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Forjar nuevos horizontes, proyectar un mundo anticapitalista


revista UNO

Suppose a handful of us were to crawl
out of the other side of a nuclear or
environmental cataclysm, and begin
the daunting task of building a civilization
again from scratch. Given what we knew
of the causes of the catastrophe, would we
not be well-advised to try it this time
the socialist way?
–Terry Eagleton, Why Marx was Right?

 

Philip Roth ha utilizado la ficción para retratar algunas de las estampas más relevantes de la sociedad estadounidense. En su célebre novela American Pastoral, la desafiante adolescente Merry, hija de una prominente figura del deporte juvenil y de los negocios en la postguerra, pretende subvertir drásticamente las categorías que configuraban la vida ejemplar de aquella familia modelo de clase media acomodada. Mientras más radicales se tornaban las disidencias de Merry, más decrépita se desvelaba aquella vida de ensueño que terminó en tragedia luego de un periplo no menos que tortuoso. Entre los horrores de la guerra de Vietnam y la visibilización pública de las heridas racistas y clasistas que todavía persisten en la sociedad estadounidense, jóvenes como Merry se abalanzaron durante la década de 1960 al cuestionamiento radical del modelo capitalista que Estados Unidos no solo imponía hegemónicamente dentro del territorio, sino que lo exportaba imperialmente con armas y violencia. Aquel rompimiento ideológico y generacional, aunque a veces de forma desordenada e irrazonable, dejó al desnudo la hipocresía y la falacia del sueño americano que reproducía privilegios entre ciertos sectores sociales, ilusionando a otros cuya negación y marginación eran y son condiciones necesarias para perpetuar las gracias de los primeros. Al final de la novela, Seymour “Swede” Levov, el epítome del triunfador norteamericano de la postguerra, muere tras ver cómo esa torre de marfil vivencial se desplomaba de la forma más rancia. A Merry, al parecer, también se la había devorado el sistema, dejando entrever la potencia del mismo y lo repelente que ha sido para su subversión efectiva.

La melancolía y desesperanza que abraza la experiencia estética de esta novela no es demasiado ajena a una realidad que respira un peligroso conformismo complaciente. La desaparición del bloque soviético provocó un reto demoledor para los proyectos contrahegemónicos ante el hábil y ya añejo capitalismo. El momento que comenzaba con el llamado fin de la historia, al sucumbir el modelo de socialismo soviético  ante el capitalismo liberal y, por lo tanto, finalizar así la lóbrega guerra fría, se mostró como un período de desamparo ante la antropofagia sistémica que a pasos agigantados iba cimentando el capitalismo tardío o capitalismo financiero. Las soluciones de las grandes potencias occidentales a las crisis económicas de la década de 1970, consolidadas en los años 80´s, consistieron en una serie de medidas cuyos efectos y soluciones fallidas padecemos en la contemporaneidad. David Harvey describió al neoliberalismo como un proyecto político propio del sector corporativo dominante al sentirse amenazado tanto política como económicamente en las postrimerías de la década de 1960 y en la década de 1970. La necesidad de la superación de crisis, de esas síntesis entre las contradicciones propias del capitalismo, provocaron que los sectores dominantes arremetieran contra el orden laboral de la postguerra, desarrollando un proyecto político, no meramente económico, que evitara el colapso del sistema por su propia ineficiencia ante las necesidades de los sectores dirigidos y dominados.

Las políticas neoliberales no son más que un desarrollo histórico del capitalismo que, como sabemos desde hace mucho tiempo, se supera a sí mismo para autopreservarse y, por ende, perpetuar los privilegios legados de los sectores dominantes. La reacción ante la ebullición social que se forjó durante las décadas de 1960 y 1970 fue uno de los factores para que las democracias occidentales exacerbaran el liberalismo económico a límites antes insospechados. Las políticas keynesianas, muy cercanas a una idea de social democracia europea ya inexistente, ya no permitían atender las crisis internas de un sistema económico que necesitaba más liberalidad para desarrollar la antropofagia que provocó en gran medida la crisis financiera (y política) de 2007. Los trabajos académicos de economistas liberales como Friedrich Hayek y Milton Friedman, así como la conformación de “think tanks” del sector privado como Heritage Foundation, Ohnlin Foundation o Manhattan Institute, produjeron el sustrato ideológico para justificar las políticas públicas que tenían como objetivo la destrucción del trabajo como se entendía hasta ese periodo histórico.

