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Lo Nuyorican como conmoción*


Arlene Gottfried

Arlene Gottfried

¿Habrá un momento más Nuyorican que éste? Mientras una delegación de escritores puertorriqueños nos representaba [whatever that means] en la más reciente edición de la Feria Internacional del Libro en Venezuela, Willie Perdomo, poeta Nuyorican, ofrecía una lectura y taller de poesía en la UPR. A propósito de la visita de la delegación puertorriqueña a Caracas, Eduardo Lalo, afirmó en un discurso titulado “La última reja”1 lo siguiente:

Sé, sin embargo, que la marginación, la desmemoria, la invisibilización de nuestros ancestros literarios es imposible de justificar. Por ellos, con ellos, estamos aquí y ahora ante ustedes en Caracas. De la fuerza y el testimonio de su obra y del dolor de su ninguneo, nace la nuestra. Por nuestros muertos estamos aquí y somos felices al comprobar al fin que sus palabras son leídas sin prejuicios. Por fin se aquilata lo que nuestra palabra tiene de empecinamiento, de voluntad, de dureza. Por fin se percibe la humanidad honda y trágica que contiene la literatura de una isla doblemente conquistada.

Durante su charla con estudiantes y facultad, Perdomo, cuyos predecesores Nuyorican [Pietri, Piñero, Thomas, Esteves, Brandon] no figuran en el inventario de ancestros literarios al que se refería Lalo, dijo algo así como: “I’m a New York poet, and a Puerto Rican poet, a caribbean poet, a Black poet, a pan-African poet”. Esto en respuesta a una pregunta de un miembro del público que indagaba, con cierto tono de incredulidad, si él verdaderamente se consideraba un poeta de la ciudad de Nueva York o de la isla. Sobre la isla, Lalo, en una ponencia titulada “Puerto Rico como condición”2 ofrecida en octubre pasado en el marco de la conferencia de la Puerto Rican Studies Association en Denver, postuló lo siguiente:

El Puerto Rico de comienzos del siglo XXI ha quedado marcado por un fenómeno poco común: por primera vez en su historia demográfica la población se ha reducido y todos los indicadores apuntan a que esta tendencia continuará. Desde hace unos años, según los censos, vivirían en Estados Unidos más personas que se identifican como puertorriqueños que en su territorio de origen. Puerto Rico es un país dividido.

Perdomo, quien vive en New Hampshire y se crió en East Harlem, dijo sobre Puerto Rico: “You don’t know how happy I am to be here these 48 hours. It’s cold up there”. Todos y todas reímos. Luego las y los estudiantes presentes compartieron sus poemas con el escritor visitante. Fue un rato híper-agradable. En cambio, cuando Lalo pronunció su discurso en Denver, el público—en su mayoría profesores y profesoras puertorriqueñas radicadas en los Estados Unidos—permanecieron breve e incómodamente en silencio. Según Lalo:

Un puertorriqueño es un sistema de divisiones y distancias, de ahí su comodidad para lo tribal político, para lo tribal de clase. Divide, distánciate, excluye para ser, es su máxima cartesiana. Achica, vacía para ser menos y así individualmente destacarse más. La emigración participa también de estas fuerzas: el puertorriqueño lleva su estructura de divisiones a su nuevo espacio y la reubica. A diferencia de otros grupos migratorios, apenas se organiza para unirse y ser o parecer más fuerte. La división lo llevó al exilio, bajo ésta vivirá en él, a ésta regresará si un día vuelve a la isla.

Cuando el público en Denver rompió su silencio, relataron y resaltaron las luchas de grupos y comunidades puertorriqueñas dentro y fuera de la academia para asegurar mayores derechos, recursos, visibilidad y reconocimiento tanto para sus prácticas culturales como su producción de conocimiento. Hablaron de estos eventos, a la Dworkin, como “tarjetas de triunfo”. De más está decir que el intercambio entre Lalo y el público fue en extremo tenso y extraño. Nadie se rió. En Denver, además, hacía frio. Como, intuyo, lo hará en New Hampshire y en Nueva York. Por lo que me atrevería a decir que, sin duda, el clima nos divide como puertorriqueños en la isla y en la diáspora. La pregunta es quién nos representa. La contestación, sin duda, es que Lalo no nos representa. Esto porque es nuestro escritor menos Nuyorican. No me refiero a su trasfondo personal como migrante, ni a la promoción literaria de la que forma parte, sino a la mirada que posa sobre ese sujeto puertorriqueño. Me explicaré. Prometido.

