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En memoria, el olvido


Mauricio Nizzero

Tendemos a pensar que el olvido es un espejo de la muerte y que nadie está verdaderamente desaparecido mientras haya quien lo recuerde. (Néstor Braunstein, “De sepulcros y sonetos”, 15)

¿Han podido olvidar a Funes el memorioso? Aquel personaje de Borges  cuya  memoria portentosa  impedía toda posibilidad de abstracción nos hizo pensar, en plena adolescencia, sobre la necesidad del olvido. La concisión de la metáfora, la imagen, la fábula y el mito ocuparon un valor superior a cualquier  abarrotamiento de datos factuales que se acumularan como montañas de chatarra sin conexiones de contigüidad u ordenamiento metonímico alguno.

¿Recuerdan Memento, aquel filme de Christopher Nolan basado en el cuento  de otro  Jonathan Nolan? El personaje, protagonizado por Guy Pearce, era  la  contrapartida más radical de Funes el memorioso. Era aquel un sujeto para quien cada acto no consignado por la escritura en el papel y el cuerpo corría el peligro de desvanecerse como el éter de la memoria. Peor todavía, las breves frases que escribía terminaban donde empezaba otra vez el olvido. Era una narración sin principio ni medio ni fin, un  bricolaje de piel y papel sin centro.

Esta escritura de carne y papel sobre una pantalla cinematográfica fue, para mí, una virtuosa reflexión sobre la manera en que contamos y reconstruimos historias. El cine y la literatura se pegan a la mirada. Son memoria y olvido fundamental que sin ningún centro ni forma determinada van cercando el “black hole” que constituye el caos nuestro de cada día.

El 9 de diciembre de 2007, siete años después del filme, no fue un día caótico como otro cualquiera. Sufrí una convulsión que me dejó sin “conocimiento” por el espacio de seis horas. Seis horas de memoria en blanco. ¿Puede olvidarse lo que pareciera no haber habitado jamás en la memoria? ¿Tendría razón  Sor Juana y ”aqueste no olvidarte no es olvido/ sino una negación de la memoria”? Aunque me dé vergüenza decirlo, hubiese querido ser Funes y poder recuperar cada palabra y suceso “perdido”. Pero ese “olvido” era posesión de los otros. Solo podrían contar esas seis horas quienes permanecieron despiertos.

Una vez recuperada la “consciencia”, no hacía más que preguntar y preguntar como si hubiese llegado de otro planeta. Tal como el personaje de “Memento”, el signo de interrogación de cierre de una pregunta se desdoblaba para transformarse de inmediato en el signo de interrogación que abría exactamente la misma pregunta. Una enfermera rompió la multiplicación especular interrogativa cuando me dijo muy molesta que ya me había contestado cinco veces la misma cosa. Experimenté en carne propia ser aquel personaje de la película, pero sin conciencia alguna de memento moris.

No puedo recordar cuándo ni cómo se fue deslizando la memoria. Conservo lo que resta: retazos de escritura. Una pequeña lista une las palabras “disección”, “perspectiva”, “Leonardo Da Vinci” y “cocodrilo”. En otra aparecen  “radioterapia”, “quimioterapia” y “trailer”. “Rinoceronte”, “pingüino”, “amascura”, “Hiroshima”, “Cordelia” y “astrocitoma” forman otro conjunto. Por alguna razón, junté “cromosoma”, “Almodóvar”, “Alain Renais”, “The Mission”, “The Name of the Rose”, “Cuzco”, “Perú” y “Aguirre, the Wrath of God”, seguidos por “Copérnico, Galileo y Kepler”. ¿Cuándo esa lista de palabras chatarra empezó a tener algún sentido? ¿Cuándo olvidé lo suficiente para empezar a escribir una memoria?

Construir de retazos la memoria. Hice primero un Blog que llamé “Crónicas de un cerebro enfermo”, pero la curación me llevó a titular el libro de otra forma: “Crónicas para matar el cáncer”. ¿Acaso escribir una memoria pudiera matar el olvido? Recuperé muchas cosas: el reflejo en ambas piernas, palabras, libros, filmes, mi puesto de trabajo. No sé, sin embargo, si el músculo ejercitó la memoria del cuerpo,  si el cuerpo esculpió la memoria, o si el  cine y la literatura se han incorporado a este teclado que descansa sobre mi falda.

De alguna forma, sin embargo, el Funes que todos llevamos dentro no estaba conforme sin poder conocer cada detalle de aquellas seis horas que, desde hacía cinco años, creía haber perdido para siempre. Como el pesquisidor de aquella Crónica de una muerte anunciada, tanto quise recomponer las “astillas del espejo roto de la memoria”, que en un vuelo de avión entre Panamá y Buenos Aires, entre el 19 y 20 de noviembre de 2012, como si se tratara de una mezcla de “La isla a mediodía” y “Lejana”, mientras todos dormían, pude ver a otra mujer que abría los ojos sin que pareciera mirar ni estar despierta. No quería seguir viendo. Ese abrir los ojos hacia adentro, volar adonde mueren las palabras…

El asistente de vuelo pareció tardar los siglos que me tomó desabrochar el cinturón de seguridad con la izquierda para pulsar el botón de emergencia con el índice de la derecha. Simultáneamente, como por arte de magia, salieron de la nada siete médicos argentinos. Después supe que mientras yo volaba hacia un congreso de literatura en Argentina, ellos regresaban de República Dominicana de otro sobre medicina. Por espacio de seis horas, siete doctores y un asistente de vuelo sacaban todo tipo de instrumentos de sus maletines de primeros auxilios para resucitar un cuerpo casi inerte, sin memoria ni olvido, sin palabras.

Sabía de antemano que aquella joven no recordaría ni los nombres ni las caras de aquellas ocho criaturas que le salvarían la vida. No recordaría nada. Cuando le cuenten una y otra vez lo sucedido, pensará que estos intrusos le habían arrebatado seis horas de memoria. ¿Lamentará alguna vez andar buscando lo que no se le ha perdido?  Los que duermen, me había dicho un libro, ya nos han olvidado. Se escribe una memoria donde empieza el olvido. “[E]s el momento de decirlo, lo muerto no es el olvido sino la memoria” (Braunstein 15).

Obras citadas

Borges, Jorge Luis. “Funes el memorioso”. Obras completas de Jorge Luis Borges. Ed. Carlos V. Frías. Buenos Aires:Emecé, 1974. 485-490. Libro impreso.

Braunstein, Néstor. “De sepulcros y sonetos”.  La memoria, la inventora. México: Siglo XXI, 2008. 13-49. Libro impreso.

Cortázar, Julio. “La isla a mediodía”. Todos los fuegos el fuego. Buenos Aires: Sudamericana, 1975.  117-127. Libro impreso.

Cortázar, Julio. “Lejana”.  Bestiario.  Sudamericana: Buenos Aires, 1977.  31-35. Libro impreso.

Cruz, Sor Juana Inés de la.  “No quiere pasar por olvido lo descuidado”.  Sor Juana Inés de la Cruz: Obras selectas.  Ed. Georgina Sabat de Rivers y Elías L. Rivers.  Barcelona: Noguer, 1976.  645. Libro impreso.

García Márquez, Gabriel. Cronica de una muerte anunciada.  Bogotá: Oveja Negra, 1981. Libro impreso.

Memento.  Screenplay by Christopher Nolan, adapt.  “Memento Moris”. B y Jonathan Nolan. Dir. Christopher Nolan.  Newmarket Capital Group, Team Todd, I Remember Productions, 2000. Filme.