3

O como estado de la nación: son formas oblicuas de imaginarse como plenos ciudadanos modernos. Independencia y estadidad bregan simultáneamente en el mismo doble ámbito como sueño y oportunidad. Bregar con el sueño es buena oportunidad para muchos, si el sueño se sostiene como la oportunidad para todos. Plebiscitos, asambleas constituyentes, clamores a Dios, marchas, paros y héroes nacionales; conciertos y peleas de boxeo: en cuántas esquinas y plazas se convoca la nación. Y como reconoce Acosta Cruz, se convoca principalmente desde el ámbito de la cultura. Claro, si la cultura es diferencia y similitud; mejor dicho, identidades y diferencias. Según Julio Ramos, el ciudadano independiente que defendía Martí tenía como condición ser un sujeto nacional y universal; pues ser natural es una de las condiciones del ser del sujeto universal.4 Y la cultura es uno de los ámbitos en que define su singularidad: las máscaras con las que se ha de presentar al otro para que se le reconozca su personalidad. “Máscaras de identidad” que, según Francisco Scarano, se asumen en transacciones entre sujetos y otredades. Hacendados disfrazados de jíbaros para afirmar ante la metrópoli que son seres humanos, porque escriben, como bien sugiere Augusto Monterroso en “Dejar de ser monos: “Hace más de cuatro siglos que fray Bartolomé de las Casas pudo convencer a los europeos de que éramos humanos y de que teníamos un alma porque nos reíamos; ahora quieren convencerse de los mismo porque escribimos”. ¿Es nuestro complejo americano o es una deliciosa metáfora del complejo europeo?

Porque la cultura es diferencia, es lógico que la cultura puertorriqueña se afirme como independiente: se trata de la afirmación de la existencia de unos sujetos, como pensaba Juan Antonio Corretjer. La paradoja estadista es que reconoce la existencia de la comunidad imaginada que Benedict Anderson llamó nación: la estadidad, según ellos, tiene que venir del acto constitucional de su petición mayoritaria. El mismo acto que constitucional y democráticamente estableció la colonia. Puerto Rico es una de las pocas culturas que asume el nacionalismo y su condición colonial mediante un “ten con ten”, un vacilón, una vacilación que tiene mucho de “un sí es que no es”, según lo figuraba Palés Matos en “Mulata Antilla”.

De las cosas más extraordinarias del nacionalismo puertorriqueño es su perenne condición colonial y diaspórica: se trata de un nacionalismo colonial. Esa es la brega: un nacionalismo que afirma su independencia de Estados Unidos, con férrea voluntad afirmativa de su identidad y de su cultura nacionales; y que al mismo tiempo reitera su pertenencia política, económica y social al espectro geográfico estadounidense. Afirma su independencia cuando se piensa que no se puede ser parte de Estados Unidos porque culturalmente se es otra nación; la cual se identifica más con sus hermanas naciones hispanoamericanas y recientemente —y en un sector no hegemónico— caribeña. Identidad creciente en las juventudes finiseculares, pero que entre las de este siglo se tornen más indecisas en cuanto a quién irle, si a Argentina o a Estados Unidos, de estos enfrentarse en la Copa Mundial.

Hay demasiadas mezclas étnicas entre la comunidad puertorriqueña y más de la mitad de l@s puertorriqueñ@s viven en los Estados Unidos, no en sus territorios coloniales, es decir una de sus fronteras. Incluso los barrios en los que habita la mayor parte de estos migrantes pueden entenderse como fronteras sociales y culturales de las metrópolis y de las diásporas. Asimismo, las identidades y las fidelidades se cruzan en múltiples direcciones. En esas dinámicas, nuestra identidad se nutre de sus afinidades latinas como también de las africanas y caribeñas. Lo peculiar de nuestro nacionalismo es que dentro de los espectros nacionales latinoamericanos y caribeños, el nuestro se caracteriza por su relación colonial con Estados Unidos. Fuimos el primer territorio transatlántico y la vitrina de la democracia del imperialismo yanqui, frente a Cuba, durante la Guerra Fría. La pregunta guía del seminal ensayo “El país de cuatro pisos”, de José Luis González —planteada por “[u]n grupo de jóvenes estudiosos puertorriqueños”— es “¿Cómo […] ha sido afectada la cultura puertorriqueña por la intervención colonialista norteamericana…?” Es decir que la pregunta central, según el internacionalista González, es lo que nos distingue como hispanoamericanos: nuestra especial relación con Estados Unidos, eufemísticamente conocida como Estado Libre Asociado. Para González, Puerto Rico se define en su relación con Estados Unidos. Eso consiste un dilema, para él y para esos jóvenes estudiosos. Uno de los que pudo haber formado parte de ese grupo de jóvenes, no tan joven ya pero convocador de estudiantes universitarios, Arcadio Díaz Quiñones considera el ELA como la respuesta pedreiriana y populista a ese dilema:

