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En espera ansiosa de tu libertad (a Oscar Rivera)


Presentación del libro Oscar López Rivera: Entre la Tortura y la Resistencia, editor Luis Nieves Falcón, Colegio de Abogados, 4 de noviembre de 2011.

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No puedo comenzar con un querido Oscar, aunque sí te quiero- ni con un estimado Oscar porque eres mucho más que eso. El nivel de respeto que me inspiras me impide encontrar la introducción perfecta para capturar aquí el amor, la admiración y el respeto que por ti siento.

Eso sí, perdona que te tutee, es que solo así podrás percatarte de que ese pronombre abre la puerta para la comunicación de corazón a corazón que representa esta carta.

Así que hoy quiero reaccionar a tu narrativa de unos años de valentía, amor a tu patria, sufrimiento – ofreciendo lo más preciado con que contamos en este paso por el mundo—el ofrecimiento de la vida.

Debo decirte de entrada que la lectura del libro de nuestro querido amigo Luis fue agobiante (abrumadora; solo podía tomarla de a poquito, irme a caminar sabiendo que disfrutaba de un movimiento del que tú careces, mientras en otras ocasiones contaba losetas en mi apartamento -1-2-3-4-5-6-7-8- x -1-2-3-4-5-6-7-8-9- para medir el espacio en que te has encontrado, o me acostaba en el cemento duro para –aunque momentáneamente– estar más cerca…

Yo sí puedo caminar y sentir la brisa isleña. Yo puedo ver los únicos y hermosos azules que se te han negado… o puedo escuchar el canto de los pájaros que, como narras, es “música para tus oídos cuando te sacan al patio”—seguro que se congregan para saludarte…

A mí no me privan de los colores de los lienzos para poderme comunicar cuando las palabras se quedan cortas…

Pero a pesar de todo ello, escuchar tu voz en este libro que edita tu hermano Luis Nieves Falcón -servidor ejemplar e incansable a la causa patria- me hizo claro que como bien sabe también un Mandela, tu libertad y tu voz no han sido apagadas por las rejas carcelarias y los torturadores de turno.

Lo que más araña el corazón es que esa humanidad, compasión y amor a los otros, especialmente a los olvidados y atropellados por gobiernos y sistemas económicos opresores –que adelantan sus narrativas de exclusión clasistas, raciales  étnicas y de género; esa compasión y amor, está ahí intacto, inmune al cansancio, a la frustración, a la desilusión.

Oscar, no me fue difícil seguirte la pista en la solidificación de tu lucha por la independencia. Sabemos de los horrores de Vietnam y los discrímenes que han vivido los soldados puertorriqueños- fue claro el mensaje que recibiste de soldados boricuas con su “bandera pintada en el camuflaje de su yelmo”.

Y desde que puse pie en Nueva York, como migrante privilegiada, pude conocer de cerca lo que supuso por muchos años  (y todavía se sienten las ráfagas fuertes de la guerra contra los inmigrantes) el camino del destierro para muchos puertorriqueños forzados a emigrar por el milagro económico del ELA.

Mudos, sin poder hablar inglés, lejos del código de blancura norteamericano que hace que una gota de sangre negra te haga negro; demasiado ruidosos y expresivos, sujetos al código asimilista monolingüe, que más que una lengua —como bien descubriste en tu juventud— impone lo que he llamando en otras ocasiones la gubernamentalidad monolingüe, abarcando narrativas de inferiorización en torno a lengua, cultura y todo lo que defina nuestra identidad.

Ese recorrido tuyo por una época de derechos civiles –que apenas comenzaba a despuntar con la hegemonía afroamericana a expensas de otras culturas. Culturas que, como las latinas, han venido forzando el reconocimiento de un estado multicultural que los fundamentalistas atacan despiadadamente. A fin de cuentas, no debe sorprendernos puesto que   amenaza la sobrevivencia de su privilegio estructural y cotidiano. La guerra contra los inmigrantes habla por sí sola.

Esa lucha te permitió, junto a la experiencia de Vietnam, conceptualizar en tu corazón la independencia en todas sus dimensiones, porque, como bien narras, viste de cerca las caras y facetas del imperialismo —aquel ejercido en casa—contra todas las minorías que fueran diferentes y disidentes, y el que se continuaba ejerciendo mas allá de los mares, directamente afectando a nuestro Puerto Rico.

Ese imperialismo doméstico e interno requería una lucha organizativa de las comunidades, a las que te entregaste, dando la pelea por unos espacios antiasimilacionistas y un acceso a la educación que respetara la diversidad cultural. De ahí tus contribuciones a la creación de escuelas —la Pedro Albizu Campos, ASPIRA—, y tu activismo cívico para nutrir todas las vías posibles de cambio… la discriminación en la vivienda, los empleos…

Allí se iba fraguando tu aprendizaje, como narras, tu bautizo en la lucha – allí– en tus palabras- se fue haciendo “añicos la imagen estereotipada del boricua dócil”, allí aprendiste a luchar y “la necesidad se hizo lucha y la lucha se hizo necesidad…”

Oscar, debes saber que este libro continúa tu lucha contra ese imperialismo doméstico —no se puede subestimar el poder de la narrativa de la palabra—sobre todo para las nuevas generaciones. El recuento de tu denuncia de un tribunal al que no le reconoces jurisdicción y especialmente esa tu denuncia de un sistema carcelario —que se mofa de derechos de rehabilitación— y que se dedica a despilfarrar millones de dólares de los contribuyentes en tener a los latinos y a los afroamericanos como pobladores mayoritarios tras las rejas.

Es una denuncia implacable y certera al sistema, que se afianza en Guantánamo y otras cámaras de tortura diseñadas para coronar la represión contra la disidencia y las diferencias.