Actualmente son las universidades, contrario a lo que ocurrió durante las décadas mencionadas, las que se dedican a crear, desarrollar y difundir mayoritariamente la ideología que sirve como fundamento para las políticas neoliberales. Este aspecto ideológico, en gran medida atado a la progresiva y tentacular privatización de los centros universitarios, como ya advertía hace tiempo Wendy Brown en el contexto estadounidense, fundamenta la destrucción del trabajo mediante la desindustrialización, el recorte máximo de gasto público, la privatización como presunto remedio inevitable y la liberalización del mercado económico-financiero a unos niveles insospechados. El trabajo como se entendía, por ejemplo, en la era fordista, se resquebraja para dejar paso a modelos laborales efímeros y volátiles, particularmente en lo concerniente a la seguridad laboral y a las condiciones mínimas de empleo. La fábrica industrial se transforma en espacios de servicios donde el sindicato o la negociación obrero-patronal quedan reducidos a piezas de arqueología. Esto es fruto de una fuerte y efectiva política de descentralización y segregación de la fuerza laboral que sobrevivió los graves efectos de las políticas de austeridad experimentadas durante la década de 1980. Las facciones progresistas o de izquierda en aquella década, además, sufrieron golpes y autoflagelaciones que las dejaron igualmente descentralizadas y tremendamente débiles.

El proyecto del thatcherismo en Reino Unido, que es paradigma de esas políticas públicas que caracterizan al neoliberalismo como proyecto político, así como las medidas institucionales de la llamada era Reagan en Estados Unidos, socavaron drásticamente –de forma tanto discursiva como práctica- la conciencia de clase que había existido por parte de los sectores trabajadores en el modelo de industrialización que materialmente se consumía en llamas. Ideológicamente se desarrolló una embestida hacia lo colectivo, hacia lo común, hacia aquellos valores que propiciaban la solidaridad y la unión entre sectores sociales con necesidades similares. Este sustrato ideológico fungió –y funge- como acicate para justificar nuevas formas de concretización del trabajo donde cada sujeto es empresario de sí mismo y de su futuro. Si materialmente se quebraron las uniones sindicales y los sectores políticos de izquierda quedaron impotentes ante la fuerza de una economía que necesitaba de un vuelco drástico, ideológicamente se elaboró un proyecto tremendamente eficaz de individualismo como único recurso para subsistir en un una economía que cada vez más acentuaba la desigualdad social y ampliaba los márgenes de desempleo en las naciones más poderosas.

La estrategia de responsabilizar individualmente a cada sujeto por la precariedad que padece no es sino una excusa muy hábil para evadir la corresponsabilidad que como ciudadanos y ciudadanas tenemos sobre las condiciones del otro y de la otra. El concepto de corresponsabilidad, tan pertinentemente trabajado por Iris Marion Young décadas luego, se sustituyó por el de culpa. Pero no una culpa colectiva como se había teorizado desde comienzos de la postguerra con el fin de atribuir responsabilidad por hechos tan dramáticos, sino una culpa individual por la pobreza o abundancia que llegaba a sufrir o disfrutar cada persona. La discursividad hegemónica desde la década de 1980 arremetió contra las luchas colectivas como crímenes contra quienes en realidad podrán triunfar en el futuro si se esfuerzan para ello. La falacia interna del discurso es evidente cuando se aplica a un sistema económico que necesita de amplias desigualdades sociales para subsistir como generador de riqueza. Mientras que es evidente que van a haber sectores sociales que, a pesar de haberse sacrificado trabajando toda la vida, jamás podrán acceder ni a un mínimo de los privilegios que se legan los sectores dominantes, por menos que trabajen quienes pertenecen a este último sector seguirán beneficiándose exponencialmente del trabajo de los y las primeras. Es clarísimo que los privilegios de un sector dominante en el capitalismo, de ordinario, son inversamente proporcionales a las precariedades que sufren los sectores populares que se encuentran en los últimos escalafones de una sociedad. Camuflar falazmente esta cruda realidad fue la tarea principal del componente ideológico que acompaña las políticas neoliberales.

