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La Universidad: con la falta de dinero al cuello


Jared Rodriguez, Truthout

1.

En una reciente actividad el presidente puertorriqueño de una universidad de los Estados Unidos se dio a la tarea de trazar lo que piensa son los retos de su institución en un ambiente financiero que parece estar en contra de la educación. Habló con la propiedad que tiene alguien que ha ascendido a su puesto no por mandatos políticos partidistas, sino por conocimiento, experiencia y juicio. Para entender lo que dijo y apreciar cómo lo dijo no hacia falta saber nada de sus inclinaciones ideológicas. Era evidente que piensa que su ejecutoria como académico va dirigida al “bien común”, frase que usó varias veces para definir la educación universitaria.

Quiero distinguir, con brevedad y parquedad, entre educación y un diploma universitario, para que no me mal entiendan. Muchos tienen diplomas universitarios, pero pocos parecen tener educación (aquí y allá). Me refiero no solo a cómo la gente se comporta en público, que tiene que ver con la educación que uno debe recibir en el hogar para poder ser miembro civil de la sociedad, sino al conocimiento general que una persona debe de tener para mejorar la vida que lleva junto a los que lo rodean. Pienso que la educación tiene que ver mucho con la disciplina y con ser consecuente. La falta de esas dos características en nuestra sociedad la vemos manifestarse a diario y se traduce a basura en las calles, falta de puntualidad y, cada vez más hoy día, ausencia de cortesía en el comportamiento humano. ¿Qué le pasó a buenos días y buenas noches? ¿O es que esas dos frases básicas son víctimas de una especie de “political correctness” al revés que raya en ser cavernícola?  Pero no tengo que abundar porque sé que me entienden.

El “bien común” al que se refería el profesor, y coincido, es que la persona educada contribuye al mejoramiento de la sociedad, de modo que mientras más gente educada hay en un lugar, mejor es la vida. Claro, y ahí en parte está el núcleo del problema que acecha a la educación hoy día, el que se educa tiene que trabajar para poder participar de la vida social. En algún punto del camino se perdió la idea que tener trabajo no es incompatible con ser educado. Cuando el utilitarismo por razones personales o colectivas contravino el bien común, los políticos azuzaron sus oídos.

Los políticos tienen un problema con el conocimiento y con la gente educada y es que no les gustan, no les caen bien los “sábelo todos”. Mientras más a la derecha o más a la izquierda está un político más parece rechazar que la educación sea un bien común, como quería visualizarlo el presidente universitario que nos visitó y como lo queremos ver muchos. Además, mientras más autoritarios, mientras más despóticos son los gobernantes, más detestan a los que piensan. Se quejan y protestan que, por lo general, son las personas pensantes las que causan problemas. Creo que esa tirria contra el conocimiento a los dos extremos ideológicos es los que ha trazado una campaña contra la educación universitaria. Contrario a lo que piensan algunos el ataque viene de los extremos y por razones similares.

Sería ideal que toda persona de la sociedad trabaje, y que en esa situación utópica todos paguen por la educación que reciben, y que las instituciones que brindan la enseñanza y el conocimiento no tengan que usar dinero del estado en ningún momento. En ese modelo, toda institución universitaria pública sería auto suficiente. Para otros (me incluyo) la instrucción y educación es algo a lo que el ser humano tiene derecho y es responsabilidad inescapable del gobierno suplirla. Por mucho tiempo el estado (en el caso de los EE.UU., cada estado) alentó instituciones que proveían esa oportunidad de desarrollo a un costo que podía sufragar el ciudadano promedio, e hizo disponible incentivos fiscales para que los de bajos ingresos pudieran beneficiarse del caudal de conocimiento que es la universidad. Era el modelo más cercano al ideal de justicia social y bien común que se podía alcanzar.

El tiempo, y el progreso que trae, no se ajusta a modelos utópicos o a visiones del bien común. En Puerto Rico, como en todo lugar desarrollado, la tecnología y los cambios sociológicos y antropológicos fueron complicando y encareciendo la vida y con ella el costo de ir a la universidad. La situación empeoró en la isla cuando al parecer los políticos, sus allegados (asesores económicos) y los que votan por ellos se olvidaron de eso: ¡qué somos un isla! Un isla que lo único que exporta en grandes cantidades es gente, y que importa casi todo lo que consume. Y la gente que el país exporta son cada vez más preponderantemente profesionales, una mercancía invaluable para un país (EE.UU.) que, aunque quiera negarlo, cada vez más necesita saber español para ofrecer servicios de calidad. No solo se reduce la masa de profesionales en su entorno, sino que no hay trabajo en la Isla del Encanto. Y si hay vacantes no son las que ofrecen sueldos que les permita a la gente mudarse a una de las urbanizaciones en las que para poder llegar a los empleos (de la pareja) y a la educación (la hija o el hijo) hay que tener tres autos, con los gastos que eso implica. Tal parece que la debacle de la burbuja de las hipotecas de 2008 se ha olvidado y un isla con menos población se siguen construyendo urbes lejanas de los pueblos.

