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Radical-Izarse


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Diego Cirulli

Preguntas tras los eventos electorales del 2016 en Puerto Rico y los Estados Unidos

Hoy la amenaza no es la pasividad, sino la pseudoactividad, la urgencia de “estar activo”, de “participar”, de enmascarar la vacuidad de lo que ocurre. Las personas intervienen todo el tiempo, “hacen algo”, los académicos participan en debates sin sentido, etc., y lo verdaderamente difícil es retroceder, retirarse. Quienes están en el poder suelen preferir incluso una participación ‘crítica’, un diálogo, al silencio —para embarcarnos en un “diálogo”, para asegurarse de que nuestra ominosa pasividad está quebrada—. En esta constelación, el primer paso verdaderamente crítico (“agresivo”, violento) es abandonarse a la pasividad, rehusarse a participar; este es el necesario primer paso que esclarecerá el terreno de la verdadera actividad, de un acto que cambiará efectivamente las coordenadas de la constelación.
–Slavoj Zizek, La suspensión política de la ética. 2005.

I

Creo que quienes deseamos construir una alternativa de vida y existencia democrática, justa, heterogénea y por qué no, sabrosa, donde quiera que estemos, podríamos aceptar la futilidad de lo que parece ser la cristalización autocomplaciente, entre la izquierda, de un dispositivo consensual de la política hegemónica. Me refiero a un modo de presentar y auto-representar lo radical como un modo salvar la vida y la equidad ante los días que corren. Esta manera de presentarse recorre no pocas izquierdas y parece ser la bisagra mediática donde se articulan “sus alternativas”. ¿No será este gesto, y toda la prisa y mordacidad que ya lo acompañan, la firma misma de su cierre ético e intelectual ante la crisis aguda que experimenta la vida democrática hoy? ¿La negativa a aceptar y paladear la complejidad del asunto? ¿El tejido retórico de una desesperación “auténtica” pero igual intransitiva?

Habría que atravesar hasta sus últimas consecuencias y hacer silencio ante lo que parece ser una demanda absoluta: Ese continuo acto de demostración e inventario de quién es de verdad-beldá-VERDAD, radical, de izquierdas, progresista. La búsqueda de modelos de “acción” fuera y dentro de Puerto Rico antes de concertar una pausa, un silencio y recomenzar con otros modos de “participación”, tal vez otro tipo de conversación, con aquellos que no sean los mismos de siempre. Ese identificar primero, siempre primero, a los que son bona fide, de los nuestros, a los que son de la mata, a los “imprescindibles”, los que siempre están ahí, en la lucha. ¿Qué se está jugando de veras con este gesto? Una hipótesis. La absoluta certeza de que lo radical es evidente, obvio, que esta es la forma superior de hacer política y que solo exhibirla decidirá las batallas democráticas. En demasiados intercambios, este tic nervioso, ensimismado, se reproduce sin pausa y sin reflexión alguna. Eso sin contar el emplegoste que hace con todo tipo de nostalgias, supremacismos morales, síntomas, queda(eras) y, por supuesto, no pocos y muy reales dolores y miedos.

¿Por qué no abandonar este gesto eminentemente identitario? ¿Por qué no tratar otras cosas fuera de ese modo “atrincherado” de pensar y actuar dizque políticamente? Pensar esta “manía” desesperada y resentida, no es meramente escoger un mejor “tono”, ni ensayar una llamada al orden o a la racionalidad justiciera. Se juegan muchas cosas ahí, entre ellas y no es poca cosa, no replicar lo peor del adversario hegemónico. Estas preguntas tampoco significan que se “condena” o se “repudia” lo que diversos sujetos ya han decidido hacer, haremos y harán en las calles y en otros espacios. Tampoco creemos que la crítica en tiempos de crisis o de derrota contribuya a “nuestra debilidad”. Una cosa no quita la otra o ¿ya la izquierda no puede mascar chicle y subir escaleras a la misma vez? Urge, más temprano que tarde, que experimentemos este silencio que antecede y recorre todo cambio traumático y toda crisis, sobre todo ahora que se aproxima, entre otras pesadillas posibles (y hasta peores), una nueva efervescencia anti-intelectual. Como si esto hubiese bajado el volumen en algún momento…

