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Poligrafías


A Giannina Braschi, Arturo Ramos Dalmau, Alvan Colón y Rosalba Rolón

Im Grund jeder Name in die Geschichte ich bin.
(«En el fondo soy todos los nombres de la historia».) – F. Nietzsche

Multipliquei-me, para me sentir, / Para me sentir, precisei sentir tudo, / Transbordei, não fiz senão extravasar-me, / Despi-me, entreguei-me, / E há em cada canto da minha alma um altar a um deus diferente. («Me multipliqué para sentirme, / Para sentirme, precisé sentir todo, / Transbordé, no hice si no rebasarme, / Me despedí, me entregué, / Y hay en cada canto de mi alma un altar a un dios diferente».) – Alvaro de Campos

Quien escribe tiene un pasaporte estadounidense (gringo), pero no siente vínculo alguno con los Estados Unidos de América, cuyo nombre eventualmente tendrá que ser The Divided States of America. Sin embargo, esto no le impide admirar y disfrutar de la gran literatura, el gran arte, la música espléndida, los extraordinarios pensadores y la inventiva tecnológica de esa polimórfica cultura que su despiadado régimen económico y racista, anclado en la más sórdida codicia, y responsable histórico de tanta violencia en el mundo, insiste en uniformar y envilecer en base al más pueril de los maniqueísmos y a la sistemática promoción de la ignorancia universal.

Quien escribe nació en la isla de Puerto Rico, invadida y usurpada por el imperio del país cuyo pasaporte detenta (y detesta, del latín destestari: ‘alejar con imprecaciones tomando a los dioses como testigos’.). Sin embargo, tampoco se siente dependiente ni sujeto al país en que le ha tocado nacer. Quizá porque esa sea la manera de compensar el hecho de que Puerto Rico es el único país iberoamericano, y uno de los pocos en el Caribe, que no ha realizado su independencia. La independencia, bien entendida y bien vivida, es un deseo primario de afirmación de sí. La independencia no es una opción. La independencia, sea la de una comunidad (que es un conjunto de singularidades) o la de un singular (que es la condensación de muchas vidas), es la obligación de hacerse cargo de sí mismo. Es un imperativo poético, ético y político. La independencia, y no el nacionalismo, es más necesaria que nunca en un mundo que, como el nuestro, es cada vez más interdependiente en términos culturales, porque en el plano cosmológico y de la lógica de lo viviente, pues lo que nace y muere es tan independiente en virtud de lo singular de cada modo de ser como interdependiente en función de las interacciones de todo lo que llega a ser.

Quien escribe piensa que el llamado Estado Libre Asociado, bajo cuya supuesta formalidad jurídico-política los puertorriqueños han decidido vivir, no es un problema de estatus, como insisten en llamarle los isleños. El problema es la incultura sobre la que se monta esa perversa falacia hemisférica, promovida por la astucia de la ingeniería social, el neo-conductismo y las estrategias del marketing, uno de los pilares del predominio cultural del imperio estadounidense («pinches gringos puñeteros», como reza una canción del grupo musical Molotov). Todo ello ha generado las ilusiones de una engañosa pero en extremo seductora democracia capitalista que hizo de la isla un laboratorio viviente, y que ahora invade el planeta entero. El problema es la confusión crónica – y el crónico endeudamiento –, que ha conducido al pueblo puertorriqueño a creer en todo tipo de promesas, como quien cree en Dios, ignorando así lo propio de la fuerza en común y la rica experiencia histórica que los puertorriqueños han creado para sí, sin que a estas alturas se hayan percatado de ello. El problema es la disgregación, el raquítico individualismo y la impotencia política que perpetúan la confusión y hacen que los puertorriqueños se recreen en la incultura del conformismo y la auto-complacencia. (Incultura: la condición de subordinación que impide vislumbrar el cultivo de la propia inteligencia, y que insiste en reducir el mundo a las patológicas relaciones de dependencia con el poder que impone su dominio, a la manera en que un esclavo vive de la infatuación con el amo, sea odiándolo o amándolo. Ensayemos ese concepto para pensar de otra manera el experimento colonial sui generis que ha sido Puerto Rico.)