3.

La situación imperante, sin embargo, antecede el desbarajuste de las hipotecas. Ya en estas páginas (20 de marzo de 2015) he dado una breve historia de cómo el neoliberalismo y el infame memorando Powell han socavado la educación como un “bien común”. Esas voces de ataque se hacen cada vez más estridentes con los ideólogos republicanos de allá y los anexionistas de aquí cabildeando por “achicar el gobierno”, excepto a ellos. Los de allá no quieren que el gobierno tenga ningún programa que ellos entienden es “socialista” y cuando se examina a qué se refieren (el medicare, el sistema de veteranos, los sistemas de respaldo alimentario para niños pobres, el seguro social, y muchas otras cosas) nos damos cuenta que uno de los problemas de estos agitadores es que no son educados, más bien viven bajo la noción que ellos, que en su mayoría son ricos y blancos (y tienen trabajo), son los que proveen el  “bien común”. Es a ellos a quienes le debemos toda la sabiduría y el progreso que experimentamos, y no se dan cuenta que el conocimiento y el progreso lo tenemos a pesar de ellos.

Sí, se graduaron de universidades de la “Ivy League” y muchos tienen más dinero que todos los incautos que votan por ellos, ¡juntos! Pero educados no son. Lo que les interesa es el poder y el apartamiento de los que no son como ellos. Si fueran educados no querrían que las humanidades no se enseñen, que no se aprenda filosofía, ni artes, ni literatura. ¿Cómo es que no entienden que no todo el mundo puede ni debe de ser un empresario o una persona de negocios? ¿Cómo es que no entienden que ser educado le puede beneficiar en el mundo de la globalización en el que hay que saber geografía y apreciar otras culturas?

El problema de la falta de educación ya está irreversiblemente entronizado en la sociedad. Hay muchos que entienden que esas cosas del trivio y el quadrivium eran solo pertinentes a la edad media. Lo peor es que muchos dentro de la academia también así lo piensan y se han aliado a los que quieren destruir la universidad removiendo de ella la  misión de educar las personas para, además de para tener un trabajo, prepararse para mejorar la sociedad en que viven aprendiendo a expresarse y comportarse.

Ahora lo importante es tener poder sin poder. Como ese es el caso hay que recurrir al absolutismo. La mantra es: se hace porque lo digo; y para conseguir lo que quiero miento constantemente: lo hago porque tengo poder. Se oye en el norte en los mentirosos patológicos que rodean al asno de oro en sus múltiples residencias de oro y que lo defienden con la mentira que abunda a la mentira. Aquí se escucha de la boca de personas que rodean al gobernador que imitan a los que ven en CBS, NBC, CNN y MSNBC y sacan pecho desde su ignorancia. La mentira y la mediocridad se han apoderado de nuestro mundo. Ahora se va a la universidad para ver si se termina sacando pecho ante la sociedad allegándose al poder. Una posibilidad es dedicarse a la política y ser electo por una sociedad que, en detrimento propio, no entiende el bien común. Y hacerse rico en el proceso.

También ha desaparecido la vergüenza de ser descubierto diciendo mentiras en público. Se usan otras mentiras o frases huecas que intentan ocultar la mentira y se esgrimen argumentos de pacotilla e ilógicos cuando se enfrentan a aquellos que le destapan las falsedades. Estas sustituyen la aceptación de que dijeron un embuste. Como ejemplo doy las tonterías dichas por Kellyanne Conway sobre la situación con Michael Flynn (otro mentiroso) como consejero de seguridad nacional, y los embustes y las patrañas de la administración local sobre el nombramiento y sueldo de la nueva secretaria de educación. Sainete que va directamente a comprobar el menosprecio que hay con la educación en Puerto Rico. En su ensayo “The Decay of Lying” Oscar Wilde dijo: “El verdadero mentiroso se puede reconocer por sus pronunciamientos francos y sin miedo, su suprema irresponsabilidad, su saludable y natural desdén por cualquier prueba.” En otras palabras, como llaman hoy día las mentiras y los embustes, recurren a “hechos o verdades alternas”.

4.

Algo hay mucho más misterioso en esta situación de la universidad como bien común que no entiendo, de la misma forma que no entiendo a los que votan bajo el efecto irreductible de un aparente deseo de suicidio. Es como una maldición incomprensible que los más que sufren por los postulados ideológicos de los republicanos allá y los anexionistas aquí sigan votando por ellos. Esta situación va más allá de mi conocimiento y mi capacidad como médico y educador. Lo que sí entiendo es que el dato nos da la solución potencial. La única forma de detener el ataque contra la educación y los programas sociales es no elegir a los que capitanean dicha campaña. No que elegir a un gobierno competente vaya a cambiarlo todo de inmediato, pero es un buen comienzo.

