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El telurismo materialista de Juan Carlos Quintero Herencia


El mar es comunista
—Enrique Bernardo Núñez, Cubagua

Creo que conviene trastocar el sentido de la palabra “auténtico”. Lo auténtico convencional es lo aprobado y certificado por una autoridad acreditadora. Pero existen cosas que nos parecen auténticas precisamente porque ocurren fuera de programa, fuera de la cuantificación y del cálculo. Estamos aquí ante un libro académico pero intelectualmente auténtico, publicado por una editorial extranjera en una lengua minoritaria, que es un verdadero ensayo y no un “paper” ampliado.

Hoja de mar. Efecto archipiélago (2016), de Juan Carlos Quintero Herencia, se suma a la tradición latinoamericana del ensayo de interpretación del carácter de una nación, región o subregión, tradición que en muchos casos acude, no sólo a la historia y la sociología, sino a la geopoética. La geopoética es lo que antes llamaban influencia del paisaje o determinismo geográfico pero que realmente va más allá del paisaje y del determinismo. Dicha tradición es más amplia y diversa de lo que sugieren títulos como Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, Un hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz, Radiografía de la Pampa, de Ezequiel Martínez Estrada, Raza de bronce, de Alcides Arguedas, El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, El laberinto de los tres minotauros, de Juan Manuel Briceño Guerrero, Casa Grande y Senzala, de Gilberto Freyre, Insularismo, de Antonio S. Pedreira, Guatemala, las líneas de su mano, de Luis Cardoza y Aragón, La expresión americana, de José Lezama Lima, Indagación del choteo, de Jorge Mañach, El Pez de Oro, de Gamaliel Churata, El puertorriqueño dócil, de René Marqués, El arte de bregar, de Arcadio Díaz Quiñones, La isla que se repite, de Antonio Benítez Rojo y donde, de Eduardo Lalo.

Hay muchos aciertos y también muchos despropósitos en ese tipo de experimento, pero creo que el procedimiento mismo de trabajar a partir de una o más figuras históricas, sociológicas o poéticas para caracterizar un espacio social y geográfico sigue siendo viable y acertado, en especial cuando se acude a la geopoética, pues pensar desde el cuerpo y su lugar en el mundo es ineludible pese a que se pueda discutir en qué medida distintos ensayos de este género logran hacerlo y con qué resultados. La pretensión de acceder a un pensamiento absolutamente desligado del cuerpo y del espacio que articula el cuerpo, cual si se pudiera pensar abstracciones flotantes en el universo, se estrella contra la negación de sus propias condiciones de posibilidad. Hay descorporizaciones y hay desterritorializaciones, pero siempre suponen el devenir otro cuerpo y otro territorio, como quiera que se mire.

¿Qué es el efecto archipiélago? Es una constelación de metáforas, conceptos y referencias de inspiración ampliamente telúrica. La introducción de Hoja de mar es un manifiesto en fuga donde sucesivas aproximaciones al efecto archipiélago son capaces de abarcar más de 50 páginas. Cada intento de definición efectivamente huye de la definición categórica. Como cuestión de principios este ensayo pospone la claridad del concepto a favor de la exactitud de la expresión. No se pretende tanto explicar como sí expresar el pensamiento a través de los cinco, seis, nueve u once sentidos sensoriales y sus combinaciones. Este ensayo no discursea sobre la importancia de la estética en la interpretación, es más bien una expresión estética del acto de interpretar. Por ahí hay quien habla de “prosa poética” como si hablara de un realce al maquillaje, mas aquí tenemos la voluntad de estilo inseparable de la voluntad de pensar. Ahora bien, ¿qué es, en fin, el efecto archipiélago? Lo mejor es citar una de las incontables definiciones esbozadas en el texto:

El efecto archipiélago es un efecto sin causa, pues la abertura marina es hundimiento o pérdida, condición sin pivote, llamado de la carne de la marejada. Bajo el árbol playero, en la noche, el archipiélago acentúa la penumbra que alebresta a los animales nocturnos. Marea, marejada, mareamientos también por ausencia de luz, estética de las mareas son algunos de sus disfraces, pues allí se consigna que esta teoría del mareo no es una disfuncionalidad simple, sino la marca de un orden sensorial tan expuesto a sus aguas como a las formas de la con-fusión donde se tornan indistinguibles el agua del rectángulo, la baba o el caracol. [34]

La abundancia de estas secuencias líricas no bloquea el concepto sino que lo transporta, lo desplaza, lo voltea, lo acompaña incluso en sus contradicciones. Hay una contradicción, por ejemplo, y no es el cometido de estas líneas denunciarla ni reclamar que se resuelva. Por un lado se sostiene que el efecto archipiélago es pura imagen, en el sentido de la figura poética, textual, invocándose así aquel famoso interdicto del giro lingüístico en la crítica, de que no hay nada fuera del lenguaje. Pero por otro lado se plantea con la mayor insistencia que el efecto archipiélago antecede al lenguaje y al texto: “en el archipiélago lo primero es el cuerpo” —se nos asegura (31). Las islas, las playas, las mareas, los moluscos, crustáceos y aguavivas, las fallas geológicas, las placas tectónicas, las montañas, las fosas, las hendiduras, las rajaduras, los orificios, las secreciones, las extremidades, la potencia e impotencia del deseo, entrelazan el cuerpo y el territorio como factores geopoéticos del efecto archipiélago.

