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“De EL Nuevo Día al periodismo digital”: una provocación para estimular la investigación y la mirada crítica


El sábado 27 de mayo del corriente, la autora presentó este libro en la Librería El Candil, de Ponce, y aquí reproducimos la ponencia en forma íntegra. (Luis Fernando Coss, De El Nuevo Día al periodismo digital: trayectorias y desafíos. San Juan, Editorial Callejón, 2017.)

 

En tiempos de pos-verdades y pos-censuras, el libro De El Nuevo Día al periodismo digital: trayectorias y desafíos, de Luis Fernando Coss viene a recordarnos la necesidad de indagar sobre las verdaderas intenciones que ocurren tras la información noticiosa.

Siempre me ha gustado la definición de periodismo que lo describe como la profesión que investiga, documenta, redacta y publica de forma periódica, información y eventos de interés público, para que el ciudadano tenga información apropiada y pueda tomar decisiones libremente.  Le da un cierto aire de causa y efecto.  Propone que la calidad y veracidad de la información tiene un efecto directo en la interacción social.

El ya clásico libro de Kovach y Rosenstiel, The Elements of Journalism, publicado en el 2001, declaraba en su primer punto, de la lista de nueve características del periodismo profesional, que la primera obligación de éste es la verdad.  La segunda: su lealtad primaria con los ciudadanos.

Como mencionara un mes atrás, en mi ponencia en este mismo local, durante el foro “Te Mienten: el riesgo de la desinformación”, el periodismo del siglo veinte se ejerció a través de empresas mediáticas, algunas pertenecientes a grandes imperios comerciales, y definió la verdad como su principal valor. Así se ganó el prestigio y la confianza.  Casos como las investigaciones periodísticas de Watergate en los Estados Unidos y Cerro Maravilla en Puerto Rico, lo validaron. Se posicionó como el “cuarto poder”, como el balance ideal con los otros tres poderes de la democracia republicana. Pero, poder al fin, también se sometió a la tentación de controlar los datos para su beneficio, ideológico y económico.  Este libro trata precisamente de ese poder y sus consecuencias.

En la página 77, nos dice el autor: “La noticia, en realidad, es noticia solo dentro de un marco de fuerzas políticas, económicas y condiciones culturales, y su divulgación depende no necesariamente de actos individuales sino de la compleja trama que hace posible un periódico o una empresa periodística.”

El contenido del libro se distribuye en dos partes parcialmente interrelacionadas. La primera, fruto de la investigación académica del autor,  para su trabajo sobre el análisis histórico de la noción de periodismo profesional en Puerto Rico, es un texto historiográfico sobre el desarrollo del periódico de mayor circulación en la Isla y sus decisiones editoriales. Nos presenta un diario depredador, que impone la agenda de discusión en el país, con sus intereses políticos y económicos como norte y creando “trampas y ambivalencias”, para usar las palabras del autor. (p. 78).

La segunda, es un ensayo reflexivo sobre el rumbo del periodismo ante los retos tecnológicos a que se exponen estos profesionales y sus audiencias. Nos cuenta de un puñado de iniciativas de periodismo independientes en Internet y el potencial de dominar los medios de publicación en la era digital.

La mirada del autor a estos temas, es una personal, enfocada fundamentalmente en el periodismo impreso metropolitano. Sus críticas al periódico de los Ferré, ya habían sido públicas en el documental Un diario amable, de la serie Zona Franca, de la que fue productor, realizado en 2009, a tiempo con una transformación administrativa del rotativo, que incluyó despidos, importantes cambios en las condiciones laborales para los periodistas, rediseño editorial y una nueva cepa de ejecutivos extranjeros.

Partiendo de y criticando, a su vez, el libro de Guillermo A. Baralt, comisionado por los Ferré, y que cubre desde los inicios de El Día en Ponce hasta la creación del El Nuevo Día, Coss hace clara distinción en los roles que tuvieron en esta trayectoria el político Luis A. Ferré, el empresario Antonio Luis, su hijo, y destaca las aportaciones de Carlos M. Castañeda en el campo, no solo editorial, sino de diagramación del diario que hoy conocemos y que impactó la profesión de periodista en Puerto Rico.

