Inicio » 80grados, Columnas

Felices los macanudos


Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura
-Roberto Fernández Retamar

De acuerdo a quienes se atribuyeron el derecho exclusivo de interpretar la moral femenina en Puerto Rico, las imágenes de la mujer policía masturbándose en un alegado cuartel delatan una falta crasa de integridad que no solo salpica al sacrosanto cuerpo de la uniformada sino que ofende a todas las mujeres del País. Sumergidos en una gesta patriótica para reparar el daño causado, y a menos de 24 horas de que las imágenes fueran publicadas en un portal cibernético cuyo slogan lee “denunciando la corrupción públicamente”, la agente había sido citada, desarmada y suspendida. Además, a raíz de los hechos se había iniciado una investigación administrativa que podría terminar en una expulsión por conducta inmoral. Según los apartes de prensa, la división encargada de esta etapa de los procesos es la de Integridad Pública, unidad que suponemos está harto ocupada manteniendo la pulcra y transparente imagen del Departamento de la Policía de Puerto Rico. Por el bien del País (y de sus mujeres). Todas.

La delicadeza del Superintendente José Caldero, quien se negó a identificar por su nombre a la mujer policía, aunque sí accedió a irse de media tour para apaciguar el morbo público, pasó desapercibida. Algunos de los principales rotativos no tardaron en ofrecer datos de interés sobre la mujer policía. Además del nombre de la agente -que facilita la búsqueda de su perfil en Facebook para el disfrute de los creadores de memes y otros homenajes virtuales a la misoginia-  se publicaron coordenadas que exigen posicionar a esta mujer policía tanto en el marco como en el margen de “sus obligaciones” y su “poca vergüenza”. La mujer lleva 15 años en la Policía, es abuela y pidió el jueves 22 de enero, fecha en que surgió el escándalo en torno a las fotografías, libre con cargo a su tiempo compensatorio acumulado. Es decir, que ella sabía a lo que se atenía, que es una doña depravada y, además, una buscona saqueadora del erario.

Lo que parece difícil de decir es exactamente qué era lo que hacia esa mujer en el baño. Frases confusas como “se autosatisface”, “se provoca” y “se complace” le hacen el juego de pillo-policía a las palabras “macana”, “uniforme” y “bandera americana”. En fin, que en este País para decir que una mujer se masturba hay que dar cien vueltas alrededor de vestuario y escenario, fabricando una timidez que lo que busca es distanciar el acto de esta “mujer perdida” de la paja inocente que se hace un muchachote cualquiera en el clandestinaje de su auto, cubículo o casa.  Para mostrar lo innombrable, al final de los distintos artículos aparecen variaciones de la siguiente invitación: “mira las imágenes aquí”. La palabra “aquí” sale resaltada en azul brillante, casi neón, mucho mas provocativo, seductor y proscrito que el uniforme policial promedio.

Llegados a los comentarios de las y los cibernautas, parece haber un diagnóstico de la condición de la mujer policía: es mala. Más que mala policía es una mala mujer. Más que una mala mujer, es una mala mancha para la uniformada, las mujeres, el País y la humanidad. Así lo confirman las cientos de personas que, haciendo un aparte moral, sacaron de su tiempo para buscar las fotos. Sin gozárselas, claro. Pero compartiéndolas, sí. La coyuntura se presta para denunciar una tendencia. Hay una relación proporcional entre el número de mujeres perversas, el número de mujeres deseosas –a nivel consciente o subconsciente- de que sus intimidades sean publicadas en la internet y el número de hombres anónimos dispuestos a traficar virtualmente la dignidad de una mujer. El precedente más cercano es aquella grabación a la que el machismo denominó “video de la mujer policía”, donde una mujer, también agente, aparecía dándole sexo oral a un hombre cuya única manifestación de materialidad era su genital. No fue hasta tiempo después que se publicó que el hombre era un guardia destacado en el Palacio Rojo de La Fortaleza y que aquel video prácticamente se había tomado en la marquesina del Gobernador. Como en esta ocasión, hubo un largo debate público, donde se discutieron asuntos sobre la dignidad de la uniformada y la integridad de todas las mujeres del País. Poco se habló sobre el hombre. No se mencionó la honra mancillada de la masculinidad isleña. Lo que se supo es que al final ambos agentes fueron expulsados y que mientras ella concedía entrevistas donde se le hacían preguntas sobre su herida emocional y su arrepentimiento, él aparentaba seguir con su vida. Como si nada. Normal.

A propósito de las imágenes de la mujer policía masturbándose, se han vuelto a compartir los stills de aquella grabación.