De esta manera, la rueda de la desindustrialización y de la liberalización económica que se gestó de forma paradigmática en Reino Unido y en Estados Unidos hace más de dos décadas, se ha globalizado hegemónicamente de forma cruenta. La exportación del modelo, si bien en algunos casos ha sido mediante la fuerza bélica o física, en tantos otros se ha materializado mediante la coerción financiera que atrapa y, por ende, condiciona las políticas públicas de los otrora Estados soberanos. A las economías en precario ya no les aplicaban ni les aplican soluciones propias que provinieran de órganos políticos internos mínimamente autónomos, sino aquellas políticas gestadas primigeniamente en la década de 1980 con el fin de mitigar las crisis internas y necesarias del capitalismo en su fase globalizada y financiera. El lema de “no hay alternativa” no es otro que el gancho sagaz, pero tramposo, de agentes políticos que sirven como colofones a la aplicación de medidas económicas que determinan en cuartos cerrados expertos en cuentas. La supuesta impotencia soberana de los agentes políticos frente a las presuntas normas del mercado financiero es, en gran medida, una excusa para no ejercer el poder soberano. Ese poder, por el contrario, lo ejercen agentes de poder fuera de los parlamentos y de las mansiones ejecutivas. La soberanía, en nuestra contemporaneidad, la asumen agentes fuera de la política, exógenos a la democracia y a la participación colectiva.

A pesar de lo anterior, el descrédito que han sufrido otros modos de organización política y económica durante los pasados dos siglos, sin duda, ha calado de forma tremenda en el imaginario colectivo. Si Marx, quien junto a Engels desarrolló la crítica más feroz y atinada al capitalismo industrial de gran parte del siglo XIX, utilizó el concepto de falsa conciencia para denominar el fenómeno en el que los sectores obreros alienados (alejados de la realidad material) carecían de conciencia de clase y aceptaban la ideología burguesa, Gramsci abandonó el análisis económico como el primordial (como en el materialismo histórico marxista) y elaboró una concepción de hegemonía que permitía entender cómo los sectores dominados aceptaban mediante consensos culturales aquellos intereses  propios de los sectores dominantes y dirigentes. En efecto, la hegemonía es una forma de dominación en la que se equilibran recíprocamente fuerza y consentimiento sin que la primera predomine excesivamente sobre el consenso. Por lo tanto, la hegemonía cultural se distingue de la dictadura o del despotismo, en los cuales la coacción y la violencia directa prevalecen de forma arbitraria. Mediante la hegemonía, el Estado, que es un crisol de acciones prácticas y teóricas con el objetivo de dominación, obtiene un consenso activo de aquellos y aquellas sobre las que gobierna. No hacen faltas bombas o guerras para que, mediante ese entramado de consensos culturales y, por lo tanto ideológicos, justifique que los sectores dominados utilicen el propio lenguaje y esquema categorial de los sectores dominantes.

Atado a esto último, Bourdieu desarrolló el concepto de dominación simbólica con el fin de describir cómo la dominación estatal no tiene que utilizar ni la coacción física o violencia disciplinaria para producir un mundo socialmente ordenado en el que los sectores dominados coincidieran con los postulados y con las categorías del Estado. Paralelamente a la hegemonía cultural gramsciana, Bourdieu elaboró una concepción sociológica de violencia simbólica a partir de un esquema en el que psicológicamente el sujeto adopta las categorías asimétricas creadas con el fin de la dominación y las internaliza (incorpora) y reproduce socialmente. Este tipo de violencia invisible y subrepticia, como apuntaría Foucault, se materializa en la reproducción, por ejemplo, de roles de género, posiciones sociales y categorías cognitivas. Los comportamientos y actitudes que reproducen estos valores se desarrollan culturalmente mediante lo que el propio Bourdieu denominó habitus. El hecho de que estos valores se incorporen efectivamente y se asuman por parte de los sujetos no es más que la concretización de la efectividad de una dominación violenta sin llegar a utilizar la violencia física directa. La industria cultural, como ya lo había categorizado Adorno, es protagónica al momento de ubicar los rastros de la violencia simbólica y su efectiva difusión y normalización en nuestras sociedades (en especies de dictaduras blandas).

