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Coincidencia de los opuestos en Cien años de soledad


A los 50 años de la publicación de Cien Años de Soledad
A Manfred Kerkhoff, a los 10 años de su muerte;
in memoriam

Carlos Fuentes le escribió a Julio Cortázar describiéndole la emoción que sintió al leer el manuscrito de la novela que García Márquez le había enviado a Italia. Aquí un extracto:

“Querido Julio: te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino a lo imaginario![i]

Hoy sabemos que más allá de la emoción que le causa la lectura ya se adelanta la trascendencia que tendría Cien años de soledad en la literatura mundial. En la carta se sugieren algunos de los temas centrales que le sirven de eje temático/estructural a la novela: la recreación del universo a través de la fuerza de la palabra y la imagen/representación de la existencia en el discurso literario. El entrecruzamiento entre esos dos polos de la realidad, imaginaria y textual, la una, objetual y externa, la otra, serán para García Márquez los componentes de su escritura hispanoamericana y caribeña. Así mismo lo diría en su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1982:

“Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal y no solo su expresión literaria la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es el nudo de nuestra soledad.”[ii]

Mario Vargas Llosa, en el ensayo que escribe para la edición conmemorativa editada en 2007 por la Asociación de Academias de La Lengua Española reiterará esta capacidad descriptiva de una realidad total como una de las claves para la interpretación de la novela:

 “Cien años de soledad es una novela total, en la línea de las creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vitalidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes”.[iii]

Es evidente que una de las manifestaciones de este intento de representar la totalidad es la diversificación y pluralidad de los caracteres alrededor de los cuales se configura la familia Buendía. Los personajes de Cien años de soledad tal como lo señala Diana Morán Garay en su libro Cien años de soledad. Novela de la desmitificación “están en un constante desdoblarse, dividirse, confundirse y permutarse”. Añade Morán Garay que tampoco es un secreto que los nombres se repiten de generación en generación, incluyendo las cualidades físicas y psíquicas, tanto en la rama masculina como en la femenina. Sin embargo, en el caso de los Aurelianos y los José Arcadios esta repetición resulta ser mucho más visible y sistemática.[iv]

A través de la novela, Úrsula Iguarán (al decir de Vargas Llosa “la columna vertebral de la estirpe Buendía”) es quien tiene la visión más clara, no tan solo de la particular configuración cíclica del tiempo, sino también del hecho de que ni el carácter ni el destino de los personajes centrales varían mucho de generación en generación como lo han subrayado muchos críticos. Oigamos la conciencia de Úrsula:

“En cambio Úrsula no pudo ocultar un vago sentimiento de zozobra. En la larga historia de la familia, la tenaz repetición de los nombres le había permitido sacar conclusiones que le parecían terminantes. Mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico. Los únicos casos de clasificación imposibles eran los de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo”. (211)[v]

Tzvetan Todorov lo subraya de una forma más precisa:

“Los miembros de la familia Buendía se hallan todos aislados; su soledad es el reverso de su semejanza: son la repetición de uno y otro”.[vi]

La última relación incestuosa entre Aureliano Babilonia, hijo de Mauricio Babilonia y Remedios, con Amaranta Úrsula, hija de Fernanda del Carpio y Aureliano Segundo, tiene, al igual que su hijo Aureliano (cola de cerdo) todas las características necesarias para poder interpretarse desde la perspectiva del nacimiento de “el niño de oro” (filius philosophorum) meta última de la alquimia y en la psicología profunda. En términos alquímicos coincide con el “mysterium coniunctionis” y en términos síquicos con la unificación de los dos movimientos básicos de la líbido según Carl Gustav Jung: la introversión y la extroversión. El aspecto alquímico queda informado, entre otros, por los trabajos de Mircea Eliade y el aspecto síquico por los escritos de Carl G. Jung. Pensamos, también, que ambos elementos, el alquímico y el síquico, se entrecruzan.

Esta interpretación no es nueva. Aparecen ambas perspectivas, por ejemplo, en el texto de Benjamín Torres Caballero, Gabriel García Márquez o la alquimia del incesto, y en el ensayo de Arthur J. Faves, Tiempo y significación en Cien años de soledad, que forma parte de En el punto de mira: Gabriel García Márquez, editado por Ana María Hernández López.

Puede en ellos verificarse cómo evidencian que en un estado originario José Arcadio Buendía (fundador) abrevia las cualidades que en las sucesivas generaciones se bifurcan en las dos secuencias de repeticiones de nombres. Y debe ser así porque no sólo es la raíz genealógica de los Buendía y el fundador de Macondo, sino que en él se aúnan la imaginación, la intuición y el carácter reflexivo de los Aurelianos y lo descomunal, el carácter emprendedor y el signo trágico de los José Arcadio. Por lo tanto, el ciclo, unidad primordial-bifurcación-nueva unidad, se completa a través de la novela. Por otro lado, debemos señalar que la perspectiva alquímica está siempre presente en el texto a través del personaje de Melquíades (quien le ha regalado un laboratorio de alquimia a José Arcadio-fundador) y será la propia Úrsula Iguarán la que constantemente introduzca el elemento síquico en cuanto analista de ambas líneas de nombres masculinos.

