Inicio » 80grados, Arte, Cultura

Miyuca


foto suministrada INpuertorico

Miyuca, sí, Miyuca. No conozco a nadie que la llamara María Emilia, aunque sí a muchos que le decían “la doctora.” No era de extrañar, pues en aquél último tercio del siglo pasado era rarísimo que un artista plástico, hombre o mujer, tuviera estudios y títulos doctorales. Pero como nos conocimos cuando ninguno de nosotros era doctor ni recetaba, cuando ambos nos iniciábamos en las artes, comenzando por las teatrales, en específico, las escenográficas, para mí ella era y sigue siendo Miyuca y para ella yo era y sigo siendo Tony.

Ninguno de los dos nos alejamos por completo del teatro y de aquella vocación original. Porque Miyuca hizo de la Oficina de Artes Plásticas del Instituto de Cultura Puertorriqueña que ella creó y del Museo de Arte Contemporáneo, su creación posterior el escenario de las artes visuales al que dedicó lo mejor de sus esfuerzos por décadas.

 

miyuca

María E. Somoza en Nueva York, 1971.

Tras bastidores, fuera de escena, y como dice el amigo Arcadio Díaz Quiñones quien me enseñó el significado original de la palabra “obscena” que es “fuera de escena,” allí quedó su excelente obra gráfica, sus memorables aguafuertes, trabajos literalmente obscenos que raras veces, hasta su reciente y bellamente discreta retrospectiva se asomaron al proscenio para recibir el merecido aplauso de su público.

 

Y estas aguafuertes por su delicadeza tan acuática como aérea revelan el por qué de su presencia tras bastidores. Son imágenes que muestran mas que la esencia, el aura, mas que las palabras, el aliento, mas que el decir, el callar. La materialidad de estos trabajos se reduce a las rugosas superficies y lacerantes técnicas. Su espíritu, por el contrario, sigue siendo evanescente, su sentido, secreto aún para la autora. A la par de dirigir instituciones culturales, en su escaso tiempo libre, Miyuca trabajaba en la oscuridad bruñendo luz en los metales, ensombreciendo paisajes y profundidades marinas, revelando en la penumbra atisbos del fuego fantasmal que la consumía.

No se cuántas veces la conminé a dejar de una vez por todas la gestión cultural y dedicarse de lleno a su pasión casi secreta para la cual estaba excepcionalmente dotada. Celosa de su criatura museística, se negaba a asomarse al escenario de su creación, a recibir el reconocimiento merecido a su oficio de tinieblas. Pudo hacerlo, por fin, y antes de retirarse de modo definitivo de la luz que nos hermana, nos regaló su reveladora mirada retrospectiva en el escenario del Museo de Américas.

Es justo que este homenaje a su memoria sea aquí en el Museo de Arte Contemporáneo que se benefició de sus notables esfuerzos, de su pasión empresarial por las artes y los artistas boricuas. Es aquí, en este proscenio detrás del cual tanto tiempo permaneció oculta, donde hoy la celebramos en su doble función, en ese desdoblamiento doloroso y fructífero ya por siempre unido en la finalidad que el tiempo otorga.

¡Aplausos, por favor!

Evocación, aguafuerte, 1986.