El efecto archipiélago también invoca a una comunidad que se adjetiva como democrática más bien a manera de una interrogante indefinible, o definida negativamente, como exceso político antepuesto al comunitarismo de etnia y nación y al concepto del “pueblo”. Se invoca la política, pero entendida como disenso corrosivamente impolítico, en consonancia con las ideas ampliamente citadas de Jacques Rancière. Por otro lado, mediante incisivas reconsideraciones de C.L.R. Jones, se cuestiona la manera en que este pensador afroantillano convierte el legado revolucionario de Haití y de Cuba en eje histórico del Caribe. Si algo, el efecto archipiélago no pretende ser es revolucionario (como tampoco contrarrevolucionario): “Lo archipielágico no salva, ni reivindica, ni redime (dejémosle estos asuntos a los curas, a los pastores, profesores, poetas o escritores con sotanas invisibles)” (17). El efecto archipiélago tampoco reivindica expresiones marginales ni oprimidas (48), tampoco reivindica la identidad basada en la lengua ni en la “coparticipación sanguínea o pigmentográfica” (24) ni en “los fetiches de la heterogeneidad subalterna” (90). Estos “noes” se proclaman a veces con la resolución tajante del manifiesto.

El efecto archipiélago se define en gran medida por la vía negativa. Parecería que la suma de cosas que el efecto archipiélago no es, ayuda más a caracterizarlo que el destilado casi imposible de lo que efectivamente pueda ser. Sin embargo, de tal destilado se desprende algo muy interesante que el archipiélago sí podría ser y que podría caracterizar una propuesta central del ensayo: un cuerpo telúrico o más bien una constelación de cuerpos telúricos. El cuerpo telúrico es legión como el demonio. Es decir, se trata más bien de un enjambre multiespecie de cuerpos humanos, animales, vegetales, geológicos, climáticos, poéticos, conceptuales, sensoriales, afectivos y tecnológicos al que Donna Haraway imputa una fuerte orientación terráquea que no apunta a la trascendencia ni la inmanencia sino a un sinfín de maneras de bregar (“staying with the trouble”). Baso la expresión “cuerpo telúrico” en las ideas de Haraway, aunque ella no emplea dicha frase. El adjetivo “telúrico” tiene mala prensa en la crítica latinoamericanista, en especial desde que Carlos Fuentes y otros voceros del boom literario latinoamericano del siglo pasado volcaran su desprecio contra la llamada novela de la tierra y sus invocaciones telúricas. Desconcierta mucho, de hecho, la manera en que aquel telurismo pretendía fundir la tierra a los proyectos hegemónicos de la nación criolla. Pero estamos en otra época y el tema de la tierra se ve de otra manera ante el impacto del Antropoceno. Propongo trastocar el actual sentido común de la palabra “telúrico” por un sentido mutante. Desde tal sentido es que me permito señalar que Juan Carlos Quintero realiza en su ensayo nada menos que una lectura telúrica de importantísimos autores del Caribe insular hispanófono. Aunque el ensayo de Quintero lleva sus referencias a Rancière en otra dirección, veremos que si, según dice Rancière, la política comienza cuando se expresa en la sociedad un elemento que antes no contaba para nada, que antes no tenía voz en ella, entonces la irrupción de la disímil e incomún comunidad telúrica apunta aquí a una política radicalmente otra, que no se limita a la especie homo sapiens ni culmina en ella y que tampoco se limita a relaciones entre especies sino también entre sus partes y órganos. Tal vez sin proponérselo así, el efecto archipiélago convoca a una legión de actores políticos nunca reconocidos por la polis moderna. Esa legión de demonios políticos es un cuerpo hecho de muchos cuerpos heterogéneos, humanos y no humanos, bióticos y abióticos, con órganos, sin órganos y con trasplantes. El efecto archipiélago, con sus redes y enjambres de mareas, moluscos, crustáceos, vientos, lluvias, rayos, playas, fallas geológicas, hendiduras, rajas, orificios, bocas, deseos, sabores, olores, imágenes, toqueteos, vaginas, penes, estómagos, ojos, secreciones, aparatos y artificios poéticos afirma, pese a sus negaciones, una suerte de cuerpo telúrico inseparable de cierta poética, según sugiere el propio texto en varias proposiciones como ésta: “La abertura archipielágica vincula el cuerpo con lo perceptible como extensión y como saber acuático” (53). Numerosos pasajes del libro matizan las expresiones articuladas al cuerpo del saber terrestre, del saber animal, del saber vegetal, etc.:

