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Flor de Ciruelo y el viento (novela china tropical)


III

De cómo el cuñado tampoco la ayuda pero aprende receta con melocotón

El hermano de Li Yu tampoco quiso ayudarla. Más bien se enfureció y le ordenó irse a jugar con su ming-yüe. Flor de Ciruelo supo que se trataba de una metáfora de misterioso significado. Imposible que ella jugara con la luna llena. Además, no era suya. Preguntó entonces a sus criadas. Ellas rieron de buena gana pero no quisieron explicarle el juego de palabras. Tendrás que preguntarle a tu cuñado. Intrigada se hizo acompañar de Tung Siao, criada de reconocida belleza e inteligencia.

Flor de Ciruelo regresó al taller de su cuñado.

-¿Qué haces aquí? Mi hermano no se esconde en mi taller.
– Lo sé. Vine a que me enseñes el misterio de la luna llena.
-Estás loca. ¿Cómo puedes ser tan ignorante? ¿Acaso Li Yu no te mostró los misteriosos caminos del Tao?

-Aquí está mi acompañante Tung Siao, que gustosamente te servirá para ilustrarme, Reloj.

Reloj. Curioso nombre.

Y es que su cuñado era el mecánico del emperador. A este último nunca lo habían visto en persona, aunque en algunos retratos en tinta china podía observarse su figura esbelta y cara de niño, lo cual debería ser interpretado como una licencia del artista. El hermano de Li Yu se encargaba de que los relojes de palacio dieran la hora exacta con música de aguas. Eso era todo. El sistema seguía funcionando a pesar de lo mucho que había llovido.

Reloj frunció el entrecejo, confundido por las palabras de su cuñada. Pero al mirar a la criada supuso que aquella oportunidad perdida sería castigada por los dieciséis demonios. Lo cierto es que dirigiéndose al pequeño bosque de los bambúes mostraron de buena gana cómo la luna llena se acerca al árbol florido. Reloj cuidó bien de usar aceite de almendras, que guardaba bien como una posesión valiosa.

Tung Siao se apoyó sobre sus manos y pies mientras Reloj contempló las hermosas colinas blancas, como nevadas, las que pronto enrojeció e hizo aplaudir con estrépito. Se detenía cada nueve golpes recios para continuar con tres suaves. Luego reiniciaba como una estampida de veintisiete penetraciones en la flor trasera. Mientras tanto, la criada jugaba con el Corazón de la flor. Flor de Ciruelo miraba extasiada y, por supuesto, no pudo contenerse. Se recostó frente a Tung Siao y acercó la boca de ésta a su melocotón. En la lejanía escucharon el relincho de una yegua.

Reloj permitió que ambas alcanzaran la cima del cielo, más él retuvo su simiente.(55)

Luego de acomodarse a la sombra de un árbol sentenció:

-Es natural que un árbol florecido busque la luna llena para afirmar su sombra. Es natural que la boca busque la dulzura del melocotón.

Flor de Ciruelo sabía de la fruta, pero no de la metáfora. De regreso a sus habitaciones aleccionó a las criadas. (56)

-El melocotonero es originario del norte, les dijo, donde se cultiva hace 2.000 años.

-Aún antes mi señora, añadió Tung Siao, porque la Reina Madre del Oeste celebra su banquete cada seis mil años. Las hojas del melocotonero tardan tres mil años en crecer y la fruta otros tres mil en madurar.(57)

-Entonces, ¿esta fruta quizás fue cultivada en el jardín del palacio del Emperador de Jade?- preguntó una de las criadas, tomando un durazno de la canasta que adornaba la amplia habitación.

-Si fuera así y la comieres serías inmortal, señaló la criada erudita.

-Pensemos que sí. Es más divertido pensar que es cierto, contestó Flor de Ciruelo.

-Según mi padre, a quien he visto tres veces porque es comerciante en la Ruta de la Seda, en otros lugares, como Arabia, dicen que el árbol es de Persia.

-Pues hasta allá habrán llevado semillas los viajeros…

El árbol posee hermosas flores solitarias, a veces en parejas, casi sentadas, de color rosa acariciando el rojo. Por eso al hallar en el camino a una joven solitaria o una pareja, se dice que está uno a la sombra de un melocotonero.

-En el otoño, susurraba Tung Siao, se puede adivinar el color de la pulpa sin haber probado el fruto. Si las hojas se colorean de anaranjado claro la carne es amarilla. Si las hojas se colorean de pálido amarillo la carne es blanca-.