Vistos ambos episodios en su conjunto, las instantáneas de intimidad y sexualidad de estas mujeres no deben su poder al uniforme azul, la oficialidad del lugar donde se capturan o al uso de celulares, banderas o macanas. Lo que llama la atención es la posibilidad de negarle a estas mujeres agencia sobre sus cuerpos y sexualidades.  Ubicarse como agresor o agresora desde la impunidad del mundo virtual es poderoso. El anonimato da carta blanca para que el machismo reclame, consuma y agreda el cuerpo de estas mujeres. Cada vez que estas imágenes se comparten al pie de un artículo periodístico o a través de las redes sociales, so color del morbo, el acceso a la información o la integridad pública, se repite la agresión contra mujeres que ya vieron transgredidos sus espacios íntimos. Se alude a un discurso patriarcal y asesino donde la humillación pública de estas mujeres se justifica porque “ella se lo buscó”, “quién la manda”, “eso es lo que a ella le gusta”. Se les niega la condición de víctimas, pues “ella misma tuvo que haberlas publicado”, “eso no se lo cree nadie” y “si se le ve en la cara”. La cotidianidad de estas frases se desborda: igual aparecen en un post, twit o comentario a propósito de la agente de la policía que en una discusión sobre lo merecido de una agresión sexual o de la violencia machista.

Estos procesos de castigo y apropiación no solo se dan sobre los cuerpos de mujeres policías.  Las redes están llenas de imágenes íntimas que han sido robadas a “mujeres de a pie”, y que, por lo menos acá, terminan por ser reseñadas en la prensa, ajotando. Por ejemplo, entre los videos publicados de las últimas Fiestas de la Calle San Sebastián, uno de los más compartidos muestra  a una mujer que está siendo masturbada en el asiento trasero de un auto. El género y la especie exacta del masturbador, cuyo rostro obviamente no se ve, se delata cuando la mujer intenta acercar su mano al celular que la graba y le dice “no seas cabrón”. Mientras que el hombre se mantiene en el anonimato, la mujer fue rápidamente identificada con su nombre, profesión y el apodo de “puerca”, entre otros. Por otro lado, y a propósito de consumir la intimidad de las mujeres para luego castigarlas, hay que mencionar lo pequeña que es la brecha entre las fotos de la mujer policía y aquellas imágenes de las confinadas en ropa interior que adornaron las primeras planas. En todos los casos, cuando las mujeres reclaman para sí sus cuerpos, deciden compartirlo con uno o más sujetos determinados y la confianza depositada en el remitente se fractura, el respeto a la dignidad pasa a segundo plano. Las mujeres se convierten en material de dominio público. Pasan de mano en mano hasta que de tanto manoseo o abuso se gastan. Aburren. Entonces aparecen otras. Y lo mismo.

La complicidad con la violencia de género es insidiosa y atractiva.  Cuando una mujer es apabullada “porque se lo merece”, con argumentos que buscan crear consenso general en torno al mal uso de recursos públicos o a la integridad el cuerpo policial , salirle al paso a la violencia machista exige rechazar los peros y la categorizaciones para atender el trato desigual que reciben estas mujeres. Para la equidad no basta con enfatizar que, de haber hombres policías envueltos, estos también serán disciplinados. En este tipo de casos la expulsión es el fin de un proceso que es indudablemente más cruel y humillante para las mujeres. Las imágenes de una mujer masturbándose pasan a ser un asunto revestido del más alto interés público, que amerita acciones contundentes y sonoras para restablecer el orden y la moral general.  Cuando se trata de las mujeres, el castigo es aleccionador y redentor: busca ponerlas en su sitio. En cuestión de horas, el anuncio de la suspensión sumaria de la agente es casi tan viral como sus imágenes. Pero no tanto.

Con tanta prisa y eficiencia, me pregunto qué asuntos cargan la agenda del Departamento de la Policía y del Gobierno en estos días. Me pregunto si la misma agilidad desplegada en el caso de una mujer policía que se masturba se podría trasladar a atender la reforma policial que anda muerta de risa por ahí o la falta de adiestramiento y hasta comida que sufren las y los cadetes en la Academia de la Policía. O si podría usarse una diligencia similar para investigar, desarmar y suspender a los agentes con querellas por abuso de la fuerza o violencia doméstica. Desde acá me pregunto si no estará también dentro de las funciones de la división de Integridad Pública investigar a los policías que insisten en utilizar camisas tres tallas más pequeñas y pantalones ajustadísimos como invitando a parear los conceptos “machote” y “abusador”. Tampoco sé si esta es la unidad que trabaja la tonga de casos de violencia doméstica intrapolicial, las querellas de acoso sexual y de trato desigual que presentan las mujeres policías contra sus compañeros o las ciudadanas contra policías. No sé si es aquí donde se llevó a cabo la investigación sobre los manoseos de hombres policías a las estudiantes durante la huelga. En lo que se refiere al uso de la macana, me pregunto cual es el uso adecuado de esta utilería, si se atiende igual el asunto cuando la macana se usa para masturbarse y cuando se usa para abrirle la cabeza a una mujer y a su hija en una manifestación.  Para fotos e información sobre estos incidentes, vaya aquí, aquí, aquí y aquí. Compártalas.