Deponer este modo impermeable de la izquierda de (auto)presentarse es una manera más conversar con todos “esos”, en verdad de escucharlos. Esos que parecen no creer ni le prestan atención a estas demostraciones categóricas de la izquierda. Me parece que esta delirante certeza a la hora de demandar o recetar lo que hay que hacer ya, ahora mismo, sin pensárselo mucho, fue derrotada también en los comicios de noviembre de 2016. Histórica e internacionalmente viene exhibiendo su fracaso político hace bastante tiempo. Pero su vertiginosa reedición, su “regreso” irreflexivo, horas, días después de ese multitudinario abrazo a la verba conservadora y post-fascista de Trump, si bien retrata, en parte, la sorpresa y perplejidad (moral y de clase) en la que se han sumido tantos liberales y no pocos radicales, no deja de ser, al menos para algunos, preocupante. Esta prisa discursiva inscribe, no solo la falta de astucia política ante lo que significa otra derrota más dentro del orden neoliberal actual, sino la denegación palmaria de lo que significa perder en cualquier registro. ¿Qué entiende por “derrota” la izquierda? ¿Qué entiende o no entiende esa izquierda por “participación” política? Poner todos los huevos en la canasta de la alharaca discursiva de lo “radical” es un modo extemporáneo de cargar el arma de la participación política con las mismas balas del “se los dije” o con el “revival” de militancias obtusas y harto fallidas.

¿Es lo radical un bien en sí mismo, una nueva esencia self-evident ajena a la historia, a los cuerpos y a la caducidad? ¿Por qué lo radical tiene que ser siempre una ontología moralizante del presentarse(los) e identificarse(nos)? ¿A quién interpela y dónde hace una diferencia sustantiva hoy? Además, como decía el bueno de Nietzsche, ¿quién se beneficia a fin cuentas con toda esa gama de plantes y capitulaciones “radicales”? ¿Cuán efectiva será la re-edición de esta performance que insiste en exhibir la firma de su ruina política y hasta de su prepotencia, sobre todo (y esto vuela la cabeza) frente a esos mismos que se desean “unidos” y solidarios con “nuestras” causas? Coño, si hasta los boxeadores se cogen un tiempo después de las palizas, desaparecen del “ojo” público y “meditan” sobre su futuro. Eso sí, ¿cuántas veces los hemos visto al final de sus días, en la más abyecta pobreza o físicamente destruidos y nos hemos dicho tristes, siempre tristes: “viste, por no haberse retirado a tiempo”?

14 y 19 de noviembre de 2016
Silver Spring, Maryland

II

Hay quienes sufren cuando lo olvidan,
Hay quienes lloran como niñitos,
Otros apelan a la violencia,
Esa es la lucha por el querer.
–(D.R.) “Hagan silencio”, Roberto Roena y su Apollo Sound

Mijo, cógete un buche nos decían cuando no parábamos de hablar, cuando no soltábamos los topos y nuestro sonsonete atosigaba la atmósfera. Ya como ruego, ya como chiste, ya como sutil tapaboca, en la “recomendación” al buche avanza un deseo de silencio ante ese “yo” que no puede dejar el escenario de su propia voz. Cogerse un buche no era solo hacer silencio, sino escuchar a los demás y sobre todo escucharse con la boca ocupada en tragar. Quien rápido caricaturice toda sugerencia o invitación al silencio y al pensamiento como complicidad conservadora con lo que supone este giro hacia la extrema derecha, se niega a muchas cosas sin duda —algunas quizás hasta loables— pero sobre todo se niega a pensar la insuficiencia del hacer decir de izquierdas en Puerto Rico.

