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De la anarquía al confetti: otro Día Nacional de la Zalsa


foto por Claudia Calderón

Pa’ Gabbie. Familia es familia y cariño es cariño.

Podría decirse que en las tres décadas y pico que han pasado desde la primera edición del Día Nacional de la Zalsa en 1984, la salsa ha muerto y ha resucitado, quizás más de una vez. El Día Nacional a estas alturas se ha convertido, al menos para aquellos que asistimos año tras año como un asunto de devoción cocola, en una especie de déjà vu. O incluso, en un déjà vu de un déjà vu. Se hace casi inevitable la repetición cuando las figuras principales de la llamada época dorada del género ya han muerto, cuando los homenajes empiezan a redundar y cuando el canon que marca la pauta musical del evento está limitado, en su mayoría, al repertorio de Fania y a un par de cosas más.

Aún así, la trigésimocuarta edición de este evento, celebrada el pasado 19 de marzo en el Estadio Hiram Bithorn, en San Juan, fue un palo. Una vez más, el Bithorn se empaquetó de gente salsera ready pa’ la jodedera, el baile y el vacilón. Gente salsera que año tras año regresa a este evento a reencontrarse con panas y familiares. Gente que se encuentra con extraños que por un rato dejan de serlo, al compás del cencerro, el güiro y las maracas que, desde el público, acompañan—aunque algunos dirían, que interrumpen—el mazacote que se destila en tarima.

foto por Claudia Calderón

Cada año son más las banderas colombianas, panameñas, ecuatorianas, mexicanas, venezolanas, peruanas y hasta uruguayas que ondean en el terreno. Gente salsera de otras latitudes que hace suya esta peregrinación cocola en busca del maná sonoro que por 34 años La Z se ha encargado de producir. Ondeaba también, como suele ser en este día, la monoestrellada en sus distintos tonos de azul por cada esquina del parque. Eran muchos los rubios postizos de barba y cabello en apoyo al #teamrubio, que para esa fecha todavía no había recibido las nueve donas de parte de los gringos. También, como ya es tradición, las caras lindas de salseros mayores se movían como espectros por el parque adornando montones de pechos y barrigas cocolas… y hasta una que otra cabeza.

foto por César Colón Montijo

La calidad musical, indiscutible. No puede ser de otra manera cuando se alinean en tarima Luisito Carrión, Andy Montañez, Don Perignon y la Puertorriqueña, El Gran Combo, Grupo Niche, José Alberto “El Canario” y la Orquesta del Día Nacional de la Zalsa, dirigida por el maestro Louis García, acompañando a cantantes bravos como Guillo Rivera y Camilo Azuquita y al joven cantante Carlos D’Castro junto a su papá Alex D’Castro. Para muestra, la cantidad enorme de gente salsera bailando arrebatada por el sonido impecable de la Orquesta del Día Nacional a eso de las 8:30 de la noche.

Con todo y eso, para mi gusto, este año no hubo casi ningún momento trascendental en tarima. Me refiero a esos instantes que uno, como buen cocolo obsesivo que ha asistido a unas veinte ediciones del Día Nacional, reconoce de inmediato como highlights en la historia reciente de este evento. Por ejemplo, las presentaciones de Eddie Palmieri en 2006, Lebrón Brothers en 2007, Conjunto Libre y Spanish Harlem Orchestra en 2008, Cano Estremera en 2013, Eddie Santiago en 2014, Gilberto Santa Rosa en 2015, el Gran Combo en 2010 y 2014, El Sabor de Nacho en 2015 y Charlie Aponte en 2016.

Este tipo está loco, dirán algunos de los que este año fueron principalmente a ver a Víctor Manuel y a La India. Otros dirán que decir esto es una afrenta a la más reciente versión de la plena Quién no se siente patriota que interpretó don Andy Montañez, al mazacote que metió José Alberto El Canario, a la peste que metió Guillo Rivera junto a la Orquesta del Día Nacional de la Zalsa, o especialmente al Gran Combo, porque Los Mulatos del Sabor se quitaron sus camisas de botones en medio del show para tocar el resto del set usando las t-shirts rojas del #teamrubio.

Regresando a La India y a Víctor Manuel, desde temprano en el día me di cuenta de que mucha gente salsera fue este año principalmente a verlos a ellos. Durante toda la tarde, cada vez que los locutores de La Z mencionaban sus nombres el parque deliraba. Confieso que esto me confundió. Me tomó un ratito entrar en razón. ¡Víctor Manuel y La India como la atracción principal de un Día Nacional! Confieso también que no vi el show de La India. Me fui del Bithorn antes de que ella cantara, mientras Camilo Azuquita inspiraba su clásico Xiomara junto a la Orquesta del Día Nacional.

A Víctor Manuel lo vi desde las gradas. De hecho, jamás había pasado tanto tiempo sentado en un Día Nacional como en este año. Su banda, como suele ser, estaba bien afincada. Sus temas de los años noventa, ya convertidos en clásicos recientes del repertorio salsero, sonaron muy bien. Su interpretación de alguna canción del canon cocolo estuvo sabrosa al igual que su versión en vivo de su éxito más reciente, el tema de guapería Están pendientes de mí.

