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Freno al desprecio y la soberbia


Si bien la presencia de varios partidos políticos emergentes y la estrategia de derechización por parte del candidato a la gobernación del Partido Popular Democrático hacían sospechar que habría una dispersión del voto anti-Fortuño, los resultados preliminares de las elecciones generales del martes confirman que la lógica del veto sigue imperando en los procesos electorales del País. Ante todo, el triunfo de Alejandro García Padilla es un freno al desprecio y a la soberbia con la que el gobierno saliente gestionó buena parte de los asuntos de Puerto Rico.

Aunque habrá que esperar a tener números finales para hacer una composición de escena completa, algunos comentarios pueden adelantarse en el mañana post-electoral.

En primer lugar, la lógica del veto que coloca a Alejandro García Padilla en ruta a la juramentación como gobernador de Puerto Rico no debe hacernos perder de perspectiva que casi la mitad del País favoreció a Fortuño y parecía estar dispuesta a darle continuidad a lo vivido durante este cuatrienio. Como tantas otras sociedades políticas y para tantos asuntos de preocupación común, estamos divididos casi por la misma mitad. De cara a unos años llenos de retos y complejidades, tal división hace más cuesta arriba los esfuerzos de concertación, y obliga a recordar siempre lo frágil que puede ser la hegemonía política a nivel nacional.

En segundo lugar, la lógica del veto parece haber desangrado a los partidos minoritarios y si la cosa madura como pinta, ninguno podría quedar inscrito. Si bien sus presencias fueron importantes en la campaña política e introdujeron nuevas miradas y discursos; si bien se generaron conversaciones interesantes en torno a lo que es un “voto útil” y la conveniencia de salir de la trampa del bipartidismo, los resultados hasta ahora sugieren que la urgencia de sacar a Fortuño y a su gente del poder pudo más que las lealtades a las nuevas insignias.

Todo parece indicar que Pedro Pierluisi continuará como comisionado residente. El pobre factor reconocimiento del candidato popular a esa posición, Rafael Cox Alomar, junto a una estrategia evidente de mantenerlo silencioso y con un bajo perfil para evitar cualquier prominencia por encima de García Padilla, mantuvieron a Pierluisi siempre en la delantera. Pero también cabe señalar que en muchos asuntos el comisionado residente demócrata asumió un perfil menos conservador y menos autoritario que sus compañeros de partido, estrategia de posicionamiento político que pudo haberlo librado del freno al desprecio y a la soberbia. Con el número de votantes que interesantemente añadieron el nombre de Ricardo Rosselló a sus papeletas y el coqueteo de éste último con la gobernación del País, habrá que comprar palco para observar cómo se gestiona la lucha hegemónica por la sucesión al interior del derrotado Partido Nuevo Progresista.

El freno al desprecio y a la soberbia tuvo dos manifestaciones mucho más elocuentes y sonoras que el triunfo mismo de García Padilla en la gobernación. La primera de ellas fue la aplastante derrota de Norma Burgos Andújar y el triunfo sólido de William Miranda Torres en la Alcaldía de Caguas. Con uno de los márgenes más grandes, en Caguas se rechazó el intento de Burgos Andújar de pretender devolver a Caguas a estilos superados de hacer política, que las conquistas del modelo de la gobernanza democrática y la centralidad de la participación ciudadana habían dejado atrás. Con una campaña llena de torpezas y muestras de una crasa ignorancia sobre las particularidades y sutilezas del escenario político cagüeño, ese resultado parece anunciar el fin de la carrera política de la senadora. A partir de hoy, la gestión de Miranda Torres será vista con otros ojos, y tendrá la oportunidad de solidificar esa legitimidad política no sólo con la protección del legado de su padre, sino con una clara inscripción de su capacidad innovadora y estilo de gestión pública.

La segunda manifestación harto contundente –y por muchas razones la más importante de la jornada electoral de ayer– fue el triunfo de Carmen Yulín Cruz Soto en San Juan. No solo porque en la Ciudad Capital el freno al desprecio y a la soberbia del derrotado alcalde Santini cobra fuerzas de tapaboca, sino porque luchando contra el reloj y enfrentando unas condiciones y limitaciones estructurales poco conducentes al triunfo, Yulín trabajó muy duro y logro articular una estrategia política inédita en San Juan: una estrategia de alianzas, acuerdos, inclusión y concertación. Si bien los retos de Yulín, a partir de hoy, son inmensos, amplísimas son también las posibilidades que tiene de convertir la gestión de la cosa pública en San Juan en un modelo diferente de construcción y viabilización de acuerdos y entendidos ciudadanos, comunitarios e intersectoriales. Me consta que el deseo y la inteligencia para liderar ese importante proceso, habitan a la alcaldesa electa. El reto de su equipo de trabajo será lograr llevar a la acción las visiones y los acuerdos, en tiempos pocos generosos y de mucha estrechez económica.

Esa misma posibilidad de modelar estilos diferentes la tiene la nueva mayoría legislativa. Todo parece indicar que algunos personajes siniestros han quedado o corren el riesgo de quedar fuera de lo que será la nueva Asamblea Legislativa. Otros igualmente siniestros, aunque en minoría, revalidaron con notable legitimidad. Aquellas y aquellos que emerjan como nuevos líderes de las cámaras legislativas tienen la oportunidad de mostrar una diferencia radical con los estilos que la figura de Tomás Rivera Schatz sintetiza.

La lucha Pierluisi–Rivera Schatz–Rosselló, hijo no es, claro está, el único espacio de lucha hegemónica que se ve venir. El triunfo del No en el plebiscito, así como el triunfo de  la estadidad (¡que ojalá lleve a los estadistas a pedirla!) y la legitimación de nuevos y revalidados alcaldes y alcaldesas soberanistas en el Partido Popular Democrático, sugiere que al interior de esa colectividad, tan fragmentada en términos de status, habrá  -o debería haber- conversaciones importantes, ellas también, en la lógica de la concertación. Tanto allí, como en la dirección de un País en tiempos de gran precariedad económica y preocupantes complejidades sociales, Alejandro García Padilla podrá, en serio, mostrarle al País de qué está hecho y si su capacidad y liderazgo están a la altura de lo que Puerto Rico necesita y espera.