Urayoán Noel en In Visible Movement: Nuyorican Poetry from the Sixties to Slam (University of Iowa Press, 2014)hace una cronología y cartografía comentadas de la poesía Nuyorican desde sus inicios hasta la pasada década. Se trata de un inventario alterno, si se quiere, de nuestros ancestros y ancestras literarias—repleto de anécdotas de forajidos, como Pedro Pietri y Adal Maldonado, quienes en nombre de El Spirit Republic de Puerto Rico, emitieron pasaportes falsos. Maravillosamente inútiles e invisibles fuera de los contornos difusos de una comunidad poética, imaginada a partir de las particularidades y condiciones de vida de una comunidad en extremo real de puertorriqueños y puertorriqueñas trasplantadas a lo largo del siglo veinte. Noel ágil y astutamente echa mano [de la mano de Juan Flores, a quien homenajeamos hoy] de un rico registro [literario, histórico, político y afectivo] de performances dentro y fuera de los márgenes del papel donde quedaron plasmadas, según arguye, las voces y los cuerpos de los poetas, así como el cuerpo [imaginado y real] de la comunidad que ha hecho las veces de interlocutora fiel a lo largo de estas últimas seis décadas. Noel escribe:

As members of a community that had historically been by turns invisible (inadequately represented in mainstream institutionalized spaces) and visible in all the wrong ways (racialized, stereotyped, depicted as an ethnographic other), Nuyorican poets took it upon themselves to create poems and performances that would avoid easy answers to question of visibility and representation, from the punch lines of Pedro Pietri to the abject raps of Miguel Piñero.

What I am proposing is partly an understanding of poetry as revisionism: operating across page and stage, Nuyorican poets question conventional ways of reading and relating and the institutional forces through which these are normalized. (xxii-xxiii)

Lo maravillosamente esperanzador de la propuesta Nuyorican, según leída por Urayoán, es que la invisibilidad, en el sentido histórico-político a la que ha sido sometida la comunidad puertorriqueña en Nueva York, mirada desde el mainstream estadounidense como desde el isleño, y la invisibilidad relativa de lo Nuyorican como producto cultural en la industria del libro aquí y allá, no ha sido abordada por sus productores como dictamen o diagnosis, sino como punto de partida para la enunciación y la invención. Aquí conviene traer a memoria no solo a Juan, Miguel, Milagros, Olga, Manuel que seguirán muriendo por siempre en el “Puerto Rican Obituary” de Pietri, desconocidos y derrotados por la ciudad; sino que también conviene recordar [o imaginar de la mano de Noel en este libro] a Pietri repartiendo condones en las calles de Manhattan mientras el Sida causaba estragos entre la población. Es tan trágico todo. O tan cómico, sobre todo cuando traemos a memoria la letra de “El Spanglish National Anthem” de Pedro: “En mi Viejo San Juan/ they raise the price of pan/ so I fly to Manhattan”. Pedro lo escribió en el 1993. Si estuviera vivo hoy día para hacer el remix sería “so I fly to Kissimmee”. Es tan cómico todo. Y tan trágico. Y paradójicamente, tan esperanzador, ¡carajo! Escribe Noel sobre Pietri:

…to say (as many do) that you had to see Pietri live (alive) to get a full sense of his poetics is to emphasize the way his performances stressed the value of the irreproducible. In addition, his insistence on self-publishing, on disseminating his work in person via homemade limited editions, and in noncirculating forms such as object poems, performances, and installations, also point to this commitment to irreproducibility. (25)

Se me ocurre que esto es lo que se le escapa a Lalo. Ni Puerto Rico, ni Nueva York, ni la migración son una condición a ser diagnosticada en la literatura. No son más que los espacios y las travesías a las que sometemos y/o son sometidos nuestros cuerpos conmocionados. Como tales, son irreproducibles. Se pueden narrar, cómo no. Y poetizar. De forma trágica, cómica y/o disparatada. Y en cada performance, según detalla Urayoán en su libro, tanto el sujeto que poetiza, como la comunidad que hace las veces de su interlocutora, cambian. Un puertorriqueño jamás podría ser un sistema de divisiones o distancias, puesto que un puertorriqueño no es más que el sujeto que en ocasiones escapa del frío, y en otras del calor. Ahora bien, ni el frío ni el calor son condiciones definitorias en su vida ni en su poesía. Es más complicado y difuso que eso, por supuesto. Y si leemos a Urayoán cuidadosamente, tendríamos que decir que la poesía Nuyorican ha abordado (jugado con) esa complicación mejor que ninguna otra promoción literaria en Puerto Rico. Esto, quizá, porque contrario a Lalo, no diagnostica ni al individuo ni al colectivo. Más bien posa su mirada sobre su(s) cuerpo(s) en solidaridad. Se preocupa por ellos. De nuevo, pensemos en el Pietri de la vida real repartiendo condones en las calles de Manhattan. También pensemos en el Pietri del poema “Spotlight at the Nuyorican Poets Café” de Perdomo entregándole un condón al autor justo antes de que éste se trepara en tarima a leer: “Practice safe poetry tonight./ You never know what you might/ Catch up there”. ¿Habrá un momento más Nuyorican que éste? Nos dice Urayoán:

Nuyorican poetry is less a programmatic movement—hence my avoidance of the term the Nuyorican movement—than a multiplicity of voices speaking in one breath, joined by a decolonial sensibility and a commitment to a public (counter)culture of poetry. (xxvi)

