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El fascismo fascina


foto por Pablo Pantoja

A las estudiantes del movimiento estudiantil de la UPR

La violencia discursiva y mediática hacia las estudiantes lideresas del movimiento estudiantil de la Universidad de Puerto Rico –incluyo a los estudiantes varones en el “las”– ha sido feroz. Nombradas como vándalas, encapuchadas, manganzonas, entre otros calificativos. En estos días aciagos recordé un libro. Fue escrito por el psiquiatra y psicoanalista austriaco Wilhem Reich en 1945 y por su pertinencia se renueva: “Psicología de masas del fascismo”. En la página 43, Reich escribió: [“La investigación del efecto de Hitler sobre la psicología de masas debía partir del supuesto de que un líder o el representante de una idea sólo podía tener éxito (no un éxito histórico, pero al menos uno pasajero), si sus concepciones personales, su ideología o su programa estaban en armonía con la estructura media de una amplia capa de individuos integrados en la masa. Se plantea, además, la pregunta ulterior de cuál es la situación histórica y sociológica en la que surgen de la masa estas estructuras. Un Führer sólo puede hacer la historia si la estructura de su personalidad coincide con las estructuras de los individuos de amplios sectores de las masas. La cuestión de si los rumbos que marca son definitivos o sólo pasajeros depende exclusivamente del hecho de que su programa coincida o se oponga al avance del proceso social.”] En nuestra isla, se ha incubado un proceso social preocupante por ser autoritario, autocrático y estar actualmente sintonizado con unos vergonzosos y represivos proyectos de ley en la legislatura y el senado. Proyectos opresivos especialmente para estudiantes, mujeres, niños y niñas.

El fascismo es un movimiento, una estructura móvil que se reproduce, y lo más doloroso: una herida profunda en el tejido social. Una de sus características, como escribió Reich, es “el miedo mortal a pensar”. Es la expresión de una tendencia presente en toda vida psíquica que nos lleva a obstruir el pensamiento, a sentir de forma totalitaria, a desplazar crueldad y a la elaborar políticas públicas fundamentalistas. Para que la óptica fascista se produzca en un hombre o mujer común, tiene que ocurrir antes una historia de sojuzgamiento autoritario patriarcal con su consecuente rabia interiorizada. Reich lo expreso así: [“las clases medias tienen un poder social inmenso, que supera en mucho su importancia económica. Es la capa social que ha sostenido nada menos que el sistema patriarcal durante varios milenios y que lo mantiene vivo pese a todas sus contradicciones”.] Así, denominó a la civilización que le tocó desvivir como una, “maquinista de concepción vital místico mecanicista”. Consideraba que el fascismo era además la expresión extrema del misticismo religioso. Eso fue en el 1945. Ahora en nuestra época neoliberal, corporativa, el maquinismo ya es robótico pero las condiciones son igualmente idóneas para la incubación autoritaria.

Antes de la producción de un movimiento fascista, como sucedió en Alemania, surge el clamor en las voces sociales por la aparición de un líder -nótese que no lideresa. Como vociferan los opinólogos de la isla: —con los timbales en su sitio, -su impostura no les permite decir cojones. Pero la carga semántica y milenaria de las palabras de dominación machista, se desprende, como escribió Pablo Neruda, de sus barbas, los asecha como su terror fantasmal. Las cualidades personales -estructura de su personalidad, en el lenguaje de Reich- de ese supuesto líder, no explica que la gran mayoría de las personas lo siga y menos el surgimiento de un movimiento autoritario. En la página 38 de su libro, Reich formuló su preocupación fundamental:   [”Fueron las masas pauperizadas las que ayudaron a que el fascismo, la reacción política más extrema, tomara el poder”.] Posteriormente, esta misma preocupación la escribió Edward Luttwak en 1994, en su texto: “Why Fascism is the Wave of the Future”. En este mismo recorrido y precisamente en el 1945, Françoise Frenkel, fundadora de la librería La maison du libre francaise en Berlín de 1923 a 1933, publicó su libro “Una librería en Berlín”, que constituye un testimonio de su experiencia al ser perseguida por el movimiento nazi y encarcelada en la prisión Annecy. Muchas personas la ayudaron a esconderse. Por ejemplo, en el capítulo ocho menciona a una funcionaria de gobierno retirada, que la ayudó y a quien menciona en los agradecimientos, -Sra. Lucienn. Fue descrita por ella como una persona buena con “alma de funcionaria”, que escuchaba fielmente la radio durante la guerra y coincidía ingenuamente con el gobierno. Escribió: [“Su radio y su prensa le suministraban a buen precio una opinión política y una visión de mundo. Decía que no le gustaba devanarse los sesos y aceptaba de buen grado los prejuicios”] La reflexión de por qué miles de personas de las clases medias creían en la propaganda nazi es una parte importante de este testimonio y es aún una pregunta abierta. Encontramos propuestas para complejizar este fenómeno en el texto de Giorgio Agamben, de 1999, “Lo que queda de Auschwitz” y en el texto de Hannah Arendt, “Los orígenes del totalitarismo”.

