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Ayer, viernes 10 de octubre, el Premio Nobel de la Paz fue concedido a Malala Yousafzai, la joven paquistaní de diecisiete años que ha dedicado y arriesgado su corta vida por exigir el derecho a la educación de todas las niñas. Compartió el honor con Kailash Satyarthi, un ingeniero eléctrico de 60 años que ha combatido la esclavitud y el trabajo infantil en su país, la India, con una pasión y entrega dignas de tan alto fin. Ambos creen que cada niño y cada niña es, en la expresión kantiana, un fin en sí mismo y, por consiguiente, no deben ser peones de sus familias, ni de sus Estados, ni de la religión de sus padres, ni tampoco, añado yo, del capital que desde temprano se entromete en sus vidas de diversas maneras. A unos los explota en haciendas de cacao y a otros los seduce malsanamente con sus golosinas. Para Malala y para Kailash el compromiso con cada niño y niña conlleva algo más que asegurar sus vidas y su salud, meta básica que ni aquí, ni allá, ni en buena parte del mundo, aún logramos. Comprometerse con los niños y las niñas, independientemente de sus diferencias y dificultades, requiere apostar por sus sueños, ayudarles a descubrir sus habilidades y potenciar sus perspectivas únicas. Para lograrlo, la sociedad adulta debe ofrecerles la más variadas posibilidades para su educación, entre las cuales asistir a la escuela solo debe ser una actividad entre otras. A propósito de la hermosa expresión de Malala en su discurso el año pasado ante el pleno de las Naciones Unidas—”Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”— propongo que dejemos por un momento de hablar (¿mal?) de los maestros y hablemos no del lápiz, ni del niño sino de la importancia que tiene el acceso a los libros tanto dentro como fuera de las aulas escolares.

Kailash Satyarthi y Malala Yousafzai

Kailash Satyarthi y Malala Yousafzai

II

Cuando un periodista radial le preguntó a Aida Díaz sobre las vistas públicas de la recién creada Comisión Especial para la Transformación Administrativa y Operacional del Sistema de Educación de Puerto Rico, Doña Aida le respondió diciendo que deseaba de todo corazón que descubrieran lo que ella y tantos otros ya sabían. Entre esos secretos a voces, como la falta de un currículo uniforme, estaba la ausencia de libros que los niños y jóvenes pudieran utilizar en el salón y llevar a sus hogares. ¿Cómo queremos que nuestros estudiantes logren las destrezas de comprensión de lectura si le asignamos libros que no están disponibles para los estudiantes?, comentaba Doña Aida. Lo decía con la tranquilidad de quien señala algo obvio y además sabido. Me enteré ese día que los libros de texto son una especie en extinción y que las obras literarias para llevar a casa, reliquias del pasado. No hay libros en todas las escuelas y si los hay no dan para todos los alumnos o no están asignados en todas las materias. Mi hija, quien asiste a una escuela pública a las que van jóvenes de todos los rincones de nuestro país, recuerda una sola novela y una sola obra de teatro asignadas en clase. Dos obras en tres semestres de su escuela superior. Por supuesto, cada familia asumió la responsabilidad de conseguirlas. ¿Dónde, si tampoco hay librerías?, me pregunté. Cuando me animé a averiguar qué hizo para leerlas, me contestó con el mismo tono con el que Doña Aida reportaba lo obvio: “Mamá, las compré por Kindle.” Claro, del mismo modo que consigue casi todos los libros que devora y después reseña en el desayuno desde que cerraron el Borders de su infancia para abrir una tienda de ropa de cama.

Hasta ese día que escuché a Doña Aida no se me había ocurrido preguntarle a mi hija por los libros de sus clases. Los pensaba allí, en un armario con llave, como en mi infancia. Tan indiscutibles e indisputables como la pizarra o los pupitres o el maestro y el lápiz que hacen falta en cada esquina para cambiar el mundo, como profesa Malala. Nada que ver. Mi hija me contó de las modalidades en su grado para hacer uso de los libros disponibles. A veces el maestro utiliza parte del tiempo de la clase para repartir los textos entre los estudiantes y permitirles copiar con afilado lápiz los ejercicios de asignación. En otros cursos, grupos de tres estudiantes comparten el preciado libro y terminado el proceso de copiar, de nuevo, los ejercicios, pasan el libro a otro grupo de tres alumnos. Los que lo reciben último tienen menos tiempo para completar la tarea. Otro profesor numera y presta ocasionalmente alguna de las copias del libro que utiliza o algún otro como referencia. Eso sí, me dijo mi hija, los estudiantes que toman el curso de física tienen libros y además son ¡dos!. ¿Los compran ellos?, le pregunté. No, me respondió; son de la escuela. De todos modos, añadió con la generosidad que la caracteriza, siempre podemos acudir a la biblioteca escolar que abre de 9:00 am a 4:00 pm y en donde hay un ejemplar de cada libro utilizado en cada curso. (En el mismo horario en el que los estudiantes están en clase, acoto, menos generosa que mi hija.) Estoy segura que tener una biblioteca con los libros en uso por cada maestro debe ser un privilegio con el que no cuentan todos los estudiantes en nuestro país. Debe ser que este privilegio corresponde a las que hace cuatro años se denominaron Escuelas del Siglo XXI. De todos modos, del relato de mi hija se desprendía una ecuación entre libros, lápices, ejercicios y asignaciones que cuestionaba la que he dado por sentada toda la vida y asumo hasta el día de hoy en mi salón de clase: libros, relatos, preguntas, explicaciones, placer. La falta de acceso temprano y continuo al placer de los libros, como al de la música, el teatro, las bellas artes o la educación física empobrece y dificulta la vida de por vida.