Lo que es decir que los y las poetas Nuyorican tampoco nos representan. Eso nunca ha sido parte de su propuesta. Pero sí nos ven mejor, y nos leen mejor, y nos entienden mejor. Pues la suya es una poética— para citar a Urayoán citando a Clemente Soto Vélez—de la “kreatibidad de la ingobernabilidad”. Hablemos pues de nuevas y lúdicas formas de evitar hacer diagnósticos de otros/de nosotros en lo que escribimos y en lo que leemos. Hablemos mejor de nuestros cuerpos—bajo el frío, bajo el sol—que no se están quietos. Al fin y al cabo, no se trata de una enfermedad, sino de complejos y confusos movimientos a través de la historia. Hablemos también de los libros que ya no se consiguen [los de Pietri, los de Lima] ni en Nueva York, ni en Río Piedras, ni en Kissimmee. Se trata aquí de “mercancías” malamente repartidas entre cercanías difíciles, incómodas y disparatadas, más que de divisiones y distancias. Hablemos, seriamente, de la insistencia en un discurso sobre la invisibilidad de la literatura de un país que a su vez invisibiliza toda una tradición literaria. Llamémosle a ese país Puerto Rico sin condición. Identifiquemos a la poesía Nuyorican como un punto ciego en el mapa de nuestras letras. Y juguemos a trazar las líneas de contacto, afecto y conflicto entre las comunidades allá y las de acá. En esas líneas coloquemos nuestros cuerpos [reales, textuales]. Y de la mano de Juan Flores, de la mano de Urayoán falsifiquemos los documentos necesarios, para probar que sí, que existen ancestros y ancestras de nombres Juan, Miguel, Milagros, Olga, Manuel. Como existimos nosotros y nosotras, sus herederos y herederas. Es quizás esta maravillosa y esperanzadora verdad lo único que nos representa.

* Texto leído como antesala a la conferencia “El archivo elusivo: Pedro Pietri y la poesía Nuyorican” de Urayoán Noel, como parte de la IV Jornada Humanidades es Arte y Cultura: Sonido, imagen, cuerpo y letra, el 26 de marzo de 2015 en la UPR.

  1. http://www.80grados.net/la-ultima-reja/ []
  2. http://www.80grados.net/puerto-rico-como-condicion/ []

  • Baron Oshima

    Lalo=Malo, por que incomoda. Provoca silencio.
    Perdomo=Bueno, por que nos hace sentir bien. Mueve a la risa.
    Aja… Asi de facil. Ahora ya se a cual de ellos dar Like o Unlike en Facebook.
    Gracias por su orientacion.

    PS-

    http://cmap.javeriana.edu.co/servlet/SBReadResourceServlet?rid=1KBWV3GHX-14QHSDF-321

  • Juan Carlos Quintero-Herencia

    Me parece que el esfuerzo crítico de este ensayo por atajar las decantaciones o binarismos del Lalo de los “últimos días” se desfondan por el efectismo y la idealización que lo recorre. Creo que el Lalo conferencista y ensayista post-premio R. Gallegos de algún modo ha asumido los temas de “lo puertorriqueño”, “lo universitario”, “lo literario” , como cruz inclusive, y con una voz en ocasiones tremebunda y reverente los piensa. Es sin duda un acierto que Rebollo-Gil lea y apueste por pensar la invisibilidad “como punto de partida para la enunciación y la invención” y no como fatalidad. Cosa que el propio Lalo hace. De igual modo, me parece esperanzadora la apuesta de Rebollo-Gil, en ese final aspavientoso de su ensayo, por un Puerto Rico sin condición. Mi esperanza está relacionada a la búsqueda de otros modos de pensar, de otras maneras de apalabrar la cosa literaria.

    Hablar de lo literario no es siempre enumerar y anotar toda la
    productividad para que esta sea “visible” o generar un contra-ejemplo
    sobre cómo leer y representar La Literatura con gentilicio. En el ensayo de Rebollo-Gil se pasean, con humor y timidez, ideologemas para la incondicionalidad de un tipo de pensamiento crítico que lidie con lo puertorriqueño como una manera de representarlo que nos satisfaga a “todos”. El problema mayor del ensayo es que moviliza una falsa oposición para de inmediato y con agudeza, desautorizarla, pues se le verían las costuras a la creatura. Pero la zapata queda completita. Tragedia o comedia, risa o llanto, aplausos puestos de pie, interlocución o incomodidad y tensión. Quizás debió haber sido Urayoán quien se dirigiera a la PRSA como “Keynote Speaker”. Los modos de rebasar o desalojar la oposición simple son, en este ensayo, a final de cuentas una relocalización del dos, del enfoque binario que se sabe deslegitimado pero es demasiado útil para “pensar” cualquier cosa.

    Nadie nos representa pero sí hay maneras mejores para “hablarle” a la comunidad. Además, el ensayo lo sostiene un relato de superioridades y de simplificaciones, de creencias que el autor da por compartidas o generalizadas: “Pero sí nos ven mejor, y nos leen mejor, y nos entienden mejor. Pues la suya es una poética— para citar a Urayoán citando a Clemente Soto Vélez—de la “kreatibidad de la ingobernabilidad”.” O “Un puertorriqueño jamás podría ser un sistema de divisiones o distancias, puesto que un puertorriqueño no es más que el sujeto que en ocasiones escapa del frío, y en otras del calor.”