-¿Será cierto, pregunta Flor de Ciruelo, que en Feisheng, en medio de la provincia de Shangdong, hay tantos árboles del fruto que el aroma llega a percibirse en Beijing?

-En los días claros en los que hay una brisa leve-, afirma la criada.

– Ah, mi señora, es más divertido pensar que es cierto-, dijo la que aún jugaba con los duraznos.

– Es sabio el viento- dijo el viento, pero nadie le hizo caso.

La conversación y los dulces rigores del día abrieron el apetito de las mujeres. Decidieron entonces ir a la cocina a divertirse.

Allí tomaron de la pecera camarones frescos y juntaron algunos gramos de brotes de bambú y arroz cocido. Y, ¿ahora qué?…fécula, jengibre picado. Un poco de sal, azúcar (bastante más que la sal). ¿Qué tal unos gramos de licor? Claro. Caldo de pollo, manteca de cerdo derretida. Aquí hay suficiente aceite de maní.

Se desnudaron pues el fuego de la cocina impuso sus rigores. La noche era fresca, sin embargo. Quitaron la piel de los camarones y los dejaron reposar sobre agua salada. Una a otra probaron el agua de sus manos entre risas. Aquella agua salada no era otra cosa que sudor.

Tung Siao mostró a Flor de Ciruelo la preparación del arroz tostado, agregando un poco de agua fresca al arroz cocido, extendiéndolo como una finísima serpiente blanca. Así, en la olla, hasta que quede crujiente.

Las otras criadas cortaron brotes de bambú en cuadrados y luego el arroz tostado en trozos de apenas decenas de milímetros.

La manteca, a fuego denso. El olor del mar se hacía más rico en la cocina. Cantaba un gallo en la lejanía. Sabes a camarones decía una de la otra. Oh. Había que freírlos apenas cinco segundos.

Ahora añadir el azúcar, la sal, el licor amarillo y el sabroso caldo. Hasta que hierva. Entonces echar los camarones y espesarlo con la fécula. Un poco más de manteca. Fuego lento.

-¿Qué hacemos con el aceite de maní?- preguntó la que antes había probado el melocotón milenario.

Flor de Ciruelo tomó el aceite de almendras y la cubrió poco a poco con el mismo, de la cabeza a los pies.

El aceite de maní es para freír los trozos de arroz. Aparte. Hasta que parezcan pedacitos de oro.

-Aquí hay otra fuente para colocarlos- susurró alguien.

Una de ellas, creativa, calentó varios melocotones hasta que dejaron escapar una fragancia delicada.

Todas se probaban unas a otras en un frenesí aderezado de risas. Cuando estuvo todo listo colocaron el arroz tostado en una fuente y en las orillas adornaron con los tibios melocotones. Inmediatamente trajeron los camarones en caldo que, al juntarse con el arroz tostado, regalaron un chasquido pertinaz y un aroma que hizo soñar a dos centinelas dormidos.

Luego de aquel desayuno desusado se retiraron a sus habitaciones. Flor de Ciruelo, desnuda, dejó que los primeros rayos del sol entraran por entre los ricos cortinajes. Si se le observaba con detenimiento, se vería que no era exagerado pensar que ella misma era hija del durazno. Parecía su carne de pulpa blanca. La piel acicalada de fino vello al parecer rosado.

Como algunas variedades del melocotón, el fruto del deseo tenía una coloración rosa intenso.(58)

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55 La retención del semen, que se alcanza con la práctica, se asocia con los experimentos alquímicos de los primeros taoístas. Habría que suponer que Reloj era un purista o, en su defecto, actuaba con el ardor del neófito.

56 Esta perorata sobre la fruta podría parecer espuria a la sensibilidad occidental. Sin embargo, se trata de una muestra de camaradería en la que de manera regalada los oficiantes demuestran su cultura y su fineza. El hecho de que Flor de Ciruelo aleccione a sus criadas supone una desusada cercanía con ellas que habrá de continuar a través de todo el relato. Si se trata de una necesidad literaria o de una relación real es motivo de debate.

57 La esposa de Yu Huang, el Emperador de Jade, se llamaba Xi Wangmu. El festival de los melocotones al que se refiere la criada principal es parte de la tradición oral vinculada a la religiosidad mística de la fundación de la cultura china.

