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Cuatro tatuajes con sello UPR


foto por Pulso Estudiantil

«No se puede nombrar ni un solo gran país,
desde las regiones polares del norte hasta Nueva Zelanda en el sur,
en el que los aborígenes no se hicieran tatuajes».
–Charles Darwin, 1889

En esta ocasión tenía menos miedo que la vez anterior. Sabía que saldría de aquel edificio en la Calle Ashford del Condado con dos nuevos tatuajes en mi brazo izquierdo, iguales a los que ya tenía en mi otro brazo. Tal vez me dieron algún tipo de calmante, pues enseguida me sentí más tranquilo. De momento me pasó algo bien curioso, encontré que todo el mundo era lindo. Los chicos parecían sacados de una portada de revista; las chicas, aún más atractivas, parecían ex-modelos, de esas que se ven mejor luego de dejar sus dietas macrobióticas. Estoy consciente de que verse rodeado por gente atractiva no es inusual en nuestra isla, pero no me lo esperaba en aquella mañana. Tuve que esperar muy poco para que me dijeran que me trasladarían a otra sala. De camino vi esas imágenes de películas de ciencia ficción en las cuales la persona amarrada a una camilla solo puede observar el techo de los pasillos moviéndose. Recuerdo preguntarle a la hermosa mujer que me acompañó en el trayecto, ¿usted estudió anestesiología en la Universidad de Puerto Rico? Y al responderme que sí, le comenté, «hay que defender la Universidad de quienes la quieren destruir». No pude observar su reacción. Al poco tiempo sentí que un torrente helado empezó a penetrar mi brazo derecho. Al igual que en la vez anterior, me quedé dormido. Al despertar tenía dos nuevos tatuajes con el sello de la UPR en el brazo izquierdo.

Hace unos días me quitaron los vendajes que tapaban los nuevos tatuajes. ¡Líndísimos! Recordé la teoría del famoso médico y científico italiano del siglo 19, Cesáreo Lombroso, brillantemente analizada y descuartizada por el biólogo evolutivo Stephen Jay Gould (1981). Lombroso argumentaba que existían los criminales innatos y que su propensión al crimen se notaba en algunas de sus características anatómicas, tales como sus rasgos faciales o la forma de la cabeza y en el caso de algunas prostitutas, en la separación entre el dedo gordo del pie y los demás dedos. Los tatuajes realizados en el cuerpo de estos criminales eran un signo visible de su falta de sensibilidad hacia el dolor y una regresión al amor por el adorno del cuerpo, cosa común en antepasados remotos y racialmente inferiores. Lombroso sostuvo sus teorías apoyado por toda una retahíla de datos cuantitativos que apoyaron sus aseveraciones y fundamentaron la creación de la disciplina científica de la «antropología criminal». A diferencia de los criminales de Lombroso, mis cuatro tatuajes no revelan tanto el amor al adorno del cuerpo, como el amor por una causa, en este caso, el amor a la Universidad de Puerto Rico. Cada mañana al levantarme veo los cuatro tatuajes y pienso que sin ellos no tendría la fuerza necesaria para agarrar el cepillo de dientes con una mano y ponerle pasta dental con la otra. Sin estos tatuajes no podría abrir o cerrar la puerta de mi apartamento, ni la de mi oficina de trabajo. Gracias a estos tatuajes, en un par de semanas espero volver a conducir mi auto.

Los cuatro tatuajes fueron el resultado de dos cirugías realizadas en el plazo de tres meses. Las cicatrices de estos procedimientos han inscrito en mi cuerpo tatuajes con el sello de la UPR. Fue un ortopeda facultad del Recinto de Ciencias Médicas de la UPR quien realizó las cirugías. Fue una anestesista graduada del Recinto de Ciencias Médicas de la UPR quien me puso a dormir y me despertó sin complicaciones (¡y con hambre!). Fueron residentes de ortopedia de la UPR quienes colaboraron antes, durante y después de las cirugías. El director del hospital era graduado de la Escuela de Salud Pública del Recinto de Ciencias Médicas de la UPR. (Por cierto, vaya a este caballero del Hospital Presbiteriano mi agradecimiento, pues tuvo la enorme amabilidad de llegar al área de recuperación y preguntarme personalmente cómo me sentía). Actualmente, un residente del Programa de Fisiatría en el Hospital Universitario me está atendiendo para dirigir la rehabilitación. Gracias a todos ellos el sello indeleble de la UPR quedó grabado en mi cuerpo y me acompañará hasta la muerte.