Más que un saber, lo sensorial es una disposición significante del cuerpo y sus sentidos hacia aquello que lo rebasa y se abre ante sí. La incorporación de lo sentido será siempre luego asunto de interpretaciones, de absorciones, degluciones, de saboreos, de repasos. Ya sea como con-fusión del final de la tierra y el comienzo inabarcable del mar (la ola es un paréntesis giratorio de agua), o como con-fusión del sensorio y el objeto de sus sentidos, la falla archipielágica abalanza las sensaciones en un transitar negativo. El ojo es una hendidura saturada, lubricada entre los párpados. La lengua habita la hendidura de la boca y allí dispone de la saliva o el aire pronunciable de las palabras. En condición de archipiélago las hendiduras agitan las porosidades, la hendidura-remolino, la hendidura-resaca, la hendidura-natura, la hendidura-coral, la hendidura-esponja, la hendidura-sexo, la hendidura-sedimento, la hendidura-arena están hechas para mediar, para estar entre los cuerpos y las imágenes de (lo) sentido. (53)

Según Elisabeth von Samsonow, los cuerpos son entes transformadores por definición y todo cuerpo es esquizogámico, es decir que posee un eros esquizo e histérico al existir como cuerpo sólo en el acto mismo de establecer relaciones de devenir-otro con otros cuerpos, con órganos de otros cuerpos, con partículas de otros cuerpos mediante devoraciones digestivas y reproductivas. Ello implica que todo cuerpo es parcial, incompleto y fragmentario por definición. Todo cuerpo es una serie de metamorfosis en curso. Las hendiduras y rajas tectónicas y orgánicas evocan el trasplante continuo de órganos, según las derivas de la esquizogamia. Es el caso del cuerpo telúrico del archipiélago, al cual Juan Carlos Quintero Herencia acude para realizar una serie de trasplantes en las letras hispanoantillanas que redundan en un archipiélago que se repite y que es importante que se repita, pues aquí la repetición es creativa, es contra-efectuación continua del presente.

Nada más indicado, entonces, que iniciar esa serie archipielágica, como lo hace el libro, con La isla que se repite, de Benítez Rojo. A partir de una operación crítica sobre La isla que se repite Quintero dirime de manera muy sugerente y pedagógica la querella de los insulares y los continentales para proponer un archipiélago que se repite más allá de la dicotomía isla/continente. Como es de esperarse, la metáfora archipiélago resulta más abarcadora que la metáfora isla. Quintero demuestra a saciedad que, en comparación con el archipiélago, la isla de Benítez Rojo se queda corta en aquello de repetirse, que no es sino una manera de diseminar la diferencia prolífica del Caribe.

Debo remarcar que este abordaje archipielágico de La isla que se repite oscila entre las aperturas a la multiplicidad y las restricciones del giro lingüístico. Por aquello de que “para muestra un botón basta”, me detengo brevemente en esta instancia de oscilación que involucra diferentes temas a lo largo del libro. El giro lingüístico acarrea, como es de suponer, cierto positivismo universalista en la medida en que el recurso a la hegemonía de la lengua (y de paso la letra alfabética) excluye formas de conocimiento y de existencia que no pasan por esos códigos glotocéntricos. Ello sucede hasta en las mejores familias. Es la situación de Lévi-Strauss en sus célebres Mitológicas, las que despliegan un reconocimiento realmente impresionante de la materialidad que enhebra el pensamiento mitológico, pero desdicen esa materialidad cuando la disuelven en el juego abstracto de las oposiciones estructurales de la lengua con tal de autentificar y acreditar la positividad “universalista” de la investigación. Cuando aborda el ensayo La isla que se repite, de Benítez Rojo, Quintero Herencia plantea convincentemente que para Benítez Rojo la naturaleza del Caribe es dispensadora privilegiada de una armonía-en-el-caos que prevalece cual ente ahistórico sobre los desafueros de la historia traída por Europa y concluye que el autor cubano soslaya así contradicciones importantes de la vida de la región. Esto suena bien, y coincido. No coincido, sin embargo, con la estrategia analítica seguida aquí por Quintero Herencia, de concentrar la crítica del ensayo cubano sobre el hecho de que en éste se recurra a la magia ancestral y su autor parezca creer en “cosas desas” de agüeros y revelaciones. Me parece que impugnar el recurso a la magia en sí misma como insuficiencia de la crítica es cargar un fardo ilustrado y positivista, de hecho bastante sujeto a la dicotomía cristiana occidental entre la creencia y la incredulidad. La pertinencia de saberes ancestrales como el animismo y la magia no tiene nada que ver con creer o no creer, sino con los conceptos y herramientas propuestos para el pensamiento y procedimientos de acción convenientes o inconvenientes. La magia y la consecuente revelación de la “cierta manera” del caminar de las mujeres negras cubanas constituye más que nada una constatación del encantamiento del objeto real, del efecto que Graham Harman llama en inglés “allure”, ese artificio imaginativo del acto estético que tantea el resto insondable e incognoscible del objeto real (en este caso, la atmósfera afectiva que acompañó la Crisis de Octubre de 1962 en Cuba). Ésa es la dimensión del encantamiento, del allure del caminao de la negra cubana al cual Benítez Rojo atribuye una revelación mágica por su capacidad de desmentir la atmósfera apocalíptica dominante. Yo acotaría que en lugar de la magia en sí, sin la cual no hay arte ni literatura que valga, lo fallido es la centralidad e importancia desproporcionadas que adquieren las metáforas geopoéticas de la isla y la plantación en el ensayo de Benítez Rojo.

