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México en el 68 y Puerto Rico hoy


foto por Pablo Pantoja

Buenos modales, formas de protesta estudiantil y democracia en distintas coyunturas políticas

I. Intro: El derecho a huelga de todos los pelos del mundo

Comienzo cada semestre con una conversación con mis estudiantes sobre quiénes son y cómo la clase que está a punto de comenzar contribuye en algo a realizar sus planes mayores, sus aspiraciones de vida. Me interesa que se la tomen en serio; que no vengan a cumplir un requisito sin entender qué sentido tienen las discusiones en las que nos enfrascaremos en la clase, cualquier clase, pero en concreto la mía, Literatura Puertorriqueña o Hispanoamericana, como parte del proyecto de vida de cada cual. También quiero el primer día comenzar a quitarles cualquier expectativa prejuiciada que traigan sobre lo que es la literatura–leer libros aburridos, me han dicho toda la vida, personas que no entienden a qué me dedico–, al hablar de que todos vivimos una narrativa. “Usted se cuenta un cuento todos los días”, les digo a veces, aunque los rituales de comienzo de año escolar cambian siempre. “Yo soy tal, hijo/a de tal, de tal pueblo, que me crié en tales circunstancias y la vida me trata así, y yo la enfrento de este modo, y en el futuro haré tal y por eso estoy aquí.”  De ese cuento, precisamente, trata la Literatura que leeremos durante este semestre, les digo, porque ese cuento no es autónomo. Se forma en diálogo con la comunidad de origen a través de vías orales (las tradiciones oral-populares), mediáticas (radio, cine, televisión, redes y juegos electrónicos) y la literatura (tal vez cada vez menos, pero eso lo podemos discutir durante todo el semestre).

Lo que intento escribir en esta primera parte de mi introducción es que lo que ha hecho/está haciendo la generación a cargo de la política y las finanzas de este país en años recientes es robarle a la juventud su fantasía: ese cuento que nos hemos podido contar todos, entre las edades de 15 a 25 años con la pasión de quien se lo inventa, con el entusiasmo de quien siente que le llega su turno y está listo para comerse el mundo. La idea de que es posible construir un futuro de prosperidad para sí y su comunidad afectiva está muriendo en nuestros jóvenes y eso es aterrador, al menos para mí.  Hace dos o tres semestres no está en los ojos de mis estudiantes el brillo de la posibilidad. Lo que veo en ellos es desasosiego, terror, desesperanza, pesadumbre. Pero no. El susto dura solo un momento. Soy yo la que se asusta, porque ellos y ellas me hacen entender y sonreír cuando lo entiendo, que la destrucción total es liberadora. Tenemos la posibilidad de crear algo nuevo, lejos de las ataduras conceptuales que hemos heredado por generaciones, que no ha habido que derribar por la violencia porque se cayeron solas. La conversación entre generaciones es pertinente porque el pasado mío es también el pasado de ellos, puesto que pertenecemos a la misma comunidad.  Se lo pueden reapropiar como mejor les parezca y por eso conversamos.

Eso no quiere decir que tienen que hacer las cosas igual a como yo las hice.  Tampoco que necesariamente tienen que ser completamente distintos a mí, porque el paso de una generación a la siguiente se da en homenaje disidente. Hay que saberse el pasado, entenderlo y también saber que se tiene la libertad para construir sobre él.  El problema cuando se inventa algo nuevo es que todavía no tenemos el vocabulario para hablar ni los conceptos claros. Necesitamos paciencia.  Entonces, me propongo pensar en voz alta con ustedes.

Acecha por la prensa oral y escrita, por los micrófonos de reuniones de docentes y por medios sociales, la noción de que los estudiantes no tienen derecho a la huelga, puesto que este derecho cobija a los obreros para reclamar ante sus patronos, lo cual no aplica al contexto universitario en el que, ni los estudiantes son obreros, ni la Universidad su patrono. A mi mente vinieron, cada vez que escuché ese razonamiento, momentos históricos del siglo pasado, como el movimiento hippie en Estados Unidos, en cuyo desarrollo la Universidad de Berkeley en California tuvo contribuciones importantes, además del mayo parisino del 68, por citar solo dos ejemplos; este último es descrito como: “la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia de Francia, y posiblemente de Europa occidental, secundada por más de nueve millones de trabajadores”[1] que tuvo como resultado que se adelantaran las elecciones generales ese año y, en general, la democratización social en términos de derechos de minorías y la construcción de una mirada crítica al colonialismo del capitalismo occidental.