Entender que existe este tipo de violencia subyacente que incorporamos a nuestras prácticas cotidianas, es elemental para comprender correctamente la etapa de capitalismo financiero en la que habitamos y algunos de sus efectos sociales. Comúnmente se ha normalizado la idea de que violenta es aquella acción que lesiona directamente un cuerpo o cosa. Existe un consenso muy fuerte que condena, sin ambages y sin diferenciaciones, cualquier acción violenta que sea física. No obstante, categorizar exclusivamente a la violencia como violencia física y directa, excluye la doble cara de la violencia que se ejerce sobre los cuerpos aún cuando no sea de forma directa. La violencia estructural (o simbólica) es elemental para la subsistencia misma del capitalismo y de su andamiaje de privilegios repartidos asimétricamente. Como atinadamente apuntó Marx hace tanto tiempo, el capitalismo evoluciona por etapas y crea diferenciaciones entre una y otra con el objetivo de trascender las crisis necesarias (como evidenció Karl Polanyi hace tiempo) que lo amenazan fatalmente. Si bien en periodos primigenios de capitalismo temprano la desposesión a través de la colonización violenta fue directamente física, la desposesión que ocurre en el capitalismo financiero (cuando también hay otro tipo de colonización) es tremendamente simbólica, aunque sea significativamente violenta.

Visualizar estas violencias simbólicas reproducidas mediante consensos sociales es necesario para conocer cuán violento es un sistema económico que se disfraza a conveniencia. Esos disfraces son el habitus que seguimos reproduciendo de forma drástica en nuestra cotidianidad. Sectores claves en la creación de opinión pública denuncian a rabiar la violencia física sobre propiedad privada, por menor que sea,  pero obvian acomodaticiamente las violencias que se materializan todos los días mediante desahucios, despidos,  desigualdad salarial por razón de género, discrimen por nacionalidad, muertes por falta de salubridad accesible, etc. El sistema es impune, de manera realmente descarnada, respecto a las violencias que los propios sectores dominados perpetúan y reproducen mediante el racismo, el machismo, la xenofobia, la homofobia, el especismo y aquel discrimen infundado que sirve para excluir y marginar y devaluar sujetos de una sociedad. Este tipo de discrimen complementa la violenta desposesión que ocurre progresivamente contra amplios sectores populares, creando una condiciones materiales de precariedad en los ámbitos de salubridad, laboral, educativo, legal y existencial.

La desposesión de bienes y trabajo no es ajena a un sistema cuyo logro está condicionado a ello. La creación de plusvalía, y por ende de riqueza, necesita de la creación de privilegios y ventajas para poder ser efectiva. Es una consecuencia de la generación de capital el que cierto sector minoritario concentre una cantidad de riqueza exponencialmente mayor al sector que físicamente lo genera. Este tipo de desposesión es y será violencia en tanto que no sólo reduce al sujeto a mero instrumento de generación de ganancias, sino que no le reconoce su autoría sobre las consecuencias económicas que producen los bienes y servicios producidos por éstos. En sus dinámicas más básicas es y será un sistema de creación de riqueza intrínsecamente violento, donde necesariamente se recreará el esquema dicotómico entre sector dominante y sector dominado. La mitigación de la violencia que el Estado de bienestar ha propiciado, desde que el sector privado no pudo resolver efectivamente las crisis y precariedades que generaba el sistema, no ha sido suficiente para que arrastremos en pleno siglo XXI un sistema cuya polarización de sectores se sigue ampliando de forma alarmante.

En plena crisis económica y política que comenzó en el 2007, los sectores dominantes, de ordinario, aumentaron exponencialmente sus ganancias mientras que la amplia masa popular desposeída, es decir, el sector obrero –incluyendo personas desempleadas, por supuesto- se precarizó cruentamente. Las políticas públicas que se utilizaron en algunos países para apalear la crisis económica fueron exactamente las medidas de austeridad que se gestaron primigeniamente en la década de 1980. Dichas políticas encontraron un sector laboral lo suficientemente débil e integrado (absorbido) como para tener carta libre e imponer, ya no de manera directamente física, unas políticas que han tenido efectos más que perjudiciales para los sectores dominados. La máscara de mitigación de daños que se adquirió mediante luchas sociales manchadas de sangre y sudor, que tomó forma de Estado de bienestar, se ha desvelado con su peor semblante. La creación de consensos que neutralizan la oposición y gratifican la neutralización han sido lo suficientemente efectivos como para ni siquiera visualizar un mundo sin capitalismo; un mundo donde la explotación y la dominación mediante desposesión sea trascendido o superado.

