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El Rey Momo en bicicleta


David Bryne San FranciscoLa fiesta de carnestolendas empieza oficialmente con la directriz real de Momo, personaje emblemático del carnaval, que da paso al travestismo en todas sus manifestaciones. Un personaje de la sociedad local es seleccionado para representar al rey de la fiesta, quien luego revela su identidad, aunque ya todos sabemos quién es. Nuestro Rey Momo es David Byrne, músico, artista, diseñador y urbanista ad hoc que por mucho tiempo nos confundió y sedujo con las letras desquiciantemente simples de sus canciones y su rabia contra el weltanschauung de los suburbios bajo el disfraz de la banda Talking Heads. Toda una puesta en escena contra la vida aparentemente equilibrada de la periferia urbana.

Byrne, autor de un disco de fusión extraño, Rei Momo (debo admitir, que es uno de mis favoritos y que me perdonen los puristas), es también el autor de un provocador libro titulado Bicycle Diaries (2009, New York: Penguin Books), un manifiesto ciclista, sazonado con su mirada artística y urbanista. En estos días, cuando los ciclistas estamos en el centro de los debates y las noticias, es menester pensar sobre el tema.

La bicicleta como lugar

Home, is where I want to be,
But I guess I am already there… 

-Talking Heads, This must be the place

La bicicleta volvió a mi vida hace unos quince años cuando mi hija menor —Menshy— me pidió que le enseñara a correr. Aproveché la oportunidad para volver a ese lugar movible que es la bicicleta, que me provoca una enorme sensación de felicidad, el derroche de endorfinas debido al pedaleo y al viento en la cara. Compré una bicicleta suburbana en una tienda por departamentos, color azul, guardafangos, parrillas delanteras y traseras, pesada como la que más. A los pocos días la desguacé y la hice más cómoda y liviana para correr largas distancias. Con ella volví al arte del pedaleo y a salir del encierro del laboratorio de investigación social.

Al cabo de un año Menshy abandonaba todo esfuerzo ciclista, dejo que aproveché para comprar una bicicleta Raleigh M-80 de monte a la que le puse unas llantas de carretera para poder correr por las vías cercanas a mi casa, entonces en San Germán. Justo en ese momento sentí que había regresado a mi casa original, al lugar de donde nunca debí salir.

Entonces corría tres y cuatro veces en semana, del pueblo al Barrio Coto, a Sabana Grande, a Yauco, a Cabo Rojo y a Guánica. Era salir de todo lo pesadamente cotidiano, disfrazarme con el atuendo de ciclista, convertirme en otro enmascarado (gafas, casco protector, guantes, pantalón de licra, camiseta deportiva y colorida), en todo un guerrero ocasional de la vía que desafiaba la muerte todos los días. Siempre pensé que en nuestro país (entonces éramos unos pocos) el ciclismo de carretera era un deporte extremo, con el acecho constante de la parca que usualmente venía manejando un compacto o un camión por el paseo.

A los pocos años nos mudamos a Aguada. Con nuevas rutas y la posibilidad de correr frente a la playa y llegar a otros pueblos decidí comprar una Trek 5000, poderosa y liviana (marco de fibra de carbono). En esta me lancé a “conquistar” algunas cuestas y llegar hasta Rincón, con el enorme placer de correr frente al litoral de Ensenada y Tres Palmas hasta llegar a Domes. Para mí eso es vida.

Ciclismo y la parca

Los ciclistas tenemos la horrible sensación de que existe una dejadez institucional con la vida de los ciclistas. Un artículo publicado por The New York Times y difundido por estos lares por la Coalición de Ciclistas de Puerto Rico subraya esa triste verdad. Hace dos meses que no salía a correr, por varias razones, pero… siempre lo pienso mucho, como si fuera la última vez que salgo con vida de mi casa.