Invitar al silencio es paladear la paradoja y el cuerpo compartido de todo hacer y de todo acto del lenguaje. Resistir este silencio es, además, una negativa a la escucha y un cerrarse palmario ante el otro, ese de quien siempre se sospecha en la arena pública puertorriqueña. Confundir el dudoso cobijo del silencio con la imposición de alguna “moratoria intelectual” (Rodríguez Casellas) que invita a “distanciarse” de la vida política es un chiste de escuela superior o peor, volver a “actuar” desde el mismo lugar de siempre; hacer del disparate, retórica, del maniqueísmo, proposición, de la crítica, aspaviento. Toda reducción que imagina paranoicamente que “pausar” y pensar son operaciones idénticas a renunciar a la política, sin embargo y a pesar de sus destemples, se ha dado cuenta de algo muy cierto, algunos ya no seguimos “haciendo política” al ruidoso modo. Quizás ni nos interesa “hacer política”.

Quizás interesa el pensamiento como un modo de actuar sin pedirle permiso a las fanfarrias de un activismo añejado en barriles rituales o “remozado” con las mejores intenciones. Pensar para algunos es salirse del jueguito de siempre, abandonar la búsqueda de “modelos de acción política” y evitarnos el fantasmeo con sus inminentes criollizaciones boricuas, mientras nadie se atreve a cuestionar la potencialidad política de los indignados y los atletas del patriotismo. Si se reconoce en alguna galaxia mental la terrible, e incluso falsa dicotomía (política) entre hacer y decir ¿por qué seguir suscribiendo esa retórica que presupone la dudosa superioridad del actuar ante el pensar? Ay, la inclusión zángana de la letra “y” entre el “decir” y el “hacer” para demostrar que sabemos de qué estamos hablando… En verdad se sigue manejando una jerarquía incuestionable, burdamente dicotómica, entre lo que significa actuar y pensar. En medio de la derrota reciente y de lo angustiante de los días por venir, seguir pensando que todo silencio o tiempo dedicado al pensamiento es una manera de desmovilizar o a “final de cuentas” de acomodarse entre los poderosos es escenificar ¿de nuevo? la sordera histórica de la izquierda puertorriqueña.

No basta con callarse en conversaciones y programas de radio si ese silencio lo único que oye es su propio pensamiento mientras prepara las palabras que habrán de decirse de inmediato. Volver sinónimos pensamiento con no intervención, con callarse o bajar la cabeza, no sé, es una reducción de todo reflexionar que pregunte por las imposibilidades de interpelación y crecimiento de la izquierda puertorriqueña. Quizás esté pasando otra cosa demasiado íntima como para concederle tiempo a ese silencio y mejor es rápido lavarle la cara a un viejo ideologema anti-intelectual. Quizás no se entienda o no se escuche precisamente lo que ahora se escribe porque se asume que esta invitación al silencio esconde lo que en verdad piensa y hará quien esto escribe. Mis palabras son el camuflaje ambiguo (júm) de mis verdaderas intenciones. Buajajajaja, carcajea el maligno mientras se frota las manos. Dígalo con tranquilidad, no se quede con eso por dentro, en verdad los que necesitan pensar son los demás. Si alguien necesita hablar y pensar son ellos. Lo que está mal en nuestra sociedad se sabe, sabemos todos quiénes son los responsables de este mierdero, eso está más claro que el agua. Pónganse a subir el volumen.

Pero si en otra dirección, es cierto que algunas voces dentro de la izquierda andan preocupadas y ocupadas, en serio, por los modos del actuar político en estos tiempos, y se preguntan cómo resistir las peores “políticas” neoliberales, racistas y nacionalistas que se avecinan, o cómo proteger a los expuestos a dichos embates, ¿por qué no pensar juntos, sin condescendencia, sin golpes de pecho, ni pacaterías sobre los modos de “ellos”, de los “demás”, de actuar ante esta coyuntura? ¿Cómo podemos relacionarnos con las diversas partes políticas y, sobre todo, horror de horrores, mirar a la cara, sin asquito, a todos esos que en medio de esa “hecatombe” democrática han votado por los Roselló y los Trump y escuchar sus razones?

