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“Hombres buenos” de Arturo Pérez Reverte


los hombres buenosRecién terminé de leer la última novela de Pérez Reverte. Confieso que mi impresión sobre la novela fue variando según avanzaba en la lectura, cosa que no es inusual. Se titula “Hombres buenos” (Alfaguara, 2015, 582 págs.), y aunque su título no sea precisamente sugestivo, me interesó tras leer en la contraportada que se trataba de la aventura vivida por un par de académicos de la lengua española que a fines del siglo XVIII, el siglo de la Ilustración y las “luces”, emprenden un viaje a Francia con la encomienda de adquirir, para la Real Academia de la Lengua, una copia de los 28 volúmenes de la famosa “Enciclopedia”.

En esa contraportada se anunciaba que el viaje estuvo sujeto a intrigas y sobresaltos, a “caminos infestados de bandoleros”, a la prolija descripción de París contrastada con la España de entonces, y la presencia y participación de algunos de los “ilustrados”. A ello se añadía que la ficción se nutrió de una exhaustiva investigación, pues lo narrado se ajustó a hechos verdaderos y personajes reales.

Uno de los aspectos que inicialmente me interesó más fue la técnica de Pérez Reverte de anticipar las escenas ficticias ubicadas en el siglo 18 con referencias a la investigación que realizó en el siglo XXI, es decir, recientemente. De la mano de ello van los detalles de las dificultades de esa investigación, realizada muchas veces sobre el terreno, es decir, siguiendo el rastro del viaje de los académicos tal como ocurrió para ubicar sobre espacios reales los hechos, la atmósfera de las ideas de entonces referidas con el contraste de un personaje con puntos de vista intermedios entre el catolicismo tradicional imperante, y de otro más afín con, e inmerso ya en, las nuevas ideas. Asistimos pues, en vivo y a todo color, a la manera como el novelista resuelve los problemas concretos que le plantea la creación misma del texto y la ficción novelística. En ese sentido, esta novela revela la intríngulis del proceso, no sin pizcas de humor, y de la relación entre realidad y ficción como pocas, y no desde el punto de vista del crítico que la analiza, sino del narrador en el proceso mismo de la creación. Algo así como esos llamados “acontecimientos en pleno  desarrollo”, como el “Dossier” de Walter Martínez en TeleSur.

De principio a fin se teje un discurrir de intrigas y traiciones que acechan en lo oscuro los pasos de “hombres buenos” que poco a poco tienden entre sí los puentes de la solidaridad y la amistad. En un caso, desde la ingenuidad de quien ha construido su vida solo con ladrillos de libros, y en el otro, desde la experiencia de la guerra naval. Pero es la honradez y honorabilidad del carácter de ambos lo que hace posible esta cada vez más estrecha relación entre hombres de ideas desparejas.

Toman vida en la novela las reuniones de los académicos del siglo, la vida urbana madrileña y la de sus calles y sus días cotidianos; toma vida, ante nuestros ojos, los caminos hacia los Pirineos, y los caminos hacia París, en carretas y en posadas; toma vida el París urbano llenos de los acomodos aristocráticos, las plazas, calles, hoteles y paseos a ambas orillas del Sena, y también del París de los barrios miserables marginados. Toma vida la conversación de los aristócratas, la de los representantes de las nuevas ideas, los barruntos de una revolución que no tardará en estallar, así como la encarnación de personajes corruptos y viles.

La continua intervención del autor Pérez Reverte me llegó a incomodar más de una vez por la interrupción de la narración que supone. No obstante, debo reconocer la importante aportación de ellas y la manera como ese contrapunto lograba, a fin de cuentas, darle algo así como una dimensión tridimensional al texto. Lo mismo me ocurrió con el incesante debatir entre los académicos que, a fin de cuentas, no hizo sino enriquecer el debate de ideas que generó entre los académicos de España la penetración subyacente de las ideas de la Ilustración. Parte de la narración, pues, surgía en apariencia del propio Pérez Reverte, y parte de un narrador en tercera persona. Entre una voz y la otra mediaba generalmente una oportuna y clara indicación, pero en otras se pasaba de una voz a la otra casi inadvertidamente.

Con frecuencia ocurre que la novela cuya lectura nos atrapa en un principio languidece hacia la mitad de la historia. No ocurre eso con esta novela. En los últimos capítulos, Pérez Reverte logra imbuirle a la historia una fuerza y una energía apasionante, cristalización de una indudable maestría. Mis felicitaciones al novelista.