En general, el contexto de los años sesenta del siglo pasado es muy importante para pensar el desarrollo del capitalismo, puesto que estas protestas signan varias cosas:  el comienzo de una cultura juvenil diferenciada de la cultural de los adultos, quienes en este contexto en específico se organizaron en distintas coyunturas a nivel mundial para resistir el empuje del mismo a convertirnos en meros consumidores. Creo que detrás de la revuelta juvenil de aquel contexto existió, además, un desfase entre el relativo boom económico de la era posterior al final de la Segunda Guerra Mundial, que creó una clase media con reclamos de participación en un contexto que no era capaz de reconocer su pluralidad y dar acceso a quienes hasta entonces no habían tenido cabida (mujeres, minorías raciales y culturales).  Entonces la población más joven, que tiene menos que perder, se levanta y, sí, ha logrado cambios sociales importantes. Los logros del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos son, precisamente, el objeto de la destrucción propuesta por el presidente Donald Trump hoy.

Como a los estudiantes se los ha acusado de pelús (qué adjetivo tan fechado, cuando ahora usan cerquillos y dreads, barbas y crew cuts, colores, asimetrías y hasta se afeitan la cabeza), lo que para quien enuncia equivale a tildarlos de faltos de disciplina y de modales, pensé ilustrar mis argumentos con un análisis cercano del discurso público en torno al movimiento estudiantil de México en 1968, para luego pasar a hablar de Puerto Rico. Abajo, cuando se diga mala palabra, se la puede sustituir mentalmente por escupitajo.

II. ¡Viva México: Hijos de la Chingada![2]

Para comprender la importancia del acto de marcar la distancia entre la palabra correcta, de prestigio, autorizada, culta, y lo que en México ha servido como instrumento de medida de la identidad nacional, la mala palabra,[3] basta recordar los meses poco antes de la masacre de estudiantes en Tlatelolco. En esta ocasión, la mala palabra se transformó en un arma política. Para que palabras no autorizadas, articuladas por un grupo de ciudadanos se conviertan en una amenaza política, su uso se debe entender como un quebrantamiento de las leyes de comportamiento social que sostiene el estatus quo. Así, cuando Carlos Monsiváis comienza su ensayo titulado “Mexicanerías: el albur”, publicado en su libro de crónicas titulado Escenas de pudor y liviandad, preguntándose por el momento preciso en que en México se dejó de guardar las distancias entre la lengua culta y la lengua popular, éste se pregunta por el momento en que se rompió un pacto social y se estableció otro. (Recuerdo que, en Puerto Rico, hace años ya, la hoy honorable Cucusa Hernández, senadora en aquel entonces, fue detenida por un policía por exceso de velocidad y dio como explicación que tenía que hacer número dos, no precisamente con esas palabras). Un intento de respuesta a esta pregunta debe volver la mirada nuevamente al 68 para esclarecer cuánto de este conflicto entre el gobierno y los ciudadanos fue con y sobre los distintos usos del lenguaje y las posibilidades de diálogo.[4] Las preguntas que surgen son ¿quién puede hablar cómo y dónde? y al analizar con datos se puede encontrar evidencia de que las fronteras son porosas o ideológicas.

Según varias de las crónicas y estudios escritos sobre los eventos del 68 en México, las exigencias de los estudiantes se pueden entender, fundamentalmente, como presiones a favor de que el debate social a partir del cual se toman las decisiones se democratizara de manera más radical. Los estudiantes exigían hablar con las autoridades y que el diálogo fuera público, como requisito para discutir el pliego petitorio que habían redactado y así llegar a poner fin a la huelga.[5]Ante un gobierno con reputación de que controlaban la información y compraban opositores, el diálogo público era un requisito para que el movimiento conservara legitimidad. Además, el carácter público del diálogo habría minado en su esencia los modos de operar de las estructuras poder del estado. Varios analistas entendieron que, precisamente, esta petición de diálogo público habría sido la radicalidad mayor del movimiento:

Esta exigencia es la que mejor captura la radicalidad del movimiento del 68: frente a la solemnidad, el secreto y las medias palabras del sistema político, la transparencia total, absoluta, irreverente de lo nuevo (música, vestido, lenguaje e ideas).  Que la modalidad del diálogo haya influido tanto en la decisión de utilizar la violencia como medida represora en Tlatelolco es totalmente lógico, porque en ese punto resultaban irreconciliables las dos formas de hacer política (la que proponían los estudiantes y la del estado) (129)[6]

Ante la negativa a dialogar del estado, en lo que se ha considerado el punto culminante del movimiento estudiantil, los estudiantes respondieron con insultos al presidente y al gobierno. La imposibilidad del diálogo igualitario entre el estado paternalista y a los forzosamente colocados en lugar de hijos, provocó la respuesta para la que se los estaba acorralando y así, el insulto público se convirtió en arma para minar, de modo poco eficiente, pero siempre amenazante, este poder.

El insulto público estaba sirviendo en esta ocasión como medio para “forzar” esta democracia negada.[7]  La gravedad de la irrespetuosa burla para el padre que, a pesar de su corrupción y falta de credibilidad insiste en tomarse en serio, está marcada por las medidas que se tomaron en represalia, que pasaron a la historia como la exposición pública del autoritarismo del régimen mexicano.[8]  He aquí una descripción de la marcha del 27 de agosto de 1968, poco más de un mes antes de la masacre:

Cualquier mesura se eclipsa con los borbotones de agresividad e injurias lanzadas a instituciones y gobernantes.  Al ejército y a los granaderos, a Echevarría, a Corona del Rosal, a García Barragán y a los jefes de policía los tildaros de “asesinos” y les mentaron la madre.  A los granaderos les cantaron su balada, que entre sus estrofas dice: “¿Qué nombre le pondremos, matarili, rililón? Le pondremos asesino, matarili rilirón”.

Pero el principal receptor de la rabia y el enojo fue el presidente:

“GDO asesino”
“GDO igual a Hitler”,
“Asesino GDO, apestas”,
“Chingue a su madre, Díaz Ordaz”
(Quezada, 140)

La consecuencia de ese impase fue que el gobierno resolvió con torpeza y con prisa el “problema de las protestas” que entendía, hasta cierto punto, era de disciplina.  En el año 1968 se celebrarían las Olimpiadas en México y el Presidente, Gustavo Díaz Ordaz, no quería recibir a los atletas y la prensa internacional con la casa en desorden. 12 de octubre de 1968 El Movimiento Estudiantil había convocado a una actividad de protesta en la Plaza de las Tres Culturas a la que fueron alrededor de 50 mil estudiantes.  Se trataba de una emboscada.  La policía disparó indiscriminadamente contra la masa y no queda claro cuántas personas mataron. El gobierno admite 20, pero distintas fuentes hablan de números que van de 200 a 400.

Para traer este asunto más cerca de nosotros hoy, pienso que en estos momentos se lleva a cabo una masacre económica contra el pueblo de Puerto Rico y los estudiantes se resisten y cuestionan las decisiones gubernamentales, a la vez que exigen que se audite la deuda y que se reconozca la autonomía universitaria al exigir que cualquier reforma del sistema universitario la lleven a cabo los universitarios. Los ideólogos de los medios se centran en un escupitajo de forma hipócrita para evitar mirar la violencia económica a la que el estado somete a sus ciudadanos y a su vez distraen la discusión con el asunto del plebiscito que no traerá ninguna consecuencia positiva para el país; quiero decir, ninguna consecuencia.