Si de verdad se desea reflexionar sobre la condición famélica de los actos de resistencia, resultados electorales y otras movilizaciones de la izquierda, ya que se admite que no “tenemos” las respuestas, ni se entiende olímpicamente lo que sucede, ¿por qué no hacer silencio, escuchar y pensar el asunto? La negativa a revisar ese actuar umbilical, sectario, de la izquierda puertorriqueña, sus retóricas, su lenguaje y sus modos de relacionarse es un modo de desechar su fracaso dialógico e intelectual en la arena pública. La naturaleza de sus actos es idéntica a la naturaleza de sus palabras. Comparten el mismo cuerpo y producen los mismos efectos, los mismos resultados, incluso electorales. ¿Qué daño les puede hacer usar el coco, si no pueden tan siquiera capitalizar real o simbólicamente un pepino angolo en medio del desprestigio del bipartidismo, la implosión del ELA, la codicia neoliberal o la exposición obscena del cuerpo institucional de la colonia?

This is not about you, nor about me, nor about our images in the mirror. No se puede hablar con los demás si no dejamos de hablar entre nosotros mismos, con la misma gente, repiten, pero ¿para cuándo lo van a dejar? Si nuestro deseo de interlocución está condicionado (consciente o inconscientemente) a que no nos toquen nuestra imagen (política) en el espejo o la bondad indiscutible de nuestras creencias políticas: Game over. El absoluto convencimiento de aquellos que imaginan que su ser y actuar políticos son idénticos a LAS MANERAS “radicales” de mejorar la vida puertorriqueña, con todo rigor, exhibe la herida narcisista donde duele y se rechaza cualquier pregunta, cualquier duda, cualquier distancia. La ausencia de reflexión en torno a la incapacidad de interlocución e interpelación de la izquierda puertorriqueña ya ha dejado de ser pasmosa, para devenir la peor de las vergüenzas ajenas. (A modo de paréntesis me parece importante y aplaudo la declaración del PPT de no salir de inmediato a buscar las firmas para re-inscribir al partido.) Si creen en la política como suma de otros, como confluencia de diferencias y no lo pueden hacer con un mínimo de eficacia ética o intelectual, por favor, qué daño puede suponerles hacer silencio y ponerse a pensar con todos escuchando todos los lenguajes, todas las bocas, incluidas las que signan esta penuria política. ¿De verdad creen que van a proteger a los ya requeté expuestos y golpeados antes, durante y después de los eventos electorales con odas al barrecampo? Si se quiere responder secular, laicamente, sin dogmas cójanse un break de su delirio “concientizador”, dejen ese formatear a “los compañeros” y, por favor, evítense esas mecánicas y simplistas representaciones de los demás.

Reflexionar, ser críticos sin cortapisas y hasta polemizar con criterio y foco no es tipificar culpables, insuficientes, retardados, bocabajos, neoliberales, bulshiteros. Este no escuchar no es una condición hereditaria de la izquierda, es una modalidad impolítica que recorre nuestro ethos ciudadano, es uno de los síntomas de nuestro padecimiento acústico en la arena democrática. Dicen por ahí que pensar allí sobre el presente o sobre cualquier tema es cosa de intelectuales, de acomodados, de joseadores con título, apellidos, cosas de pendejos o de maricones. Nadie nunca se atreve a decir que no sabe, nadie nunca revisa el orden de su discurso, de sus presupuestos y sobre todo, nadie duda en pasear su superioridad moral, tonal e intelectual ante sus adversarios. La izquierda participa de esto sin titubeos, proclamando hasta el cansancio su presumida supremacía intelectual y después se compunge o se sorprende cuando esa mayoría consistentemente le niega el voto o no se solidariza con sus luchas.

