Inicio » 80grados, Columnas

El populismo europeo y Trump


Son muchos los eventos internacionales que nos mantienen intranquilos en estos tiempos. Lo que se observa alrededor del mundo apunta hacia una inestabilidad preocupante, aunque no se puede perder de vista que en algunos lugares del globo esa intranquilidad que nosotros diagnosticamos en estos tiempos ha sido modus vivendi desde siempre. Las naciones más poderosas del mundo ciertamente han suspendido sus conflictos bélicos en sus casas y vecindarios, pero los siguen teniendo, pero trasladados a lejanos parajes, tales como el suroeste de Asia en su día, el Mediano Oriente cada cierto tiempo, y últimamente en la región del Asia Central donde se ubican Afganistán y Pakistán.

La crisis económica que todavía viven España y Grecia, y que podría comenzar a experimentar Italia muy pronto si el liderato del comediante Beppe Grillo se transforma en una sólida representación legislativa, podría generar una inestabilidad muy seria en toda Europa, sobre todo si en los próximos años Francia decide abandonar el barco de la comunidad europea una vez presida el país alguien como Marie Le Pen; y si continúa creciendo el llamado populismo que se ve ya en lugares como Austria, Hungría y Polonia, y en menor medida en Alemania.

Pero lo anterior no se debe evaluar por su cuenta o aisladamente, y a ello se le tiene que añadir la victoria electoral del billonario Trump, quien en los casi dos meses que lleva en la presidencia de los Estados Unidos ha contribuido a un deterioro en la convivencia de los mismos estadounidenses como ningún gobernante en su historia lo había hecho. Sus constantes pronunciamientos informales en twitter, desubicados no solo en términos de la información más sencilla, sino también ideológicamente pues, por ejemplo, es supuestamente un republicano y como tal no debería estar impulsando el proteccionismo, sugieren que desde la nación que preside habrá de exportar inestabilidad y confusión donde quiera que vaya. Es lo que viene haciendo en su capital Washington y es lo que inevitablemente terminará haciendo allí donde pretenda intervenir, como en Europa.

Se puede decir que Trump es la respuesta estadounidense al payaso italiano Beppe Grillo, a la francesa Le Pen, a la alemana Frauke Petry, y a otros políticos europeos de idéntico temple simplificador pero todavía de menor renombre. Comparte con ellas y ellos un comprensible interés en terminar con las dinámicas políticas prevalecientes e igualmente se vale de una retórica astuta dirigida a castigar a los políticos que en las últimas décadas no han podido articular estrategias que le pongan fin a lo que entienden que es un deterioro de sus respectivas dinámicas nacionales.

No debe sorprender que en su día Trump intente construir una alianza internacional con políticos que ya la prensa describe como populistas. Sin duda coincide con ellos en lo que respecta a prejuicios xenofóbicos, pero lo que más debería llamar la atención es que tiene en común con toda la camada una manera simplona de abordar los debates de mayor trascendencia.

Pensemos cómo Trump, a nombre de la gente que dice que piensa como él, ya ha comenzado una campaña para acabar con logros sociales en ámbitos como el ambiente, la salud, la educación, los derechos de las mujeres y la comunidad LGBT, por solo mencionar cinco. Se podrían traer ejemplos para ilustrar lo anterior, pero baste solo mencionar que ha nombrado a su gabinete personas conocidas por propulsar la desaparición de las agencias que deben dirigir. Su intención de añadir más armas nucleares al arsenal ya vasto de los Estados Unidos, y que vea con buenos ojos que Rusia haga lo mismo, constituyen un reclamo honesto pero vergonzoso, de regreso a un pasado en el que el país le prestaba más atención a la amenaza de “los rusos comunistas” que a las reivindicaciones de los sectores que ya mencionáramos. No se sabe a qué se refiere cuando insiste en que los Estados Unidos debe volver a ser grande, pero nos podemos imaginar que tiene en mente aquellas dinámicas de otras épocas, tiempos en los que el mundo se dividía claramente entre buenos y malos. Como se sabe, es la misma frase que el ultra conservador Reagan utilizó en su campaña de 1980.

Lo que me parece más importante de las visiones que defienden estos políticos como Trump y aquellos líderes europeos que están ansiosos por abrazarlo, populistas según decíamos, es que no se percibe en ellos mucha vocación democrática. No sabemos si permanecerán contentos una vez alcancen el poder en sus respectivas democracias liberales, por cierto unas más fuertes que otras, unas con mayores posibilidades de acabar siendo dictaduras que otras. Ya observamos en Trump medidas que violentan la Constitución de los Estados Unidos. De no haber contado con algunas instancias judiciales que se han resistido a complacerlo, ¿no habría terminado ya con más de un derecho ciudadano?

En aquellos países europeos en los que se da o podría darse algo similar a lo que se vive en EE.UU. con Trump, la retórica populista se ha vuelto el signo distintivo de los que quieren controlar la entrada de los extranjeros y los que exigen un Estado mucho menos generoso con los más empobrecidos. Hablan del pueblo, pero no nos dicen quién es este, aunque al pronunciar sus discursos nacionalistas y de rechazo a los extranjeros, alegan que se expresan a nombre suyo. Muy parecida es la pretensión de Trump cuando vocifera que quiere que los Estado Unidos vuelva a ser grande otra vez.