De paso quisiera saber cuándo se le otorgó a quienes analizan este caso, en capacidad de peritos o amateurs, el deber de velar por la integridad de las mujeres puertorriqueñas declarando a esta mujer excedente. O el poder de diagnosticarme mancillada y ofendida por las imágenes de la compañera policía. No lo estoy y no es que no me toque, es que tiene que ver todo conmigo. Vivo en un País donde muchos de los más altos funcionarios públicos se dedican a pajearse. En horario laboral, en casa de cemento y con vista al mar. No quisiera que las personas dedicadas al servicio público anduvieran en otros menesteres en su horario de trabajo. No lo quisiera en la uniformada, ni en el CESCO, ni en La Fortaleza. Y sin embargo, pasa. Cotidianamente.  No me refiero solo a las personas que están llamadas a velar por la seguridad y la vida de la ciudadanía. Hablo también de otros que desde hace mucho tienen en sus manos la posibilidad de tomar actos afirmativos para atender la violencia machista, ya sea firmando una Carta Circular de Perspectiva de Género o articulando políticas públicas contundentes contra la violencia hacia las mujeres. Esos son los que no hacen nada o hacen lo que no deberían hacer. Y la gente no anda compartiendo frenéticamente sus fotos en restaurantes o campos de golf, ni se hacen campañas en redes sociales sobre el impacto de sus faltas en la moral del servicio público puertorriqueño. No ofenden. Esos andan de macanudos. Felices.

  • Thurdmon Capote

    Mucha alarma publicitaria y mucha moral herida por la mujer policía masturbadora, pero a la hora de la verdad la moral (entiéndase, la lumpen/burguesa/kitsch, la que único conocemos) todo se mide con doble vara. ¿Qué es más inmoral, ver en las redes estas imágenes tipo porno o como pueblo participar y estar ajeno al genocidio iraquí, afgano, sirio, palestino, yemení? ¿Qué es más inmoral, aceptar la pedofilia en la iglesia por impunidad eclesiástica o dedicar los dineros del gobierno para educar major a nuestros niños? ¿Qué es más inmoral, permitir a violadores y asesinos ya harto probados tener su día en corte y quizás, por ciertos “tecnisismos” salir ileso o aceptar la pena de muerte con el propósito de “limpiar la casa” y adecentar el país? ¿Qué es más inmoral, votar cada cuatro años por los mismo bandidos enmascarados o de una vez por todas romper el ciclo de mafiería y corrupción política que reina en nuestro país? ¿Qué es más inmoral, vivir contentos en una colonia feliz, sicofante e irresponsable o buscar la manera de desatarnos de la camisa de fuerza colonial para mediar nuestros propios problemas como gente adulta? Son tantas y tantas las medidas hipócritas de las cuales moralmente padecemos que es ya casi imposible señalar con el dedo dónde está la solución. En una colonia NADIE puede tan siquiera existir moralmente.

  • Carmen Rabell

    Excelente. Estoy leyendo un caso del Siglo XVII en el cual una mujer es llevada a la inquisición por masturbarse en la iglesia durante sus arrebatos místicos. En el caso de la mujer policía me parece que al que deberían castigar es a quien tuvo la covardía de violar la privasidad de esta mujer haciendo público un acto privado muy probablemente sin permiso de la mujer.

  • Pecando tal vez de ingenuidad, ¿en dónde han quedado las investigaciones sobre las violaciones de derechos de privacidad de estas mujeres que a mi entender, a base de la mediocre oferta de informaciones que los medios y las agencias brindan que prefieren el sensacionalismo erótico (vende más nos dirán) que el tema tan urgente de los derechos de intimidad, ninguna de las dos ha consentido que sus imágenes fuesen publicadas…??? Este tema es por cierto una preocupación medular ya que en ambos casos existe la presunción de una violación al reglamento policial solamente porque dichas imágenes fueron publicadas, no creo que sea un delito (me puedo equivocar) el tener relaciones sexuales ni ejecutar rituales personales de masturbación si así fuese habría que encarcelar a casi toda la población aunque los siquiátras declaren que es mejor satisfacer el líbido que frustrarlo. A mi entender ninguna de las dos hizo lo que hizo para ganar dinero ni mejorar su puesto. A mi entender ninguna de las dos contrató con Playboy u otro medio erótico para beneficiarse. Y luego el acto no es abiertamente ilegal presumo sino una interpretación de conceptos moralistas de la ética que equiparan el orgasmo a un delito. Claro lo fácil es apedrear simbólicamente a la maldita mujer que practica su sensualidad sin mantilla y la luz apagada, olvidar el verdadero delito que es la invasión a la privacidad y robar cámara.