En Puerto Rico por ejemplo, el 42% de una población desesperada y embotada, eligió una administración de gobierno con un semblante particular. El mismo se metaforiza con la imagen de un gobernante ataviado con un gabán que aparenta tener la pechera y la hombrera rellenas para levantar hombros, bíceps y tríceps, que parezcan más anchos, como en las imágenes de virilidad de las revistas de moda. Su rostro pulimentado y límpido es icónico e idóneo para ser manejado por fuerzas poderosas, siniestras: estatales, paraestatales, empresariales y fundamentalistas. Una tradición de pensamiento simplista nos lleva a la confusión de esperar y atribuir poder a la agencia solitaria de gobernantes con aura de celebridad. Por eso en el mensaje posterior al paro del 1 de mayo, el gobernador se refirió a sí mismo como —este tipo. El que supuestamente va a encarcelar a las vándalas. Es risible y simulador su performance balbuceante, si se compara con la compleja articulación verbal y la excelente argumentación de las estudiantes. Aunque los opinólogos afamados de la colonia le atribuyeron “inteligencia” y “estrategia” a la ausencia de gestiones del gobernante para ayudar o mediar en el conflicto universitario.

Lo preocupante y meritorio de análisis crítico es dar cuenta de cómo se teje la investidura libidinal hacia la alegoría de un líder que re-presenta alegremente a una promesa de dolor para todas y todos: La junta fiscal. Cómo se llega a componer, como en Austria y en Alemania, con énfasis desde 1927 hasta 1933, una burocracia capaz de aplastar y asesinar la disidencia y la otredad. En Puerto Rico, desde los funcionarios gubernamentales hasta los espacios mediáticos corporativos, construyen la otredad como vándala, revoltosa, pelúa, problemática, intolerable, pájara, manganzona…, la encarnación del mal. Pero esta construcción está añejada desde los años 40. Gabriela Mistral aludió a las huelgas de esta época en Puerto Rico, en una carta a Doris Dana en el libro “Niña errante”. Con ese constructo de otredad se reprueba al movimiento estudiantil. Y este montaje ha tenido el poder de constituirse en una bestia peor que el Heathcliff que tejió Emily Brontё en “Cumbres Borrascosas”. Es una bestia siniestra con bendición paraestatal, antropófaga, buscona, fundamentalista y lavadora de dinero. Umberto Eco en su libro, “De la estupidez a la locura” califica la economía de mercado que vivimos como una en la que lejos de las gestiones Robin Hood, de robar a los ricos para dárselo a los pobres, “se roba a los pobres para dárselo a los ricos”. Así, vimos la patética escena en la que el gobernador va a limpiar los vidrios asegurados del banco popular. No lo hemos visto limpiar en comunidades desventajadas. Escuché a muchas personas de pueblo decir: —Ya los perros no se amarran con longaniza. Mencionan que parecía un libreto, una enunciación cinematográfica, ver a unos misteriosos encapuchados romper vidrios. Las personas dudamos porque sabemos que hay encapuchados sin capucha, como los gobernantes coloniales que tienen una capucha tejida con hilos de mentira.