Romper con esos consensos es tarea pendiente e imperativa de quienes entienden que la relación entre seres humanos no debe ser de violencia –tanto directa como indirecta-, desposesión y explotación. Hemos llegado al grado de no sólo tener que hablar sobre la relación entre seres humanos, sino entre los seres humanos y el planeta, incluyendo necesariamente las especies no humanas que cohabitan nuestro entorno. El llamado progreso, tan peligrosamente envalentonado en nuestros discursos hegemónicos, ha sido un verdadero mortero para la aniquilación antropofágica de nuestros recursos naturales y, por lo tanto, de nuestro plantea. Quien entienda que es importante la preservación de la Tierra para actuales y futuras generaciones, inevitablemente se tendrá que confrontar con preguntas incómodas cuya respuesta no es cónsona con nuestros consensos dominantes. Si una de las características básicas del capitalismo es el crecimiento y la expansión para trascender sus propias contradicciones internas, es evidente que dicho sistema no es compatible con un mundo cuyos recursos son notablemente limitados. Ya no sólo arriesgamos nuestras relaciones interpersonales, sino nuestra propia existencia en el mundo. Hasta los consensos en el sector ambientalistas han sido potentemente perjudiciales para realidades que se suelen obviar de forma recurrente. Ejemplo de ello es la falta de atención por sectores ecologistas sobre las enormes consecuencias negativas que conlleva la industria de dependencia animal para el consumo humano. Hay cierto consenso que prácticamente, desde el ecologismo, no considera la explotación animal como un elemento protagónico en el entramado de prácticas de contaminación ambiental. Lamentablemente, no sólo es protagónico, sino una de las fuentes primordiales de contaminación ambiental en nuestros tiempos.

Cónsono con ello, para destruir esos consensos en los que se esconde la verdadera cara violenta del capitalismo es necesaria la conformación de espacios alternativos de información que socaven los pilares de esos consensos falaces. El trabajo de base es necesario en tanto que es posibilidad para la creación de conciencia ya no sólo de clase, sino de nuestra posición social en un mundo cada vez más complejo e intrincado. Sólo de esa manera es posible el desarrollo de modelos alternativos de organización económica y política. Hay que repensar desde sus propios fundamentos las relaciones que tenemos con los otros y otras y con el planeta, incluyendo por supuesto las demás especies animales, que la humanidad ha utilizado arbitraria y ciegamente durante tanto tiempo. Educar e informar son verbos claves para la existencia misma de una conciencia que rete individual y colectivamente esos consensos que esconden el pecado original del capitalismo: la explotación y violencia. Sólo así nos daremos cuenta de la falacia de que una mega tienda nos incentive a “contribuir con el ambiente” mediante la compra de una botella de agua de cierta marca, mientras que venden piezas de ropa que provienen de mano de obra todavía esclava.

Terry Eagleton, en otra de sus maravillosas obras, nos justificó por qué Marx tenía razón en tanto de lo teorizado y proyectado, con el fin de romper con los consensos que destinan al marxismo a un baúl de metodologías arcaicas e inservibles. Allí se partió desde premisas reales de cómo las proyecciones del capitalismo vistas desde el marxismo se evidenciaban en nuestra contemporaneidad, principalmente de cómo las crisis económicas del capitalismo provocan una separación progresiva entre clases (sectores) sociales. Y tiene razón Eagleton en despolvar a un Marx que nos sirve no de forma dogmática e irracional, como ocurrió en otros momentos por ciertos grupos y Estados, sino de manera tenaz ante una crítica necesaria a un capitalismo que se ha tornado aún más benignamente salvaje, sin que lo de benigno implique algún grado de realidad material. Claro está, si bien el marxismo, con todo su fértil desarrollo a través de más de un siglo y medio, es una herramienta sumamente útil desde la cual partir para un examen de nuestros sistema económico actual, éste no puede ser lo suficientemente arrogante como para obviar saberes y epistemologías más allá de la epistemología eurocéntrica, o la epistemología del norte, como la define De Soussa Santos.

Esa crítica constante a un modelo que nos amenaza no sólo con la dominación material, sino con la extinción de la especie misma, propenderá a crear nuevos horizontes desde donde podamos visualizar otras formas de organización política y económica. Los consensos neoliberales, que impregnan cada institución social de un mundo cada vez más globalizado y violentamente homogeneizado, son sólo fachadas de falacias cuyas contradicciones no son imposibles de desvelar. En un mundo donde se nos pretende que aceptemos que somos empresarios y empresarias de nuestras vidas, como si sistémicamente no hayan fuerzas mucho mayores que nos condicionen potentemente, es necesario asumir posturas críticas y denunciar que ese consenso es definitivamente incorrecto. Es una tarea imperativa el deslegitimar ese consenso liberal sobre el individualismo rapaz para poder  contemplar la posibilidad de abocarnos hacia el trabajo y la acción común, sobre lo común o, en definitiva, sobre lo político. Es decir, la tarea de politizar(nos). Si no resquebrajamos esos consensos, de los cuales sólo se han dicho un puñado muy limitado, de poco valdrá confiar en democracias formales y representativas cada vez más críticas e insuficientes, por no decir completamente débiles ante poderes soberanos al margen de la política.

