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La eternidad de las imágenes:
entrevista y crónica con Máximo Colón


A los maestros y niños de la UHS,
que tienen en sus manos el futuro
para que sepan acompañarse
plurales y abiertos.

  1. Intro: ¡Candela, candela, la yupi da candela!

Me cruzo con Máximo frente al Capitolio, el jueves 23 de febrero, en la protesta que realizó la comunidad que defiende la Universidad de Puerto Rico de los nuevos recortes de 300 millones que se le quieren imponer. “¿Seguimos para mañana?”, me pregunta. Yo respondo, “Claro, claro”. Lo veo apertrechado con su cámara y pienso en los años que lleva haciendo lo mismo. Mientras caminaba entre la gente en la protesta haciendo fotos mentales, escuchando, pensaba, precisamente, en la continuidad de ciertas cosas. Estamos en un momento distinto en la historia de Puerto Rico. Esta protesta se siente diferente a las otras que he presenciado. Por ejemplo, no hay líderes claros: la FUPI se desintegró hace años, no hay UJS, no hay CUCA. Están por ahí la Hermandad de Trabajadores Exentos no Docentes (HEEND) y la Asociación de Profesores Universitarios (APU—no reconocida oficialmente como un sindicato), pero ninguno lleva la batuta. Ni siquiera tienen a sus correligionarios organizados detrás de sus pancartas, aunque los profesores de la APU pusieron sus cuerpos entre los policías y los estudiantes, como en los viejos tiempos. La gente está dispersa. Los jóvenes bailan y cantan consignas. La música que se pone en los altoparlantes es la de siempre: “Me gustan los estudiantes,” de Mercedes Sosa, que me hace tan feliz cada vez que la escucho porque es cierto, me gustan; “El escaramujo”, de Silvio Rodríguez, tan bonita; pero también música relativamente nueva en estos contextos: “Le da igual” de Cultura Profética escuché con una sonrisa. “Candela, candela, la Yupi da candela”… El día anterior, en el Recinto de Río Piedras, los profesores nos reunimos a cantar el himno, dirigidos por Carmen Acevedo Lucío, quien tantos premios internacionales ha ganado al frente de Coralia, el Coro de estudiantes de esta institución. Tanto el miércoles como el jueves han sido tardes sombreadas y frescas. Se está bien. Al Capitolio llegué caminando desde mi casa, cerca de la hipsterizada Calle Loíza que Rodríguez Juliá había convertido en sus novelas policiales en símbolo de la decadencia en los ya remotos años noventa. Tienen las escalinatas del Capitolio bloqueadas con vallas y un despliegue de policías que resulta amenazante, aunque estén ahí en pose de guardia Suiza. El gobierno les acaba de dar un aumento de sueldo y están pasando leyes en contra de la protesta democrática, anunciando de manera implícita y casi explícita su intención de masacrarnos. Parece que en algún momento comenzaron a empujar hacia abajo porque los estudiantes se sentaron todos, como un reflejo; todos. Yo no lo ví la provocación que vino por parte de la policía. En ese momento yo estaba atrás. Sólo me fijé en que, en un segundo, como una ola, desde enfrente hacia atrás quedaron sentados todos y me senté yo también. No pasó nada. Al minuto estábamos de nuevo de pie. Habrá sido mi amiga Dorothy, quien cuenta en su página de Facebook que les dijeron, ella y una amiga, a los policías: “Hoy es la iupi, mañana tu pensión. ¿Eso no es verdad?” Además: “¿Es que este es tu trabajo? Quítate el miedo y abre un negocio y únete con nosotros. Te están usando. No te quieren. Se va a acabar el plan médico.” Cuenta que una de las oficiales lloró. En palabras de la estudiante: “No pudo con el ‘cognitive dissonance’”. Tendré que investigar ese término. Me gusta cuando aprendo de los estudiantes. Por atrás, del otro lado de la avenida, me encontré con Enid, una profesora por contrato hace años, quien vio otra cosa y también lo publicó en el libro cara (alguien, desde las Ciencias Sociales, tendrá que hacer una investigación y publicarla sobre los usos de este medio). Dice que ella vio que la policía comenzó a bajar las escalinatas empujando y eso provocó el medio minuto de desasosiego. Sólo apunto que la voluntad de violencia del gobierno excede la de los estudiantes que bailan y razonan.