Cómo despertar de la anestesia toxicómana de una investidura libidinal. Con esta noción psicoanalítica me refiero a una investidura acrítica de una persona o estructura a quien se atribuye poderes omnímodos. Es el mismo proceso implicado en cada enamoramiento. La pregunta supone investigar cómo se hizo el tejido, cómo se construyeron los símbolos, cómo se impusieron los programas narrativos. Como parte de una aldea global vivimos una realidad virtual. Aunque la misma coexiste con una supuesta realidad, esta última no irrumpe sin la mediación de los símbolos. Por ejemplo, las últimas administraciones de gobierno en Puerto Rico han sido cada vez más virtuales, con la culminación de la actual, que es casi completamente inducida por programas publicitarios mediáticos. Hasta las frases de apariencia coloquial del gobernante se planifican. Como en el juego de modalidades greimasiano, una oscilación entre “querer ser visto” y “no querer no ser visto”. Pero ya bien nos ayuda a pensar, el filósofo Maurice Merleau Ponty en su libro “Lo visible y lo invisible”: La percepción siempre es complicada. Es así porque está mediada por el lenguaje, o mejor, por los discursos canónicos. Lo percibido es una inducción, no es obra de quien percibe, sino de los esquemas mentales que lo sujetan como una camisa de fuerza invisible. Por eso, la percepción no es traslúcida aunque así se quiera presentar. Una frase de Reich nos ayuda a entender lo que está implicado en las inducciones mediáticas cuando se intenta: “cubrir con un velo las derrotas y embellecer hechos graves con ilusiones”.

Estos esquemas, que ultimadamente son más autoritarios, no son naturales, son culturales y se han tejido poco a poco. Quien percibe no es tan libre. Las inducciones manipuladoras se envían a los espacios mediáticos, con música de fondo y talego, para que sean repetidas por locutores y opinólogos parlantes. Después, salen automática y repetidamente por las bocas siempre abiertas de muchas mentes interceptadas, incautas y sojuzgadas. Por ejemplo, cada vez que uno de nuestros jóvenes o niños pobres, en el dolor de la a-dicción, el maltrato, el abandono, es arrestado, salen por la boca del comentarista estrecho de miras de una emisora populista, frases estereotipadas. Con voz trémula, chillona y de ferocidad incubada, dice: ¿Quién es ese tecato?, ¿Quién es ese pájaro?, o a diario y obsesivamente decía: —la huelga fracasó, —la huelga se desinfló, —son una trulla de manganzones.

La imposición de un programa narrativo o imaginario de corte totalitario ha sido lenta, disimulada. Desde los años 90, con fuerza se encaminó la doctrina neoliberal que empequeñece la función del estado para con las poblaciones pobres y lo alinea arrodillado ante las corporaciones y los bancos. El poder multidimensional se desplazó mucho más allá de los estados, que son actualmente títeres maquillados. Los estados son representados por gobernantes de cabellos engomados que no pueden decidir ni la ropa que llevarán. La investidura mencionada pasó a ser función de redes mediáticas de banalidad para lograr que las personas perciban como “natural” la desigualdad. Ayudaron en este proceso, como nos enseñó Michel Foucault, las tecnologías del gobierno del yo, que presentaron como un asunto individual lo que es de raigambre social, lo que es sistémico. Y la pregunta en esta coyuntura es si a estas alturas no está el terreno preparado para que líderes totalitarios encaminen las estructuras jurídicas y sociales hacia métodos abusivos de intervención. Sólo un ejemplo: En Puerto Rico, niños y niñas son encarcelados, institucionalizados por supuestas faltas que pueden ser discutidas y resueltas en los contextos familiares y escolares. ¡Esto si es violencia vandálica!

