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La golondrina no hace silencio


Presentación de Las cuatro estaciones. Suite caribeña de Vanessa Droz

13043434_1102299496493297_7992158962713229440_nI. La venda

Desde el Viejo San Juan que habita, desde la punta/proa de la ciudad, encaramada en el alto mástil de la poesía, la poeta atalaya el horizonte. Centinela, avista el leve temblor que allá a lo lejos se trama. Cuatro veces al año, por el mar llega una carta para la ciudad. Viene sin remitente ni estampilla: está hecha de luz, temperatura, sonidos, pelusas, olor. Es la estación, que arriba a la isla. Desde su cofa en la cima del mástil, la poeta recibe esa tempestad postal primigenia, violenta, “con la mano vendada, con los ojos vendados, con el corazón vendado” (32); resiste el embate y sangra voz, tensa su cuerpo traductor para que lo atraviese la carta y sangra, supura la versión posible de un lenguaje imposible, y en las vendas va floreciendo ese rosal oscuro, anegado, de las palabras. Cuando amaina el temporal, se desvenda. Escoge de entre todas la venda más limpia (esto es, la más pura) y se la ofrenda a la ciudad.

Esa venda es el poema.

Esa poeta es Vanessa Droz.

II. La golondrina

Una golondrina no hace verano, dice el refrán. Con él quiérese decir que una golondrina que se adelanta a la bandada no es suficiente para constatar la llegada del estío. Hay golondrinas que vuelan muy por delante, y su vuelo solitario no promete nada sino su ventaja sobre las demás, su instinto avezado para ver antes que el resto. La poeta comienza su suite de las cuatro estaciones con un epígrafe que modifica el refrán: “una golondrina no hace silencio”. En esa asombrosa imagen, sinuosa como es siempre la metáfora, está comprendido el libro entero. Una golondrina no hace silencio: canta. Sola, solitaria, la voz lírica no hace la estación, pero al cantarla, la revela. La estación no es silencio, sino canto.

Ese canto es el poema.

Esa golondrina es Vanessa Droz.

III. La orquesta

La poesía no se explica con el poema. El poema no se explica con la presentación. Transcripción imperfecta de una revelación perfecta, el poema es apenas eco, rumor de la poesía. La poesía habla, sí, y muy alto y sonoramente, pero no en el lenguaje nuestro, sino en uno anterior, que hemos olvidado. Ese lenguaje, hecho de reverberantes colores, sonidos, temperaturas, partículas, “moléculas ahítas de fuego” (13), como reza uno de los primeros versos de este libro, contiene en su código edénico mayor capacidad evocativa que el habla humana. La poeta, entonces, oscuramente recuerda, intuye; se ofrece como instrumento musical contra cuyas cuerdas, túneles de aire, cueros tensos pueda resonar la poesía, que va de paso. Por eso pide a veces “¡más instrumentos, por favor!” (24). Gracias a esa reproducción de la música primigenia a un lenguaje reconocible para nosotros, se produce un lugar de encuentro entre el hombre y la poesía.

Esa partitura es el poema.

La orquesta es Vanessa Droz.

IV. Esta pieza es una suite

Integrada por movimientos muy variados, pero basados en una misma tonalidad, la suite caribeña de Vanessa Droz es la reunión en un solo poema de varias danzas poéticas de distinto carácter y ritmo, con los que se consigue el contrapunto barroco que caracterizó también a Vivaldi, previo traductor de Las cuatro estaciones. Es una suite vivaldiana también porque sigue la estructura de allegro-adagio-allegro en sus movimientos internos. Pero es caribeña porque canta cuatro estaciones que, dada su geografía cercana al trópico, no pueden producirse con grandes contrastes, lo que obliga a la poeta a fijarse en el matiz sutil: el cambio de luz, de frutos, de tonos, de olor, de síntomas de agobio o festejo de sus criaturas. Es caribeña también porque mientras Las cuatro estaciones de Vivaldi comienzan con la primavera, las de Vanessa Droz, con el verano. El verano es la estación que nos inaugura como isla y como región, en una ínsula que, de todas formas, va “en medio de irresolutos inviernos, de veranos y otoños indistintos” (39).