III

La Feria del Libro de Francfort le fue dedicada el pasado fin de semana a Finlandia, ese joven país de cinco millones de habitantes que fue un ducado ruso hasta 1917. Además de los miles de lagos e islas que caracterizan su topografía, Finlandia ha salpicado sus centros urbanos con la construcción de una red de 948 bibliotecas públicas. En Finlandia hay tres veces más bibliotecas que municipios. Es decir, Finlandia cuenta con 17 bibliotecas gratuitas por cada 100,000 habitantes. Para aquellos que viven lejos de alguna biblioteca recurre a más de un centenar y medio de biblio-buses que hacen visitas frecuentes a las comunidades alejadas de esta formidable red de placer e información. Para los que habitan alguna de las miles de islas en su territorio tienen un barco-biblioteca que recorre los innumerables fiordos cuando el tiempo lo permite. Finlandia incluso provee servicios bibliotecarios a los finlandeses en el extranjero. Así de en serio se toman los derechos culturales de sus ciudadanos.

Para hacernos una idea con referentes locales, imaginemos que en cada zona metropolitana de nuestro país, en Mayagüez, por ejemplo, la gente tuviese acceso a 17 bibliotecas distintas abiertas a todo el público y que en Cabo Rojo, con la mitad de la población de un área metropolitana, pudieran acudir a otras 8. Imaginemos también que estas bibliotecas son lugares acogedores, algunas incluso edificaciones notables desde la perspectiva arquitectónica y que otras están abiertas al público 24 horas, ofreciendo servicios variados: desde los más básicos, como internet de alta velocidad, hasta los más complejos, como una agenda cultural completa en sus salas de exposición y anfiteatros. Imaginemos que estas bibliotecas son espacios para la construcción de ciudadanía con salas de reunión que todo el mundo pueda solicitar para lo que quieran discutir, compartir o proponer, que estos espacios pueden ser utilizados incluso para trabajar y en donde cualquiera puede pasar el tiempo necesario para la tarea a mano porque algunas cuentan con servicios de cafetería, diversas actividades para niños y hasta saunas. Esta es la versión finlandesa de estar entre la “esquina de la felicidad y la salud”. Sin chucherías.

Los finlandeses pensaron el sistema de bibliotecas, construido después de la Segunda Guerra Mundial, como un componente indispensable de su laureado sistema de educación pública y al que, junto a las escuelas, le correspondía hacer valer la igualdad en materia de educación y acceso a los bienes culturales. A diferencia de la escuela, la biblioteca acompaña a cada finlandés desde antes de su educación pre-escolar —la educación es obligatoria solo desde los siete hasta los dieciséis años— hasta su muerte. El libre acceso para toda la población implica el indiscutible reconocimiento de que las afinidades culturales e intelectuales se desarrollan durante toda una vida y que ni los procesos de aprendizaje ni el cultivo de una misma se detienen con la obtención de ningún grado. En esto residen los derechos culturales. La biblioteca finlandesa está pensada como un centro de conocimiento y esparcimiento para todas las edades, independientemente de las limitaciones físicas que pueda tener el usuario y en el cual se ofrece a todos acceso a libros impresos y digitales, revistas, periódicos y cómics en varios idiomas, además de partituras y grabaciones musicales y películas. Es también un lugar de encuentro donde se puede ir a conocer gente o a estar a solas junto a los demás. En la biblioteca se pueden tomar clases variadas, pedir prestado un instrumento musical, una obra de arte que nos acompañe en casa o una máquina de coser. También ofrece gratis libros donados y decomisados, lo cual la convierte en un centro de acopio y reutilización de diversos artefactos culturales.