Muy a pesar de la manifiesta tendencia autocrática, la inteligencia preclara de las estudiantes, sus análisis respetuosos, el ejemplo que ofrecieron en este proceso de huelga de lo que es deliberación participativa no ha podido ser opacado por nébulas autoritarias. Ellas me hicieron recordar el epígrafe que el filósofo Jean Luc Nancy seleccionó para su libro “La experiencia de la libertad”. Luc Nancy citó de Kant (“Crítica de la razón pura”) una frase: “Se trata de libertad, que puede franquear siempre cualquier límite asignado”. En efecto, hemos presenciado actos que franquean los límites totalitarios. Leí una pancarta sostenida por dos mujeres jóvenes que lee: “Puerto Rico: El país donde se le llama criminal a un estudiante que lucha por su educación y honorable alcalde a un violador”. Vimos cómo una mujer de un grupo feminista toma el espacio público cerca de un restaurante de Santurce y expresa su indignación, -la nuestra- frente a un alcalde investigado por violación. Igualmente, las estudiantes han continuado una lucha que lleva décadas por la defensa de una educación pública accesible a la población precarizada. En la década de los setenta participamos en una lucha similar, pero las estudiantes fueron ocluidas por la dominación machista de los líderes. Los mismos que ahora pretendieron aleccionar a esta generación de estudiantes. Muchas nos vimos obligadas a migrar fuera de esa cautividad. Mas ahora, desde la pobre Loíza les llegó el pan nuestro de cada día. Ellas, las jóvenes luchadoras, han presenciado que en la isla, las denuncias de una mujer violada caen en oídos falocráticos y sordos, ya que después de más de 80 días de la denuncia, los encapuchados sin capucha se ríen de sus felonías, se ríen del miedo de las funcionarias. Se ríen. ¡Esto si es violencia vandálica! Una violencia sorda que nunca debe ser olvidada.

En este escenario, es esperanzador oír la claridad de las estudiantes. Esta experiencia permite albergar la esperanza de que las investiduras de las intervenciones totalitarias no sean exhaustivas. Es decir, que no puedan cubrir y manipular a todas las personas que piensan. Fue triste ver a dos profesores en performance jaquetón, propio de sistemas patriarcales rígidos, después de más de un mes de huelga, llegar a los portones del recinto de Rio Piedras y vociferar a estudiantes su opinión de que se abrieran los portones de la universidad. Esa gestión fue una virtual porque saben que los medios estarían presentes y que sus amigos opinólogos aliados serían estaciones repetidoras. Imagino que además conocían las posibles consecuencias de su gestión: Violencia bruta contra las estudiantes. El atinado análisis del profesor Bernat Tort en su texto “Los testigos de jehová y los profesores de blanco” en la revista digital 80grados, esclarece y ayuda en esta disyuntiva analítica.

El arma más efectiva de la violencia sorda de este gobierno de coloración fascista y sus desesperados aliados, era la espera hasta que se suscitara la guerra entre los implicados en la huelga sistémica de la Universidad de Puerto Rico, en el caso más reciente, profesores angustiados. Comprendo la angustia de profesores y profesoras. Una angustia líquida, como la que todos y todas vivimos, síntoma de estados prolongados de incertidumbre. La angustia que está presente entre las y los estudiantes y que supongo fue un ingrediente implicado y oculto en dos suicidios recientes. La angustia que me invadió cada vez que con analfabetismo funcional hablaron del trabajo docente como uno fácil, cada vez que dijeron que los docentes disfrutaron vacaciones cuando los portones frente a los recintos universitarios estaban cerrados, cada vez que dijeron con insensible fanfarronería de trol periodístico, que la universidad es un brand, cada vez que tildaron de manganzonas a las estudiantes. La angustia que no dejó ver el sacrificio de ellas cuando asumieron a la intemperie, en la prángana, el dolor de la isla. Qué mirada tan limitada la del espacio mediático colonial.