La continuidad que noto consiste en repetición con diferencia, sin parodia sino con homenaje enamorado, incluso. Dígame si eso es una marca o no de que son tiempos distintos; de que la ruptura con los años noventa es definitiva. O sea, el trabajo que hizo antes gente como Albizu (sí, su noción de patria era machista); o los cubanos (montar el kiosko otra vez al lado, como dice Padura, pero sin los errores de la primera versión tal vez sea lo deseable, luego de mucha reflexión y debate; tal vez incluso reparaciones); gente como Oscar, Elizam, Lolita o Cancel Miranda—sin vocación de martirio hoy pero, con todo el respeto que se merecen; aprendiendo de los líderes estudiantiles de huelgas pasadas; y además del trabajo de gente como Máximo, que no ha parao. Ese trabajo de otros tiempos no desaparece, sino que queda como energía potencial que luego, cuando llega otro catalítico en otro momento histórico, revienta nuevamente. Máximo me cuenta que el cartel que más le gustó fue uno que leía: “Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo”, no por ser vieja la frase, dejará de ser apropiada, sino lo contrario.

  1. Bildingsroman: Cómo se politiza un migrante.

Me reúno con Máximo Colón en un café al día siguiente como acordado. Le digo que quiero hablar de ambas cosas, de lo que está pasando en la UPR y de su trabajo como fotógrafo y sus exposiciones. No quiero hablar sólo de fotografía con tanta cosa que está pasando. Lo digo como disculpa. Máximo, en cambio, se pone contento. Está en su salsa. Me cuenta: En 1965 yo estaba en sexto grado. Estuvimos hablando en clase del año 2000. El maestro decía que en futuro tendríamos más tiempo libre por eso de las computadoras. Lo que no explicó el maestro es que tendríamos “tiempo libre desempleado”. Era un maestro bien chévere. Me ayudó mucho. Yo tenía muchos problemas porque no hablaba inglés. Imagínate. Salir de aquí de Puerto Rico, donde todo es verde, y caer allá en Nueva York que es una jungla de cemento. Mi tío me decía: “Los hombres no se besan. Los niños no beben café.” Fue la primera vez que vi el racismo. Había un parque y me decía: “Tú no puedes ir allí. Esos son molletos.” Yo no había oído eso nunca antes. En el campo todos éramos más o menos iguales. Después, en la escuela, yo pongo mi abrigo y me estoy quitando el sombrero. Un muchacho me está molestando y yo me enfurezco y destruyo todo el salón en un ataque de ira. Le tiré con to: floreros, libros, botellas… Es una historia que se repitió varias veces. El maestro, Mr. McDuff, al final del año, me mostró unos papeles amarillos que eran informes de conducta y me dijo: “Tú no eres un mal niño. Voy a quitar esto de tu expediente.” Siempre me acuerdo de él.

Llego a Estados Unidos en el 58. Hay convulsión social. Los afro-americanos, chicanos, en California, en Chicago. Esa experiencia de estar consciente a temprana edad de lo que estaba pasando me marcó para siempre. Siempre me importó la cuestión social, sobre todo el Anti-War Movement. Mi escuela era conservadora. Un amigo mío, Fred Sullivan—a quien después no ví más– y yo éramos vistos como parias en esa escuela. Yo documentaba las protestas estudiantiles en las escuelas a las que yo asistía. Un poco más tarde entro a la School of Visual Arts. En el Comunity College me meto en la cuestión de tratar de comenzar Departamentos de Estudios Puertorriqueños, Black Studies—hoy Ethnic Studies–. Me botaron del colegio. Estaba tan envuelto en la política que no cumplí con mis tareas estudiantiles y fui “academically dismissed”. Cuando llegué al colegio, los blancos se metían a la escuela para tener “student deferement” del servicio militar. Yo llegué al colegio como un desafío. Estaba en una escuela vocacional. El maestro nos reunió y dijo: “Let’s face it: You are not College material”. En aquel momento a las minorías las educaban con un sistema que se llamaba “tracking” y nos encaminaban (nos acorralaban) por el camino que nos alejaba de la universidad. A finales de los sesenta hubo un movimiento para asegurar que cada estudiante que se graduara de la Escuela Superior tuviera un lugar en la Universidad. Mira lo que pasa: Antes de eso el Colegio era gratis. Tan pronto nosotros entramos: latinos, afro-americanos; imponen una cuota.