Si se quiere al menos contar con la mínima comprensión y  disposición a solidarizarse de parte del “don” o la “doña”, de los frívolos y descerebrados millenials, de los boomers regañones y cobardes, de la escoria del hipsterismo, de los fundamentalistas y siga usted por ahí para abajo, hay que mirarle a la cara a lo que está sucediendo cada vez que se apuesta por este lenguaje. No se trata de convertir estos escenarios en competencias para la demostración de lo que es de izquierda o lo que es progresista, sino detener hoy, al menos, procesos de destrucción y abaratamiento de la vida en común. Y para esto se necesitan cuerpos y otro sentido del volumen. Cómo no interrumpir lo que este lenguaje actualiza, la circunstancia impolítica que crea en la cámara de resonancias que importa. No en la minoritaria y chiquitita, la del 3%, sino en la amplia, en la del tejido social y afectivo de toda una comunidad. El pensamiento político y la interlocución que importa y que se opondrá a lo peor no aparecerán mientras se siga expulsando todo lo anterior y se lo reemplace con una concepción trililí de la “lengua radical” que solo practica la (des)calificación del otro, el “análisis” livianito de relaciones de clase o identidades, la convocatoria a los sectores del sector del sector en el sector de los cuatro gatos y esa predecible retahíla de denostaciones tejida al collar de mi verba iracunda. A nadie se le está pidiendo que esconda o suprima la manera de usar el lenguaje como le venga en gana. Creo, sin embargo, que por donde pasa la política estas decisiones discursivas tienen consecuencias y efectos concretos. ¿Se quiere en verdad pensar en el fracaso de las movilizaciones, convocatorias, en la inanidad de tantos actos de repudio? ¿De verdad creen que una urgente re-edición de todo lo anterior hará una diferencia para que al final del próximo cuatrienio tengamos que soportar, again and again, lo mucho que admiran el poderío verbal, la valentía, la bonhomía o la decencia de los candidatos del PIP o del PPT? #AyMiraBye

Identificar, con el volumen a todo lo que da, lo que está mal en la política puertorriqueña y “desenmascarar a sus cómplices”, señalarlos allá “afuera” nos libera y nos “exculpa”, mientras refuerza una fantasía sectaria que cree haber intervenido críticamente en el estado actual de cosas con solo coleccionar insultos. Me parece que se puede demostrar cuáles son las prácticas que violentan y dañan la vida ciudadana sin privilegiar y concentrar “toda la artillería” en el perfil moral de sus defensores. Es tan simplista decir que los que votaron por Trump son todos neo-nazis, como decir los que votaron por Lúgaro (y votó un paquete de gente) son colmillús neoliberales de extrema derecha. ¿Por qué no dejar atrás todos esos purismos, toda esa pedagogía intransigentemente moral que se confunde con el actuar y la polémica política? ¿Por qué no ponernos a pensar y experimentar con poéticas, narrativas, lenguajes, performances con las cuales dirigirnos a los demás y con los cuales nos hemos presentado en la arena democrática? ¿Por qué no darle singularidad a los contextos donde todo esto adquiere sentido escuchando a las voces que viven y padecen esos espacios? Pero antes que nada, ¿por que no escuchar ese rumoreo, todo ese lenguaje, incluso todo lo que entre la gritería insiste y decide los asuntos. ¿De verdad se quiere “atraer” a “esa gente”?

Los que participen en procesos electorales competirán siempre por un número limitado de votos, los que sueñan masificaciones de sus luchas ¿saben? donde están esas “masas”. ¿Qué cosa habrá hecho o dicho José A. Vargas Vidot para sacar todos esos votos? ¿Cuánto y cómo habrá escuchado? ¿O fue que le subió el volumen a su discurso? Quien propone que lo que necesita con urgencia la vida política puertorriqueña es subir el tono, subirle el volumen a la conversación representa con toda claridad la inexistencia de dicha conversación y su escasa disposición para tenerla si no es en sus términos. Esto sin contar que además contribuye, a pesar de sus mejores deseos, a los niveles de alharaca y sordera que han cristalizado el consenso discursivo en la arena pública puertorriqueña. El abrazo acrítico a la metáfora de la subida de la voz es indicativo, entre otros, de como la izquierda es partícipe de esta sordera histórica que ha naturalizado la garata y la simpleza como la zapata de toda discusión político-pública en Puerto Rico. Sordera que afortunadamente no es absoluta, ni perfecta, como la realidad.