En las crisis se conoce la fibra constitutiva de las personas. Pero en las crisis crecieron asimismo los núcleos fascistas del siglo 20. Muchas décadas de individualismo narcisista neoliberal dejan tatuajes psíquicos. Ah, pero la bestia sádica no puede dejar que la víctima muera, porque no goza. A pesar de los augurios de los opinólogos de mal agüero, si se leen los estatutos de las agencias acreditadoras se nota que una institución universitaria de 1903, con una trayectoria de aportaciones notables, de estudiantes y profesores, no se descertifica de la noche a la mañana. La universidad siempre ha estado abierta. Colocar al otro en posición de incertidumbre no es “inteligente” o “estratégico”, es cruel, es un acto de violencia vandálica. Pero lo que implica la Universidad de Puerto Rico, no es una cuestión de bienes raíces, no va en sinonimia con los edificios, es la raíz de un bien cultural: El mejor espacio para la potenciación del pensamiento. Y esto último está en peligro porque no es del agrado de las tinieblas totalitarias y no se puede medir con parámetros de dólares y centavos. Por eso, si lo permitimos, la destruirán y desmantelarán de una forma lenta, similar al clima demoledor que antecedió el gran exterminio del siglo 20.

Las estudiantes han sido mis profesoras. Ellas y su movimiento estudiantil se crecieron. Es obvio que más allá de sus profesores, con la ayuda de las nuevas tecnologías y de las propias heridas de la maestra vida, se han autoeducado, han pensado la universidad. Como saben que el futuro es mitológico, como nos advierte John Gray en su libro El mito del progreso, han evadido las salidas presentáneas. Su aparente obstinación fue perseverancia fértil.

Muchas personas expresaron incredulidad al oírlas en la radio. Una tarde oí a una de las lideresas, estudiante de arquitectura y me impresionó su dominio de temas más allá de su formación académica. Por eso no las invitan mucho a los espacios de la estulticia mediática corporativa que todo lo caricaturiza. Ellas no se han dejado apagar, como en anteriores luchas, por el peso férreo del patriarcado, no han sido vencidas por la amargura. Cuando reciben las inducciones de corte paternalista que han infantilizado a la sociedad boricua, las contestan con la sabiduría de una juventud que no se amolda a las construcciones rancias e ingenuas para significar lo que es ser estudiante, joven o niña. Una juventud que no podemos entender con esquemas mentales previos.

La escucha atenta a lo que dicen las estudiantes me permite conclusiones: podrían gobernar mejor la isla y son excelentes analistas. Durante el cierre, fueron habitantes ejemplares del recinto por su notable y eficiente organización. No necesitaron tupés ni barnices para asumir su legitimidad como seres hablantes.

Les digo un fragmento de un poema, “homenaje a Julia”, que escribió nuestra poeta Ángela María Dávila: [“yo vi con cuánto asombro adolorido te enfrentabas al mundo, yo vi cómo el silencio no pudo amordazar tu lengua transparente”.] Ellas, como sus antecesoras, las mujeres pobres de los años 20, 30 y 40, que asumieron la sujeción del trabajo doméstico no remunerado en el anonimato y no pudieron ir a la universidad, saben caminar por veredas sombrías. Pero su mayor aportación es alertar de la complejidad implicada en toda sujeción, poner banderas en nuestros miedos sin perder su capacidad de comprensión del lugar del otro anestesiado. Ellas comprenden que la demonización de su lucha es producto de una construcción planificada de la ignorancia. Iniciaron, antes que sus profesores y profesoras la creación de un espacio político, creativo, plural, híbrido, heterogéneo, plurilingüe.

Por eso no se comprende su aportación desde los esquemas mentales del maniqueísmo fundamentalista, desde las posiciones del pragmatismo neoliberal, desde los posicionamientos buscones y utilitaristas, desde las elucubraciones megalómanas. Por eso se les pregunta con cinismo y mordacidad: ¿qué ganaron con la huelga? En el solsticio de su posicionamiento ético, ellas han mirado con bondad la mezquindad de muchos; saben que la lucha es larga. Las admiro. Me entristece pensar que al ser lideresas de una lucha excepcional no les quede otra opción que abandonar la isla. Ah, pero no hay que olvidar que en un entorno desasosegante, ellas han desplegado una experiencia de libertad, una ganancia de luz para otro día.