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Epifanía en un frega’o


 

La autora recorre en dos breves crónicas su paso por el mundo del cáncer a temprana edad. Se juntan así, la epifanía y la palabra.

Balcon_fin

Hoy, mientras hacía los trastes tuve una revelación: me di cuenta de que ayer fue el primer día en el que en fregué en mucho tiempo. De hecho, me atrevería a apostar que ayer fue el primer día en el que fregué desde el 11 de enero. ¿Por qué 11 de enero? Porque ese día me diagnosticaron con cáncer. El recuerdo de ese día es ambiguo en mi memoria, mas bien una avalancha de sensaciones que un recuerdo per se. Si hoy les puedo decir la fecha es por algún instinto cronista y OCD en mi que dijo: se me va olvidar, debería apuntarlo. Creo que fue uno de los pocos gestos que hice ese día: apuntar en el calendario “Cancer Day”, así, como el día de Valentino, pero mucho más interesante.

Desde el lujo que es mirar atrás sólo se me ocurre decir que ante el diagnóstico caí en una nube, una nube de la cual me resultó imposible salir por mucho tiempo– hay un impostor aquí y se ha apoderado de mi.Era una mujer secuestrada.

Maratón a nado

 En ocasiones, he oído que la experiencia del cáncer se describe como un maratón, una carrera de largo rendimiento y resistencia. Y lo es. Pero es un maratón de nado bajo al agua. Uno siente que tiene que seguir y seguir, y seguir, y todavía seguir más. Seguir a toda costa por todo tipo de aguas: turbulentas, cristalinas, suaves, rápidas, amigables, hostiles… y sigues y sigues y sólo tienes unos muy breves momentos para respirar.

Porque hay momentos de respiro. Respirar al despertar de una cirugía y sentirte en el tope del mundo porque viviste, ¡puñeta! y el cáncer que se joda (perdón mami, este es el tono correcto, no hay otra). Respirar porque en el camino siempre se aparecen ángeles y justo cuando estabas a punto de jurar que los cirujanos deben ser una especie aparte (tanta facilidad para hablar de cortar y reconstruir el cuerpo humano tal cual si fuera un simple “cut & paste”) uno te muestra la mayor humanidad en un detalle ínfimo y para rematar, te salva la vida. Respirar porque consistentemente, justo cuando la soga parece que ya definitivamente asfixia, se aparece alguien o algo que devuelve el aire y la luz.

Hay momentos de luz en medio de una travesía de cáncer. Es posible ser feliz con cáncer.

La cosa es que da bastante más trabajo.

La cosa es que a veces parece ser pura carnada para lanzarte a aguas más profundas.  Es posible ser feliz con cáncer, pero para ello hay que aprender a vivir con el miedo. Y no meramente sobrevivirlo. Y eso sí que no es cosa fácil.

De etapas y momentos

Entonces se da el fenómeno de que hay etapas y hay momentos que marcan un cambio en el proceso.

Mi primer momento fue obligarme a salir a pasear. Fui a visitar amigos en Arecibo y allí les dije del diagnóstico. Les dije porque no pude no decirlo. Porque mi vida estaba tan sacudida que no podía existir en ningún plano sin dejar saber mi nuevo estado: el de mujer invadida, tengo cáncer y está en mi seno… por ahora.

Aquel paseo trajo nuevos aire, vi belleza, sentí amor, respiré mar. Algo de eso logró entrar entre la vejez, el cansancio, la bruma y el peso del diagnóstico. Y estoy casi segura de que fue tras ese día cuando luego de dos semanas de espanto pude volver a dormir. Todavía no bien, dos o tres horas apenas, con malos sueños, pero al menos dormir. Sólo el que ha sufrido insomnios terribles sabe lo que es eso. Es temerle a la noche. Temerle a esa soledad que abruma, a las ansiedades y miedos que invaden por más resistencia que se les ponga. No hay velas, Oms, ni ejercicios de respiración que valgan. La noche es todo terrores.

Si el cáncer es un maratón de nado bajo el agua, en el principio es como nadar en pega: antinatural, parece fútil, agotá por demás y encima, te asfixias.

Es dentro de ese estupor que pasé meses sin fregar, meses en los que potencialmente habré lavado ropa, ¿qué? ¿tres veces? Yo, que he vivido sola. Yo, que le he dado la vuelta al mundo dos veces, una de ellas viajando por mi cuenta. Yo, que bregué con pagar taxes y pedir exención contributiva en un país frío y gris con un idioma que no hablaba. Yo, que me las sé todas… yo, la misionera…  esa mujer: desaparecida, sustituida por algún ente desconocido. Repito, el cáncer es un secuestro.

Y sólo se puede salvar uno mismo. Hay médicos, amigos, familia, sanadores, arte, oraciones… hay mil cosas, pero el primer, el último y todos los pasos en el camino los tiene que dar uno. No hay más nada. El proceso es desesperante y enaltecedor, abrumador y liberador, es tan múltiple que uno se pierde cuarenta mil veces y aún así conozco tanta gente que logra, con su propio empeño y esfuerzo, sacar tanta claridad de ello… me devuelve la fe en la humanidad, incluso con la mierda nuestra de todos los días, me devuelve la fe en la humanidad definiendo humanidad como la capacidad de ser humanos, sea lo que sea que signifique eso de “ser humanos” el principio está en buscarlo. De eso se trata la cosa.

Comenzó a ser escrito en algún momento de mayo, intervenido y finalizado el 8 de agosto de 2012, una semana después de mi última quimioterapia.

 

La palabra

Ya casi ni lo recuerdo.

¡Embuste!