Pedreira postulaba que una minoría de elegidos armonizaría productivamente lo local y lo universal, sin la violencia que suponía la ruptura de un Estado independiente. Ese sujeto puertorriqueño sería capaz de llevar a cabo con sus manos la transformación, y terciaría en el diferendo de culturas… (58)

Díaz Quiñones observa muchas de las contradicciones e incomodidades de esta brega que unos consideran una condición ventajosa en las relaciones con los Estados Unidos y otros como una renuncia humillante de derechos humanos. En continua negociación juguetona, bribona, burlona, como un tira y jala escolar, damos del ala para comer de la pechuga, según interpretan unos, o nos bajamos los pantalones, como asegura el más rudo discurso nacionalista. Lo particular de nuestra latinidad es que esta brega nos ha dejado la ciudadanía americana y las puertas abiertas para ir y venir; derechos que reclaman otras migraciones.

Dos de los rasgos culturales que más resienten los discursos nacionalistas y de izquierda en Puerto Rico son el sometimiento al ejército norteamericano y las ventajas para la entrada del capital y el mercado de las compañías americanas. Sin embargo, para muchos puertorriqueños el ejército norteamericano representa una alternativa valiosa de empleo y de ingresos adicionales, esto en el territorio norteamericano con el mayor índice de desempleo y el menor ingreso per cápita. Nuestros soldados mueren lejos de casa y regresan en cajas de plomo selladas; en cambio, la televisión muestra los de otras naciones latinoamericanas golpeando protestas e instaurando dictaduras.

¿Qué decir de los placeres del consumo y de las bregas puertorriqueñas para productos codiciados del mercado global? Mientras el independentismo y las izquierdas blasfeman contra el consumismo, los centros comerciales y otros mercados de consumo (en especial de alcohol y comida) permanecen como alternativas sobrevivencia y signos de abundancia.

Ni en la economía, la política y los derechos humanos, las naciones latinoamericanas no dan muchos buenos ejemplos a seguir. En cambio, el atractivo mercado cultural estadounidense ofrece la cornucopia de bienes y de éxitos. Grammys a tutiplén, tenis para los niños, y ni hablar de celulares, tablets y computadoras. Y los anuncios de los Marines en los juegos televisados. El discurso honorable de la austeridad independentista compite muy mal en esos planos de la esfera pública. Además, ¿quién quiere pasar de ciudadano americano —con entrada libre a sus mercados de empleo, su codiciado salario mínimo y sus subsidios— a indocumentado?

Por eso Díaz Quiñones destaca las bregas de esos tránsitos y las de las comunidades en Estados Unidos. Tránsitos y comunidades que contrario a ser marginales de la cultura nacional son centrales. De las bregas académicas y artísticas en esos tránsitos, salen los discursos “fundacionales” de Pedreira, Muñoz Marín, Albizu Campos, René Marqués, Juan Antonio Corretjer y Lorenzo Homar, entre muchos otros. Así como otros discursos alternativos y de oposición como los de Bernardo Vega, Pedro Pietri, Piri Thomas, Viveca Vázquez, Manuel Ramos Otero, Judith Ortiz Coffer, igualmente fundacionales. Por eso, una de las preguntas más importantes que se tiene que plantear el discurso independentista es ¿cómo se brega, desde la independencia, con una población cuya mayoría viviría en el extranjero? ¿Cuáles serían las limitaciones de viajes? ¿habría que pasar por aduana y por inmigración, como los de las Islas Vírgenes? ¿Cómo se bregaría con la migración dominicana? ¿Le cederíamos su control a la Guardia Costanera norteamericana? ¿Mantendríamos una férrea política inmigratoria cediendo ante presiones norteamericanas o seríamos más friendly arriesgando las ventajas que pudiéramos negociar para nosotros?