Quizá el consenso más importante por negar críticamente  sea el fatalismo de pensar que no podemos vivir fuera del capitalismo, cualquiera que sea su conformación en el tiempo. Si se nos hace imposible visualizar el fin del capitalismo, pero sí podemos hasta calendarizar el fin del mundo, ello significa que hemos internalizado o incorporado una falacia que nos guía cognitivamente como borregos y borregas. Un mundo donde la democracia –condición necesaria- aspire a formas de convivencia e interacciones humanas y naturales más éticas, más saludables y más sustentables, no sólo es posible, sino que es deseable para romper con modelos arcaicos que ya no pueden solucionar las necesidades básicas de las masas populares. Para ello hay que crear esos horizontes que emerjan desde las cenizas de esos consensos que por tanto tiempo nos han dominado de forma lacónica. Debemos visualizar nuevos consensos que no se basen en falacias ni en dogmas irracionales, sino en éticas críticas que pretendan erradicar al máximo aquellas violencias que hoy son hegemónicas en nuestra sociedad. De lo contrario, caeremos debajo de las ruedas de un sistema que ya ni necesita de los ejércitos de trabajadores propios de la industrialización. Debemos crear sujetos colectivos donde la crítica y autocrítica sea constante; donde la comunicación sincera y libre entre pares sea un pilar democrático, no una amenaza para el sistema.

En la novela American Pastoral surgen un sinnúmero de estos consensos que no permiten, que neutralizan, el surgimiento de movimientos colectivos que sean contrahegemónicos. Nuestra industria de la cultura se ha encargado, a través de ideología empotada como bien de consumo benigno, de neutralizarnos, de hacernos cada vez más dependientes del consumo, de convertirnos en objetos consumibles. A pesar de la gloria final que auspician estos tipos de consensos falaces, que como hemos visto son encubridores de violencia simbólica, como notablemente ocurrió en la novela, no hubo ni un solo sujeto feliz con los resultados de éstos. Los ideales prevalecientes de familia y de buen ciudadano o ciudadana (buen empresario o empresaria) son trampas que imposibilitan formas alternativas de ser felices, de ser menos violentos y menos violentados. Podemos tener nuevos horizontes donde la felicidad no esté atada al consumismo desmedido e insaciable. Debemos caminar a un mundo donde no sólo salvemos al planeta, sino que nos dirijamos hacia formas de interacción que deslegitimen las violencias simbólicas que hoy nos carcomen como sociedad. Crezcamos como individuos con los otros y las otras, y no como animales de rapiña cuyos éxitos se deben a la mortificación del otro o de la otra. No creo que eso sea posible dentro de los límites intrínsecos al capitalismo. Construyamos modelos anticapitalistas donde nos consideremos como seres cuya dignidad no se debe lesionar o negar; donde prevalezca el respeto por la dignidad del otro y de la otra.

Referencias:

  1. Adorno, The Cultural Industry, U.S., Routledge, 2001.
  2. Bourdieu, Intelectuales, política y poder, Buenos Aires, UBA/Eudeba, 2000, pp. 65-73.
  3. Brown, The Privatization of the University, http://cupe3913.on.ca/wendy-brown-on-the-privatization-of-universities/.
  4. De Soussa Santos, Epistemologías del Sur, Siglo XXI, 2009.
  5. Errejón y C. Mouffe, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, España, Icaria, 2015.
  6. Gramsci, Cuadernos de la cárcel, España, Biblioteca Era, 1999.
  7. Harvey, A Brief History of Neoliberalism, Oxford University Press, 2005.
  8. Marx y F. Engels, El Capital, España, Siglo XXI, 2017.
  9. Polanyi, The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time, U.S., Beacon Press, 2001,
  10. Roth, American Pastoral, U.S., Vintage, 1998.

I. M. Young, Responsability for Justice, U.K., Oxford, 2011.