Al día de hoy, no uso reloj en la mano izquierda y todavía no puedo cerrar el puño y levantarlo en alto. Razones me sobran para volver a hacerlo, esta vez por la UPR y en contra de quienes se afanan por destruirla al reducir caprichosamente su presupuesto. ¿Por qué el afán en destruir la UPR? Mis razones esbozaré un poco más adelante, primero abundaré en lo que la UPR, en su Recinto de Ciencias Médicas me ha ofrecido a mí y le ofrece país.

La calidad de cuidado que he tenido desde que me personé a obtener un diagnóstico refleja el riguroso adiestramiento que se ofrece a los estudiantes de la Escuela de Medicina de la UPR. En el transcurso de sus años de estudio, estos tienen que someterse a una serie de pruebas del United States Medical Licensing Examination (USMLE). En el 2016, la proporción de estudiantes de medicina de la UPR que aprobó en su primer intento dichas pruebas en las categorías de Step I, Step II CK (Conocimiento Clínico) y Step II CS (Destrezas Clínicas) fue 94%, 96% y 88%, respectivamente. Estos números han sido consistentes en los últimos años y demuestran la excelencia de la UPR.

Los datos correspondientes de la Escuela de Farmacia de la UPR me parecen todavía más reveladores. En el 2016, de los estudiantes de farmacia que tomaron la prueba NAPLEX (North American Pharmacist Licensure Examination), el 92.86% aprobó dicho examen en su primer intento. Este número coloca a la UPR, por encima de varias universidades del norte, aquellas que el Presidente de la Junta de Control Fiscal, José Carrión, piensa que son modelos para Puerto Rico. Para dicho año, algunas de las universidades que estuvieron por debajo de la UPR en su por ciento de aprobación son las siguientes: Idaho State, University of Wyoming, University of Georgia, University of Michigan, University of Connecticut, University of Pittsburg, University of Minnesota y University of South Florida. Me detengo aquí, para no mencionar las cerca de 75 universidades que no llegaron al 90% de aprobación. Si se considera que el costo de matrícula y cuotas al estudiar cuatro años en el College of Pharmacy de la Universidad de Michigan es de $103,115 (University of Michigan College of Pharmacy, s.f.) y en la UPR ese costo no llega a $23,000 (StartClass, s.f.), se equivoca por más de un 300% Carrión III. Son las universidades del norte las que deben imitar a la UPR.

El tipo de cirugía al que fui sometido requirió de varios especialistas quienes han sido graduados de la UPR o allí trabajan. Actualmente la UPR tiene 38 programas de residencias para médicos en diferentes áreas de especialidad y subespecialidad, todos acreditados por el American Council of Graduate Medical Education. La UPR gradúa de estos programas a cerca de 100 especialistas y subespecialistas cada año. El éxodo de médicos generalistas y especialistas en Puerto Rico es innegable, pero en los programas de residencia de la UPR existen algunos datos alentadores. El 80% de los graduados de residencias en anestesia, oftalmología, psiquiatría, radiología y fisiatría permanece ejerciendo en la Isla. En otros programas de residencia, como medicina de emergencia, medicina de familia, obstetricia y ginecología y cirugía, alrededor del 40% abandonan el país y terminan «trabajando pal inglés».  Aquí añado que para que un hospital en Puerto Rico pueda funcionar adecuadamente, requiere aprobar los procesos de acreditación de la organización denominada Joint Commission. Esta organización exige que los directores de hospital sean egresados de un programa educativo debidamente acreditado y la Escuela Graduada de Salud Pública de la UPR es la única institución en Puerto Rico que tiene dicha acreditación. En nuestra isla, quien dirige las múltiples y complejas operaciones de cualquier hospital, si estudió en Puerto Rico, es egresado de la UPR.

Todo ser humano racional debe entender fácilmente que la destrucción de la UPR es la destrucción del país y que la dramática reducción del presupuesto de la UPR, en el caso del Recinto de Ciencias Médicas como ejemplo, no es otra cosa sino la dramática reducción en la posibilidad de obtener servicios de salud de calidad y a tiempo. Quienes tronchan el presupuesto de la UPR tronchan los servicios de salud para ellos mismos, sus familiares y sus allegados.

¿Por qué el afán de destruir a la UPR?

Aquí ofrezco una respuesta sencilla y necesaria, sin pretensiones de ser la única. A pesar de las grandes fallas de la universidad y de los bolsillos de mediocridad y favoritismo que en ella existen, nuestra universidad —más que ninguna otra en el país— constituye un obstáculo para quienes viven de la mentira. Ana Lydia Vega (1994) argumentó en una conferencia magistral que el producto más fino y más elaborado de la universidad, no son los grados académicos, ni los certificados profesionales, sino una hiperconciencia universitaria. Y esta hiperconciencia implica vivir en un estado de alerta permanente contra la mentira. Desde las diversas disciplinas y escuelas profesionales, la universidad tiene la misión de enseñar a sus estudiantes a pensar críticamente. Una juventud crítica y pensante y una facultad crítica, creativa e investigativa, necesariamente tienen que chocar con los proyectos de quienes desean capitalizar de la mentira.