Solía ir temprano en la semana, pero los padres apresurados por llevar a los chicos a la escuela pasan muy cerca y muy rápido. Los domingos tempranito (6:30 a.m.) es bueno, pero hay mucha gente regresando de juerga con sus sentidos alterados. Más tarde es la gente que va a misa… muy rápido. Hay gente que no se da cuenta y van en otro mundo y no miden. Y siempre están los malditos que pasan cerca y amenazantes con puras ganas de joder. Uno que otro te grita un improperio, aunque ya no tanto. Los sábados es día de ir a trabajar y hay prisa. En fin, que no es fácil.

Yo no le tengo miedo a la muerte, pero debo admitir que pienso en ella antes de salir. Sin embargo, cuando estoy corriendo se me olvida. Me protejo, voy con cautela, atento a todo, y trato de sobrevivir. Cuando voy llegando a mi casa sé que ha sido una jornada triunfal para la vida. ¡Esa es la que hay!

Bicicletas y fragilidad

“En bicicleta”, esa es una corta frase que evoca cierta precariedad. Este breve interludio sociolingüístico lo inserto aquí en mi afán de provocar el interés de las y los lectores por este temita. Ir en bicicleta es estar sobre el filo de la navaja, transitar por un camino frágil y peligroso, hacer malabares, un acto de equilibrio inusual que nos empuja al vacío. “El Niágara en bicicleta”, “en bicicleta y sin frenos”…

Las bicicletas y mi historia de vida

Recuerdo con mucho cariño todas las bicicletas que he tenido. Las primeras fueron para la pura diversión, pequeñas (20”) y ágiles, con manubrios y sillines alargados, evocando ciertas motocicletas famosas de los sesenta. Y fue en una bicicleta donde aprendí a trabajar arduamente, repartiendo el periódico El mundo por las casas de varias secciones de Santa Juanita y Vista Bella. Los viernes, la edición pesada de la tarde hacía esa subida de la cuesta de la calle Laredo imposible. Una bicicleta pesada y un canasto repleto de periódicos lastraban una subida que solo era posible empujando la bicicleta a pie. Así empecé a ganarme la vida y a saber lo que era sudar para comprarme cualquier cosa, o reconocer aquellas cosas que no eran posibles con el magro presupuesto familiar.

Será que había menos autos en la carretera, o que éramos muy pequeños, pero yo me sentía seguro en la bici por aquel entorno suburbano, a pesar de que nos lanzábamos con despreocupado arrojo por aquellas cuestas a alta velocidad, o nos retábamos en carreras insensatas de aquí a allá. O simplemente tratábamos de emular al astro Evel Knievel saltando desde precarias rampas de madera localizadas al final de la cuesta.  Tengo una hendidura notable (que a veces siento latir) en la parte superior del hueso parietal del cráneo producto de uno de esos saltos y piruetas.

Con las bicicletas explorábamos (entonces cualquier bici fungía como una “de monte”) los predios cañeros abandonados y convertidos en pastos para ganado, tirándonos por los riscos producidos por las enormes máquinas movedoras de terrenos (les llamábamos “las puercas”) y transitando por los callejones que conectaban las aceras de las luengas calles de la urbanización. Así tanteábamos cuidadosamente los confines de la expansión suburbana de Santa Juanita hasta llegar a las secciones diez, once y doce, donde se acababa nuestro territorio. En bici salíamos a visitar amistades y a conocer amiguitas en otros predios: Forest View, Magnolia Gardens, Lomas Verdes, Forests Hills (que ya era llegar cerca del pueblo de Bayamón). La bicicleta me acompañó hasta el último momento de mi vida social pre-universitaria, pues nunca tuve carro en ese período. Debo admitirlo, todavía en cuarto año de Escuela Superior (Don Miguel de Cervantes Saavedra) visitaba en bicicleta a una novia que tenía en los confines de Santa Juanita. La bicicleta formó parte de mi “educación sentimental”, en todo el sentido de esa expresión.