El problema, para mi, fue que su presentación arrancó con fuegos artificales y terminó con confetti. Más que eso, lo que me sacó de tiempo fue que su primer tema fue una salsa llena de positivismo y resiliencia. Una de esas letras que se han convertido en aparente garantía de éxito comercial en los últimos años. La receta la han probado y comprobado figuras como Marc Anthony, con Vivir mi vida, y Charlie Aponte, con Para Festejar. Podría incluso cometer el sacrilegio de decir que esta pauta la marcó inicialmente nuestra Reina, Celia Cruz, con aquello de que La Vida es un carnaval.

El asunto es que esa salsa resiliente me hizo pensar allí mismo, mientras apreciaba el show, en la irreverencia, el desorden y el ruido salsero. En esa incomformidad existencial y el golpe agresivo que uno, quizás a destiempo, percibe en ciertos temas clásicos y, quizás, aún más, en algunas canciones oscuras del repertorio cocolo. Pensé en que esa salsa de hoy a mí no me dice na’ como tampoco me dice na’ la salsa erótica ochentosa. Esa salsa me suena lejana y desabrida, aunque ponga a gozar a tanta gente. Pensé también, casi irremediablemente, en la deuda, en la Junta Fiscal, en la UPR, en el béisbol, en la distancia que la diáspora genera en algunos de los que volvemos a ratitos. Entonces, uno pensando en esas bregas—amargándose la tarde me dirán muchos—y vienen a tirar confetti desde la tarima de un Día Nacional… Pero ya decía yo que la salsa ha tenido varias reencarnaciones y, pues, una de sus más recientes vidas es esta que me suena demasiado a aquello del #yonomequito y el #echarpalante, que tampoco me dicen mucho.

foto por Claudia Calderón

Por suerte, temprano en la mañana el Día Nacional nos dio dos muestras de salsa joven que se mueve por otras esquinas. Juan Pablo Díaz se presentó, usando una t-shirt con el rostro del fenecido maestro José Lugo en el pecho, junto a una orquesta sabrosa, bien afincada y con tremendo swing. Interpretó una selección breve de sus temas ya conocidos por narrar su compromiso con la situación socio-política y económica tan dura que enfrenta la gente puertorriqueña. Juan Pablo lució confiado en tarima, soneando con soltura, muy seguro del proyecto salsero que lidera y con el soporte de un bandón que dejó la tarima en candela. Si algo me sorprendió fue que su show fue demasiado corto. Le dieron muy poco tiempo a Juan Pablo para compartir su música con la gente salsera que llegó tempranito a verlo cantar y que, claramente, estaba disfrutando con ganas de su trabajo. Al menos yo me quedé con las ganas de escuchar Las calles de mi ciudad y Aquí o allá, dos temas que han sonado muchísimo en La Z. Mi paladar plenero—y de cialeño con ganas de mencionar a Corretjer—habría querido escuchar su versión de la copla Una vez yo te quisí en la tarima del Día Nacional.

Algo parecido, aunque bastante diferente, pasó con la Orquesta El Macabeo. Su show, igual que el de Juan Pablo, fue cortísimo, pero ellos también aprovecharon para tocar una muestra breve de sus temas más conocidos entre sus fans incondicionales como Lluvia con sol y Supermercado. Fue durante su presentación que se escuchó, que yo recuerde, la única crítica directa contra la Junta Fiscal en todo el Día Nacional. Esto no debe sorprender, claro está, si uno conoce su repertorio, compuesto por varias canciones que narran las bregas difíciles del día a día del Puerto Rico actual. Lo hacen con un tono irreverente, jocoso y directo, muy distante de la changuería de la salsa resiliente, de la empalagosa salsa erótica y del sentido de respetabilidad que parece dominar mucha de la salsa de hoy.

No en balde, los invitaron al Día Nacional, pero los pusieron a tocar un set corto, a las 10:15 de la mañana, antes de que se inaugurara oficialmente el evento. Es decir, antes de que sonaran los dos himnos oficiales del Día Nacional: La Borinqueña—estaría de show que sonaran la versión “revolucionaria” grabada por Fran Ferrer y Puerto Rico 2010 y el jingle clásico de Z 93. El Macabeo, eso sí, hizo su asignación. Ponchados, concentrados y vacilando como es, sirvieron el aperitivo del menú oficial de la trigésimocuarta edición del Día Nacional de la Zalsa.

A pesar de que en esta edición la salsa con confetti se llevó, tal vez, el mayor de los aplausos, yo me quedo con la imagen que nos da la foto con la que encabezo este relato: El Macabeo ondeando una bandera negra anarquista, azotando el aire con el swing de un machete y el ruido de sus metales, con el logo oficial del Día Nacional de la Zalsa de background, mientras interpretan, en español, inglés y taíno, el tema La maldición colonial. Excelente metáfora para retar el status quo salsero y para sacar a uno, al menos por un rato, del déjà vu del déjà vu.