58 Esta información me ha llevado a pensar que Emilio Fong III  añadió detalles de algún libro o revista sobre botánica. No tengo pruebas para afirmarlo categóricamente. Digo esto porque las variedades de tipo americano destacan por su vistosidad y gran atractivo: la mayoría tienen una coloración rosa intenso que suele cubrir prácticamente el fruto. Entre las variedades destacan: Mª Blanca, Iris , Mª Delicia y Alexandra.

  • Rafah

    Eduardo, Carmen Dolores Hernández tiene un espacio en el que ejerce, bien o mal, su derecho a la libre expresión y su oficio de crítica literaria. Si juzgas una novela por lo que leíste de una nota de 320 palabras te burlas de mí. Las notas a pie de página me resultaron arduas, trabajosas y divertidas porque, como parte de mi trabajo gustoso, leo como un demente y hago paráfrasis como un delirante. No le temo a la erudición. No tengo razones para burlarme de ella. 

    Por cierto, ni siquiera me parece que sea un libro muy gracioso. Más bien está aromado con melancolía. Sin embargo, como este es el país más feliz del mundo, cada cual que lea lo que quiera y como quiera. Eso sí, jamás juzgaría un libro a partir de una reseña. Hacerlo es triste para mí. No tanto como para el país porque no llego a tanto.

    Que te vaya bien también (1)

    1 . Es decir, que no te vaya mal, como podría también decirse. (2)
    2. Es el único comentario que haré sobre tu comentario (3) o sobre cualquier otro. Lo hago por tres razones: a) porque diriges el comentario a un ‘Rafa’ que es un personaje mío; b) porque respeto tu trabajo desde los tiempos en que carecía yo de canas, antes de la caída del Muro de Berlín (4); y c)…bueno, olvidé la otra razón. Y no comentaré más ningún otro comentario por respeto a las opiniones ajenas.
    3. ¿Valga la redundancia? O no, eso no es una redundancia.
    4. Evento ocurrido en Berlín en el lejano 1989. Me parece.

    • Eduardo Forastieri-Braschi

      Querido Rafael
      Mi respuesta a este mensaje está a N. Rivera, es decir, al primer comentario que precede a este y que usé por error.  

      • Nancy Rivera

        Eduardo
        Todo vicio trae siempre su consiguiente excusa.

  • Eduardo Forastieri-Braschi

    Querido Rafa:
    Estupendos ingenio y prosa.  
    Pero si te diviertes tanto con las notas eruditas lo mismo que con los eruditos al alhelí si no a la violeta, por lo que leí de la reseña de Carmen Dolores Hernández en El Nuevo Día, supongo entonces que, o bien burlas de todo tipo de anotación, como las que genuinamente dan mucho trabajo por su carácter filológico [de las que apenas existe tradición y muestra en nuestro país], o bien te burlas  de algún alarde de falsa erudición.
    De tratarse de lo primero, es una pena.  Sobre todo por en el estado actual de la filología puertorriqueña y de una tradición crítica textual, al menos la de la tradición ecdótica lachmanniana, de cuya absoluta ignorancia es una divertida muestra la de tus compañeros en el departamento de la universidad en la que enseñas, que es una vergüenza puertorriqueña.
    Además de pena y vergüenza es alarmante que tanto ingenio y excelente prosa se de sobre una ausencia.  Esto si se tratara de lo primero: de una burla a todo tipo de genuina y esforzada filología, de la que carece tristemente este país.
    Si se tratara de burla a los eruditos a la alhelí, entonces por la misma razón, es decir, por el ignoramus y por la penuria filológica del país, tantos más triste y vergonzosa la alegría que en torno a un libro tan bien escrito se celebra.  Triste para el país.
    Que te vaya bien.

  • N. Rivera

    Hermosamente escrito.  Me conmovió particularmente la parte donde se da cuenta de su desnudez y sin embargo su soledad le resulataba más vergonzosa que el hecho de estar sin ropa. La soledad es la desnudez del alma.  Me reí también.  El caballo es genial.

    • Eduardo Forastieri-Braschi

      Querido Rafael:
      Gracias por tu respuesta y te pido disculpa por reaccionar a la lectura de una reseña.  Tienes razón.  Leeré con gusto la novela y le pondré candados de amnesia a lo que, quizás, interpreté mal de aquella reseña sobre los eruditos al alheli de este país, particularmente, por referencia a los que se puedan ocupar de la historia y de la literatura puertorriqueña del XIX.  Lamento, por eso, mi ego inflado sobre este particular.  Y debes tener razón, la pena y la vergüenza deben de ser mías por eso mismo. Y, que no solo te vaya bien, sino muy bien.  Con el saludo cordial de siempre.