Pero el verano, que es el “mensajero eterno” (17) de este poemario, no comienza en el vacío: en él se evoca “el aullido interminable que alzamos en la primera estación” (13), es decir, en primavera. El libro empieza así en un verano que aún es primavera, como decir en contrapunto, y esa relación creciente entre las voces independientes de las cuatro estaciones, conduce al equilibro armónico de la polifonía. En vez de huir y dar paso a la próxima, aquí cada estación se va gradualmente sobreimponiendo a la anterior. El verano se instaura cuando aún resuena el eco de la primavera; “la primavera imita al otoño” (37) y “el otoño imita a la primavera” (23), a su vez anunciando “el astuto talante del invierno” (25); el invierno llega “con su debilidad de trópico” (29) y es más bien una “golondrina plateada” (30) (o sea, un verano vestido de otro color), cuyas hogueras se encienden “con madera de otoño, luz de verano y guirnaldas de primavera” (31). Esa simultaneidad de matices, unida a la personalidad individual de cada estación, produce la suite, lo barroco, la polifonía. Junto a la voz de Droz resuenan también las de Tomás Blanco, García Lorca, Lloréns Torres y Sylvia Rexach, entre otros, en sendos versos que los evocan en estos textos.

V. El libro de arte

Este libro artesanal, obra de artista en todos sus aspectos, evoca aquellos cuadernos de poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña producidos a partir de los años 60, que recogieron en dieciocho volúmenes la obra de algunos de nuestros grandes poetas, ilustrados por gigantes de la plástica puertorriqueña: Tufiño, Homar, Arana, Marín. De factura impecable, rico en lo visual y en lo sonoro, en este libro/cuaderno Vanessa Droz se estrena como grabadista y artista gráfico, no solo con los grabados y fotos que acompañan los poemas, sino con la hermosa edición que ella misma ha diseñado.

Por tratarse de cuatro estaciones que danzan distintas pero indistintas, la poeta debe fijarse en el matiz sutil: el cambio de luz, de frutos, de tonos, de olor, de síntomas de agobio o festejo de las criaturas, decíamos antes. No lo hace solo con el lenguaje poético, sino con las fotografías y grabados que incorpora al libro. De la fuente Las cuatro estaciones de la Plaza de Armas, esa “fuente ciega (que) no surte agua” y que es “sauce de hormigón”, “chopo de lava” (24), la autora solo retrata el detalle preciso que resume y rezuma la estación representada por cada estatua: el manojo de trigo dorado del verano, la articulación adolorida del codo que el invierno castiga; el racimo de uvas de la vendimia otoñal, el ramillete de flores primaverales de que también se ha hecho la guirnalda de la estatua. Como en el poema, la autora procura en la fotografía dar con la imagen justa, posar la mirada en la célula poética, en “la molécula ahíta” (13), más que en el conjunto. El conjunto viene por la suma de tanta célula bella.

Pero la fuente presenta símbolos europeizados de las cuatro estaciones, la mayoría ajenos a nuestra latitud: el trigo, la uva, el codo entumecido de frío, la florecilla ambigua, que parece violeta. Por eso la poeta suma, a las fotos que acompañan los poemas, grabados de su propia creación, y que capturan la esencia de cada estación en la isla. El verano se representa con un sol hiperbólico, reverberante, sobre la inmensidad del mar. La primavera parece un almendro parido; el otoño, árbol pelado; el invierno, la flor de guajana que antes poblaba la isla a principios de noviembre y se colocaba en floreros como adorno navideño. Falta mencionar las fotos y grabados de la coda, pero de esos hablaremos después.