Esta primera parte, permite ver tres áreas necesarias para comprender la prensa: las decisiones empresariales, el enfoque editorial y la pasión del oficio.  La primera la destaca a través de citas directas y de testimonios de relacionados a Antonio Luis Ferré Ramirez de Arellano, quien asumió la dirección de El Día cuando su padre gana la gobernación en 1967, y como condición, lo transforma en un diario metropolitano con un enfoque emprendedor más agresivo.

Éste, sin ser periodista, adopta la visión de cuarto poder, como paladín de la democracia y utiliza términos que idealizan la labor periodística, sin dejar de ser un negocio.  Muestra las gestiones tras bambalinas para apoderarse del mercado, con conexiones importantes en la creciente industria publicitaria estimulada por el exilio cubano, contactos estratégicos en el gobierno y la invitación a Castañeda a dirigir el proyecto.  Este ya había probado un gran dominio del oficio en la renombrada revista Life en Español.

En segundo lugar, el enfoque editorial será la más importante aportación de este último. Al aceptar el reto de Ferré, transformará no solo el naciente Nuevo Día, sino toda la prensa boricua, creando un periódico mucho más gráfico, destacando las fotografías, el diseño y utilizando todos los recursos de tipografía que la entonces limitada tecnología de impresión permitía en ese momento.

Este se convirtió en el referente del periodismo profesional, no solo en lo gráfico, sino en un enfoque editorial serio, directo, inquisitivo.  Castañeda reclamó desde el inicio su libertad editorial, que Ferré supo conceder porque veía los frutos en las arcas de su negocio. También acogió las recomendaciones sobre mejores condiciones laborales, particularmente para los fotoperiodistas, marcando un cambio radical en la industria de los medios impresos y electrónicos.

Coss, quien accedió a importantes documentos originales de referencia para este trabajo,  cita a Castañeda describiendo la época: “El propósito del diario saltaba a la vista: captar el ojo de la calle, apelar a las nuevas generaciones puertorriqueñas que, inducidas por el fenómeno de la televisión, tenían una orientación visual y pocos hábitos de lectura.” Debemos recordar que esto está ocurriendo en los 70s.  Sin duda, esa visión transformadora para adaptarse a las audiencias se ha mantenido en dicha empresa, cosa que evidentemente no ocurrió con el que era entonces su competencia, El Mundo, sobre el cual el autor describe las circunstancias de su caída y el efecto que esto tuvo en el periódico de los Ferré.

La tercera de las áreas, la pasión por el oficio, Coss la aborda a través de testimonios de conocidos periodistas que en su mayoría, entraron al oficio sin una preparación en el campo, casi por necesidad de hacer cualquier tipo de trabajo para su subsistencia y que quedaron enamorados de su nueva profesión.  Nos presenta un periodismo como oficio surgido de la necesidad pero acaparado por la pasión, a pesar de los sueldos de miseria.

Presenta un panorama donde los límites impuestos por los intereses económicos del medio eran conocidos y respetados por los reporteros, como indica la cita de José Castrodad diciendo “las agencias de publicidad eran intocables”. Pero a la vez “se convertía en una vocación que ni el fuego podía consumir.”  (p. 81)

Así, El Nuevo Día logra una fórmula ganadora, que combinaba el poder político y económico del propietario, el apoyo de una pujante industria publicitaria y un periodismo maduro, forjado en la tradición americana del cuarto poder, con independencia editorial y responsabilidad social. (p. 113)

Sin embargo, el texto aclara aquello de la objetividad en la noticia, pues sostiene que más allá de las columnas de opinión y los editoriales, el mero hecho de tomar decisiones sobre cuánto, cómo, y dónde se publica la historia, ya viene cargada de opiniones con intereses particulares. Cita a Francisco Velázquez diciendo “porque noticia en el sentido estricto, es lo que fastidie al enemigo del dueño del periódico… No hay cosa más triste que un periodista que se creyó el cuento del caiga quien caiga.” (p. 97)

El autor añade algunas anotaciones sobre la nueva generación de los Ferré y el rol en dicho proceso de transformación del actual director general de GFR Media, Luis Alberto Ferré Rangel. Destaca de este último su formación periodística, el modelaje recibido de Castañeda, y el haber comenzado su carrera como reportero de calle.  “La perspectiva crítica del joven director resulta prometedora desde temprano”, señala sobre quien asumió la dirección en el 1999 y le tocó aplicar el análisis de lo que habían anticipado y aprendido de Castañeda, coincidiendo con las luchas de poder entre el PNP y El Nuevo Día durante la gobernación de Pedro Rosselló.  (p. 136)

