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Pequeños nativos y bellezas renegridas


The Museum of the Old Colony de Pablo Delano

¿A qué temer? ¿A qué se teme? ¿Quiénes son los yanquis para temerles? ¿Por qué temerles?
-Pedro Albizu Campos, 8 de abril de 1950, Cabo Rojo.

TUSA.
-Macha Colón

En una caricatura publicada en 1898 en el Cincinnati Post, observamos una fila compuesta por criaturas sub-humanas, entre las que se destaca una que bosteza aparatosamente durante la lectura de un texto titulado “How to Become a Good American”. Este espécimen aparece identificado como “Puerto Rico”. La imagen sintetiza la percepción que de los puertorriqueños se tiene en los Estados Unidos. La imagen también concreta el reto que a partir de 1898 enfrentarán los puertorriqueños, y particularmente los artistas, de crear una autoimagen fidedigna para impugnar las falsificaciones degradantes del colonizador. Ante la imposición de la dictadura colonial, los artistas puertorriqueños responderán con la celebración de su cultura, con una definición propia en oposición a la del colonizador, con la creación de estrategias pictóricas útiles en la lucha por la descolonización.

Estos creadores post 1898 levantan su trabajo sobre una sólida zapata. La clase artística e intelectual puertorriqueña de entre siglos fue una sumamente culta, con figuras excepcionales como Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances, por mencionar tan solo dos intelectuales y activistas de alcance internacional, entre tantos otros. Para el 1898, el arte en Puerto Rico ya había experimentado la presencia de dos grandes maestros sin parangón en el resto de Latinoamérica, José Campeche y Francisco Oller. El primero ya pintaba en San Juan antes de la fundación de los Estados Unidos de América. Al segundo le toca vivir el trauma de la invasión y la subsiguiente imposición de un gobierno militar. Para este momento, sin embargo, Oller era un artista maduro que, además de haber dado la obra fundacional del arte puertorriqueño, El velorio (1893), ya había creado escuela. Por ello, los artistas de las décadas subsiguientes no desarrollarán su obra en un vacío, que no sea aquel de la ausencia de instituciones que apoyen su quehacer.

Para contrarrestar la imagen fabricada por el conquistador estadounidense de la “criatura sub-humana puertorriqueña”, los artistas ofrecieron respuestas de una variada creatividad. Por un lado, una obstinada celebración del paisaje y el paisanaje; por otro lado, un persistente diálogo formal con todas las variantes del arte occidental, en una irrebatible demostración de que el arte puertorriqueño forma parte de esa tradición. Añádase a lo anterior la constante introducción en pinturas y esculturas de figuras y eventos históricos como testimonio de una voluntariosa colectividad que rehúsa anularse. En todas estas manifestaciones plásticas advertimos la misión consciente de negar la imagen colonizadora de una colorida islita tropical poblada por “nativos” salvajes e ignorantes. Al mismo tiempo, se reitera la necesidad de mirarnos sin las gríngolas impuestas por el invasor. En esas celebraciones de los puertorriqueños que es nuestro arte, se hace obligatorio compartir el espacio crítico, para devolverle a los espectadores la responsabilidad de las imágenes, en un proceso de descolonización del pensamiento.

Una ojeada somera a nuestro arte del siglo veinte revela una postura crítica hacia la existencia de los puertorriqueños, inmersos en un degradante sistema colonial. Menos urgente, sin embargo, es la mirada hacia el colonizador. Si bien encontramos imágenes en las que aparecen figuras—usualmente monstruosas—de poder estadounidense, el énfasis está puesto en las consecuencias de ese poder sobre los puertorriqueños, no en los poderosos. La diferencia aquí es significativa. Recordemos que en dos de las obras más valiosas de la crítica colonial—Discurso sobre el colonialismo de Aimé Césaire y Retrato del colonizado de Albert Memmi—sus autores inician la discusión con sendos retratos del colonizador, antes de abordar a sus colonizados congéneres. Ambos escritores reconocen que, puesto que es el colonizador quien crea al colonizado, no se puede retratar a este último sin retratar antes al primero. En el arte puertorriqueño, sin embargo, no son frecuentes estos retratos. La diferencia podría deberse a que tanto Césaire como Memmi dirigen sus obras a lectores mayormente europeos, por lo cual devolverle al colonizador su propia imagen es un proyecto crucial; el arte puertorriqueño, en cambio, está creado para un público mayormente puertorriqueño, por lo cual definir a los congéneres resulta una tarea mucho más urgente que la de ocuparse de los invasores. Para nuestros artistas, colocar un espejo frente al colonizador para que este pueda reconocerse no ha sido una prioridad.