VI. Las letras

El poema es el lugar de encuentro entre el ser humano y la poesía. La poesía es oráculo. A la poeta, sumergida en la visión total que le confieren los cuatro mensajeros del tiempo, se le revelan también misteriosas relaciones entre las letras y el origen de los seres.  En el lenguaje edénico que reescribe Droz, la relación entre las letras y las cosas no es arbitraria, sino orgánica. Hay asociaciones visuales y cósmicas entre la grafía de las letras y los orígenes de la vida. La M es de casa, porque en sus dos arcos ofrece “dos cuevas, albergues” para las fuerzas originales de la vida (que la poeta denomina “los incesantes”) y porque la madre con M de mujer contiene la doble cueva del cuerpo y del útero. La I es “de humo”, porque tiene vocación de ascenso, delgada y vertical. La Ll es “de equinoccios”, porque sus dos rayas paralelas dibujan la simetría de la noche y del día durante los dos equinoccios, o son los dos trópicos de la región que ocupamos en el planeta, pero puestos de pie. La G es “de abismos que protegen el eco” porque contiene en su seno un fondo techado, donde rebota el sonido. La C anuncia la cola del alacrán, también el hueso curvo. La H es de muerte, bien por la raya que yace inerte entre las dos erguidas, bien por la H de Hades, bien por la H de hombre, que arrastra el castigo de su mortalidad, o incluso por el deleite erótico de la pequeña muerte, como también queda sugerido en el texto (“muerte con H de deleitoso”, 14). Son asociaciones codificadas, enigmáticas, que el lector viene llamado a descifrar según su propia intuición poética.

Esas letras crípticas, polisemánticas, son el poema.

El alfabeto es Vanessa Droz.

VII. El verano

El verano es la estación que nos inaugura como isla y como región. Le toca regresar cada año desde tiempos ancestrales, y está “exhausto” (13). En el poema, trae “moléculas de fuego, nubes de polvo, crueles latigazos de temperatura, ausencias de aire y viento”, pero en virtud del milagro de la metáfora, es también una “campanada de paja sobre el sol” (13), al que debemos ardores en la sangre, vida. Imagen de la tierra antes de que la poblaran los hombres, sus criaturas ancestrales se desploman de sopor, bochorno, sudor, letargo. Merodean las salamandras (“Salamandria del Sol”, decía Góngora), los alacranes, los ciempiés, los caracoles, los escorpiones, todas las criaturas de sangre fría que reptan buscando calor. Es la época de la canícula, entre julio y agosto, cuando la constelación del Can Mayor está junto al Sol, y la tierra está yerma, incendiada.

VIII. El otoño

Si fuera cierto el mito bíblico de la creación de Adán y Eva, habría sido en el dulce otoño, anuncia la poeta cuando exclama que otoñal “tiene que haber sido/ el falso viaje aquel de los huesos/ de un costado a otro”, “el testimonio/ de los banales gruñidos de la creación” (23). Es la estación que instaura la voracidad de la muerte, esa “puesta en escena del principio del fin” (21), esa “anticipada vaharada de la muerte” (22) como sino de la vida. Pero es también la estación de la vendimia. Excesos de agua y huracanes, vendavales que pintan la tierra, y que Droz recrea en espléndidas metáforas, hacen que del árbol que se deshoja caigan “sus óleos a trabajar el rostro de la tierra” (21), “los vientos, el agua, los arrecifes y la salamandra … formen sobre el suelo una “madura felpa” (24), y “las ardientes clorofilas” compongan “con fruición ciertos frutos en los que hay regocijo y aire” (23). En la isla, el otoño imita la primavera, porque “en estos páramos y en estos verdes hay demasiado sol como para los desvelos de una estación que no habla claro”, dice la poeta (22).

Vida y muerte simultáneas, metáfora del mundo.