    Rubén Ríos Ávila se ha expresado en su libro La raza cómica sobre la relevancia y contemporaneidad de una crítica y política que mire a la cara la especificidad y productividad del “trauma” y del “síntoma” puertorriqueños. Sin síntoma no hay lenguaje, ni cultura. Preguntas y diferendos habría que tener ante ellos. De igual manera no toda condición es una
    condición médica, patológica burda que diseñe o desee “prescripciones” fáciles, y vaya de institución a institución recetando soluciones palmarias. De igual manera, lo trágico o “el derecho a la tragedia” en Lalo no me aparece
    acompañado de una lista de remedios autorizados o curas inmediatas incuestionables. ¿Dónde está en su obra el protocolo diagnosticador, en su sentido médico, a la Pedreira? El sujeto literario en Lalo regresa a esa topología pero creo que su apuesta es otra y no está exenta problemas como toda escritura que vale la pena. De igual manera, ¿qué tipos de visibilidad
    crítica o modos de discutir lo literario privilegia la PRSA? ¿Por qué este episodio de buenas a primera se vuelve (por default) cámara de resonancia para la condición o incondición puertorriqueña o ejemplo de la (in)efectividad crítica o política de las propuetas de Lalo? ¿La decolonialidad? Por favor. Allí una ovación de pie, para mi, hubiera sido una sorpresa perfecta. Quizás reírse a carcajadas hubiera desatado otra conversación.

    Creo también que se podría dejar de lado cierto escamoteo de la negatividad constitutiva de “nuestra” palabra literaria, cierta ideologización funky, antropológica, sociológica simples, que constantemente redecora desde la disciplinariedad, con aureolas patricias a esos “ancestros” que a final de
    cuentas son personajes muertos más allá de los aplausos o las plantillas de representatividad:

    They were born dead
    and they died dead
    (Puerto Rican Obituary)

    La labor no es resucitarlos, ni decir que no han muerto en vano como le gusta tanto a los grandes discursos del poder y a los nacionalismos. Mucho menos confirmar ante la feligresía I am your son, daddy. La crítica es inseparable de una labor de mortificación de los vivos.

    • guillermo

      “My parents were a poetic decision”.
      -Eileen Myles

      “y mira
      I was like whoa
      when the reverend Pedro
      was waiting for me
      with a passport
      and he told me
      that this time
      we gonna die knowing
      how beautiful
      we really are”
      -Willie Perdomo

      Lo esperanzador del poema de Pietri, como de cualquier poema, es el universo inagotable de relecturas— de paso, te agradezco la tuya, que ofreces para contradecir la mía—y de reescrituras. Te convido a que le eches un vistazo a la que hace Perdomo del obituario en “The new boogaloo”. No sé si se trata de una cuestión de padres e hijos, pero se hace visible una genealogía. Nuestros “ancestros literarios” [eso es de Lalo] nunca mueren, si así lo deseamos. A mí, al menos, me gusta escribir desde ese punto de partida. Y sí, creo que es
      compartido. Al menos por aquellos y aquellas que escojo leer [ver a Myles]. Mala mía si te leí mal, o si apenas te he leído.

      • Juan Carlos Quintero-Herencia

        Creo que es Julio Ramos quien ha dicho que la crítica comienza donde termina la metáfora de la familia. No se trata de negar las ricuras y bellezas de nuestras familias y esa palabra de viejito, ancestros. Sino de reconocer el carácter centrípeto, regulador y tarde o temprano restrictivo de este otro avatar de la metáfora de la gran familia puertorriqueña.

        La famila o la esperanza como decisiones ficcionales, poéticas, figurativas son otra cosa, no lo dudo. Pero se trata de eso, actos de palabras, actos literarios, un dar por cierto ciertas verdades donde uno escoge a su (prefiero yo) “precursores” incluso más allá de la identidad que se nos dió. Como bien dices, son deseos. Nada más o nada menos. Incluso el poema que citas tampoco borra la inevitabilidad de la muerte, “sabiendo ahora que somos bellos.” ¿Por qué seguir garateando por apoderarse del espejo donde queremos vernos lindos?

        La “vida” de una escritura es toda una polémica. No creo que los textos sean cosas vivientes. Por el contrario están más cerca de lo que queda después o durante la vida. La escritura literaria es cosa de muertos y de hablar y trabajar con muertos. No sé si los textos son organismos vivientes y si necesitamos de esa lengua organicista o genealógica para pensar en sus reproducciones y relevancia contemporánea. Comemierderías mías.

