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En defensa de la honradez


Habrá que creer, habrá que creer 
en Cristo, en la paz o en Fidel;
habrá que creer, habrá que creer
en algo o en alguien tal vez.

–Alejandro Filio

Aaron Tilley

Aaron Tilley

Ningún cambio social dirigido a beneficiar a las mayorías populares va a ser posible si no se genera entre los actores sociales un sentimiento de propósito compartido que nos conmine a juntar esfuerzos para alcanzar esa meta común. Por eso, quienes luchamos por cambiar el estado de cosas existente en nuestra sociedad conocemos lo fundamental que resulta reconstruir los lazos sociales y comunitarios que nos unen con el resto de nuestros conciudadanos, en los distintos escenarios que nos desenvolvemos cotidianamente. Ello así, pues ese sentido de comunidad rompe el aislamiento individual y permite a las personas reconocerse como parte de un colectivo mayor, a quienes les afectan similares problemas, como producto de unos mismos sistemas de opresión.

Un componente clave para lograr restaurar ese sentido de comunidad es el de la confianza mutua. Para promover el cambio social no basta con que las personas generen conciencia de la situación de opresión en que viven, y abracen la esperanza de que una alternativa mejor es alcanzable. Conciencia y esperanza son condiciones necesarias, pero nunca suficientes. Hay que dar un paso más. Resulta imprescindible que esas mujeres y hombres que advierten su situación de opresión, así como la posibilidad de conseguir una alternativa más democrática o liberadora, sean capaces de unirse en acciones organizadas con los demás, dirigidas concretamente a alcanzar ese objetivo. Y para que esa acción concertada pueda darse, es crucial que unas y otros puedan confiar en la legitimidad y honradez de las acciones y motivaciones de cada cual, pues sería ilógico poner esfuerzos en una empresa común con gente que pensamos que habrá de defraudarnos. Por eso, no hay duda de que en el contexto de las luchas sociales y políticas, al igual que en todo otro contexto humano, la confianza es materia prima indispensable en la construcción de relaciones fructíferas entre las personas.

Ciertamente, no se trata de tener fe ciega en cualquiera que alegue compartir los ideales de justicia e igualdad por los que luchamos, pues buscones y oportunistas suele haber en todas partes. Se trata de una fe razonada, cimentada sobre la base de la compatibilidad entre los actos y las palabras, reflejada en la trayectoria de vida de aquellos en quienes confiamos. Y sin embargo, irremediablemente necesitamos poder confiar en los demás si pretendemos trascender de la palabra a la acción, de la queja a la lucha por el cambio. Porque sin concertación no hay cambio, y sin confianza no habrá concertación. Si procuramos ser gestores de cambio social tenemos que deshacernos de muchos de nuestros prejuicios y preconcepciones sobre los demás y aprender a confiar razonadamente.

El chisme, la intriga, la paranoia o la arrogancia nunca han sido fuentes adecuadas para promover la unión entre las personas en comunidad, para la consecución de fines nobles. Recuerdo haber leído en una ocasión a una laureada escritora polaca declarar que en su país durante la época comunista, el régimen exhortaba al pueblo a abrazar la causa de amor a la humanidad a la misma vez les enseñaba a desconfiar de los vecinos. Paradójicos mensajes, porque lo cierto es que de la misma manera en que la confianza es precondición al cambio social, la desconfianza es una herramienta vital para las fuerzas reaccionarias que buscan mantener el status quo. Y es que quienes ostentan el poder son expertos en cultivar y diseminar la desconfianza, pues la falta de confianza entre las personas fomenta el paralizante aislamiento individualista y el cinismo auto-exculpatorio. El “no se puede confiar en nadie”; el “todo el mundo está a la venta”; el “no hay nadie honrado”; son slogans comunes de quienes trabajan al servicio del poder, pues nos hacen perder la esperanza en los demás, condición necesaria para hacer causa común contra la opresión. Si todas las alternativas son iguales, entonces es lógico que nuestro accionar ciudadano se limite a esperar amargados cada cuatro años por ese minuto en que tendremos la oportunidad de depositar nuestro voto a favor de quienes más convengan a nuestros intereses individuales , en el mejor de los casos, por los que consideremos menos malos; pero nada de organizarnos para cambiar las cosas. Así, la desconfianza generalizada trabaja indudablemente al servicio del poder.

Por eso me cuesta tanto trabajo sumarme a cualquier condena prejuiciada y desinformada de las actuaciones de personas que por su historial de vida me constan verticales y honradas. Y es que tengo bien claro que, más allá de cualquier injusticia personal, se trata de un asunto con repercusiones mucho más profundas a nivel social.  La agenda de los poderosos y sus distintos testaferros está ávida de ocasiones para socavar la confianza ciudadana en personas que han demostrado carácter, entereza y valentía frente a estos, no solo los fines de castigarlos personalmente por su atrevimiento sino, especialmente, para seguir sembrando la idea falsa en las mentes de la comunidad de que no se puede creer en nadie. Más allá de las repercusiones inmediatas contra aquel o aquella, se trata de ataques continuos y sistemáticos a la capacidad de los ciudadanos de concebir posibilidades de cambio mediante la lucha unificada tras una causa honesta o un liderato honrado, pues tales cosas no existen. Por eso dudo cuando con inusitada ligereza se le pretenden adscribir actos moralmente reprochables a personas que entiendo como gente de bien. No se trata solo de una inclinación aprendida por “el beneficio de la duda” dada mi formación profesional como abogado, sino de mi convencimiento de que en un gran número de ocasiones tales ataques no constituyen otra cosa que un acto de manipulación dirigido a crear desunión, frustración y falta de fe en la comunidad. Otra manera de sembrar la idea de que debemos resignarnos y tirar los guantes.

No se tratan estas líneas de una invitación a cambiar de vara, ni a mirar para otro lado cuando la verdad nos muestra su rostro luminoso, pues ello sería igualmente dañino, inmoral y socialmente irresponsable. Se trata, no obstante, de hacer un esfuerzo consciente por evitar saltar a conclusiones falsas, cuando somos azuzados por las mentiras difamatorias y la desinformación de quienes nos piensan manipulables. Y es que el problema no son los pseudo-analistas que inmeritoriamente se jactan de apóstoles en la defensa de la “sana administración pública” que descaradamente pululan impunes por las emisoras del país. De muchos de ellos conocemos sus agendas personales y sobre su matrimonio con la mentira conveniente y la venta de influencias. El problema es de quienes impensadamente nos hacemos eco de sus patrañas, pues sin quererlo, lejos de adelantar valiosos objetivos cívicos, terminamos sucumbiendo a sus manipulaciones desmoralizantes.