En alguna parte leí que el sistema público de educación en Estados Unidos se creó luego de la Segunda Guerra Mundial para ayudar a afianzar la clase media en Estados Unidos y se volvió una amenaza luego de que, gracias a las exigencias de las minorías, abrieran sus currículos a los estudios étnicos. El artículo titulado “Who’s Behind the Right-Wing Assault on Public Universities,” publicado en la revista The Nation en septiembre de 2016 y firmado por Eric Alterman[1] explica que la razón principal para el ataque sistemático a la educación pública en los Estados Unidos se debe a que es un hecho corroborado que, a mayor educación, mayores los valores progresistas del individuo. Los conservadores atribuyen este dato a lo que entienden como “lavado de cerebros” por parte de intelectuales liberales. Desde los años setenta, los conservadores han ido apoyando las instituciones privadas y abandonando las públicas que entienden están prejuiciadas contra su entendimiento de la vida. Más recientemente, la táctica ha cambiado, de tratar de cambiar las políticas de reclutamiento y los programas académicos en las universidades privadas a partir de chantajes económicos, a convencer a los funcionarios en los estados republicanos a quitar fondos del sistema público de educación. El artículo habla sobre un documental titulado Starving the Beast: The Battle to Disrupt and Reform America’s Public Universities, donde se explora este tema a profundidad, en especial las políticas de avalúo, que no son otra cosa que tratar a los estudiantes como clientes bajo la óptica de la productividad. La materia que no pueda demostrar su valor—no explica bajo qué criterios—se debe recortar.

El jueves me sentí lleno de alegría porque tantos estudiantes estuvieron presente. En noviembre pasado, cuando estuve en el Capitolio en una manifestación con el lema “Se acabaron las promesas”, pensé: ¿Para qué elecciones? Estamos eñangotaos. Ellos deciden. It’s a waste of time.

Los estudiantes le dan sentido a las luchas de una vida. ¿Cómo han cambiado las cosas? Pregunto. La historia siempre cambia. No se puede decir que sea igual. En este momento Donald Trump y su gente quieren llevarnos 150 años hacia atrás. Es una desesperación de esa gente porque han visto el efecto de las minorías en poder y hacen todo lo que pueden para revertirlo. Cambian mapas de distrito, piden carné, atacan uniones. Hay temor de perder privilegios de piel. Y me lo repite en inglés: White skin privilege. A fin de cuentas, está hablando de lo que sucede allá, en los Estados Unidos.

En un momento, antes del movimiento Occupy, sentía, ¿qué le pasa a la gente? ¿se perdió? Cuando ví eso participé y me llenó de esperanza. Cuando me botaron del Community College me metí en un movimiento comunitario llamado El Comité. Cabildeábamos por servicios médicos, educación, vivienda (por la gentrificación del West Side. Ellos lo llamaban Urban Renovation y nosotros lo llamábamos Urban Removal). Poco a poco evolucionó y se volvió más político. Vine a Puerto Rico en el 1971 con un Frente Unido: MPI, Young Lords, Resistencia Puertorriqueña. Estábamos abogando por la libertad de los puertorriqueños nacionalistas. Viene la oportunidad de entrar a la escuela de arte. Me causa un conflicto. Una compañera me dice: “Tienes que ir porque vas a aprender esa técnica y la vas a traer de regreso a la comunidad”. En la escuela miraba a los estudiantes y me llenaba de ira porque había gente que yo conocía que tenía más talento y no podía asistir porque no tenían dinero. Por otra parte, en la escuela había gente que te podía recitar de memoria el proceso químico para revelar una foto, pero no podían tomar una foto para salvar su vida. No me importaba tanto la Historia del Arte, que consideré un privilegio de la gente rica. Le tengo que agradecer a mi madre esa ira. Para salvarse allá uno no puede dejar que nadie le robe su humanidad.

  1. El pasado en el presente: Las exposiciones

Le pregunto por qué estaba en la manifestación en contra de los recortes a la UPR el jueves pasado. La respuesta es obvia. A veces, cuando entrevisto, hago preguntas obvias porque quiero ver cómo la contesta la otra persona de todos modos. Uno no siempre sabe de verdad lo que piensa el otro, por más que crea que así es. Las más de las veces, la elaboración de la respuesta del otro resulta interesante. Me sonrío porque acabo de escribir esto de la escucha, y me doy cuenta que en la primera oración de la respuesta de Máximo aparece la palabra oído:

Donde quiera que yo estoy trato de pegar el oído para ver qué pasa en términos de movimientos sociales. En agosto pasado, cuando hubo la manifestación de los maestros, yo estuve allí tomando fotos. Ayer, me enteré de que habría una manifestación de los estudiantes y pienso que la indignación debería ser masiva. Es importante. En las reuniones que he tenido en la galería con los estudiantes siempre les digo que ellos son la esperanza del país.