Hasta ahora. La situación es conocida: los “aborígenes nativos” se apropian de la cámara del antropólogo para documentarlo. Es esa la estrategia utilizada por Pablo Delano en su instalación fotográfica The Museum of the Old Colony. En vez de retratar y denunciar al colonizador, el artista se silencia y le cede la palabra al imperialista, para que este manifieste su racismo, su sexismo y misoginia en toda su ostentosa arrogancia. Delano se apropia de las fotografías tomadas en Puerto Rico por estadounidenses a principios del siglo veinte y las coloca en su “museo”, para revelar la mentalidad del colonizador tal cual este la define. Como resultado, en las imágenes presentadas por Delano se cumple la sentencia de Césaire, cuando escribe que la colonización “trabaja para descivilizar al colonizador, para embrutecerlo en el sentido literal de la palabra, para degradarlo, para despertar sus recónditos instintos en pos de la codicia, la violencia, el odio racial, el relativismo moral” (15). El artista colonial no tiene necesidad de denunciar nada, pues el colonizador, borracho en su prepotencia, a través de sus fotos y textos acusa abiertamente y sin complejos su propia degradación y miseria.

Pablo Delano es un artista nacido, criado y educado en Puerto Rico, y residente en los Estados Unidos. Por décadas ha realizado un trabajo sólidamente plantado en sus raíces puertorriqueñas, cuyo consumo ha sido usualmente estadounidense con poca presencia en la isla. El hecho de que su trabajo haya estado dirigido a un público extranjero quizás explica que, contrario a sus colegas en Puerto Rico, Delano decida volcar su mirada hacia los colonizadores. Como forastero, posee una distancia crítica que le permite observar aquello que para un estadounidense no sería evidente, mucho menos aceptable. Delano se encuentra aquí ante una poco envidiable tarea, la de ventilar los trapos sucios de sus conciudadanos, tan renuentes a aceptar sus miserias, tan dados a pensarse como “buenos vecinos” con benévolos designios. Exhumemos aquí las palabras del general Nelson A. Miles, al dirigir la invasión a Puerto Rico en 1898: “Esto no es una guerra de devastación, sino una guerra que proporcionará a todos, con sus fuerzas navales y militares, las ventajas y prosperidad de la esplendorosa civilización”. Para Miles, para el poder estadounidense, la invasión es un “regalo” a los puertorriqueños, por estimarse ellos como “pueblo civilizador”, “dádiva” a la humanidad. Quitarle la venda a esa deplorable ceguera, mostrarle al emperador que efectivamente anda desnudo es la faena que Delano se ha impuesto.

 

The Museum of the Old Colony utiliza una estrategia muy conocida del arte puertorriqueño, aquella manejada por Oller en El velorio, en la que el artista entrega a los espectadores la tarea de ensamblar partes autónomas, en lo que en otras ocasiones hemos llamado una estrategia descolonizadora. Descolonizadora porque entrega el poder decisional a los espectadores en vez de imponerlo desde afuera; descolonizadora porque estimula a sus espectadores—quienesquiera que sean—a utilizar recursos críticos usualmente adormecidos; descolonizadora, porque aspira a que el mismo opresor reconozca su crimen e inhumanidad, en un proceso no muy distante de las estrategias de lucha de un Gandhi. Como en el caso de Gandhi, este proceso resulta poderoso para el colonizado, quien al reconocer las desgracias e inferioridad moral del colonizador, puede entonces despojarse de su temor a enfrentarlo.