Rodando por el paisaje de la escasez 

Puedo usar las bicicletas para trazar la precariedad material de mi vida y precisar la importancia de crear, de innovar, de trabajar con los materiales disponibles, de armar cosas con retazos, una lumpen-creatividad que, en cierta medida, ha caracterizado mis pasos por la universidad y por la vida.

Las bicicletas a las que tuve acceso fueron siempre de una calidad muy pobre (al igual que la mayoría de los niños de mi entorno), de tiendas por departamentos, de bajos presupuestos, las que podían traer Santa Claus y Los Reyes Magos.  Esas eran las que podía comprar con los centavos que me ganaba con los periódicos. Eran bicicletas que requerían constante reparación, cosa que aprendimos a hacer y en casos extremos las llevábamos a un taller en la Avenida Quintana, atendido por un matrimonio sin hijos. Ella era quien las reparaba y quien nos vendía los tubos, las cajitas para reparar las gomas y todos los adornos con las que las emperifollábamos.

Siempre supe que había en el mundo otros tipos de bicicletas: las de carretera (entonces les llamábamos “camellas”) y las caras, sólidamente construidas, y por ello eran de lujo, para mí. La tienda Schwinn del Viejo San Juan las traía. ¿Cuántas veces me asomé a su escaparate? ¿Cuántas veces entré solo, o con el viejo, a mirarlas, a admirarlas, a tocarlas? “Son muy caras Manolito”, me decía mi padre con cierta frustración. Cada una, me consta, representaba una semana y media de salario, equivalente a poco menos de la mitad de lo adeudado mensualmente.

Para tener una mejor bicicleta, había que comprarlas usadas, armarlas con los cadáveres de otras tristemente desechadas, usar gomas recauchadas, intercambiar piezas, comprarles una nueva estrella o una cadena. Luego ataviarlas: guardalodos niquelados, un timbre, un farol, flecos de plástico adornando los cabillos del manubrio, reflectores por doquier. Cuando mi buen amigo Cookie logró comprarse un carro, se deshizo de una elegante Raleigh negra que me vendió a un cómodo precio y que tuve hasta finalizar mis años en la Universidad.

Historia y ciclismo

Las bicicletas son un problema. Lo veo escrito. Son capaces de atropellar a la gente que cruza la calle o que transita en las aceras, aunque sin el impacto lamentable que provocaría un automóvil enorme y pesado. Algunas bicicletas llevan motor y son un verdadero problema.  Algunos ciclistas con bicicletas de pedal transitan de noche por la ciudad sin luces. Una noche en el mes de octubre los policías (tal vez sin mucho que hacer, o movidos por sus superiores) procedieron a dar boletos de infracción a las leyes de tránsito a varios ciclistas que iban sin faroles por la Playa.

La historia de la bicicleta —y la de los automóviles— en Puerto Rico está por escribirse, por documentarse la manera en la que nos enfrentamos a la necesidad de transportarnos y transitar por las áreas rurales, la ciudad y su derredor. Habrá que dedicarle un tiempo a las percepciones forjadas por la manera de cruzar las coordenadas urbanas en diversas formas vehiculares. El párrafo anterior es una apretada síntesis de varios informes del Libro de Novedades de la Policía de Mayagüez Playa en el mes de octubre de 1936. Las bicicletas también transitan por los documentos.

Ciclistas temerarios

El otro día, por la difícil circunstancia de la muerte, regresé a Bayamón y, mientras manejaba al mediodía por la carretera 167 que va del pueblo a Comerío, atravesando la más densa masa suburbana y de tráfico que nos podamos imaginar, vi la figura de un héroe, de un ser mitológico. Ataviado de azul (como debe ir un caballero sacado del medievo), en su bicicleta de carretera, transitaba por un planeta incómodo y absolutamente inhóspito para las bicis. Observando las leyes de tránsito (se había detenido en el rojo de un semáforo), su bicicleta se equilibraba por la fina cinta de brea del margen derecho de la carretera. Una línea muy fina entre la vida y la muerte, y, sin embargo, por allí iba temerariamente, pensando tal vez que en ese momento era absolutamente libre y feliz.