        Decir que el “Puerto Rican Obituary” es un texto esperanzador como proclamarlo como pesimista me parece una reducción en cualquier dirección que además no añade nada a una conversación que desee lidiar con la política literaria nuestra en sus términos, no en el de nuestras creencias o fes. Habría que recordar las palabras de Pietri sobre la impresión que causó el poema entre los mismos Young Lords y su distancia de los mismos. La esperanza es, muchas veces, una inversión que hace cierto lector(a) ante un texto, en este caso un poema que no negocia los sentidos de esa mortandad como condición impostergable para “localizar” ese lugar inverificable (por genealogías o ideologías) de la belleza puertorriqueña: “Aquí Qué Pasa Power is what’s happening/ Aquí to be called negrito means to be called LOVE”. Se trata de una experiencia del lenguaje, de una lengua mesturada que le niega por igual, la exclusividad, al español como al inglés, como a cualquier genealogía la posibilidad de llegar a ese “aquí”. Este es el lugar que no “saben” ni conocieron jamás Juan, Miguel, Milagros, Olga, Manuel. ”

        “Dead Puerto Ricans/ Who never knew they were Puerto Ricans”

        El tuyo es otro poema, al igual que el de Perdomo. Me leíste muy bien. Saludos.

        • Julio Malpica

          Ya, van a seguir……………..

    • Kahlil Chaar Pérez

      Juan Carlos, me alegra leer tu intervención; como siempre, añades a la discusión matices necesarios, matices mortificadores. La incomodidad en sí no debiera ser un problema, la esperanza que imagina Guillermo en este texto puede partir de las sacudidas de lo incómodo. Y también de la propia estética de Lalo, como muy bien señalas. Aunque comparto la crítica de Guillermo, Marta Aponte y otros sobre el peso representativo de la voz pública de Lalo, en sus textos, se articulan otros caminos hacia la “kreatibidad de la ingobernabilidad”, particularmente en Dónde y en Los pies de San Juan. Aunque no me interpela del todo la obra de Lalo, es más que evidente que su escritura no equivale a un llano regodeo en lo trágico. Todo lo contrario: críticos como Javier Avilés nos han ayudado a reflexionar mejor sobre cómo la negatividad de esa escritura hace posible la producción de un “Puerto Rico sin condición”, más allá de la representatividad. Y, como le mencioné a Miguel Rodríguez Casellas–vale la pena leer sus palabras en torno a este discusión en su muro de FB, llenas de agudeza como siempre–en última instancia la crítica establece algún tipo de diagnóstico, algún tipo de exclusión. Aceptarlo, sin olvidar las implicaciones de nuestras tachaduras y exclusiones, es esencial para la labor de la crítica que se imagina como uno de los nortes de la incondición.

      • Juan Carlos Quintero-Herencia

        Gracias Kahlil. No estoy de acuerdo (tampoco me enoja) con el presupuesto que toda crítica termina recalando en el diagnóstico como exclusión. Si bien una consideración etimológica nos recuerda que diagnóstico puede ser capacidad de reconocer, distinguir o discernir. Críticar o prácticar la crítica no es automáticamente incluir o excluir algo o alguien como decisión consciente del sujeto que escribe. Es quizás una consecuencia inevitable pero no porque se diagnostique esto o aquello. Al menos no es esa la crítica que me interesa o practico. La crítica no la entiendo, ni practico como un modo panorámico hacia la cartografía del todo. Valioso o difícil, sin duda, este tipo de trabajo, dudo de sus consecuencias políticas y éticas. Sabemos que en la lengua crítica puertorriqueña “diágnostico” es un término con una práctica eminentemente disciplinaria (universitaria o médica) que expulsa la complejidad y que acelera los “remedios”, un modo favorecido por la lengua de la cultura del poder isleño.

        Creo que podríamos movernos a conversar sobre “representatividad” o al menos barajear las nociones que manejamos.

        También “la kreatibidad de la ingobernabilidad” no tendría que devenir panacea o consigna, sino problema y espacio de preguntas, incluso condición in-decidible por alguna plantilla genealógica.

        Gracias a ti por la lectura.

        • Kahlil Chaar Pérez

          Gracias a ti, Juan Carlos, por tomarte el tiempo para contestarme. Estamos de acuerdo, pensaba más sobre la lógica de exclusión que se reproduce a nivel inconsciente, las cegueras inevitables que debieran alertarnos precisamente sobre los límites de toda pretensión totalizante, sobre las ínfulas de capturar una condición que sintetice el todo o de localizar una verdad que “nos” represente. Quizás como me dedico al estudio de fantasmas ancestrales, de gran peso para los discursos de la gran familia puertorriqueña, me he obsesionado un poco con el proceso de selección, evaluación y validación de nuestros caballitos de batalla. Y sí, pensaba en el diagnóstico más como un acto de discernimiento, lejos de la mirada disciplinaria portorricensis. Mi (sobre)énfasis en la exclusión se podría diagnosticar–pun intended–como parte de una hermenéutica paranoide, un modo de leer que parte de la sospecha, como diría Eve Kosovsky Sedgwick (versus el modo de leer reparativo al que ella apuesta; pero contrario a lo que la Sedgwick sugiere, para mí ambas orientaciones son inseparables).

          • Juan Carlos Quintero-Herencia

            En nuestro “lar” quien diagnostica con prisa o sin ella, o ve diagnósticos por doquier, cree que el inconsciente no existe o que la lengua que maneja no lo hace hablar a pesar de sus deseos, decisiones y utopías. Al menos Kahlil “estás a salvo”. Já.