Pero es muy importante también significar lo que reconoces: tu vena de apertura e inclusión. Porque, como muy bien lo caracterizas, no hablas de tu dolorosa prueba para provocar penas y lamentos – como señalas, es tu interpretación del GULAG—; no deseas colorear las apariencias y hacerlas pasar por hechos a una verdad absoluta. Nos dices- “Me interesan las mentes y corazones de aquellos que aman la justicia y buscan la verdad…no estoy interesado en el sentimentalismo vulgar…”

Y ni hablemos Oscar de tu recuento familiar: es un retrato vívido de tu persona. Como destilas como tu gran verdad el dolor de esa separación familiar -esa tu descripción de visitas negadas a tu hija Clarissa y nieta Karina- la muerte de tu madre y hermana mayor en la ausencia… y como ese amor compartido con tu familia fortalece – está clarísimo- tu espíritu en la vida en el GULAG.

El imperialismo de más allá de los mares no puede quedarse fuera. Representado por nuestra islita –ejemplo clásico del colonialismo reconocido en las normas básicas de derecho internacional- que fuiste dominando con los años para denunciar la hipocresía de EU en la defensa de la libre determinación de los pueblos y de sus derechos humanos.

Desde la Guerra Fría, pasando por las nuevas encarnaciones del estado Orwelliano ante la guerra contra el terrorismo y los nuevos enemigos del mal islámico- fundamentalismo sustituto del comunismo demoníaco.

Porque como todos los que se precian de honestidad intelectual saben, poco puede defenderse tu condena desproporcionadísima- por conspiración sediciosa desde una perspectiva de derechos humanos básicos—cuando ese mismo país reclama la libertad de presos políticos en otros países – involucrados a diferencia tuya con la violencia como parte de su causa.

Y ¿ cómo defender el record de ese país ante la farsa y tribunal cangurístico que conformó tu proceso de libertad bajo palabra bajo un oficial examinador que desconoce la definición mínima de imparcialidad en un proceso…?

Hace acto de presencia en este libro tu pintura -ese espacio que solo te pertenece- y que plasma emociones inigualables que nadie te ha podido arrancar. En este libro se nos regalan esas otras formas de expresión con formas y colores (ese Mahatma Gandhi tiene una sonrisa jamás vista- y que dice mucho de tu mirada).

Oscar, toda esta travesía tortuosa y patriótica queda plasmada con esta historia de palabra e imágenes. De ahí mi agradecimiento a Luis Nieves Falcón que nos facilita el regalo, para quien solicito un sonoro aplauso.

Nos relatas cómo en la prisión has aprendido que desde allí la comunicación es una con palabras sin alas. Nos dices: “Si las escribo a veces quedan muertas en el papel y si las hablo no se mueven mas allá del espacio inmediato. La pérdida de material a través de la confiscación, la censura y la dicotomía entre la audiencia y yo son factores que me cohíben y me quitan el deseo de escribir. Me siento como el que vive bajo techo roto y cuando llueve lo que le caen son los diluvios…”

Pues hoy te reafirmo que vale la pena escribir y seguir hablando… Que te escuchamos!

De igual forma vale mucho la pena – sobre todo para las nuevas generaciones a las que les aguarda el relevo de la lucha patriótica- saber que han fracasado con el espiriticidio. Saber de tu vigilancia victoriosa contra ese asalto…de cómo no has podido ni puedes “por un instante perder de vista la mirada siniestra y ubicua de los verdugos que como depredadores solo buscan el momento oportuno” para el mismo. Vale la pena celebrar el fracaso de los verdugos!

Como bien dices, es necesario aprender a democratizar el sacrificio. “La patria es de todas las personas que la amamos. Y si queremos verla libre entonces nos toca a todos y todas luchar para que obtengamos la libertad. Nadie nos la va a dar…”

Oscar,  me resulta enormemente iluminador e inspirador escucharte hablar de que además de tu familia y la excarcelación de tu amigo Carlos Alberto – tu solicitud de libertad bajo palabra fue informada  por “la lucha que los estudiantes de la UPR estaban llevando a cabo” y que representa para ti, como señalas, “una nueva generación de luchadores y luchadoras con la capacidad, habilidad, creatividad y compromiso para suceder a la vieja generación que viene luchando por décadas”.

Está claro el mensaje de la necesidad de un pase de batón que continúe, a la altura de este siglo,  la lucha emprendida. A pesar de que, como bien dices, es mucho “más fácil no luchar, rendirse y tomar camino de los muertos vivos o los vivos muertos…”

Nuestro querido Luis Nieves Falcón desborda sus emociones y te dice en este libro: Oscar amigo, sufro contigo; lloro contigo; lucho contigo. Sin odio contra los victimarios que te ultrajan a ti dentro de la cárcel; y a nosotros acá en la cárcel externa de la colonia. Pero, también como tú, estamos seguros que nuestra patria será libre. Y, ese día, abrazados en un abrazo que no termina, sin fin, y llorando de felicidad- porque también de felicidad se llora- con nuestro dolor, juntos, con nuestro llanto compartido, estaremos contentos porque hemos ayudado a conseguir la paz y la felicidad para nuestro pueblo.

Sabes qué Oscar, que no me voy a quedar corta. Sabes, me voy a atrever aquí este 4 de noviembre de 2011 en una institución muy cercana a mí, en la presencia de Luis y todos tus amigos solidarios, me voy a atrever a decirte que te admiro y que estaré eternamente agradecida a nombre de mi pueblo.

TE QUIERO, SÍ OSCAR, TE QUIERO MUCHO!!!

En espera ansiosa de tu libertad,      

Celina