Es justamente por esta falta de precisión por lo que se podría sospechar que estos políticos están siendo descritos como populistas. No se debe perder de vista que el llamado populismo ha sido hasta ahora una de las categorías más imprecisas de las ciencias políticas. A veces describe al político sin espina dorsal que se expresa exclusivamente para ganarse el favor de los que lo escuchan. Con cierta carencia de rigurosidad, a veces se dice del populista que su interés es la defensa de los intereses del pueblo sin más. ¿Pero a qué pueblo se refiere quien se expresa de esta forma? Es evidente que en toda sociedad hay sectores con intereses muy específicos, diferentes, a veces irreconciliables, según ha alegado la filosofía de la historia más ambiciosa, que es la desarrollada por Marx y Engels.

¿Son el pueblo los dueños de fincas pequeñas o los terratenientes, los empleados de empresas privadas y no los empleados de agencias gubernamentales, una clase media que desaparece o una clase media baja que se proletariza rápidamente, los obreros desempleados o los obreros unionados? ¿O se trata de una alianza difusa de ciudadanos descontentos que a la primera provocación puede disolverse?

El populismo ha sido siempre un saco grande en el que se pueden meter infinidad de personajes e ideologías. Se incluyen en él políticos tan distintos como Juan Domingo Perón y José (Pepe) Figueres, es decir, tanto aspirantes a dictadores como personas comprometidas con procesos democráticos. Para Emilio González, estimado colega ya fenecido, se trataba de un fenómeno latinoamericano que se podía circunscribir a la época que va de la década de 1930 hasta mediados de 1960, pero él también reconocía su carácter más bien difuso1. Según escribe, los conceptos de los que los políticos se valían para impulsarlo se caracterizaban por cierta vaguedad. En lo que respecta a esta vaguedad no hay grandes diferencias entre los populismos de entonces y de ahora.

En el primer momento histórico del populismo se aspiraba a dejar atrás la pobreza en términos generales, o el estancamiento económico, pero después de esto no parece haber una estrategia específica como la pueden definir el socialismo o el capitalismo. En aquel populismo el liderato le echaba mano, con un sentido ciertamente pragmático, a estrategias económicas de diversa índole, las cuales eran descritas en algunos casos de avanzada y hasta socialistas, y en otras ocasiones recordaban las adoptadas por los regímenes fascistas de Italia y de Alemania. Salir de la pobreza era de lo que fundamentalmente se trataba y la bandera del populismo servía para ganar elecciones.

El populismo actual que se comienza a mencionar con mayor frecuencia es probablemente más diverso. En algunos países como Hungría y Polonia, aunque está dirigido a superar la pobreza, es fundamentalmente autoritario y xenofóbico. En otros países europeos como Italia está siendo utilizado para detener reformas profundas que debieron haberse dado hace mucho tiempo, pero a la vez se expresa en ocasiones a favor de una participación democrática directa. En un país como Francia sirve para adelantar el sentimiento nacionalista, al igual que en Austria y Holanda. Hay muchos que como en Alemania, quieren alejarse de la Unión Europea. Pero hay algunos movimientos populistas que no están en contra del abandono de la comunidad europea, según ocurre con el polaco. La mayoría alega defender mayores libertades, pero aspiran a desmontar políticas asistencialistas. Tienen respaldo sobre todo en la ruralía, pero también en ciertas áreas de las ciudades. Como cabe esperar, es muy difícil categorizarlos a todos bajo los mismos criterios.

¿No evidencia tal diversidad de posturas cierta confusión? ¿Pero confusión entre ellos los políticos o en nosotros, los que aspiramos a entenderlos? Precisamente aquí es que se da el encuentro con Trump, cuya victoria les ha encantado pues podría significarle más respaldo en sus propias elecciones. Da la impresión de que se trata de políticos de circunstancia, como Beppe Grillo, el payaso líder del Movimiento 5 Estrellas italiano, y como el mismo Trump, el empresario que se metió en la política también ignorando sus complejidades. ¿Su ideología? Por falta de una es por lo que probablemente a muchos de los líderes del movimiento se les tilda, y en ocasiones ellos mismos se autodenominan, populistas. Lo problemático es que nunca se han sentado a pensar articuladamente una concepción de la sociedad o de la historia. Desde lejos observaban el panorama político y ante las ruinas que ha dejado el neoliberalismo, especialmente en algunos países, pensaron que ellos, personalmente, podrían resolver todos los problemas.

El mejor ejemplo de esto es la alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, recién electa con el respaldo de Beppe Grillo. Tras algunos meses en el cargo, el país le está pidiendo que renuncie. Le era fácil, como a Trump y a los otros líderes populistas, condenar con una frase pegajosa la gestión pública, tan en precario por el debilitamiento del Estado que se ha vivido en las últimas décadas, pero las consideraciones simplistas no gestan buen gobierno. Claro, a los electores les gustan las condenas de plano que no toman en consideración dinámicas histórico-sociales complejas. Buscan el remedio digamos que milagroso y los líderes que prometen remediarlo todo. Sin embargo, reitero, la gestión gubernamental, en estos tiempos, no se puede conducir a partir de visiones simplistas como pretende Trump y como muy probablemente lo harían, de llegar al poder, estos líderes europeos en un mundo en el que aliados con los Estados Unidos muy probablemente le complicarían la vida a todo el mundo, no en vecindarios ajenos sino en nuestras propias casas.

  1. Ver su valioso libro El Partido Popular Democrático y el fin de siglo ¿Qué queda del populismo?, San Juan: Centro de Investigaciones Sociales, UPR, RRP, 1999 []