Es que Máximo tiene una exposición de sus fotos en la Galería de la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, curada por Adlín Ríos Rigau y titulada Encuentros. Se trata de una retrospectiva, aunque cuando se usa esa palabra Máximo salta a aclarar que él no está muerto. Al decir eso, lo que implica es que sigue trabajando, como ya ha quedado establecido en este artículo. La exposición inauguró el pasado 16 de febrero y muestra fotos en torno a seis ejes temáticos: Música, Política, El mundo ante mis ojos, Vida, Procesiones y Autorretratos. Tiene fotos de las luchas por los derechos civiles durante los años sesenta y setenta, de las grandes estrellas de la salsa que pasaron por esa ciudad, de la vida cotidiana, del mundo y de si, como dicen los títulos, además de tres altares artesanales, otro trabajo artístico que hace a partir de materiales recuperados. La exposición en el Sagrado Corazón estará abierta al público hasta el 8 de abril.

Sobre la exposición en la UPR dice: Es un tremendo honor que las fotos mías estén al lado de esa pintura seminal, como lo es El Velorio, de Oller. Ha sido siempre un sueño mío traer mi trabajo acá a Puerto Rico y las dos exposiciones que tengo simultáneas salieron casi inesperadas, como un regalo. Yo vine en noviembre para unos asuntos que estoy trabajando para la Liga de Arte. Laura me dice que necesita unas fotos. Yo pienso para mí que no habrá mucho más que tenga qué hacer porque yo doné tres fotos a la UPR y probablemente puedan usar esas. Me sorprendí, me sobrecogí cuando me explicó que necesitaba más fotos y que las expondría junto “El velorio”. Se trata de la exposición titulada Ida y vuelta: experiencias de la migración en el arte puertorriqueño contemporáneo, curada por Laura Bravo. La exposición se inauguró el pasado 21 de febrero y es, en específico, sobre el tema de la migración.[2] Me dijo que tenía una buena y una mala noticia. Estaba planificando esta exposición. La mala es que el enfoque de su exposición es desde los años 80 – 2000. Mi trabajo es anterior, pero la buena es que han decidido exponerlo como un saludo al trabajo sobre la migración. Seleccionaron 24 fotos.

Uno de los retratos que muestro en la UPR es Héctor Lavoe bien jovencito, como en el 74. Es la primera vez que lo imprimo. Son como tres rollos que no había revelado antes. No había florecido en él todavía esa personalidad explosiva que llegó a tener después. En mi foto se ve como un muchachito. Me contrataron para ir con Willie Colón y su banda a un hogar católico de varones. Izzy Sanabria, diseñador de carátulas que después tuvo la revista Latin New York, él era como el MC del party. Era para la época del LP de Willie Colón titulado El Juicio, donde está la canción que se titula “Aguanile”. Todo eso se da porque tengo una amiga, Elízabeth Cartagena, que trabajaba en los Clubs y conocía a Ralph Mercado y tenía pases y me llamba y me decía: “Va a estar Eddie Palmieri en el Copa Cabana.” Con esa “pala” yo iba a la orilla del escenario y sacaba esas fotos así bien cercanas: Tito Puente en el Village Gate, Salsa Meets Jazz, etc.

Queda claro que Máximo pasa mucho tiempo aquí en la isla, aunque todavía reside en la ciudad de Nueva York, en un edificio ocupado en los años setenta en el Upper West Side, en la época del “Urban Removal”. Me avisa que vienen más exposiciones. Ahora que, o tomamos el país y lo re-inventamos, o lo dejamos que se nos muera, es cuando más necesitamos de la memoria, de conversar con quienes tienen trabajo hecho; y seguir inventando también. Total, ni nacimos ayer ni hemos dejado de pensar ni de crear.

[1] https://www.thenation.com/article/whos-behind-the-right-wing-assault-on-public-universities/

[2] http://www.upr.edu/exhibicion-ida-y-vuelta-experiencias-de-la-migracion-en-el-arte-puertorriqueno-contemporaneo/