III. El 5to piso; una oportunidad.

Al discutir El país de cuatro pisos del escritor puertorriqueño José Luis González (1979) hablo de que el ensayo de definición nacional latinoamericano tiende a colocar al ensayista en el lugar de maestro, siguiendo el Ariel (1900) del uruguayo José Enrique Rodó, quien fundó una mirada particular sobre las sociedades del continente (somos “superiores” a los bárbaros gringos porque somos descendientes de la cultura greco-romana). Según la fórmula, el maestro se reúne ante sus estudiantes y les da lecciones de vida. Advierto que, en esta ocasión, la lección de vida me la dan los estudiantes a mí; que lo que en adelante explico es lo que me han hecho ver ellos; son sus propuestas.  Pero decía, que tanto en Ariel, como en Insularismo (1934), de Antonio S. Pedreira, que tiene una sección titulada “Juventud divino tesoro” a quienes va dedicado el ensayo del maestro, se explica a los estudiantes y luego se les da tareas. El país de cuatro pisos no se salva de esta observación, a pesar de su interés contestatario, puesto que surge de unas discusiones del maestro José Luis González, con sus estudiantes. En este caso ellos preguntaban y él contestaba. La pregunta que le presentaron los estudiantes al maestro marxista fue: “¿Cómo crees que ha sido afectada la cultura puertorriqueña por la intervención colonialista norteamericana y cómo ves su desarrollo actual?” (11). Como todos los ensayistas, propone que sus respuestas serán un “ensayo” y por ello no exhaustivas y las llama “Notas”. Para responder primero se quiere preguntar qué es la cultura puertorriqueña. Propone que lo que se ha representado como cultura puertorriqueña hasta el momento es la cultura de una clase social. El ensayo partía de una cita de los Cuadernos de la cárcel del comunista italiano Antonio Gramsci, quien propone que existe la cultura de los dominantes y la cultura de los dominados. Los dominantes de temen a los segundos, los desconocen, por lo menos, le tienen sospecha (el escupitajo otra vez). Lo que se defiende por cultura nacional puertorriqueña durante todo el siglo XX es la cultura de la clase propietaria que llegó a tener suficiente poder económico como para querer negociar la autonomía con España; los firmantes de la Carta Autonómica de 1897.

Pero esos no son los únicos puertorriqueños que han producido cultura en el país. La mayoría ha sido negra y mulata y han producido cultural desde el S. XVIII de manera socioeconómicamente madura.  Se refiere a Campeche y a Miguel Henríquez, un corsario, que fue el hombre más poderoso del país en esa época. Ese es el primer piso, cuando Puerto Rico era un país caribeño más. Luego de la Revolución Haitiana de 1804, se firma la Cédula de Gracia de 1815 que interesa blanquear el país por miedo a otra revolución esclava como la haitiana y ese es el segundo piso porque ese documento también implicó reformas económicas importantes.  Los hijos de esos recién migrantes corsos, catalanes y mallorquines, que socioeconómicamente fueron suficientemente importantes como para que José Luis González los entendiera como un segundo piso económico y social, fueron quienes negociaron lo que quisieron fuera un tercer piso (la autonomía), pero se tronchó ese proceso con la invasión estadounidense del 1898, el que terminó siendo el tercer piso.

Se trató de una nueva estructura socioeconómica, que solo cambia de manera suficientemente importante con la firma de la constitución del ELA en el 52, según González, y las políticas económicas que ésta logra. Entre los cambios de este cuarto piso: Se vació el país para la modernidad que era más fácil de construir sin sus pobladores pobres, por lo que la mayor parte de la población vive fuera de la isla; la desigualdad creó la violencia social que aún hoy sufrimos; se corrompió la política en la pantomima del estatus mientras entre todos hacían negocios con los dineros públicos y, a partir de los noventa, se fue reduciendo el estado según las políticas neoliberales en boga, porque aquí se siguen las políticas que vienen de otras partes, por desprestigiadas que ya anden, que no hay siquiera modo de que nos enteremos de los múltiples fracasos del capitalismo neoliberal en países como el nuestro. Entonces los estudiantes me explican que estamos en el quinto piso: ¡PROMESA es el quinto piso, profesora! Y pienso que en el 97 hubo una propuesta que se cambió por otra en un acto de guerra. Igual, el saqueo de PROMESA, que no beneficiará a la mayoría de los puertorriqueños (no veo cómo puede eso beneficiarnos a nosotros los contribuyentes) se puede revertir por un acto de revolución civil.  Los estudiantes están dando el primer paso. Habrá que poner presión para que se audite la deuda y luego, con la información de frente, pasar a renegociarla. Nos corresponde a todos exigirlo, sin entretenernos en debates sobre portones abiertos o cerrados o saliva más, saliva menos. Imposible que los líderes de un movimiento controlen las conductas de cada individuo.