La locura de estar cada cuatro años cambiándolo todo en el país en general y en la UPR en particular no ofrecen estabilidad y seguirá hundiéndolo todo en el país. Se necesita un gobierno incluyente que por mucho tiempo se dedique únicamente a resolver los problemas económicos de la isla, atendiendo en particular la situación de la deuda, para así atajar la emigración y mejorar la salud y la educación. Se necesitan académicos de talla con destrezas administrativas para mejorar la UPR y rescatar su función de bien común. La universidad debiera liberarse lo más que pueda de influencias políticas y el gobierno debiera darle respaldo incondicional manteniendo sus manos fuera de la UPR y los vaivenes académicos, sobre los que entiende poco.

Creo absolutamente en la libertad de cátedra, pero también creo que la facultad debe demostrar su valía produciendo conocimiento, investigando y publicando. Entiendo que para contribuir al bien común hay que verdaderamente permitir el flujo de ideas y enseñarle a los estudiantes a pensar por sí solos estimulándolos a retar lo que se dice en clase, no por dar una opinión, sino por usar argumentos lógicos y consecuentes para que puedan hacerlo así cuando salgan al mundo. Ayudaría que hubiera para todos los estudiantes una clase de ética, de modo que, para el bien común tengamos, por dar algunos ejemplos, humanistas, científicos, ingenieros y hombres de negocios éticos.

5.

El problema, como todos sabemos, es fiscal; es el caso en todos lados. El presidente universitario visitante dio su ejemplo: una reducción de casi 70% de su presupuesto de $25 millones (que no incluye sueldos) le deja el restante para hacer lo mismo que hacía antes para el mismo número de estudiantes. El dinero que fluye a las universidades públicas (como la nuestra) proviene del gobierno estatal, donativos federales, matrícula, fondo dotal y, en algunos casos que se pueden contar con los dedos de una mano, patentes y licencias de productos generados por la investigación en la institución.

En el caso de la UPR las fuentes de ingreso son fundamentalmente dos. Los estimados de ingreso para el año fiscal 2016-17 indican que 89.2% proviene del gobierno ($902,429,000) y 10.8% ($109,400,00) de ingresos propios, que incluye $84,400,000 de pagos de matrícula. Con la enorme deuda que confronta el país y la intención de la presente administración de pagar los intereses de los bonos que flotaron irresponsablemente algunos gobiernos, estos estimados de ingresos puede que resulten ser menores.

La inclinación administrativa gubernamental es aumentar los costos de matrícula del estudiantado teniendo en cuenta los ingresos de los padres (buena suerte con esto). Reducir los gastos sería otro componente de una ecuación obvia que incluye incrementar los ingresos de otras fuentes que no sean la matrícula. Se habla también de darle “autonomía” a los recintos “para que puedan generar más ingresos”, algo que no entiendo, a menos que en “verdad alterna” quiera decir venderlos o privatizarlos. Aunque ayudaría tener un fondo dotal robusto y entradas millonarias de regalías de patentes y licencias, ese no es el caso de la UPR. La idea de que resolviendo el estatus político (ser estado) se corrige el problema económico es absurda (hablen con la gente de Mississippi), además aunque ese fuera el caso (la estadidad) no podemos esperar a que eso ocurra porque puede ser nunca.

No hay una solución simple, pero si hay que reconocer que a corto plazo reducciones en gastos y aumento de matrícula parecen ser inevitables. Es la dirección en la que marcha la Junta de Supervisión Fiscal en relación a la UPR (El Nuevo Día, 15 de febrero de 2017). El gobierno supuestamente se opone, pero no sabemos si ese reto a la Junta es verdadero o es puro teatro político (El síndrome “Don’t push it”) .

6.

El presidente visitante se refirió a “Arizona State University” como un ejemplo de éxito de una universidad pública en estos tiempos adversos. Sepan que la matrícula para los más de 82,000 estudiantes es $10,000 por año para los residentes del estado y $25,000 para los no residentes. Arizona colinda con cinco estados. Resalta en particular California de donde provienen muchos de sus estudiantes. El visitante no dijo que UPR debiera modelarse pensando en ASU, y espero que así lo hayan entendido los administradores universitarios que allí estaban. Es evidente que una universidad en EE.UU. puede tratar una serie de modelos que nosotros como isla no podemos ni pensar. Los administradores universitarios tendrán que pensar mucho y con mentes despejadas para poder enfrentar lo que se avecina. La falta de dinero no puede estrangular la institución.