La otra gran característica de las particularidades del nacionalismo colonial puertorriqueño es su hegemonía cultural bipolar, si se mira desde perspectivas tradicionales. El deporte es su escenario más visible y la Selección Nacional de Baloncesto, su point guard. Primero, hay que destacar que el boom que catapultó este deporte en Puerto Rico corresponde con la presencia de los llamados nuyoricans, quienes inicialmente no eran admitidos a participar en sus torneos locales, a menos que tuvieran un año de residencia en “la isla”. Hubo hasta batallas por los “indocumentados”: los chivos. Si bien Johnny Báez, Pachín Vicéns y Teo Cruz, entre otros, pusieron al Equipo Nacional a competir por medallas olímpicas, fueron nuyoricans como Raymond Dalmau, Neftalí, Rivera, Tito Ortiz, Alberto Zamot (de New Jersey), Rubén Rodríguez, Rubén Montañez, Charlie Bermúdez y Héctor Blondet quienes dieron continuidad a esa empresa y pusieron a ese equipo a tocar las puertas de la victoria frente a Estados Unidos en 1976, con el santomeño Alfred “Butch” Lee al comando. Ese equipo, los peloteros de Grandes Ligas, los boxeadores y algun@s atletas y gimnastas —publicitad@s por la explosión de la televisión glocal— pusieron en sintonía el imaginario de la comunidad puertorriqueña: sus participaciones corresponden a episodios de un romance nacional. Ellos y ellas, junto a artistas y modelos, impactaron más el imaginario nacional que los Luis Rafael Sánchez, Edgardo Rodríguez Juliá, Rosario Ferré, y l@s miles de maestr@s y profesor@s de historia y de español. Además, el deporte visibilizó la brega con las contradicciones de la brega. Díaz Quiñones destaca las del pelotero Víctor Pellot y su múltiples identidades; quiero añadir las de José “Chegüí” Torres, Jesús “Chayanne” Vasallo, Gigi Fernández, el propio Butch Lee y posteriormente Carmelo Anthony, quienes bregaron a su manera, resolviendo dilemas de identidades y oportunidades.5

Si, como expresó Juan Gelpí, “el canon literario … en una sociedad colonial [que] ha hecho las veces de una constitución nacional”, el último cuarto del siglo pasado desplegó la revolución cultural que hizo de la cultura popular el sujeto de esa nación de ensueño.6 Para entender esa nación y su nacionalismo colonial se requiere dirigir la mirada a ese espectro amorfo, heterogéneo, vacilante y gozoso como una aventura “entre filas de negras caras”, con el riesgo de no reconocer caminos y pendientes, salidas fáciles o difíciles ni obtener respuestas definitivas. No se puede leer en la cultura popular un discurso con una política redentora claramente definida; más bien, lo leo como campo de acción de las múltiples, diversas y complejas bregas puertorriqueñas.

Según el “canon paternalista” la nación es el sueño por conquistar. Más que en las naciones hermanas de Latinoamérica, es el sueño de futuro que estas fueron en su origen: el objeto del deseo. Aún se le piense como un espectro —una especie de zombie, como sugiere Carlos Pabón— esa nación de ensueño se manifiesta como signo de esperanza y de ansiedad: sea esta la de la llegada a la adultez como nación o la de una victoria deportiva frente a un rival, especialmente si es del norte y su presidente actual se llama Barak Obama. Pero también se manifiesta como brega difícil y como retórica oportunistamente hegemónica.

“Así vendrás”

Una de las expresiones de este ideal del porvenir —que se parece al afán de modernidad que Silvia Álvarez Curbelo veía en los intelectuales del 19— lo leo en un poema de Hugo Margenat, musicalizado por Roy Brown para sus Aires bucaneros (1979). Se trata de un poema de amor en medio de un disco nacionalista que se desprende del ímpetu conservador de la tradición. Bregando con las haciendas del laburo y de la lucha (antípode de la brega que amerita otras discusiones), el autor de “El negrito bonito” se fue a Nueva York, consciente de que allá no todo era mejor. En su vaivén regresó con un grupo para grabar en Televicentro Sound algunas de sus letras, mezcladas con poemas de Margenat, Klemente Soto Vélez, Luis Palés Matos, Pablo Neruda y Juan Antonio Corretjer. Los interpretes de la nueva trova o canción protesta puertorriqueña trabajaron sobre la atmósfera del sueño independentista al igual que los autores que Cruz Acosta estudia en su libro; no obstante, quiero destacar que tuvieron otras repercusiones. Su diálogo con la literatura es obvio, como muestra la selección de poetas; pero su alcance receptivo transita por otros caminos. Esta música fue vital para la vida sindical, independentista y socialista: su presencia era imprescindible para el éxito de cualquier mitin o protesta. Más importante aún fue el nivel de penetración en la industria cultural, es decir en los aparatos reproductores de la hegemonía política y cultural del país, según Teodoro Adorno y Antonio Gramsci. Así, mientras el estudio de la literatura se atrincheraba en pasillos académicos, sus letras nacionalistas se colaban y se afincaban en el imaginario popular. Brega que incluía sus condiciones como la de cambiar la libertad del suelo por la del cielo, como hizo Haciendo Punto en Otro Son en su versión de “Verde Luz”, de Antonio Cabán Vale; y que también tiene cosas “extrañas” como la grabación de la Fania All Stars del “Encántigo” del comunista y nacionalista Roy Brown, en voz de dos migrantes caribeños: Celia Cruz y Pete ‘el Conde” Rodríguez.