No me parece que las maneras de cambiar la situación política actual puertorriqueña comiencen con una subida de volumen a la conversación. Creo que esto da por sentados o evidentes demasiados asuntos. O todo lo que se discute y se presenta en la arena política es puro silencio, pura no-palabra que nada dice y por supuesto nada hace, o los niveles de confusión y ruido son tales que el único modo de lidiar con ellos es unírseles y pegar a vociferar y que de paso contemplen el tamaño de nuestro encojonamiento. Quien entienda que lo que se necesita hoy en Puerto Rico es subirle el tono a la cosa política, o ya olvidó lo que significa vivir en Puerto Rico, o no escucha lo que dicen las palabras públicas —incluida la afasia—, y tal vez pactó con la alharaca como estado natural de la polémica política. ¿Acaso no son los sordos que no aceptan la realidad de su sordera los que andan pegando gritos?

De todos modos, ¿el sacudimiento de las conciencias, vía la balumba tonal, le ha ganado a las “fuerzas progresistas” solidaridades relevantes? Salgan ya a comprar las tumbacocos, perdón alquilarlas. Parece que somos muchos los que nos criamos en casas donde para hacerse escuchar había que gritar. Eso no es escuchar, mucho menos proponer algo novedoso, radical. Eso es más de lo mismo: imponerse, callar a los demás y amedrentar con el volumen de mi volumen. ¿O es que la izquierda para colmo también ha racionalizado sus centenarias derrotas como injustos tapabocas recibidos de manos del malvado Papi imperial?

Quién puede dudarlo. La situación institucional, social y política de Puerto Rico es de una insuficiencia ética asfixiante. Si se desea cambiar esta situación y no meramente enmendarla o convertirla en el espejo de nuestras utopías, debemos hacer un esfuerzo por dejar protagonizar la conversación o aspirar a concertarla bajo el toldito de Nuestra VeLdad. La desesperación no podrá disolverse con más desesperación. Ya algunos andan salivando ante el apocalipsis, en fila anotados para representar y canalizar el dolor de los maltratados: Deja que a la gente la golpee la calamidad, ya tú veras… Esta profecía “radical”, irresponsable y clasista, bloquea las maneras de relacionarse con todos esos que a fin de cuentas se dice querer del lado de acá de las protestas para zanjar el asunto. La gritería malogra las maneras de escuchar lo que piensan todos esos que “producirán la diferencia”. A ver si se entiende: Escuchar, no a mí, ni a “Mr. Radical”, supone callarse un ratito para poder relacionarse con los demás. Si se parte de la premisa de que ya sabemos lo que dicen o van a decir, y desde dónde y por qué lo dicen, entonces no hay nada que hacer. Por lo tanto ¿por qué seguir clamando por su atención y solidaridad? ¿Por qué empeñarse en “educarlos” y “concientizarlos”?

Dejar ya de “convocarlos”, dejar de “llamarlos” (¡si nadie aparece!) no significa dejar de organizar actos e intervenciones específicas. Admitir que estas convocatorias bien intencionadas terminan siendo confirmaciones simbólicas de la vigencia del credo, las aplauden los convencidos de siempre, el porcentaje cada vez más patético de los “politizados”. Deponer estos “actos” dedicados a la manufactura de un nuevo sujeto político que aparecerá por arte de magia una vez “entienda el mensaje” y el mensaje le entra con mucha gritería, mucho documento interno y mucha consigna. Hay una brecha enorme entre quien habla desde su creencia en torno a “lo que hay que hacer” y ese “penoso pueblo que perpetúa el status quo” o que incluso se abstiene. Oye, que si ese pueblo se abstuvo de votar, se abstuvo de votar por todas las opciones, incluidas las “opciones de izquierda”. Es hora ya de aceptar que las llamadas a movilizarse, a lanzarse a la calle no han construido aún un puente sobre este precipicio.