Según Mircea Eliade, la coincidencia oppositorum no es otra cosa más que el deseo de recobrar la unidad perdida, deseo que motiva al hombre a concebir los opuestos como aspectos complementarios de una realidad única.[vii] Es así que cuando se consuma la relación entre Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula en la descripción se hace referencia a ese deseo:

“Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que sin embargo parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales[…] como si fueran dos amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano”. (449)

Para entonces añadir:

“[…]hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices[…]” (450)

Tenemos también en las páginas inmediatamente anteriores una referencia directa a “el niño de oro”, concepto análogo al de renacimiento de la unidad perdida.

“Álvaro había llegado una de esas tardes a la librería del sabio catalán pregonando a voz de cuello su último hallazgo: un burdel de zoológico. Se llamaba el niño de oro […]” (435)

Cuando Jung, quiere mostrar la influencia de la alquimia en el misticismo señala que la forma de ese nacimiento “es una rueda que Mercurio impulsa en el sulfuro; el nacimiento es “el niño de oro”, arquetipo del niño divino”. [viii] Es Jung también quien establece una estrecha relación entre “el niño de oro” y el filius philosophorum:

“Aunque es decididamente hermafrodita tiene un nombre masculino. No hay duda de que es una concesión al principio espiritual y masculino, aunque eleva en sí mismo el peso de la tierra y la naturaleza de la animalidad primordial.” (25)

Esa animalidad primordial es a la que se refiere el narrador de la novela. Como subraya Víctor García De La Concha, “cuando Aureliano babilonia descubre que Amaranta Úrsula no era su hermana sino su tía, se percata de que todo había ocurrido:

“[…]solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe.”[ix] (470)

Por otra parte, la descripción del niño que se constituye como la última generación de la estirpe coincide con la que aparece, según Jung, en varios textos místicos.

“[…]Y entonces vio al niño. Era un pellejo hinchado y reseco que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus madrigueras por el sendero de piedras del jardín.” (468)

Aunque el hallazgo de Álvaro, “El niño de oro”, es un burdel, su descripción altera la cotidianidad. El aire era de una densidad ingenua y las mujeres que allí esperaban conocían “oficios de amor que el hombre había dejados olvidados en el paraíso terrenal”. (468) De otra parte, la iniciación sexual de Aureliano Babilonia es con una prostituta negra, Nigromanta, nombre que obviamente hace referencia a la brujería, la hechicería y al conocimiento y utilización de la magia negra.

Uno de los muchos nombres de la prima materia es la sangre y, como sugiere Torres Caballero, al chupar la sangre de Amaranta Úrsula, Aureliano Babilonia convierte su cuerpo en el receptáculo donde se realizará el trabajo alquímico. Otra de las revisiones del mito de “el niño de oro” y el filius philosophorum toma forma en la leyenda del rey y su hijo. En la tierra del rey nada prospera ni hay procreación. Para resolver el problema escoge una pareja, hermana-hermano, alegoría de la concepción de la unidad de los opuestos. El hijo tendrá que morir porque es una conjunción que se ha generado de forma incestuosa.[x]

Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula son de la misma sangre. Si consideramos que el patriarca José Arcadio- fundador es el antecedente último de este linaje en Macondo, no cuesta mucho identificar la relación José Arcadio (fundador) – Aureliano Babilonia – Amaranta Úrsula con la variante temática-estructural rey-hijos del rey. En el momento que Aureliano ve al niño cargado por las hormigas queda paralizado porque en ese mismo instante:

“[…]se le revelaron las claves definitivas de Melquíades y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres: el primero de la estirpe está amarrado en un árbol [José Arcadio-fundador atado al castaño del patio] y al último se lo están comiendo las hormigas.” (469)

No es mera casualidad que ambos momentos coincidan. La piedra filosofal es otra variante de “el niño de oro” y del “filius philosophorum”. Por lo tanto, tan sólo en ese momento podía encontrar la clave definitiva para descifrar los pergaminos. Nuevamente es Mircea Eliade quien nos sugiere la pregunta fundamental:

“¿Qué es lo que nos revelan todos estos mitos y símbolos, todos estos ritos y todas estas técnicas místicas, cuyas leyendas y creencias implican más o menos claramente la conicidentia oppositorum [la coincidencia de los opuestos], la unión de los contrarios, la totalización de los fragmentos?”[xi]