La condena implícita y explícita reiterada ad nauseam de todo lo que sea telurismo, saberes ancestrales, tradiciones populares, legados afroindígenas, magia o espiritualidad corre a lo largo de todo el libro acompañada de invocaciones de las mareas, las arenas, los movimientos tectónicos, los fenómenos meteorológicos, la fisiología corporal, los sentidos, las percepciones, los afectos y los encuentros multiespecies y multi-órganos; invocaciones que, de hecho, al conceder agencia a la materialidad, al animar a esa red de entes materiales, redundan en un procedimiento de encantamiento mágico de los textos abordados. Si algo fascina en la escritura de Juan Carlos Quintero es su mágica relación con una corporalidad multiespecie diseminada. Igual sucede con los autores caribeños que enfoca. Por ejemplo, la metáfora del ajiaco de Fernando Ortiz es un impresionante encuentro telúrico de múltiples especies vegetales, animales y minerales en un caldo vivificador, animador de toda una transculturación, pero Quintero lo ostenta como expediente anti-telúrico por excelencia. Tal pareciera que para Quintero una cantidad de elementos que rezuman magia, tradición ancestral, sentido de la tierra, materialidad cruda, en fin, saberes no filtrados por el logos glotocéntrico, constituyen residuos premodernos y, por ende, de atraso y barbarie, y que por esa vía estarían vinculados a una metafísica originaria que alimentaría el populismo, el nacionalismo, el totalitarismo y todo lo que se les asemeje. De ahí que, en un gesto no tan diferente del ejemplo ya citado de Lévi-Strauss, Quintero recurra a lavar su indudable vocación materialista, telúrica y mágica, depurándola, mediante la episteme del giro lingüístico, de todo elemento supuestamente anti-moderno. Por suerte, ese gesto contradictorio en cierta manera realza lo que pretende eludir. Es un acto de prestidigitación en reversa, que en lugar de hacer pasar el escamoteo por magia, pretende escamotear la magia y pasarla por método positivo a la manera del mago de la novela de César Aira (El mago, 2002) que se contrariaba porque los trucos le salían como magia de verdad. Ese impulso contrario, como la fricción del aire que opone y levanta el ala del pájaro, de alguna manera realza el vuelo mágico de la prosa de Quintero, cual si ésta quisiera lucir su perseverancia.

Por tanto, la buena noticia es que Hoja de mar, en su exégesis a contracorriente de siete autores del canon cubano-puertorriqueño constituye uno de los eventos más importantes en la crítica caribeñista de los últimos años. Juan Carlos Quintero logra volarse y escapar del performance de la identidad y las tres rutinas de etnia, género y nación que, como él señala, constituyen el repertorio multiculturalista impuesto al investigador académico actual. Quienes buscamos algo más que ese repertorio multiculturalista ya disponemos de una pletórica, pormenorizada y reveladora relectura que nos lleva a recorrer la brujería de Benítez Rojo, la “hermenáutica” (que no hermenéutica) del “capitán metafórico” Antonio Pedreira, la gastronomía de Fernando Ortiz, la anemografía de José Lezama Lima, la oceanografía de Julia de Burgos, la gastroenterología óptica (trasplante de estómago con ojo) de Palés Matos y la carnicería de Virgilio Piñera. Pasamos del multiculturalismo a lo que Eduardo Viveiros de Castro llama el multinaturalismo, donde la naturaleza deja de ser el predio inmaculado contrapuesto a la cultura y obligado a fundamentarla, para diseminar la multiplicidad y el artificio, el conflicto y la complicidad en heterogéneas poblaciones multiespecies.

  • Beatriz Gonzalez

    No entendí nada. Si la intención del autor de esta reseña era animarnos a leer el libro, pues no lo consiguió. Después de leerla todavía no sé de que se trata el libro.