Lo recuerdo perfectamente. El detalle está en que lo recuerdo por lo ordinario que fue, lo anticlimático. Hay ciertas cosas en la vida que uno se imagina como apoteósicas, con un nivel de drama que rechina en los oídos, tal cual soundtrack de película mediocre tratando de compensar emocionalmente por aquello que la cámara no pudo capturar. Hay frases que uno no espera oír y que si las oye, vendrían acompañadas de un algo más: un feeling inmenso, un silencio absoluto, una pérdida de humedad en el aire, un cambio de aura… como mínimo, un crack del mundo resquebrajándose por la costura.

“Tienes cáncer”, es una de esa frases.

“Tienes cáncer” y el mundo debió haber temblado, las sillas sacudidas, el alma volando al pecho. Algo.

Tienes cáncer, que no es perro, no es gato, no es playa, no es plátano. Cáncer. Y tampoco es el signo astrológico. Y es que aunque me conste que las palabras no cargan el significado como un peso atado a su significante, me faltaba algo. ¡Caramba, es cáncer! Debería significar algo en sí misma, por sí sola. Es cáncer.  Enunciar la frase debería desatar una tormenta casi por osmosis fonética.

Quizás la ausencia de ese “algo” se encuentra en que siendo justos “tienes cáncer” no fue lo que dijo la señora cirujana. No exactamente, no de primera instancia. Que mala cronista, no le hago justicia, le saco sus citas de contexto, me apodero de sus palabras y las viro a mi antojo buscando el drama narrativo dentro de la dureza de lo factual. Así pues las cosas: ella corta cuerpos para ganarse la vida; yo corto palabras. Y las pongo también. Las destruyo y reconstruyo, también.

Tal cual dije la doctora me salió delicada y saboteadora de historias dramáticas. “Tienes cáncer” no fue lo que dijo sino un muy llano: “Los resultados salieron positivos”. Quiere decir cáncer, lo pensé y no lo dije. Mas decidí algo en aquel instante: si esto me está pasando lo tengo que oír, si esto es real, se tiene que decir. Así que insistí: “¿Qué es positivo? ¿Positivo a qué?”

“La enfermedad, que hay enfermedad en las células”, me contestó. ¡Qué frase tan bien construida!: “hay enfermedad en las células”.  La enfermedad está en las células. Ajá, y ¿dónde están las células? En mi seno izquierdo, bien, gracias. En mi seno como probablemente estará en una de cada 8 mujeres que a lo largo de su vida, quienes recibirán un diagnóstico de cáncer de mama invasivo.1 Excepto que en las estadísticas el promedio es de 59 años a la hora del diagnóstico.2

Excepto, y ahí está el detalle, que en la estadísticas el seno es de ellas y no el mío. Senos de ellas. Senos anónimos. Más de 300,000 senos al año con cáncer.3 Perdón, difamo, altero palabras, de nuevo. Sobre 300,000 aglomeraciones de células con enfermedad que se encuentran en senos. Senos que–usualmente–van pegados a mujeres. Y aun así, o quizás por ello, necesito oírla, la palabra, y tenerlo, el momento, el crack.

Me obstino y rebusco: “¿Y qué significa eso?”

“Que se están reproduciendo anormalmente”, me riposta y no me concede el momento.

Trato de nuevo: “Pero, ¿y qué significa eso?”.

“Pues que hay enfermedad y necesita tratamiento”, me contesta.

¡Mujer! Dígalo, dígalo de una vez. Pero no hay tregua. Nadie dijo que la vida era justa y hoy ni las palabras se dan fáciles. No lo dice. No quiere. Me toca a mí. Articular las necesidades es tarea personal, siempre.

“¿Tengo cáncer?”

“Sí. Tienes cáncer.”

Y de repente ahí estaba, el momento trascendental, la hora dramática. El enunciado. La articulación de un momento dramático y de cambio total manifestada de forma tan perfecta, final y contundente. La palabra acompañada de la incertidumbre, la catástrofe… el material de artista traumado perfecto. Y nada.

Ni un triste dolor de pecho.

PUÑETA. CARAJO, CARAJO, CARAJO, CARAJO. CABRÓN.

No. Nada. Las fuerzo, las busco a la cañona y las palabras no aparecen, no realmente.

Lo adjudico a que nunca he sido malhablada. De seguro es falta de práctica. La lengua se siente incómoda. Las palabras salen impostoras.

Y poco a poco llega algo. No es lo que esperaba. No sabe a nada, no articula. Es puro cansancio y una vejez que pesa. Yo, aquí y ahora, cansada de oírle y verle mirarme con cara triste, a la señora cirujana. Yo deseando más que nada que mi madre  se acabe de recomponer y salga de la desesperanza y la negación, no porque la amo, aparentemente no soy tan nice, sino porque me cansa. Y no quiero hablar palabras, ni oír palabras, ni mucho menos pensarlas. Yo con mis isquiones sobre el plástico barato de la silla y la espalda que se me escurre buscando soporte donde no lo hay. Yo y una silla que no da a basto. Yo y la silla. Yo y el cáncer, con tanta historia en potencia y tan poco que decir.

A mi madre, quien después de aquella primera vez de “shock” nunca más se dejó derrumbar, al menos no ante mis ojos. Tus sacrificios son mucho más grandes porque no fueron hechos en ningún altar. Eres el amor y la fuerza encarnada. Gracias por enseñar con el ejemplo.

  1. Según la Sociedad Americana del Cancer, 1 de cada 8 mujeres tendrá cáncer de seno invasivo en algún momento de su vida. []
  2. Esta estadística es específica a Puerto Rico, y es del año 2003 el último año disponible según el Departamento de Salud. []
  3. Para el 2012 la Sociedad Americana del Cáncer estima que habrán 226,870 casos nuevos de cáncer de seno invasivo y 63,000 casos nuevos de cancer de seno in situ. []