Las estadísticas del gobierno revelan que cada finlandés visita al menos una de las bibliotecas públicas cada 5 semanas y hace un promedio de 18 préstamos al año. Ochenta por ciento de los finlandeses se consideran usuarios regulares y setenta por ciento de los que contestaron una encuesta gubernamental consideran que el sistema de bibliotecas contribuye en algo o considerablemente a su calidad de vida. Cuando se publicaron las estadísticas acerca de cual es el promedio de libros que leen al año ciudadanos de distintos países, los finlandeses atribuían su altísimo promedio de 47 libros a la red de bibliotecas públicas a las que tienen acceso. Leer casi todo un libro por semana. Esto es una sociedad que puede mantener una economía basada en la información y el conocimiento sin que suene a slogan.

La biblioteca finlandesa es un espacio público intergeneracional que acoge tanto intereses individuales como comunitarios; que constituye para toda la ciudadanía una alternativa gratuita y variada de ocio; que sirve como un diverso centro cultural y que constantemente potencia el sistema educativo en todos sus niveles. No es difícil imaginar otros beneficios. Imaginemos que significaría para cada uno de nosotros el contar a lo largo de nuestras vidas con un lugar de reunión y discusión que nos provee variados estímulos culturales, estéticos e intelectuales. Imaginemos los efectos sobre la participación ciudadana que tendrían a la corta y a la larga espacios como estos.

Para terminar, y en honor a los dos Premios Nobel que hermanan la paz con la educación y reconocen la importancia de los libros para esta última, ¿podríamos hablar de cómo lograr en nuestro país una temprana, continua y variada exposición a los libros? ¿Podría ser que los libros en las escuelas no sirvan solo para hacer asignaciones o copiar ejercicios? ¿Podríamos pensar en otras estrategias para promover la lectura y actividades afines allende la emplazada escuela o los atribulados maestros? Apuesto que sí.

  • Elvin Blanco

    Y que vendan cervezas, pa’ eso de movilizar la lengua y compartir lo leido.

  • Anayra

    Gracias a usted, José.

    Como le comentaba a Marisol, estoy segura que hay docenas de especialistas que pueden sugerirnos maneras de ampliar el acceso a materiales de lectura y multiplicar las experiencias de modelaje que hacen falta para generar lectores.

    La universidad obliga a los estudiantes a leer lo asignado y a buscar otras lecturas por su cuenta. No sé si estamos teniendo el éxito esperado. No sé si nuestros estudiantes siguen leyendo después de graduarse. No creo que haya estadísticas sobre el promedio de libros leídos por estudiante durante un año académico, mucho menos por habitante durante un año natural. ¿Podríamos contestarnos, al menos institucionalmente, estas preguntas? Por supuesto. ¿Como país? También, aunque con mayor dificultad. ¿Deberíamos intentar respuestas y proyectos? Sin lugar a dudas.

    Muchos saludos.

  • jose

    Qué buen escrito. Tan pertinente para Puerto Rico. Escribió lo que siento y se lo agradezco.
    Me pregunto si la existencia de bibliotecas públicas fomenta la lectura. Quiero creer que sí. Pero me temo que no. Hace poco una estudiante peruana, de intercambio en la UPR, me dijo que sentía que aquí se propiciaba el estudio gracias al acceso a Internet y la manera en como los profesores conseguían libros por ese medio para los estudiantes.
    De cualquier forma añoro las bibliotecas de otras ciudades y creo que son lugares que deben existir con independencia de criterios eficientistas.
    Quizá podríamos comenzar por utilizar las bibliotecas que nos quedan dentro del Recinto de Río Piedras, que amplíen sus horarios y que se abran a la comunidad no universitaria, que la colección de circulación no esté cerrada para caminar por sus anaqueles y que el usuario no sea tratado como sospechoso por solicitar un libro prestado (es preferible que se roben los libros a que se los coman los hongos).
    Además, debemos exigir que se abra la Carnegie de San Juan.

    Gracias el escrito,
    josé

  • Marisol Ramos

    Gracias por escribir un artículo tan necesario! De veras que las cosas ha cambiado para lo peor en la educación en PR, porque cuando yo era estudiante, alla en los 70s y 80s, en la escuela publica, todos teníamos textos escolares con cuentos y leyendas y leíamos muchísimos! En la superior me acuerdo haber leído Isla Cerrera, La Carreta, Tuntún de Pasa y Griferia, etc. Lo que tu cuentas da mucha, pero mucha tristeza pero no sorprende. Los políticos se llena la boca hablando de la educación pero nunca apoyan a la educación en lo mas mínimo, incluyendo en las cosas mas básicas. La lectura es fundamental para el desarrollo de ciudadana/os responsables y dispuestos a trabajar por su familia, sus compueblanos, su nación. Las bibliotecas juntos con las escuelas son elementos indispensables para apoyar el mejoramiento de todos los miembros de nuestra sociedad. Yo soy una bibliotecaria trabajando en los EEUU por muchos años y siempre me
    he sorprendido de la falta de un sistema público de bibliotecas en
    Puerto Rico. El hecho de que la biblioteca Carnegie sigue todavía cerrada por tantos años–una biblioteca que esta en la Capital del país–es emblemático de la ceguera de nuestros políticas sobre la necesidad de ver a la educación como un derecho humano!