Aires bucaneros toma su nombre y su título de la magistral musicalización de Brown de un poema cimarrón del Tuntún de pasa y grifería, de Luis Palés Matos. Publicado por primera vez en la segunda edición, bajo la sección “Otros poemas”, “Aires bucaneros” parece ser un merodeante del cuerpo del principal poemario de la literatura puertorriqueña. A sus costas vive al asedio, como pirata; como viven también los emigrantes, porque esa es la brega caribeña. Leído en Palés, dedicado a Jaime Benítez, los aires de bucaneros huelen a tráficos que confunden frutas y cuerpos, orgías y bacanales; bregas que “machete al aire” “irrumpen” “contra ‘la guardia altiva de los virreyes’ [para que] el botín pas[e] del león hispano / al tigre astuto de las Américas”. Pero

Para el bucanero carne bucanada,
el largo mosquete de pólvora negra,
la roja camisa, la ruda abarca
y el tórrido ponche de ron con pimienta.

La preposición al comienzo de esta estrofa que abre y cierra el poema (no así su musicalización) discretamente se distancia del “Al bucanero” a quien parécele destinarse densos perfumes, crudos aromas, reses salvajes, tórridas mieles de la llanura, tierras vírgenes, el agua indómita, “la guanábana cimarrona / que abre su bruja flor en la negra”, curvos machetes y puñales certeros. ¿Quién es este “tigre astuto de las Américas” del marco poético del poema? Este que disfruta de su carne, su rudeza y su alcohol. ¿Es el otro que acecha nuestras costas y de quien figuras como Jaime Benítez nos amparan? ¿Es otro “Duque de la mermelada” que disfruta de su sagacidad? Sea como sea este Caliban brega por su subsistencia y goza de su ron.

Noche de orgía, la hez del mundo
bulle en el fondo de las tabernas,
entre el repique de los doblones
y el tiquitoque de las botellas.

Estos aires bucaneros parecen acompañar el ten ton ten de la Mulata Antilla, que Díaz Quiñones identifica como una de las bregas puertorriqueñas: “cuerpo que se desplaza y baila”, “en equilibro momentáneo y frágil, que puede romperse en cualquier momento” (37). Pero contrario a la mulata, éstos son machos bravíos que se agencian la carne que en La charca disfrutaban médico, sacerdote y hacendado y de la que carecían los campesinos. Como algún Buen Viejo había apreciado como sediciosa la repetición de unos versos de “El pirata” de José Zorrilla hecha por Manuel Alonso, estos bucaneros cargan con el espectro del deseo de redención; más en el disco que titulan, acompañados de “Caballo de palo” y de los “hermanos negros de La Habana” (“Bailando con los negros”, de Pablo Neruda). ¿Cómo interactúan estos gestos de redención con sus orgías de sexo y de alcohol?. ¿De qué es signo su calavera? ¿De libertad o de libertinaje?

No sabremos. Nuestro nacionalismo se construye con la idea de que el festín se lo están gozando otros, sean yanquis o pitiyanquis: “Para el bucanero carne bucanada”. En cambio, el Caballo de palo que adiestra “su sensibilidad enfrente de su establo” puede “irse a bailar por los caminos” o “irrumpir”, “machete al aire”, respondiendo al “ruido del cañón” en pos del goce justiciero, el verdadero por ser de todos. Más que senderos que se bifurcan o cruces de Eleguá, baile y lucha, cultura y política son “rutas alternas” que llevan a un mismo destino: el del goce de la redención o la redención como goce.

