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¿Qué hacemos ahora que terminó la orgía?


Reginald Marsh

El título de esta columna es un préstamo del primer capítulo del texto de Jean Baudrillard, La transparencia del mal.  Con esto de la orgía Baudrillard se refería a la explosión de la modernidad, al momento de la liberación en todas las esferas, texto que además, al volver a leerlo después de algún tiempo, me parece muy, pero que muy pertinente a nuestros días.  Acá me voy a referir solamente a la pasada orgía electoral.  Baudrillard afirma que hoy lo que hacemos es simular una liberación.  Quizá tiene razón, pero en lo que a las libertades democráticas se refiere, en aquello de Libertad, Igualdad, Fraternidad, pues sí que esta orgía electoral simula.  ¿Es que todavía esos conceptos tienen algún sentido en nuestra vida política?

No voy a abordar el proceso en los EE.UU., no porque sea muy diferente, sino porque el tiempo, el espacio y la paciencia de los compañeros de 80grados no alcanzarían.  Esa gente del Tea Party, los de Romney que se hacen llamar republicanos (nunca hubo un grupo con nombre más errado) insisten en proyectos pertinentes al mercado capitalista, al sistema financiero, a la inmigración y particularmente a los derechos de las mujeres, que recuerdan los peores tiempos pasados, con la diferencia de que ni vivimos en el pasado ni podemos volver a él; vivimos necesariamente en tiempo presente.  Se trata no solo de anacronismos, de la vida misma de muchas mujeres, sino de derechos y reivindicaciones conquistadas hace muchos años.  Comprender, como bien dice el Nobel Stiglitz, que la economía y la justicia social tienen que ir de la mano, está mucho más allá de sus capacidades de comprensión en unos casos y de sus intereses en todos ellos.  No quisiera ni tener que pensar en lo que significaría para Puerto Rico una victoria de ellos allá y de Fortuño y sus huestes acá.  (Les recuerdo que dado el funcionamiento de los medios como éste, aunque sea en la era de la rapidez cibernética, escribo esta columna un día antes de las elecciones aunque aparecerá algún tiempo después.)

Tampoco tendría el tiempo ni el espacio para hacer un análisis exhaustivo de la situación nacional en lo que respecta esta orgía electoral, nada nuevo en un país donde la gente acostumbra decir que la política es nuestro deporte nacional, pero que sí tiene unos elementos propios en esta ronda.  Solo voy a mencionar algunos de los que me parecen más pertinentes tanto desde mi óptica de profesora en COPU como desde mi observatorio campestre pues ya no puedo decir campesino, algo que casi no existe ya en Puerto Rico.

Comienzo por el papel de los medios.  No voy a exagerar, los hay buenos como Noticel, Bonita Radio, nuestra emisora universitaria, y como no creo en “objetividades” falsas, como 80grados mismo y me perdonan los que se me escapan.  De la tele no voy ni a hablar.  En un país donde una inmundicia como La Comay es el programa de más audiencia lo que necesitamos es cirugía cerebral de emergencia.   ¿Existirán los trasplantes de neuronas?  Prima lo que Debord, Vargas Llosa, el mismo Baudrillard, entre otros, llaman el periodismo del espectáculo.   Conste, nada malo hay con el espectáculo.  A todos nos gusta un buen circo, con excepción de la Reverenda Wanda, no sé cuál apellido adjudicarle si el propio familiar o el popular, a muchos les gusta Lady Gaga, a otros como siempre minoritarios, nos gusta uno como el que nos ofreció recientemente Pro Arte Musical:  poder escuchar en una sola noche los cinco conciertos de violín de Mozart espectacularmente tocados por Rachel Barton Pine.  No, el espectáculo mediático es puramente mercantil, uno que hoy día vende mucho pero hiere la sensibilidad de la gente educada, que no aporta al bienandar político democrático, pues como dice Vargas Llosa:  “. . . el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento , es la pasión universal”.  Lo que da valor a la noticia no es su aportación a la comprensión de lo económico, político, cultural sino su capacidad para entretener, un entretenimiento de orden mercantil:  el cuerpo y la cruz como su adorno, de Maddona, los excesos de Lady Gaga.  Debord, Lipovetzky, el mismo Vargas Llosa coinciden en que hoy la imagen sustituye a la palabra, la ilusión creada por la imagen, sustituye la realidad.  ¿El resultado?  Cada día conocemos menos la realidad, nos entretenemos más con lo iluso, lo supérfluo.