Quien escribe se siente parisino cuando regresa a su amado París. Se sienta con Fernando Pessoa, y siente que conversa con su antiguo amigo Ruy Belo, cuando regresa a la entrañable Lisboa. Se siente italiano cuando visita a Dante Alighieri en la intacta Florencia (a pesar de los microcéfalos de las motocicletas), y lee la hermosa lengua que el poeta inventó (Senti, senti: «L’Amor che move il sole e l’altre stelle.»). Se siente berlinés cuando está en Berlín, y piensa en lo que fue y en todo lo que ha pasado en esa nórdica, pero cálida ciudad de la virulenta Alemania. Se siente griego cuando viaja por la antigua Grecia, ella que todavía existe en las entrañas del Hélade (Ο ‘Ελλάς!). Y se conmueve cuando lee y escucha la lengua de Homero. Se imagina que es ruso cuando lee a Dostoievsky o a Mandelstam, o se adentra en una película de Tarkovsky. Se siente vivamente cubano cuando recuerda en sueños el malecón de la Habana. Y se siente mexicano cuando pisa de nuevo el suelo ancestral en el que fue concebido; y porque se enamoró de una mujer de esas tierras, mexicana como el amor. Se siente asiático cuando visita los monasterios del país que lleva el nombre más dulce de Asia oriental: Laos. Se siente japonés cuando lee a Dōgen; o cuando se imagina y sueña con montañas y ríos que nunca ha visto; o cuando canta con la mente y el corazón (小) el Maka Hannia Haramita Shingyo (Sutra del Corazón o Prajñāpāramitā Sutra) como quien viaja por los espacios siderales. Quien escribe entiende que las enseñanzas del Buddha son la cúspide de la sabiduría. Pero por eso mismo no se siente ‘budista’, porque entiende que importa mucho más la experiencia del despertar que la imagen o figura de los que han despertado. Y porque ha podido constatar que la sabiduría es como el viento, que a nada ni a nadie pertenece. Y porque desconfía de todas las instituciones, por más necesarias, ineludibles o inevitables que sean.

Quien escribe siente que pertenece de lleno al país que le acoge en la amistad y el amor, y donde tantas veces ha renacido: España, Iberia, Sefarad (ספרד). Y se siente feliz cuando viaja a Nueva York, porque piensa que allí no pertenece a nada ni a nadie. Porque allí vive una bella historia inconclusa de la comunidad puertorriqueña, y la historia que sigue o la que está por comenzar de tantas otras comunidades del planeta. Y porque puede estar solo en esa ciudad de Nadie, por más que ella también sea la gran cosmópolis del capitalismo, o quizá precisamente por eso. Quien escribe se siente alegre cuando vive en el antiguo San Juan de la querida isla de Puerto Rico, y se percata de la maravilla de ver el mar por todas partes, a la manera de un diáfano naufragio insular. Y se siente perplejo cuando vuelve a la ciudad donde nació con el hermoso nombre bravío que la distingue: Caguax.

Quien escribe entiende que hay que tomar distancia del Estado, del Capital, del Mercado, de la Tecnocracia, de la Institución científica y de toda forma de subyugación y servidumbre, empezando por la de la propia subjetividad. Quien escribe piensa y siente que la condición humana no se debe, en última instancia, a las fronteras, los estados, las naciones o a ninguna estructura de poder que la humanidad haya podido engendrar con ese afán tan suyo de dañarse a sí misma. La condición humana responde a la vida del pensamiento, al ejercicio de la libertad, a las mil y unas formas de convivir con los otros, y de estar consigo mismo, que es el más otro de los otros; al esfuerzo supremo por perseverar en el sendero de la inteligencia y el corazón (道 小). Quien escribe ha hecho de la escritura su manera de morar en la intemperie, y piensa que la lengua en la que escribe es uno de los más nobles legados de su humana condición.

Quien escribe piensa y siente que hay una única senda de la poesía, por más variados y múltiples que sean las formas de encaminarse hacia ese fondo sin fondo que es el horizonte de lo infinito y donde siempre brota una flor. A la manera de una recta que se vuelve curva y de la que nace un círculo en la derivada integral de una fecunda e interminable rectificación. Quien escribe reconoce que hay cerebros, cerebritos y cerebruchos, como ya alguien hace siglos ha dicho. Y que los cerebros son tan variados como los paladares, como también dijo un gran sabio. Pero también piensa que la mente no es solamente un asunto del cerebro, por más cerebro que haga falta para sencillamente decir mente, y no mentir-se.

Quien escribe se esfuerza por vivir día a día, momento a momento, en el gran silencio donde día a día, momento a momento, también se muere. De esa manera confirma el imperturbable y conmovedor corazón de lo real, lo absolutamente indeterminado donde palpitan todos los seres vivos, y que está más allá de la vida y de la muerte.

  • H.Flax

    ¿¡Quién escribe!?

  • Raymond McConnie Zapater

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