            Otro tema. En los días que corren hay una sobreabundancia de diagnósticos. El sentido común parece que no puede funcionar sin ellos. Hacen orilla las “condiciones” y palabras-etiquetas para dejar de escuchar a la tristeza y al dolor irreparables. Estos nombretes sirven para administrar, funcionalizar, narcotizar y hacer productivo$ los síntomas una vez creemos (como quien repite un mantra entre pepas) que son “manageables” Si no te diagnostica el psiquiatra o el ego-psycologist, uno mismo deviene portavoz y autoridad de esos incuestionables diagnósticos que nos regala el discurso de la “salud mental” o conductista.

            Siga por ahí que más abajo vive gente. Abrazo.

    • Javier Avilés Bonilla

      Siempre es grato leerte Juan Carlos, tus lecturas son como la cebolla, tienen capas y añaden sabor. La tiraera contra Lalo es elocuente sobre la pertinencia de su obra, y señalas bien la dificultad de safarse del enfoque binario. Esa es una de las tareas de la crítica, para abrir así la reflexión sobre las representatividades. ¿Por qué el gesto crítico en Puerto Rico toma la forma (con frecuencia) de levantar cada piedra a ver si encontramos a Pedreira ahí escondido? ¿Por qué se habla de “metáforas madre” y “diagnósticos” como si fueran descrubrimientos hermenéuticos que solucionan los abordajes? En fin, que the plot thickens, y la crítica no debe detenerse.

      • Juan Carlos Quintero-Herencia

        Saludos Javier y gracias por las flores, incluida la de la cebolla. Así rápido. Creo que este retorno zombie de Pedreira es sintomático (ups) de la supervivencia de un modo puertorriqueño de la conversación literaria que ha naturalizado una plantilla de Insularismo a través de más de una institución. La idea de que la literatura puertorriqueña tarde o temprano “nos representa”. Por eso cuando se celebraba en los 90’s y early 2000 que ya la cosa identitaria o nacional no era una preocupación importante de los noveles manifesté mi desacuerdo. Creo que es rastreable esa ecuación todavía: Escritura literaria-espejo-genealogía del país, lo que somos y cómo somos. El problema, para mi, no es dejar de leer a Pedreira sino seguir leyendo de la misma manera incluso el feed de Facebook. O creer que la potencia política de la literatura de algún modo es genealógica, patrimonial.

  • Jossianna Arroyo

    Buen ensayo Guillermo. Y, si bien es cierto que no buscas las oposiciones acá, entre Lalo y Perdomo, los silencios incómodos de Denver, y la conversación que se produjo luego entre Eduardo y el público, creo que lo ameritan. Recuerdo que el discurso de Lalo esa noche se centró, más bien, en una crítica de la “condición” puertorriqueña, desde la incomodidad de la palabra, aquella palabra que ha sido creada, manoseada, gastada y monumentalizada en el nacionalismo cultural puertorriqueño, en los años del muñocismo y el ELA. Veo la incomodidad del público como un momento de espejo que se abría no sólo a la diáspora, sino también a aquellos que siguen apoyando esa visión del ELA y sus narrativas de “consenso” cultural y nacional.

  • PiensoYo

    Rebollo hace con Lalo lo mismo que hizo Rodríguez Casellas con Don Ricardo y Jorge Rigau. ¡Bravo! Ahora la izquierda pop va a hacer nombre igual que los reggaetoneros. ¡Tiraera! ¡Dame pon!

    • Julio Malpica

      Su comentario se parece a los de Rodner Figueroa. Le sugiero los canalize a traves de People en espanol.

  • Cecilio Barrios

    Tal vez el problema con este ensayo se origina en que postula como dicotomía la percepción de un grupo que reacciona con preguntas y muestras de poesías a Perdomo y otro grupo que reacciona con silencio a Lalo, en dos lugares donde los autores están trasplantados: del frio al calor y del calor al frío. O quizá el problema sea la figuración de Perdomo como repartidor de condones en la calle y de Lalo como repartidor de “diagnósticos” en el proscenio. Más problematico aún resulta el intento de deslegitimación de una narrativa, la de Lalo, y de la autenticación de una performativa, la de Perdomo. Y es que contraponerlos es una tarea dislocada y adversarial originada en la superficialidad de un binarismo imaginario, si bien, estridente. Se le escapa a Rebollo que los espacios literarios no tienen que seguir ninguna ruta en particular ni agendas temáticas específicas, mucho menos procurar aceptación o aprobación de audiencias. Formularlo de esa manera no solo es reduccionista sino que también refleja algo de agencia de controversias e inquietudes como algo indeseable y no lo opuesto. Si Lalo causa malestar y Perdomo provoca empatía, pues: ¿y qué?

  • Marisel Moreno

    Guillermo, gracias por el artículo. Me transportó a ese momento de gran incomodidad después del discurso de Lalo en Denver. Como alguien que también se ha dedicado a tratar de que el público de la isla valore la literatura de nuestra diáspora a través de mis publicaciones, te agradezco muchísimo tus palabras, especialmente estas: “Identifiquemos a la poesía Nuyorican como un punto ciego en el mapa de nuestras letras. Y juguemos a trazar las líneas de contacto, afecto y conflicto entre las comunidades allá y las de acá.”