IX. El invierno

En la isla, el invierno no es recrudecimiento del frío, sino folclor navideño. Surte “la lágrima de la montaña (cuyo) baile ancestral pide el degüello de las dolientes bestias de la granja” (30), en alusión al pitorro y al sacrificio de cerdos. Arriba al trópico desde “un glaciar detenido por fuegos” (29), para abrazarnos con una debilidad que ni siquiera reclama abrigos. Llega “ebrio” y despierta “nuestra visceral conducta” navideña (29). Es golondrina plateada (verano, pero de otro color) y le roba las horquillas a la palma, quizás en alusión al saqueo de los cocoteros en Navidad. Pero mientras la gente se sumerge en el carnaval festivo, la poeta observa: escribe, esgrime su pluma de ganso degollado, dice, contra el desasosiego de la escritura (30), pregunta por los huesos de su padre y de su madre, escribe con sus pies, merodeando también, los papeles de la ciudad.

X. La primavera

“La primavera imita el otoño” (37), dice sorprendentemente la poeta, porque la estación comienza con sus estruendos de vacíos en las copas de los árboles. Las imágenes visuales y sonoras del estallido primaveral que logra Droz en estos versos son verdaderamente magistrales: el enramado desnudo de follaje deviene aquí “dúctiles astas de animales”, cornamenta de ciervo o “propuesta cérvida … hermosa”, “duros maniquís para los ropajes de las estaciones” (37); “el ardor del flamboyán copa las crueles copas”, los “almendros revientan en sangre”, “la lluvia de néctar destila su oro vertical hacia la oscura greda”, los robles rosados y amarillos se estrellan contra el cielo en su “esplendor de cincelados fuegos” (38); es “cantiga cuajada de soles”, “abeja en albor de clorofila”, “electricidad de alas” (41) (¡y podríamos seguir!). La isla deviene barco, peñón volcánico y cenital, oscura pero leve navegación del mundo, y por eso se invierte el “Romance sonámbulo” de García Lorca para mirar “el caballo sobre la mar” y “el barco en la montaña” (41). En el poema de Droz, la primavera nos devuelve al seminal aullido del mundo mítico del que hablábamos antes, y por eso la isla está en el cuerno de un unicornio, siendo el cuerno el archipiélago. “Alerta y lista para la fuga, tensa y alzada por estas calles” (40), como la isla unicornio de Tomás Blanco, la primavera, que es la primera estación del año, es en este libro la última: nacimiento y muerte a la vez, metáfora del mundo.

XI. La coda

En una composición musical, la coda guía la música hacia su final. Recapitulación, resumen, novedad sintética, en la suite caribeña de Vanessa Droz sirve para resumir las cuatro estaciones como cuatro tonalidades de luz: “verano dorado, otoño bermejo, primavera verde, invierno azul” (45). El cambio de luz es el origen de las cuatro estaciones, su razón de ser. Por dónde y cuánto nos golpee la luz solar, determina la estación en que estamos. Pero esa luz no es solo de origen celeste. Es también la luz de la revelación poética. Por eso la coda aparece ilustrada con la pluma de la poeta, y acompañada de una foto de un detalle de la base de la fuente “Las cuatro estaciones”, casi seca. Ambas imágenes representan la hechura del poema, su base, su origen. Mientras el planeta baila la danza de sus luces cambiantes, la mano (oscura) de la poeta “traza signos sin sentido”, dice, y la voz poética –“nocturnal y cósmica”– llega “tan solo a posarse” (47). El tiempo ya no es mítico, es ahora la tierra que pisan “los nuevos incesantes”, nosotros, fastuosos e hipócritas, creyentes e ilusos.

En medio de ellos, con la tea en la mano, la poeta es Vanessa Droz.

XII. La última coda 

La poesía no se explica con el poema. El poema no se explica con la presentación. Transcripción imperfecta de una revelación perfecta, el poema es apenas eco, rumor de la poesía. La presentación ya viene a ser, francamente, “mundanal ruido”, interferencia. Solo me resta rogarles que olviden esta mía cuanto antes y que, puros, atentos, se sumerjan en la música de esta suite caribeña de luz, que nunca se apaga.  Porque la golondrina no hace silencio.