Capitalizan de la mentira aquellos que defienden el bipartidismo como beneficioso para el país y con cada cambio de gobierno se reparten de antemano los puestos de la universidad, con su correspondiente cuota de asesores, ayudantes y otros contratos. Capitalizan de la mentira quienes defienden el empresarismo y la privatización como los modelos que adelantarán nuestro desarrollo socioeconómico, mientras aseguran múltiples exenciones contributivas a un sinnúmero de corporaciones privadas que no rinden cuentas por los subsidios gubernamentales. Capitalizan de la mentira quienes imponen políticas de austeridad a sabiendas de que economistas de calibre mundial evidencian lo nocivo que es la austeridad para el desarrollo económico. Quienes desean destruir la universidad pretenden preservar sus privilegios a corto plazo, aunque a largo plazo nos quedemos todos, nosotros y ellos, sin país.

Según aparece en el epígrafe de este escrito, en 1889 Darwin afirmó que no existían grandes países sin una historia de tatuajes.1 Más de un siglo ha transcurrido y hoy tengo que coincidir con el famoso naturalista.  Si algo ha hecho grande a nuestro país es el tatuaje que la UPR ha marcado en generaciones de puertorriqueños. Darwin concluyó que uno de los propósitos de tatuarse era prepararse para la guerra y verse más beligerante. Para esto también nos ha tatuado la UPR; haremos lo que sea necesario para defenderla.

 

Agradecimientos

El autor agradece la información estadística ofrecida por el Dr. José Capriles, Decano Académico Interino y por la Dra. Wanda Maldonado, Decana de la Escuela de Farmacia, ambos del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico. Los argumentos presentados en este ensayo son responsabilidad exclusiva del autor.

Notas

  1.   La cita original del libro de Darwin es la siguiente: «Not one great country can be named, from the Polar regions in the north to New Zeland in the south, in which the aborigines do not tattoo themselves». Esta cita aparece en Part III, Sexual Selection in Relation to Man and Conclussion; Chapter XIX, Secondary Sexual Characters of Man; Section, The influence of beauty in determining the marriages of mankind».

Referencias

Darwin, Charles. (1889). The Descent of Man and Selection in Relation to Sex. Second Edition. New York: D Appleton and Company.

Gould, Stephen Jay. (1981). The Mismeasure of Man. New York: W. W. Norton and Co.

Vega, Ana Lydia. (1994). Esperando a Loló y otros delirios generacionales. San Juan, Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

University of Michigan College of Pharmacy (n.d.). Tuition and Fees. Disponible en http://www.wm.edu/about/administration/provost/mission/index.php.

StartClass. (s.f.). University of Puerto Rico-Medical Sciences School of Pharmacy. Disponible en: http://pharmacy-schools.startclass.com/l/126/University-of-Puerto-Rico-Medical-Sciences.

  • Efrain Flores Rivera

    Excelente reflexión, Luis Alberto!! Mi tatuaje de la UPR lo tengo hecho -con tinta indeleble- en el corazón…Todavía conservo, como un tesoro, la carta de aceptación del Recinto de Río Piedras que recibí en abril de 1986, cuando todavía vivía en Villa Palmeras. Ese documento fue mi pasaporte para un viaje “largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias…”, como dice el poema de Kavafis. Un viaje en el que aprendí y continúo aprendiendo a cuestionarlo todo, incluyendo mis propias ideas; en el que he conocido a personas extraordinarias, de diversas ideologías y trasfondos socioeconómicos; en el que hice mis mejores amistades; en el que aprendí a aceptarme plenamente como hombre gay y a celebrar la diversidad humana… Estos aprendizajes que sigo experimentando durante mi travesía -los que no se recogen en las tasas de aprobación de las reválidas ni en los auto-estudios de las acreditaciones- son los que han quedado tatuados en mi corazón y en los de los miles de seres humanos que hemos pasado por las aulas, teatros, pasillos, gazebos y plazas (¡todos esos espacios de aprendizaje!) de la Universidad de Puerto Rico. Confío en que los integrantes de ese ejército de corazones con el tatuaje de la UPR saldremos a defenderla de la distopía que le tienen reservada…

  • Anayra

    Ovación de pie.