La selección de fotografías que hace Delano para su “museo” muestra la imagen que el hombre blanco construye de aquellos que considera inferiores y de su propiedad. El retrato que de ellos hace es, inevitablemente, el suyo propio. Estas imágenes son el autorretrato involuntario e inconsciente del opresor, quien en su prepotencia no exhibe pudor alguno al destapar su miseria moral, mostrarse racista, sexista, misógino. Particularmente penosas resultan las imágenes de los niños, a los que el invasor les reserva su más maligna mirada.

A estas imágenes, se le añaden los textos. La presencia de textos escritos ha sido constante en el arte puertorriqueño. (Casi como si no tuviéramos fe en las imágenes y confiáramos más en la palabra.) De las plegarias de agradecimiento caligrafiadas por Campeche en sus pinturas, a la denuncia del colonialismo por Oller en su retrato de Baldorioty de Castro, a la extensa producción de grabados y portafolios literarios (Lorenzo Homar, Antonio Martorell, Consuelo Gotay), hasta la producción más reciente (Elsa Meléndez, Osvaldo Budet), el arte puertorriqueño ha incorporado el texto en una apuesta a la palabra como instrumento de reafirmación de una historia común. The Museum of the Old Colony de Delano se une a esa tradición, con un nuevo giro: las palabras, al igual que las imágenes, son las del colonizador. Las mujeres son descritas como “dusky belles” y “muscular half-breeds”; a otros sujetos se les describe con frases tales como “little natives” y “Spanish white trash”. El poder utiliza esas palabras a partir de su prejuicio de que los colonizados, por causa de una supuesta “simpleza” e “insuficiencia” intelectual, no podrán comprenderlas. La instalación de Delano da al traste con tal desvarío, pues transforma las armas del agresor en instrumento de su propia fulminación, para así hacer cumplir el dictum, “odia la opresión, teme al oprimido”.

Las fotos escogidas por el artista para su instalación/ready-made ofrecen también otras revelaciones. Desde los ejemplos iniciales, la violencia aparece como basamento de todo un orden de vida. Las imágenes de la comunidad puertorriqueña son apuntaladas con aquellas en las que se muestra cómo el ejército y la marina estadounidenses, junto a la policía insular, mantienen a raya a los “nativos”. El paisaje, la educación, los eventos sociales, la existencia toda, quedan bajo el hecho concreto de la represión. No hay estado colonial sin violencia, y en esta instalación la violencia define la vida colonizada de los puertorriqueños, cuyo destino parece ser negarse a sí mismos, para convertirse en servidumbre del conquistador.

The Museum of the Old Colony es un proyecto artístico de investigación histórica que ha estado en desarrollo durante varios años. Cada presentación que Delano hace del mismo cambia, tanto en la selección de imágenes como en su cantidad y ordenación. Se han expuesto dos versiones, en Trinidad y Tobago, y en Argentina. La versión que ahora se exhibe en el Centro Rey Juan Carlos I de España, en New York University, prescinde del espacio de la galería de arte para ocupar los pasillos y salas de estudio, como invasión de la cotidianidad de aquellos que utilizan ese espacio. De este modo, Delano nos recuerda que la violencia del coloniaje, el racismo y el sexismo, continuamente nos acompaña. En estos neoliberales tiempos de juntas de control, mantenernos vigilantes y en actitud crítica es la misión de esta pieza, que Delano añade a la preciada tradición de arte anti-colonial puertorriqueño.

*The Museum of the Old Colony se exhibe en New York University, King Juan Carlos I of Spain Center, 53 Washington Square South, hasta el 16 de marzo de 2017.

Obras citadas:

Césaire, Aimé. 2006. Discurso sobre el colonialismo. Madrid: Akal.

Méndez Saavedra, Manuel. 1992. 1898: La Guerra Hispanoamericana en caricaturas. San Juan: Gráfica Metropolitana.

  • Nelson Rivera

    La exhibición se extiende hasta el 12 de mayo de 2017.

  • justmehere

    ♪♪♪ De ahi vengo yo, de ahi vengo yo ♪♪♪