Según Jacques Lacan se trata del goce en sí mismo: el del deseo. Goce que leo en “Vendrás”, uno de los poemas que estos bucaneros palesianos contrabandearon en el canon del nacionalismo cultural. Hugo Margenat, su autor, era, y sigue siendo, un poeta poco conocido, pero que su joven muerte lo convirtió en una especie de José Martí, para la generación del 70. Muerto en 1957, con apenas 24 años, sus Obras completas fueron publicadas por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1974 y leídas fervorosamente por jóvenes ríopedrenses. “Vendrás” figura la permanencia del amor como deseo y esperanza: afirma un hecho por venir, figurado como “los colores de una Primavera”. Entre deberes, promesas y renunciaciones esta primavera para ser la confirmación de los compromisos matrimoniales y sociales, como si se tratara del himno de una de las novelas fundaciones, estudiadas por Doris Sommer. Así, la nación vive y palpita emocionantemente como el deseo amoroso: el ensueño.

Lo que en el poema se prolonga en “una espera,” su musicalización simula la materialización del deseo, cuando la voz de Roy Brown repite los versos ya enunciados por la de Zoraida Santiago como si confirmara la llegada (la venida) del ser amado:

Así vendrás.
Y en los mantos
de seda que salen de una flauta
vamos envolviendo deberes
con renunciaciones
dobladas en promesas
que surcan montañas

El amado le hace eco a la amante, ambos viniendo para juntarse en coro y reiterar su compromiso como la aparición de un colorido claro de primavera. Y en su “Happily ever after” reiteran el ensueño como prolongación del deseo:

Vendrás.
Y seré yo,
prolongándose,
una espera.

Un yo dual: producto de la unión que es y no es la espera. ¿Qué se espera? ¿la Primavera? ¿el otro sueño que está por venir? Como “Casi alba” —poema de Julia de Burgos musicalizado como fuga romántica— se le reitera en el segundo disco de Aires Bucaneros; LP que inscribió el “Oubao Moín” de Corretjer como himno cultural a “todas las manos que hoy trabajan / porque ellas construyen y saldrá de ellas la nueva patria liberada”. Liberada —cual Ariel— como un sueño que siendo pasado se presenta como futuro. Sueño vacilante que en su vacilón “goza la vida como hago yo”, como aconsejan Manny Oquendo y su Conjunto Libre.

  1. Catherine Marsh Kennerley, Negociaciones culturales. Los intelectuales y el proyecto pedagógico del estado muñocista, San Juan, Ediciones Callejón, 2009. []
  2. Michel de Certeau, The Practice of Everyday Life, Berkeley, University of California Press, 1984. []
  3. Gilles Deleuze y Félix Guattari, A Thousand Plateaus: Capitalism and Schizophrenia, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1987. []
  4. Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XIX. México, Fondo de Cultura Económica, 1989. []
  5. José “Chegüí” Torres nació en Ponce y ganó medalla de plata en boxeo en las Olimpiadas de Melbourne, en 1956, compitiendo por Estados Unidos. Jesús David “Chayanne” Vasallo nació en Ponce y ganó dos medallas de oro y una de plata compitiendo por Estados Unidos en los VIII Juegos Panamericanos, celebrados en San Juan en 1979; no pudo ganar medallas olímpicas debido al boicot estadounidense a las Olimpiadas de Moscú del siguiente año. Beatriz Gigi Fernández es la única puertorriqueña en conquistar medalla de oro en Juegos Olímpicos. Nacida en San Juan ganó medallas en la Olimpiadas de Barcelona (1992) y Atlanta (1996), en tenis junto a Mary Joe Fernández por el equipo estadounidense. Alfred Butch Lee ofrece el caso más interesante de todos. Hijo de santomeños, nació en San Juan, en el tránsito de su familia hacia Nueva York, donde creció. No fue incluido en la selección de baloncesto estadounidense para las Olimpiadas de Montreal en 1976 por lo que se unió a la escuadra boricua. Lee cargó al quinteto frente a Estados Unidos, ante quienes perdieron por un solo punto, luego de una controversial falta ofensiva del canastero caribeño. Esa hubiera sido la segunda derrota del equipo de Estados Unidos en Olimpiadas; la primera fue la controversial frente a la Unión Soviética en las Olimpiadas de Munich de 1972. Carmelo Anthony tuvo suerte contraria a Lee y ha representado a Estados Unidos en las pasadas tres Olimpiadas, obteniendo dos medallas de oro y una de bronce. Formó parte del Dream Team que perdió su primer juego olímpico, precisamente frente Puerto Rico, en Atenas, 2004. []
  6. Juan Gelpí, Literatura y paternalismo en Puerto Rico, Río Piedras, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993. []