  • Marithelma

    Excelente reflexión. Me alegra mucho no haber estado en Denver.

  • Bruno Soreno

    No solo se ve lo que se permite ver sino lo que se quiere. Lalo ve lo mismo por todos lados. Su triste visión de rayos X diagnostica, intenta visibilizar la condición, el trauma, la llaga imaginaria. Ve esa tendencia a la división como algo endémico, fenotípico y genotípico del puertorriqueño. De lo puertorriqueño. ?Que hay de nuevo ahí? Un carajo. Es la más (y menos) novedosa reformulación de la metáfora matriz (así la llama Marta Aponte, entre otras) del puertorriqueño. Basta ya de diagnósticos. Eduardo: !Goza tu síntoma!

  • Kahlil Chaar-Pérez

    Guillermo, simpatizo mucho con tu crítica de Eduardo Lalo, especialmente sobre el afán de diagnosticar que acompaña la mirada trágica de su escritura. Al mismo tiempo, creo que estás siendo un poco injusto al imponer una oposición entre Lalo y Perdomo. Aunque no soy “fan”, sí creo que en la estética de Lalo podemos encontrar instancias de apertura afectiva a lo corpóreo en su sentido más difuso y radical. Estas instancias, como la mejor literatura nuyorican, también apunta a una temporalidad que trastoca los límites del historicismo nacional y el populismo nacionalista, trazando “complejos y confusos movimientos a través de la historia”.

    Por otro lado, el afán de visibilizar la poesía nuyorican, de celebrar su importancia y complejidad y de trazar sus conexiones y tensiones con Puerto Rico es necesario. Pero me pregunto si este afán no corre el riesgo de caer en una visión romántica de los escritores nuyorican. Dentro del registro de este tipo de crítica, ¿es posible cuestionarnos sobre los posibles límites de la estética nuyorican? Pienso por ejemplo en aquellas instancias donde sí existe un impulso de diagnóstico social, donde se entrevé una retórica moralizante que apuesta a una sola “verdad”, esperanzadora o trágica, de la experiencia puertorriqueña en EEUU.

    • guillermo

      Querido Kahlil:

      Para nada intereso “imponer una oposición” entre Lalo y Perdomo. Opongo sus comentarios. Y soy injusto con Willie en tanto tomo sus respuestas breves, espontáneas a preguntas del público en una lectura, para contraponerlas a aquellos argumentos de Lalo
      contenidos en sus dos discursos publicados. Esto para decir que el default setting en los discursos de Lalo me parece híper-problemático toda vez que impone una manera demasiado restrictiva de mirar al “sujeto puertorriqueño” en la isla y en la diáspora. Los comentarios de Willie, en cambio, establecen un punto de partida mucho más accesible y abierto para la indagación, la interpretación y la invención: “allá hace frío, aquí calor”. Pendejísimo, claro. Pero esperanzador en tanto permite variedad de posibles formas para pensarnos/los.

      En cuanto a lo de la crítica nuyorican, ahí está el libro de Ura. Me parece que eso mismo, en gran parte, es lo que
      intenta hacer. Un abrazo, gmo

      • Kahlil Chaar Pérez

        Gotcha, Guillermo. Yo también apuesto a la esperanza de esa apertura a la que aludes, aunque no sé si necesariamente lo “accesible” es un modo ideal para articular esa apertura, del mismo modo que tampoco pienso que el impulso de lo difícil articula de forma a priori ese espacio al que apuestas. Algo que interesa en tu crítica y que se podría desarrollar es la recepción de tanto Lalo como Perdomo: delinear cómo sus discursos y estéticas viajan y circulan, cómo se reconfiguran dentro de distintos espacios (Lalo en Argentina y Venezuela, Perdomo en el mainstream estadounidense, etc.)

        Una última cosita: sobre PRSA y la incomodidad que produce el diagnóstico de Lalo no podemos olvidar que es un espacio donde lo literario tradicionalmente no ha tenido un rol protagónico. Parte de esa incomodidad se asocia a cómo toma tribuna Lalo, como voz de lo puertorriqueño, entendido especialmente desde la isla. En el peso trágico de esa voz está el peso de representación (pienso también en cómo la masculinidad forma parte de esta performance pública, en conexión a la inscripción del otro femenino en sus textos, que para mí tiene ecos de la tradición francesa, el Amour Fou de Bréton, la nouvelle vague masculina…). El tema de la voz representativa me recuerda una cita que acabo de leer del poeta afroamericano Terrance Hayes en una entrevista con el New York Times, sobre RZA de Wu Tang Clan: “Not that he was representing hip-hop or black people or that he was from New York, it was that he was RZA, that he was so at home in himself,” he said. “I’m just interested in being present, not in being representative of anything.”

        http://www.nytimes.com/2015/03/29/magazine/galaxies-inside-his-head-poet-terrance-hayes.html?action=click&pgtype=Homepage&version=Moth-Visible&module=inside-nyt-region&region=inside-nyt-region&WT.nav=inside-nyt-region

  • Gerardo Torres Rivera

    Quién es o no es puertorriqueño y cuáles son los parámetros que definen las fronteras de dicha puertorriqueñidad es tema para escribir y hablar por mucho rato. Yo, un jíbaro que salió con su diploma de la high hace casi cincuenta años, directito de lo cerros de Jájome (antes de que la chicquería se apoderara de esas tierras) para los niuyores, sin pasar por Rio Piedras, San Ignacio o El Ateneo, no encuentra nada en común con Lalo, mucho menos con Pietri o cualquiera de los niuyoricans.