Aunque mantiene su crítica por las decisiones editoriales fundamentada en intereses económicos, reconoce que las aportaciones de esta nueva generación son demostrativas del interés que existe por un cambio en las ofertas del periodismo puertorriqueño.  (p.  137)

No obstante, el autor deja al margen o trata con cierta superficialidad dos emblemáticos proyectos de Ferré Rangel que han sentado pauta en el desarrollo del trabajo periodístico en las pasadas décadas.  Estos son la creación del Centro para la Libertad de Prensa, con sede en la Universidad del Sagrado Corazón y dirigido por la veterana periodista Helga Serrano y el proyecto de democracia participativa Agenda Ciudadana, que surgió dentro del El Nuevo Día como una sección de responsabilidad social y se transformó en una institución independiente.

Tan a tono con los debates actuales sobre las noticias falsas, reflexiona sobre lo defectuoso de los conceptos de objetividad e imparcialidad que en su momento tanto sostén y prestigio dieron a la prensa y advierte que las estrategias persuasivas se han tragado la verdad noticiosa.

Cierra la primera parte del libro con una reflexión de lo que denomina como una crisis en el periodismo en la actualidad. Plantea que la sobre-comercialización de los medios noticiosos y la dependencia de la industria de la publicidad, cada vez más vinculada al entretenimiento, han minado la libertad editorial del periodismo.  Las audiencias ya no le creen al periodista como antes, quien ha perdido credibilidad ante la mecanización de su trabajo y la presión de tiempo que no deja espacio para profundizar, verificar e indagar.

La segunda parte del libro, contextualizada en el nuevo siglo, curiosamente se intitula “La emergencia del periodismo digital”. No sé si casualidad o causalidad, pero eso de emergencia, más que derivado de emergente, propone una cierta urgencia crítica de lo que las nuevas tecnologías implican para el ejercicio del periodismo.

Se enfoca en esa primera década del siglo veintiuno, donde todavía se vivía con el susto del apagón de la internet cuando entraran los años 2000, y la incertidumbre de una profesión que se veía cada vez más limitada por los intereses económicos y los cambios tecnológicos que dejaban al margen periodistas que se resistían a los cambios y se anticipaba la muerte del periódico de papel. Es precisamente hasta ese año 2000 que Baralt cuenta la historia de El Nuevo Día.

El autor cita el resultado de un Seminario de Gerencia de Medios realizado en la Escuela de Comunicación (COPU) en el 2000, donde ya se pronosticaba que  “la empresa periodística sobrevivirá si cambia a tiempo sus paradigmas editoriales y gerenciales.”

Es eso justamente lo que hemos visto en empresas como GFR Media, la nueva generación de El Nuevo Día. Es precisamente ese periódico en que se enfoca en la primera parte de libro, el que traerá el periodismo a la era digital, habiendo sido pionero en la versión de Internet,  con aplicaciones móviles, integrando blogs, actividades interactivas, recursos multimedios y transmisiones en directo.

Pero esa efectiva adaptación fundamentada en decisiones empresariales y la adaptación a audiencias que buscan más entretenimiento que noticias, con alto grado de consumismo, y que acceden a la información mayormente desde artefactos móviles,  han llevado a estos medios a producir mayormente contenidos simplificados, entretenidos, atractivos y mercadeables.

De hecho, el más reciente estudio del comportamiento digital en la Isla, Digital & Mobile Behavioral Study 2016 realizado por Estudios Técnicos y presentado ante la matrícula de la Asociación de Ejecutivos de Ventas y Mercadeo, revela que las dos aplicaciones digitales locales de mayor utilización en la Isla, son dos de los productos emblemáticos del Grupo Ferré Rangel, los portales de El Nuevo Día y de Primera Hora.

Es el Grupo Ferré Rangel quien nuevamente innovará en la industria mediática con aplicaciones para el mercadeo de contenido, su nuevo proyecto Brand Share imita reportajes noticiosos pero en este caso, son pagados como anuncios. Esto requiere un ojo entrenado y malicioso para distinguir la difusa frontera entre la noticia y el contenido publicitario. Este es un tema que el autor deja abierto para futuras investigaciones.

Y justo hace un par de días, el grupo mediático vuelve a hacer noticia con el anuncio de nuevas estrategias que ayudarán a adaptar los contenidos de sus periódicos digitales a los intereses particulares de los mercados.  Sí, porque ya el periodismo no es para los ciudadanos sino para los consumidores.