Los medios todos o casi todos, son empresas con fines de lucro y los periodistas que en ellos trabajan para poder vivir tienen que comer y pagar hipotecas igual que cualquier otro trabajador.   Sí, necesitan sus salarios y se merecen mejores salarios.  Para eso hay que vender.  Pero eso no quiere decir que se deba faltar a la deontología, al buen periodismo, al buen gusto, a la labor primordial de los medios que debe ser informar, educar, ofrecer a los ciudadanos los datos necesarios para que puedan conocer la realidad, ejercer una labor crítica conducente a la reflexión.  En un mundo inundado de medios escritos, radiales, televisivos, en la red, en un mundo cibernético que nos ahoga con la información pero donde el conocimiento necesario para comprender esa información cada día es más escasa,  en un mundo donde casi no hay estado alguno en el cual la ciudadanía no esté preocupada con el bajo nivel del sistema educativo, la labor crítica, educativa e informativa que deben ejercer  los medios es quizá más importante que nunca.  Y sin embargo, la lógica del mercado capitalista trabaja en contra de este objetivo.  Y entonces nos quedamos con una profesía autocumplida.  Decimos que la educación es pobre, que no nos prepara para ejercer nuestra función ciudadana, los medios nos ofrecen más de lo mismo, Pit Bull y el bombón de la semana son más importantes que el análisis de los proyectos partidistas –en los casos en que los hay- luego menos, menísimo podemos tener una ciudadanía apta para la participación política, para la democracia.  El pasado martes, día de ir a votar, apareció el siguiente titular en un diario:  “Hoy Tú Decides”.  ¿Habrán pensado alguna vez los lectores electores qué es lo que deciden?  Nada tienen que decir sobre quiénes son los candidatos a puestos electorales, nada que decir sobre los programas electorales ni mucho menos sobre los proyectos políticos, económicos, culturales partidistas para el país, si es que los tienen, la enorme mayoría de los ciudadanos no tiene acceso a los medios para poder expresar sus críticas, la mayoría no tiene la capacidad para comprender la realidad que viven, no porque no puedan alcanzarla sino porque el sistema que les hace creer que crean y aceptan no les permite desarrollar esa capacidad.  Se nos crea una imagen orgiástica de democracia, de participación, pero lo menos que le interesa a los poderosos es la participación real de la ciudadanía.  Mejor que se expresen por Facebook o Twitter los que pueden y tienen acceso a los artilugios cibernéticos -todavía una minoría de nuestra población, si bien creciente- pues a los propios políticos les conviene esa menguada e imbecilizada forma de expresión.

Éstas han sido unas elecciones en las que gran cantidad de votantes, entre ellos muchos, muchos amigos de largo tiempo me han dicho que se trata de escoger entre el malo y el menos malo y que como el malo lo es tanto, van a votar por el menos malo con la esperanza de que sea menos corrupto, de que nos de un respiro.  Vaya, una alternativa bien democrática.  (Si ganan los Populares, espero que recuerden que en gran medida le deberán su triunfuo a los votos de muchos independentistas.)  Pero es que tenemos una ley electoral que bendice, promueve, reproduce el sistema bipartidista.  ¿Podremos soñar con tener representación proporcional algún día para que todas las opciones tengan alguna participación en las esferas del poder político comenzando por la legislativa?  ¿Para que se puedan establecer alianzas por encima del consabido asunto del estatus, alianzas que favorezcan propuestas de mayor justicia social?  ¿Podremos considerar verdaderos proyectos sustentables, democráticos, solidarios para nuestro país en vez de las tonterías propuestas por los enanos intelectuales, más preocupados con engordar sus cuentas de banco que en la justicia social que parecen dominar los partidos de mayoría en este país?  ¿Cuándo vamos a considerar racionalmente y no espectacularmente como lo hacen los medios, el asunto de la empresa más poderosa y rica del país, la narcoempresa?  Talento sí que lo hay:  filósofos, historiadores,  conocedores de la comunicación, economistas, politólogos, sociólogos, psicólogos, artistas plásticos, cineastas, bailarines, teatreros, literatos, músicos, muchos ciudadanos de a pie, sensatos, honestos, inteligentes, que pueden enriquecer con sus ideas nuestros proyectos para este país.  ¿Cuándo los dejaremos trabajar hacia ese fin?  Requieren financiamiento, sí; hubiésemos podido comenzar con los millones que se robaron los del gasoducto.  Si se reducen los “salarios” de asesores, de jefes de gobierno, de tanto arrimado al poder, daría para algo.

Pero no, vivimos muy entretenidos en el vacío que define Baudrillard, la simulación de la orgía del modernismo, un simulacro de liberación, de participación, de democracia.  Pero nos queda futuro, quizá.  Eso es, si somos capaces de comenzar a tratar mejor este planeta contaminado, deshidratado, caliente, enfermo  de tanto que le hemos maltratado.  Quisiera ver que los militantes de los partidos llamados emergentes, los nuevos, mantengan su energía y su creatividad después de la orgía electoral.  Es la única esperanza que veo hoy día.  Necesitamos su visión, su talento creativo.  Necesitamos que junto a ellos se incorporen a producir otras gentes, ciudadanos con vitalidad, con ganas de ayudar a gestar un país verdaderamente justo, solidario, democrático.  Vamos a conferirle algo de realidad a aquella vieja utopía de Libertad, Igualdad, Fraternidad.