Perder la tabla ante esta situación, o subestimarla conduce a experimentar otra cosa que poco tiene que ver con el deseo de pensar este impasse y desbloquearlo hacia la libertad y la justicia. ¿Por qué tanta resistencia, entonces, ante esa pausa o silencio, que en resumidas cuentas es condición constitutiva de toda labor de pensamiento? Lo reconozco. Parece que es mayoritaria esa imagen del pensamiento como un gesto enamorado de la apatía, encaramado en su soledad prístina y absoluta. Pausar para pensar, alejarse de la batahola de la insignificancia combatiente no es una “retirada” de la realidad, un abandono de la responsabilidad ciudadana, más bien todo lo contrario. Es reconocer que en mis esfuerzos individuales, entre los cuatros gatos con quien converso, e incluso entre mis creencias y hasta en mi biblioteca no se encuentran las soluciones definitivas que destraben esta obstrucción política. Me temo, y puedo equivocarme, que mucha de esta violencia discursiva, e incluso la impermeabilidad de importantes personajes de la izquierda ante otros modos de pensar el presente, es una reacción defensiva ante el pálpito de que los modos de pensar y hablar que les gustan carecen de legitimidad y sobre todo carecen de autoridad mínima y no producen interlocución alguna.

Habría que abrazar sin aspavientos nuestra extranjería, nuestro carácter exógeno, foráneo, nuestra debilidad, nuestra rareza y defenderlos de cualquier transmutación moral o identitaria y no conformarnos con que nos pasen la manito las buenas conciencias patrióticas, la cultura del poder de turno y hasta el progresismo reciclador de consignas.

III

Bay, bay, ¿se te pasó?
¿Viste?, él es bueno después de todo…

Si lo que se desea es actuar para mejorar las condiciones de vida de todos, creo que habría que considerar que el tema de lo radical es un tema que obsesiona a un grupúsculo de activistas e intelectuales. Si se desea competir por el oído y la solidaridad de sectores mayoritarios en la sociedad puertorriqueña, ganarse esos votos, verlos participar en las “actividades” que transformarían para bien la vida democrática y las instituciones que hoy no nos sirven, se podría deponer el pavoneo de retóricas y desgarramientos, comprensibles, venerados en alguna secta iluminadísima, pero todos caben en una salita.

Poder decir otra cosa es también atreverse a hacer lo que nunca se ha hecho. La denegación, la rabieta o el ninguneo es la demostración de la imposibilidad de lidiar con los diferendos. Los que somos testigos de estos intensos “momentos radicales”, vemos confirmadas nuestras aprehensiones ante lo que representaría una “administración” o la “toma del poder” por esos que amparan o fomentan dichos gestos. Creo que estas inquietudes están detrás de la poca solidaridad e identificación que reciben las iniciativas de izquierda. La conversación relevante no es si es justo o verdadero que esto sea así, sino preguntar si ha sido la subida de volumen de los partidos mayoritarios y los candidatos independientes la que ha interpelado a los votantes y hasta cierto punto a los abstenidos. El sosiego tampoco es una panacea, un nirvana performático. El sosiego es, en ocasiones, necesario para disponer y preparar el cuerpo para otros menesteres, incluso ante otras intensidades y ante otros retos. No hay garantías de triunfo alguno por haberlo habitado o sugerido. Sin embargo, ese modo simplista de polemizar que convierte todo lo que toca en absolutos o en enemigos perfectos, que se rasga las vestiduras ante palabras tan peligrosas como “silencio”, “pausa”, “distancia” o “pensamiento” sencillamente no lee estas palabras ni las quiere leer. Rápido ve sobre ellas, sobre impuestas, otras palabras siniestras: “desmovilización”, “conveniencia”, “acomodo”, “explotación”. Se trata de una operación paranoica, el espectáculo “yoico” de la mala leche, el diagrama del atolladero discursivo donde chapotea la izquierda: El selfie de una simpleza teórica y de cierto apocamiento político a la hora de lidiar con la penuria discursiva de la izquierda en la arena democrática y su negativa a relacionarse con modos de subjetivación e identificación complejos.