Pero esta segunda parte no se centra en El Nuevo Día o Primera Hora.  Presenta a algunos de los proyectos que han surgido de forma independiente en el escenario de la red.  Destaca, entre muchos existentes en la actualidad, a la revista 80grados, de su propia creación, el Centro de Periodismo Investigativo que surgió a raíz de los despidos en El Nuevo Día, el proyecto ambientalista Mi Puerto Rico Verde y el portal noticioso Sin Comillas.

Estos medios emergentes han logrado cubrir nichos poblacionales por intereses, alcanzando gran credibilidad entre sus audiencias que trascienden fronteras nacionales.  Con el apoyo de sus perfiles en las redes sociales, estas iniciativas alcanzan cantidades insospechadas de seguidores, que se unen a la conversación típica de estas redes interactivas, a partir de la Web 2.0.

Sin embargo, en una reflexión final, el autor cuestiona sobre la sostenibilidad de este nuevo periodismo independiente y digital. Algunas de estos medios operan con un presupuesto extremadamente limitado y vulnerable. El riesgo de esto es que muchos ven los contenidos en las redes sociales y los comparten sin nunca entrar a la página web del medio, donde están los anuncios, limitando su efectividad desde la perspectiva de los publicistas.

En el libro queda pendiente profundizar en el rol de los blogueros y en el potencial económico de una prensa independiente. Queda pendiente el análisis de si este nuevo periodismo independiente, que controla su propio medio, tiene igualmente riesgo de sucumbir a las tentaciones y presiones económicas a las cuales ya sabemos que se somete la prensa tradicional.

De El Nuevo Día al periodismo digital es un libro que todo comunicador profesional o aspirante a serlo debe leer.  Pero igualmente cada ciudadano debe conocerlo y reflexionar sobre cómo le impacta la noticia diaria y cuáles son los hilos que mueven dicho escenario mediático.

Es además una oportunidad de ver el periodismo a la luz de los cambios sociales y la preparación de los profesionales de la comunicación, que el propio autor, profesor universitario comenta, y yo critico como el faranduleo en aspirantes en escuelas de periodismo.

El libro resulta además un ejercicio de provocación para estimular la investigación y mirada crítica a otros aspectos del periodismo en Puerto Rico que se quedan fuera de sus páginas o se tratan con marginalidad.  Por ejemplo, no incluye el periodismo radial que merece otro libro, ni la prensa fuera del área metropolitana, con una tímida referencia a nuestro semanario La Perla del Sur, e ignora a El Vocero en relación a los temas que trata en esta publicación.

Quedan en el tintero otros temas que nos provoca esta lectura como el periodismo satírico que ha resurgido en los medios digitales, el papel de los gremios periodísticos ante todos estos retos que se relatan, la participación activa del ciudadano común en la creación de contenidos que compiten por la atención de las audiencias y la brecha en la literacia digital que produce marginación social.

Habría que continuar analizando cómo las personalidades, muchos de ellos abogados varones, que trabajan noticias y análisis, como el caso de Jay Fonseca, y otros comentaristas de temas noticiosos, afectan la percepción de la función del periodista.

Estos tienen ingresos por estos espacios informativos que sobrepasan por mucho el salario típico de un reportero. Mientras, vemos como crece el número de periodistas profesionales que tienen que trabajar en varios medios a la vez para poder suplementar su salario y aceptan hacer mensajes publicitarios para ganancia del medio que los contrata.

Queda por ver cómo lo que fue una bonanza publicitaria en los 70s y que produjo ganancias en los medios informativos, e impactó salarios, beneficios, condiciones de trabajo, equipos, viajes, entre otros, ya no es una realidad. Esa publicidad que un día mejoró a la prensa, ahora la trivializa para satisfacer consumidores que buscan entretenimiento y placer, no la noticia que provoca pena e incertidumbre.

Este trabajo de Coss arranca de la necesaria reflexión sobre los aspectos fundamentales de una profesión que tradicionalmente se trataba como un “sacerdocio”. Y como ha ocurrido en otras importantes instituciones, los cambios tecnológicos, políticos, económicos y sociales, han transformado las relaciones entre los periodistas y sus audiencias, que ya no saben con certeza si pueden tomar libremente las decisiones basadas en lo que le dice la prensa.