De Eliade recogemos la respuesta. Es muestra de una profunda insatisfacción del hombre por su situación, por lo que tradicionalmente llamaríamos la condición humana. Tanto en el folklore como en el imaginario cultural, de hecho, también en la filosofía y la sicología, el misterio de la existencia de la totalidad y nuestra relación con ella, ha estado siempre presente como elemento en la representación con que pretende interpretar su realidad. De alguna manera esos mitos, ritos y creencias tienen como propósito señalar que la realidad última, a veces identificada como lo sagrado, en ocasiones como lo divino, sobrepasa nuestra capacidad racional y que, por lo tanto, su fundamento solo es captable a través de la manifestación del misterio y la paradoja. Es, entonces, una verdad poética.

Este motivo simbólico no es nuevo en la literatura. Ha dicho Eliade que lo sagrado puede ser expresado de forma ingenua con términos tomados del ámbito de lo natural o de la vida profana del hombre. Durante el romanticismo alemán, por ejemplo, el mito del andrógino, símbolo de unidad en cuanto que síntesis de ambos sexos, como tipo de ser humano perfecto del futuro, aparece en los trabajos de Wilhelm Von Humboldt y Friedrich Schlegel. Más significativo, aún, me parece la aparición de la misma figura en Platón y Goethe.

En El Banquete (Simposio) Platón describe al hombre primitivo como un ser bisexuado, de forma esférica. Es una metáfora que ha heredado del filósofo Empédocles y de la tradición presocrática. El ser de Parménides, por ejemplo, es también concebido de forma esférica. La misma idea aparece más tarde entre los filósofos neoplatónicos y neopitagóricos. Una perfección humana que se representaba como unidad, esférica, bisexuada sin fisuras. En cada uno de estos casos parece ser una reinterpretación del Uno-Todo, en griego el hen kai pan, que proviene de la tradición filosófica eleática. Es una manifestación, según Eliade, del deseo de recobrar la unidad perdida y que lleva al ser humano a concebir los opuestos como los aspectos complemetarios de una realidad única. Piénsese, por ejemplo, en el impulso oceánico Freudiano como base del sentimiento religioso.

Sobre Goethe, nos muestra Eliade, cómo el espíritu del mal se revela como incitador del bien: los demonios como el aspecto nocturno de los dioses, su otra cara, la que la completa:

“[…] no constituye un azar el que Goethe haya buscado durante toda su vida el verdadero puesto de Mefistófeles, la perspectiva desde la cual el demonio, negador de la vida, podría mostrarse, paradójicamente, como su más preciado e infatigable colaborador.”[xii]

Terminemos esta primera parte con la conclusión de Carmen Arnau en El mundo mítico de Gabriel García Márquez:

“Todo está contenido en el mundo de Cien años de soledad y no hay nada fuera de él. Todo tiene un sentido que corresponde a la creación de este universo mítico, este mundo autónomo de ficción, que se justifica y explica tan sólo por sí mismo. Fuera de él no existe nada porque todo, absolutamente todo, está allí, puede ser llamado por tanto con todo el derecho un mundo mítico”.[xiii]

Referencias

 

[i] La carta completa se reproduce en: “Para darle nombre a América” del mismo Fuentes y que se incluye en la

edición conmemorativa de la Asociación de Academias de la Lengua Española de 2007. (p. xxii)

[ii] Se puede leer en: www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1982/marquez-lecture-sp.html.

[iii] En: “Cien años de soledad. Realidad total, novela total”. Edición Conmemorativa. (p. xxv)

[iv] Diana Moray Garay. Cien años de soledad. Novela de la   desmitificación. México: Editorial de la Universidad Autónoma Metropolitana, 1988. (p. 36)

[v] Para todas las citas de la novela uso la edición conmemorativa: García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Colombia: Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2007.

[vi] Citado en Víctor García De La Concha. “Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética”. En la edición conmemorativa (p. lxxxiv)

[vii] Mircea Eliade. Mefistófeles y el andrógino. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1969. (p. 156)

[viii] Carl G. Jung. Psychology and Alchemy. New Jersey: Princeton University Press, 1980. (p. 166)

[ix] Víctor García De La Concha. “Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética”. En la edición conmemorativa (p. lxxxiii)

[x] Carl G. Jung. Psychology and Alchemy. New Jersey: Princeton University    Press, 1980. (p. 182)

[xi] Mircea Aliade. Mefistófeles y el andrógino. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1969. (p. 155)

[xii] Mircea Aliade. Mefistófeles y el andrógino. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1969. (p. 157)

[xiii] Carmen Arnau. El mundo mítico de Gabriel García Márquez. Barcelona: Ediciones Península, 1971. (p. 133)