¿Cómo podrá renovar el “vocabulario” político dicha izquierda desde esta obstinación? ¿Quién se lo va a creer en medio de tanto llamamiento y subidas de voz? Además se trata de un problema de lenguaje y de imaginario. Algo mucho más complejo y amplio que una mera renovación de vocabulario. Para cambiar las condiciones de inteligibilidad política hay que trabajar con otros lenguajes e imágenes y con otra ética, no basta con adquirir el último diccionario que saque en Madrid, Podemos. Esto no es un problema semántico, ni etimológico. No es meramente cambiarle el nombre a las mismas estrategias y modos de organizarse. Por ejemplo, creer que de lo que se trata es de ponerle otro nombre a lo que siempre será un partido (“pónganle el nombre que ustedes crean es el más efectivo). Hay que respetar un chín los deseos y las inteligencias de los demás. Si usted cree en la eternidad  y bondad imperecedera del partido o del sindicato como esas estructuras idóneas para movilizar ideas, programas, respuestas colectivas, dígalo y cargue con las consecuencias. De igual modo, si se reduce la debacle electoral de los partidos minoritarios a que no se “llevó o se escuchó el mensaje”, a que “el nuestro es un mensaje difícil”, que si los medios decidieron la cosa (la situación de los medios es un tema sin duda), sin repensar esa fijación a una concepción pedagógico-moral, en verdad clasista y condescendiente, del actuar político, creo que el 2016 se nos va repetir muchas veces.

Reconocer el problema de lenguaje que experimenta la izquierda con aspiraciones electorales implica trabajar con varios asuntos, pero me parece que es importante atender el imaginario de daños, las lógicas de identificación y los modos de representación que facilitan los intercambios, las solidaridades y sobre todo la subjetivación en la arena política. Yo apostaría a la escucha, a la conversación fuera del calendario electoral y del formateo. No apostaría a la conversión airada gracias a algún nuevo catecismo (sic) izquierdoso. Es un problema donde la izquierda se juega la vida (hasta ahora prefiere inmolarse simbólicamente) confirmándonos que no habla sino con ella misma pues cuando se asoma a la ventana donde están “los odiosos”, sermonea, instruye o hace demostraciones sobre los beneficios de la coherencia. Casi siempre la condescendencia y el elitismo le gana el ridículo. ¿De verdad se cree que es simple subsanar esta imposibilidad ética y democrática con un fucking diccionario? Y aún si así fuera, ¿es posible escribirlo sin pensarlo, sin hacer silencio ante sus palabras, sin ponerlo sobre la mesa, sin cuestionarlo, sin discutirlo?

¿Cómo se le puede cambiar el aceite a la carcacha derruida de la izquierda en medio de esa incansable movilización presidida por un Marx for dummies, retoricismos leninistas, castristas, performances y lenguajes imposibilitados desde el saque para hacer bulto? ¿No será que debemos cambiar el carro? De esto es de lo que estamos hablando. Lo otro es seguir posando de o con las “víctimas”, “educando” a la masa, “familiarizar al pueblo”, domesticar a “la bestia” con la esperanza que se nos una y claro poderles administrar el Estado “que se merecen”. Sí Pepe. Hace tiempo que la izquierda debió haber dejado atrás su fe en el inventario de lo que hace falta, su complacencia supremacista en señalar lo que no hay, lo que no existe en nuestra democracia y entre nuestra ciudadanía. Hay que ponerse a lidiar con lo que sí hay, implicarse en la viscosidad de nuestra potencialidad y de nuestra imposibilidad. Ni idealizar, ni simplificar, ni negar esta realidad, pensarla sí, con sosiego y con tiempo.

Sin sosiego, sin silencio no hay arribo a la voz, no hay camino a la pasión, no hay foco, no hay escucha, mucho menos el saboreo del amor. Habría que hacer silencio no solo para escuchar el silencio de las palabras, también nos merecemos sobrellevar el silencio del silencio.

19-22 de noviembre de 2016
Silver Spring, Maryland

  • Luis

    Quizás debio empezar el silencio por el mismo…