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Esa incómoda pulsión de muerte


Michael Fitzjames

Tragedias como la acontecida en la escuela elemental Sandy Hook de la ciudad de Newtown en el estado de Connecticut, al igual que otras balaceras y matanzas en centros comerciales, escuelas y universidades, que se repiten con notable regularidad en distintas ciudades de Estados Unidos, han puesto sobre el tapete, con bastante fuerza, la discusión pública sobre el control de armas en ese país. Aunque menos notable, la experiencia de Newtown ha generado algún debate mediático sobre los accesos a servicios de salud mental y las prácticas y enfoques clínicos al interior de dichas ofertas que para algunos, de ser efectivos, podrían prevenir tragedias como las antes mencionadas.

Algo similar ocurre en nuestras tierras. Cuando un padrastro asesina a un infante colocando su cuerpo en un congelador; cuando un sujeto conserva el cadáver de su madre en su casa por días y días; cuando se revelan detalles siniestros del asesinato de un joven publicista; cuando niños y mujeres son ultimados en hogares de privilegio y tales hechos permanecen largo tiempo sin ser esclarecidos y sus responsables sin ser procesados; y cuando con escandalosa frecuencia hombres se convierten en los homicidas de sus hijos y sus parejas, o de sus parejas en presencia de sus hijos, no son pocas las voces que claman y reclaman por más y mejores servicios de salud mental.

Dejando claro de entrada que estoy de acuerdo con el control de armas y con el acceso a más y mejores servicios clínicos en el llamado ámbito de la “salud mental”, creo que esta insistencia, que cada vez se vuelve tan común como el reclamo de una mejor educación como una especie de pasadizo mágico hacia la solución de buena parte de nuestros problemas colectivos, requiere algún grado de interrogación y problematización.

Si efectuamos un análisis de discurso de muchos de los comentarios y análisis que se vierten en los medios de comunicación y en las redes sociales luego de tragedias como las que he señalado, nos encontraremos con unas constantes muy reveladoras: por un lado, el reclamo, que forma parte de todos los informes de prensa y protocolos de investigación policíaca, de llegar a saber qué motivó al homicida a cometer los hechos; y por el otro, la construcción del agresor como enfermo. Pareciera revelarse una incomodidad mayúscula con la ausencia de sentido evidente y accesible al lazo social en semejantes acting outs o en pasajes al acto homicidas. Y se hace igualmente evidente cierta urgencia por patologizar las manifestaciones de lo siniestro.

Cada vez me convenzo más de que tras el afán por comprender y etiquetar (o etiquetar para supuestamente comprender) a los gestores de semejantes tragedias, lo que se oculta es una reveladora urgencia por poner distancias entre ellos y nosotros. Si “ellos” están enfermos y sus actos responden a desórdenes y patologías, “nosotros” nos tranquilizamos al pensar ilusamente que estamos exentos de la posibilidad de convertirnos en la encarnación de Tánatos. Y ahí se instala una trampa peligrosa.

No ignoro ni pretendo descartar que muchos sujetos responsables de tragedias como las de Newtown y de crímenes cotidianos en nuestras ciudades, manifiesten conductas características de lo que la psiquiatría y la psicología, con sus acercamientos fenomenológicos al diagnóstico de los comportamientos humanos en tanto desórdenes mentales, nombran como cuadros psicopatológicos. Pero tampoco estoy dispuesto a contentarme y dejarme entrampar con la ruta de la exclusión “patologizante” y esto por una razón sencilla pero importante: la capacidad destructiva del ser humano no radica en su potencial de enfermar y manifestar comportamientos “anormales” o “disfuncionales”. La capacidad destructiva de los sujetos radica en esa tensión no resulta que habita su interior, a saber, la conflictividad sostenida entre Eros y Tánatos.

Sigmund Freud supo advertirlo muy bien en un importante texto de 1919 titulado “Más allá del principio del placer”. El creador del psicoanálisis nos enseñó que los humanos, en tanto seres hablantes, atravesados por el lenguaje y su incompletud, somos sujetos de la pulsión y del exceso. En aquel texto propone que en la vida humana existe un más allá del principio del placer –eso que Lacan llamaba goce– que está comandado por la pulsión de muerte y que no responde a la lógica del balance, la convivencia pacífica ni la homeostasis. El pedagogo español José Antonio Marina, en un hermoso libro titulado Teoría de la inteligencia creadora, resume tal comprensión de la condición humana al recordarnos que los seres humanos hemos sido capaces de crear tanto la música de cámara como la cámara de gas.

Es por eso que cuando leo y escucho los análisis de tragedias y crímenes como los antes mencionados, no puedo dejar de advertir el afán de asepsia que se cuela en esos ejercicios de exclusión de Tánatos y de lo siniestro como características exclusivas de sujetos atrapados en las redes inhabilitantes de condiciones psicopatológicas. Y al detectar semejante intento de higienización sugiero preguntarnos: ¿cuál es el ser humano del que hablamos en tales discusiones públicas y mediáticas? Esto es, ¿qué comprensión de la condición humana se revela en ellas?

Esa incomodidad con la capacidad humana para la destrucción no es nueva. Tampoco son novedosas las ilusiones de contención ni las tácticas de exclusión y estigmatización en clave patológica. Pero en momentos en que el Estado o el gobierno de algunas ciudades del país, se abren a la posibilidad de operar conforme a enfoques y paradigmas diferentes, no estaría mal repensar cuáles son las comprensiones (o ilusiones) de la condición humana que informan nuestras políticas públicas. Si como civilización seguimos afanados en obturar e invisibilizar esa dimensión potencialmente destructiva, autodestructiva, pulsional y excesiva de todo ser humano, no conseguiremos otra cosa, sobre todo en un escenario de interregno como éste, que Tánatos retorne cada vez con más fuerza, y que los acting outs y los pasajes al acto violentos se reproduzcan sin cesar.

Pero otra ruta es posible. En vez de insistir en el afán de contención y estigmatización que sólo consigue reproducir y propagar los incidentes violentos, podemos plantearnos el proyecto de lo que el psicoanalista francés Éric Laurent ha llamado “un saber hacer con la pulsión”. Si el exceso es inherente a la condición humana y como Freud nos enseñó, la contención no consigue otra cosa que no sea que lo reprimido retorne con más fuerza, ¿qué tal si multiplicamos los espacios y las vías de expresión y creación cultural como ejes a través de los cuales los habitantes de esta tierra podamos encauzar los excesos que nos habitan? Si todo sujeto enfrenta una y otra vez la posibilidad de responder al exceso que le habita con una elección ética –eligir si usar ese exceso para crear o usar ese exceso para destruir– la ampliación de los espacios para la creación cultural y para todo tipo de prácticas creativas, puede ser una respuesta mucho más efectiva que la mano dura contra el crimen o que la estigmatización del violento como enfermo, para que como sociedad encontremos nuevos y creativos modos de “saber hacer con la pulsión”. Creo que era ésa la apuesta de Freud cuando escribió en 1930 “El malestar en la cultura”: mientras más espacios seamos capaces de abrir para la creación cultural y las distintas manifestaciones creativas de lo humano, menos pulsión errante dejamos disponible para tomar las conocidas y paradójicamente atractivas rutas de las modalidades de goce mortífero que llevan a la destrucción y la muerte.