    Sus experiencias y sus textos me parecen interesantes, algunos geniales, pero significan tanto para mí como lo que escribe cualquier escritor de cualquier sitio. Los textos que reflejan las vidas de aquellos de nosotros que no hablamos Spanglish ni tampoco hablamos el español culto de la isla han sido prejuiciadamente retratadas y distorsionadas por el paternalismo y elitismo de las Ana Lydia Vega, el Luis Rafael Sánchez o el Pedro Juan Soto; también han sido excluidas por los niuyoricans o representadas con una benevolencia y folklorismo de cafetín que, al menos para mí, ofenden a nuesta humanidad.

  • Larry La Fountain

    ¡Fantástico! Comparto las opiniones de Guillermo Rebollo Gil. Protesté los comentarios de Eduardo Lalo en su charla magistral en la conferencia de la Puerto Rican Studies Association (PRSA) en Denver el año pasado y celebro la publicación del importante libro de Urayoán Noel. Por pura casualidad acabamos de auspiciar o participar de las visitas de Miguel Algarín (fundador del Nuyorican Poets Café) y de Martín Espada aquí en Ann Arbor y fue una experiencia increíble. La puertorriqueñidad de Espada es fascinante, compleja y diversa. Mantiene viva la posibilidad y el sueño de la utopía, no porque viva en las nubes, sino porque se ha comprometido con el cambio social y la justicia.

  • Javier Avilés Bonilla

    Aquí de lo que se habla es de representación, cómo se alude a los cuerpos, quién alude, cuáles son los mecanismos para tachar un discurso, y, si es posible forjar la letra desde esa tachadura. Rebollo ha leído mal a Lalo, o quizá “mal” sea un término inadecuado ya que Rebollo es sin duda un intelectual competente; pero su campo de visión no es lo suficientemente amplio. Lalo representa para la literatura puertorriqueña actual lo que Ramos Otero representó en su momento (“si Borikén es la misma que te obligó al exilio / sacrifícala” -estoy citando de oído, quizá la cita no sea precisa) Es irrelevante que Perdomo haya puesto a gozar a su audiencia y Lalo haya hecho sufrir de tensión a la suya, eso es un abordaje esencialista, como si la literatura fuera solo un campo para registrar diferentes intérvalos afectivos y no un espacio para hacer resonar las incomodidades que produce la observación del presente. Parece que Rebollo se aviene a la definición clásica de los literatos puertorriqueños, tan “maravillosa y esperanzadora”, de que si un texto no te hace gozar entonces no sirve para nada. Importa un carajo que la audiencia de Lalo haya estado más tensa que una convención de extreñidos intentando expulsar uno de guayaba; el campo de los enunciados gratificantes es vasto, Rebollo debería buscar ahí alguno que le parezca óptimo. Pero si realmente le preocupa la instancia de los cuerpos en las letras puertorriqueñas, le recomiendo que vuelva a “donde”, “Las ciudades invisibles” y a “El deseo del lápiz”, la procesión de cuerpos es sobrecogedora, hace pensar en “Página en blanco y staccato”. Un texto debería incomodarte, hacer algo con tu mirada, de tal forma que observar sea una aventura que siempre pueda renovarse. Para Rebollo, Lalo no nos representa, para mí en cambio significó una ventana hacia una forma textual que siendo extrictamente local lograba expandirse hacia lo global, una trinchera de resistencia literaria desde la que se podía aguantar el empuje indiferenciador de la invisibilidad.

  • Astigmatismo

    Un buen ensayo. Por un lado, escuchando a Lalo últimamente, me sorprendo que esté reviviendo, desde otras latitudes, el asunto de “lo puertorriqueño” cuando yo, personalmente, pensaba que estábamos más allá. Por otro, y más relacionado a el texto de Gil, me pregunto hasta cuándo podremos hablar de la literatura nuyorican como una literatura ignorada cuando, a nivel institucional, en la UPR leí literatura nuyorican desde que entré a principio de los 2000s, y gran parte de los estudios académicos sobre literatura puertorriqueña contemporánea son sobre autores “de allá afuera” o los mismos autores tradicionales puertorriqueños de siempre. Eso en lo institucional, en lo personal, conozco a muy pocos autores o poetas o críticos activos hoy que no conozcan la literatura nuyorican, o que la ignoren intencionalmente–más allá de que piensen o no un imperativo moralista leerla por algún compromiso que parece que no va both ways.

    Tal vez se trate de una cuestión generacional (después de todo, Rebollo está refiriéndose a Lalo y Perdomo).