    Por consiguiente, en lo que esperamos que el gobierno haga su deber, deberíamos como ciudadanos tomar la iniciativa y empezar bibliotecas comunitarias, por el pueblo y para el pueblo. Mira, si en México un señor decidió crear el Biblioburro (http://biblioburro.blogspot.com/)–una serie de bibliotecas ambulantes en la espalda de burros–para traer a pueblos rurales y remotos libros a sus habitantes, nosotros en PR podemos hacer algo así y mejor 🙂 Podemos seguir el ejemplo de Saturce es Ley y traer el cambio nosotros mismo sin depender del gobierno–porque si esperamos por ellos a que hagan algo es como esperar que Colón baje el dedo como dice el refrán–sabemos que es su responsabilidad pero mientras sigan votando por los mismo corruptos al poder, nada va a cambiar.

    En todo caso, gracias por crear consciencia en tu artículo.

    Marisol Ramos

    • Anayra

      Gracias Marisol por su lectura y comentarios y por la referencia al Biblioburro. Conocía de las bibliotecas vecinales en forma de faro en la ciudad de Curitiba, Brasil y de bibliotecas rodantes en triciclos en Perú, pero no había leído sobre los biblioburros.

      Necesitamos más exposición y acceso a la lectura y a los libros. Me temo, como comenta José (arriba) que además de la cultura material que hace falta, también hace falta experiencias de modelaje. Estoy segura que los educadores y los especialistas, como usted, en bibliotecas e información, pueden sugerirnos hojas de ruta para lograr ambas metas.

      Sin lugar a dudas, la Universidad de Puerto Rico debe ser una aliada en este proyecto.

      Muchos saludos.

  • Claudio Raúl Cruz Núñez

    Saludos. Muy cierto Anayra. Y que fácil es abrir negocios de vender alcohol aquí en Puertorro. Te dan la patente vía expreso.

    • Anayra

      Saludos Claudio.

      Cada vez que el gobierno anuncia otra medida para cuadrar la caja fiscal, como con el reciente Powerball, me pregunto cuándo es que volveremos a una política pública dictada por lo que es bueno para los habitantes, en particular para los más débiles, y no bueno para las arcas de Hacienda o para los que se benefician en nuestras narices sin pudor alguno.

      El actual Presidente de El Salvador, Sanchez Cerén, quien además de Vicepresidente fungía como Ministro de Educación—había sido antes maestro sindicalista— ganó, entre otras cosas, por haberse asegurado que cada niño(a) tuviera útiles para la escuela. Hasta entonces un verdadero lujo para la mayoría de las familias.

      Un día de estos escribamos colectivamente la lista de las obviedades que tan bien ignoramos.

  • elf

    Muy bueno, Anayra. Me contestaste una pregunta que
    hace tiempo me hacía: ¿Por qué es que los estudiantes universitarios, en su
    mayoría, temen escribir en sus propios libros? Cuando les pedía que leyeran un cuento y lo subrayaran y marcaran, me asombraba que 1) no lo hacían 2) los que lo hacían tenían una fotocopia del cuento. Claro, si los libros son escasos, no los tratamos como amigos sino como objetos de museo. También ahora me explico porqué tantos estudiantes simplemente NO compran los libros asignados. Se ha perdido la costumbre de Tener, de POSEER
    esos artefactos que alguna vez fueran preciados entre los universitarios. Tal vez, como bien sugieres es en la falta de libros ( o el acceso a) que estriba realmente las fallas en nuestro sistema de educación.

    • Anayra

      Gracias Elf, por pasar por aquí.

      A ver si podemos pensar la educación más allá de la escuela, sobre todo después de la resaca que nos dio al comparamos con los que obtienen los primeros lugares en las pruebas PISA.

      Es como pensar la justicia allende los tribunales, la salud antes del hospital, la seguridad sin la policía, la transportación a pesar de los autos…en fin, la vida entera sin las instituciones que le ofrecían soportes y que amenazan con colapsar de ¿cansancio?

      Un abrazo.