Bicicletas y futuro

David Byrne quiere invitarnos a pensar en esa utopía de espacios urbanos amenos y afines al tránsito de ciclistas. La ciudad y, sobre todo, los suburbios, evolucionaron despreciando a los peatones y a los ciclistas. El diseño vial, el de las sub-divisiones, la articulación de la relación vivienda-trabajo, han sido estructurados sin la posibilidad de que podamos atravesar el entramado urbano de manera segura, sustentable y placentera. En el planeta hay ciudadanos y ciudadanas que van pensando y construyendo espacios urbanos agradables, ilustrados y de respeto a los ciclistas, lugares donde la bicicleta es un medio importante de transporte y de esparcimiento.

Nuestro reto consiste en abrir surcos para las posibilidades de la bicicleta. Veredas, caminos, instalaciones, amenidades y, sobre todo, que la ciudad (y sus suburbios) que se piense y que se construya a partir de este momento parta de las ricas experiencias de otros lugares y de los experimentos de planificadores (como Jan Gehl, y sus proyectos en Australia) para primar a la bicicleta o, al menos, abrirle el espacio que amerita.

El ciclismo —como estilo de vida— es también una enorme industria y una actividad que genera ingresos, rentas e innovación.  Diseño (de espacios, de lugares para tenerlas), transportación, moda y vestimenta, nuevos materiales y aperos para el confort y la seguridad, inclusive arte y música. Las posibilidades de las bicicletas, por ser una actividad que se puede nutrir de una rica vida social y familiar, son infinitas y son un artefacto que puede cambiar la calidad de nuestras vidas.  En eso credo.

En estos días varios grupos, pero sobre todo la Coalición Ciclista de Puerto Rico nos convocó, en varias partes del país, a bicicletadas y marchas las que miro como un carnaval transgresor de la norma automotriz. Una algarabía de gente disfrazada dispuesta a tomar las carreteras y las calles para concienciar. (Eso hice el domingo 1ro de diciembre, en la Marcha del Oeste, volviendo a mi bicicleta después de dos meses de ausencia.)

Pero como sucede con el carnaval, luego de la parada y del abandono del Rey Momo, nos quedamos con la triste realidad cotidiana: el tráfico infame, la constante amenaza automotriz, los texteros, los del celular, los beodos en sus autos, la gente con prisa, la ciudad y su sangre rápida que se agolpa en sus arterias sedimentadas. Regresamos al desprecio hacia los ciclistas, el cual hay que combatir pedal a pedal en todos los espacios posibles.

Agradezco a mi amiga y colega Yanira Alemán, quien me obsequió el libro Bicycle Diaries de David Byrne y quien comparte conmigo la pasión por el ciclismo, por los Talking Heads y por el disco Rei Momo.  Como siempre, Cynthia Maldonado Arroyo ha colaborado con este escrito, con sus correcciones y comentarios editoriales. 

  • Ernesto

    Yo soy ciclista de cada dos o tres meses. Siempre que salia y salgo estaba claro de la fragilidad del ciclista, por lo que siempre estaba y estoy a cuatro ojos velando y oeyndo lo que ocurre alrededor mío. Simpatizo con los que se unen en esa fragilidad m ovil pero últimamente veo como el sentimiento de compartir la carretera se convierte en “invadir la carretera”. Eso a mi no em hace sentido desdeel punto de la fragilidad. Pero veo cada dia mas como aumentan los enfrentamientos entre ciclistas y motoristas. Como ciclista veo la prioridad de conseguir iun mayor espacio que nos libera en la ida y vuelta, pero como motorista pienso que esa invacion no ayuda a la causa.

  • César

    Saludos Manuel,
    No sabía que eras ciclista de corazón. Lo más cerca que estuve de montar aquí fue que QUISE traer la bicicleta que usé en Gainsville por algún tiempo. Recapacité y decidí tomar la natación en Playa Azul de Joyuda.