Los esquemas sobre pelo más o pelo menos son argumentos hipócritas y, esos sí, definitivamente fechados. Además de que se trata de prejuicios.  Hablemos con datos, de datos, con evidencia, de hechos y pensemos en la mayoría. La banca, que pierda. La bolsa de valores es un casino y todo el que va al casino sabe que a veces se gana y a veces no. Construyamos el quinto piso de maneras horizontales y participativas y reestructurando todo lo que está corrupto desde adentro; incluso en nosotros mismos por los años de vivir en una isla en que la ley se acata pero no se cumple.

[1] Wikipedia, ;-).

[2] Esta sección sobre México es adaptada de mi disertación doctoral titulada “Entre cultura letrada, cultura popular y cultura de masas:  El intelectual y la esfera pública en México y Puerto Rico,” con la que obtuve el doctorado (becada gracias a formación que me dio la UPR, Río Piedras) de la Universidad de Stanford en California, 1999.

[3] El ensayista Samuel Ramos en su El perfil del hombre y la cultura en México (1938) quien se vale del uso de la mala palabra del “pelado” para diagnosticar su supuesto “complejo de inferioridad” y con él, la incompetencia de los sectores populares para una vida moderna en ejercicio de la democracia.

[4] Mi análisis en esta parte se basa en las crónicas de Carlos Monsiváis titulada Días de guardar, de Elena Poniatowska La noche de Tlatelolco, y en especial, el estudio que hiciera Sergio Aguayo Quezada sobre la masacre estudiantil en el año 1968, en la Plaza de las Tres Culturas en México, basado en numerosos archivos y la recolección de testimonios, titulado 1968: Los archivos de la violencia.

[5] Las peticiones de los estudiantes eran las siguientes: 1) libertad a todos los presos políticos, 2) derogación del artículo 145 del código penal federal, 3) desaparición del cuerpo de ganaderos [policía militar], 4) destitución de los jefes policíacos Luis Cueto, Raúl Mendiolea, y A. Frías, 5) indemnización de los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto, 6) deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos (citado en Días. De estas, la petición de anulación del artículo 145 del código penal federal, era de suma importancia, ya que el gobierno de la época se apoyaba en esta ley para detener a dirigentes de organizaciones y, por lo tanto, reprimir a la ciudadanía en el uso del derecho a reunión, uso de palabra y prensa. La ley aplica las penas de prisión o multa a cualquier nacional o extranjero que “en forma hablada o escrita o por cualquier otro medio, realice propaganda política entre extranjeros o entre nacionales mexicanos difundiendo ideas, programas o normas de acción de cualquier gobierno extranjero [la obvia referencia es a la Unión Soviética] que perturben el orden público” (69, citado en Aguayo Quezada, énfasis en el original).

[6] He aquí la idea que tenía el gobierno de lo que habría sido un diálogo público: “Es fácil imaginar lo que sería un diálogo entre un funcionario público y 200 estudiantes exponiendo sus “razones” con base en “gritos” y “porras”.  Los estudiantes no quieren un diálogo “franco y sereno”, sino participar en un masivo acto de circo o lucir sus facultades histriónicas en un maratón de demagogia en el que ningún funcionario puede prestarse a figurar” (citado en Aguayo Quezada, 134).

[7] El término lo usó, aludiendo a otro contexto, el filósofo Bernat Tort, en una reunión de PARES (Profesores Autoconvocados en Resistencia Solidaria).

[8] Dice Aguayo Quezada que para el 29 de agosto, dos días luego de la marcha que comento, el presidente Díaz Ordáz había decidido usar la fuerza contra los estudiantes porque “ya bastaba de manifestaciones e insultos estudiantiles (citado de las notas de Thomas L Hughes, el Secretario de Estado de los Estados Unidos).

  • Jimmy Seale Collazo

    Gracias, Melanie, por señalar el paralelismo entre el 68 mexicano y francés y este tiempo. Me convence, y me encantaría releer contigo El país de cuatro pisos. Esperemos que este quinto piso se estrene con menos violencia que Tlatelolco, y que nos acerquemos a esa democracia horizontal multiplicando la protesta estudiantil. Así pido a Dios.