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Elecciones y estatus: reflexiones sobre un punto muerto


El asunto del estatus político de Puerto Rico en la Era Global se encuentra en un “punto muerto”. Se trata de una premisa que choca con la actitud vociferante de ciertos sectores a la derecha y a la izquierda del espectro político local. La observación también choca con el hecho de que, en noviembre, se llevará a cabo otra consulta respecto a ese asunto.

La pugna en torno a qué es más importante en 2012, el problema económico social o el estatus colonial, ha vuelto a hacerse de un espacio en el discurso del PPD. Para un liderato moderado, se trata de una tabla de salvación. Por más que trate de evitarlo, las similitudes con el discurso de Luis Muñoz Marín de 1936 y 1938, camino a la fundación de ese partido, no se pueden ocultar. Alejandro García Padilla tiene frente a sí una crisis de proporciones mayúsculas y retorna al manido principio de que el “estatus no está en issue” y que lo más apropiado es una elusiva “justicia social” que no proyecta bien en su campaña.

La genealogía de este tranque tiene raíces profundas. La década del 1990 bien puede tomarse como una frontera: allí se marcó un antes y un después para la discusión del estatus. Una de las claves de esa divisoria fue la aclaración que hizo el Informe Jonhston cuando sostuvo que un “Nuevo ELA” soberano y un plebiscito que comprometiera al Congreso con un cambio, eran improbables.

El planteamiento fue interpretado de diversos modos. Cuando en 1991, la Comisión de Energía y Recursos Naturales de aquel cuerpo se abstuvo de autorizar cualquier consulta estatutaria en aquellos términos, el ELA y los populares moderados tuvieron un respiro. La pregunta respecto a cuánto contuvo a los populares soberanistas aquel hecho, es un asunto que deberían responder ellos. El “soberanismo” dentro del PPD ha sido, desde aquel entonces, el signo de todas las impotencias.

La década del 1990 ofrecía un amplio abanico de posibilidades. Los armisticios y las posguerras del siglo 20 han tenido siempre un fuerte contenido esperanzador. Entre 1989 y 1991 terminaba otra guerra, la Fría, y los viejos aliados acababan de derrotar las fuerzas de otro hipotético eje, el socialista. Por aquellos años se pensaba que la nueva situación global allanaría el camino a la soberanía de Puerto Rico.

La caída del socialismo real y los inicios de la globalización, cambiaron el lenguaje y la praxis política internacional. Bajo las nuevas condiciones se presumía, que el ELA, un invento de la Guerra Fría, había dejado de ser funcional. Se especulaba que el país podría jugar un papel importante en el nuevo tablero regional y mundial, y que la relación de Puerto Rico con Estados Unidos debería ser reinventada.

La clave del dilema era de qué manera se podía insertar a Puerto Rico en aquel nuevo esquema. En una economía global, las relaciones con los territorios caribeños deberían crecer. Fuese como portavoz de las posturas de Estados Unidos o como un signo de moderación y fidelidad a los valores del mercado, Puerto Rico estaba en buena posición para ello en el marco de una Asociación de Estados del Caribe o un Mercado Común Caribeño. Su estatus colonial era una rémora pero ese no era el único problema. El hecho de que Cuba persistiera en ficción del socialismo real era el otro. Como se sabe, el colapso de la Unión Soviética también forzó la privatización de una parte de la economía cubana en aquel entonces. Para muchos observadores, aquello significaba que el socialismo cubano comenzaba a disolverse camino al libre mercado.

Resolver el dilema de estatus representaba un acto de supervivencia. Las opciones eran los clásicos “extremos” de la Independencia o la Estadidad, y un centro reformulado sobre la base del ELA como signo de soberanía de 1954: un tipo de Libre Asociación que pudiera ser interpretado como un ELA culminado. Si se quería asustar a los populares incautos, entonces se hablaba de República Asociada y aquellos daban un salto hacia la anexión sin el menor empacho.

La decisión de 1991, canceló los esfuerzos en cualquiera de esas direcciones. La victoria de Pedro Roselló González en 1992 representó un contraste. Para aquella figura, la del 1990 debía ser la década para resolver el asunto del estatus. Se trataba de una buena lectura de su tiempo. Todo parece indicar que, 40 años de inmovilismo estatutario, resultaban difíciles de superar incluso para un líder tan agresivo como aquel.

El estatus volvió a discutirse en 1993 y el 1998, con el PNP en el poder. En el ínterin el Proyecto Don Young estableció que la unión permanente y la ciudadanía común solo se garantizaban con la estadidad. La idea de que ELA no había descolonizado al país, ni había sido producto de un pacto bilateral o entre iguales y la seguridad de que moriría en la Pos-Guerra Fría, se impuso. La idea de que la Independencia, la Estadidad o una forma de Libre Asociación eran las opciones viables cónsonas con el derecho internacional, debía dominar la discusión desde aquel 1998. Los debates de aquel Congreso, parecían confirmar que aquel cuerpo soberano sobre Puerto Rico, iba a adoptar  una posición más activa en la discusión del estatus. Los tiempos de la autodeterminación habían terminado. La mutua determinación se impuso en medio de un debate de sordos.

El 1998 dejó una curiosa manera de conmemorar el centenario de la invasión americana. El lenguaje del estatus debió aclararse. Puerto Rico debía ingresar en la Era Global por la puerta de la soberanía. Cualquiera de aquellas tres opciones, cumplía con aquel requerimiento de soberanía. Y,  claro está, soberanía no debía circunscribirse a Independencia. Se trataba de un concepto que polisémico y plural que sugería una condición no colonial dentro de un abanico de probabilidades.

La incapacidad de aquel lenguaje para imponerse hasta el día de hoy es comprensible. Para los populares moderados, cualquier forma de ELA no colonial resultaba y resulta demasiado radical. Para los independentistas tradicionales y románticos, la única forma de soberanía legítima es la Independencia. Los estadoístas siguen identificando la soberanía con la independencia, estatus al cual relacionan con el caos y el comunismo, ahora identificado con el curioso socialismo de la Era Global. Cualquier acuerdo entre esas tres propuestas, significadas en las conversaciones monopolizadas por el PNP, el PPD y el PIP, resulta en una farsa. Cada cual arrima la brasa a su sardina y habla de la soberanía en su sentido amplio con la muelas de atrás.

La gasolina del neopopulismo mediático de Roselló González, que fue uno de los pilares de aquel giro, terminó con el siglo 20. Roselló González cometió el mismo desliz de Luis A. Ferré: depositar demasiadas esperanzas en la espiral del cambio que veía venir. La “Nueva Vida” y el “Patrimonio para el progreso” del viejo ingeniero e industrial de Ponce, no distan mucho de las sugerencias del lema  “Visión 2000” del médico en las elecciones de 1996.

En el 2001, bajo el gobierno de Sila M. Calderón el “punto muerto” del estatus se afianzó, como se verá en otra columna.

  • Luis

    ¿Independentistas tradicionales y románticos?  Nuestro autor es qué, ¿pragmático?