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Saber y decir


La gente tiene la necesidad intrínseca de conocer más allá de su experiencia inmediata. Ser conscientes de situaciones que no podemos ver en persona nos da cierto sentido de seguridad, de control y de confianza. Varios siglos atrás no existían medios masivos para que el ciudadano común accediera a la información sobre la convivencia social de su entorno. Tampoco los había para aquellos que deseaban expresarse y conectar con audiencias sensibles a sus ideas y propuestas.

El periodismo surge cuando se logra la convergencia entre el deseo de expresarse y la necesidad de saber sobre lo que ocurre en la sociedad. La tecnología disponible en ese momento, la imprenta, sería la plataforma de lanzamiento de un experimento social que cambiaría la historia. Pero por varios siglos, el medio impreso no era accesible a una población mayoritaria, aunque marginada de los círculos de poder, que no sabía leer.

Antes de que se desarrollaran los medios electrónicos en el siglo veinte, la industria periodística descubrió el poder económico de la publicidad. Se transformaron así los periódicos en poderosas empresas que vendían audiencias, a las que a su vez debían cortejar para mantener valor. El lector se convertía en consumidor para beneficio del empresario que era el patrono de los periodistas, definiendo líneas editoriales consistentes con sus objetivos empresariales. Así, la línea divisoria entre las cuatro funciones sociales del medio masivo: informar, educar, entretener y ser lucrativo para sus dueños, se fue haciendo cada vez más invisible.

Siempre he preferido la definición de periodismo que lo presenta como la gestión social de proveer información para que el ciudadano pueda tomar libremente sus decisiones. Es la base de un gobierno democrático y participativo. Aún el periodismo de opinión presupone el respeto por la audiencia, a la cual se presume capaz de evaluar y decidir por sí misma sin que un analista le mastique y digiera sus pensamientos.

Según Los Elementos del periodismo, publicado a principios de este siglo, para lograr ese cometido el periodismo debe estar obligado a buscar la verdad, ser leal a los ciudadanos y comprometido con la verificación de la información. Los periodistas deben ser independientes de aquellos a quienes cubren y actuar como un monitor independiente de los círculos de poder. Se les debe permitir ejercer sus propios criterios según su conciencia y proveer foros para la crítica. Pero sobre todo, el periodista debe hacer interesante y pertinente aquello que es significativo, mientras presenta la noticia de forma comprensible y proporcional.

Esto se debe lograr independientemente de los medios que transmitan el mensaje. Los medios han cambiado; los protagonistas y la historia, también. Pero la necesidad de saber más allá de nuestra propia experiencia, particularmente de fuentes creíbles, sigue siendo el motor de la comunicación social.

Por eso, mi propuesta esta noche es analizar el estado del periodismo, no solo desde la perspectiva del periodista, ni del medio como empresa, sino del ciudadano ansioso por saber sobre su entorno más allá de su experimentación personal y aquellos que tienen el deseo de expresarse y no han tenido los canales disponibles para llegar a las audiencias.

A partir de las últimas décadas del siglo veinte, las audiencias interesadas en la información noticiosa, sobre todo, aquellas más jóvenes, comenzaron a decaer. Este patrón de comportamiento, más que tener que ver con el medio, estaba relacionado con los contenidos. Lo que cubrían los periodistas no parecía ser del interés de nuevas generaciones, cínicas e incrédulas ante los contenidos más frecuentes: la política y las noticias policiacas.

A su vez, entramos al siglo veintiuno con un tsunami avasallador de tecnologías innovadoras que cada vez democratizaban más el acceso a la información y la construcción y diseminación de contenidos. La necesidad de decir y saber comenzaba a complacerse sin los usuales intermediarios. La vieja función social periodística de crear comunidad mediante la convergencia de ideas, ahora se facilitaba aún más por la convergencia tecnológica que creaba comunidades virtuales instantáneas.

En los años recientes, la introducción de la tecnología móvil de conexión en red continua ha estimulado un nuevo interés en mantenerse informado y ha creado nuevas oportunidades para los medios informativos que intentan rescatar audiencias para su beneficio económico. Esto quiere decir que todas aquellas funciones del periodismo que indicamos, ahora se podían cumplir con mayor facilidad.

La rapidez, inmediatez y accesibilidad de la información, en todos los sentidos, debía facilitar el trabajo del periodista para hacer accesible, pertinente, interesante, creíble, proporcional y comprensible su historia para los ciudadanos. Los que entendieron eso y lo cumplieron, siguen teniendo éxito. Los que no, son especies en peligro de extinción.

La convergencia tecnológica no necesariamente se ha manifestado como una convergencia de intereses comunes. Y al haber más opciones para decir y saber, los medios noticiosos más tradicionales tienen que hacerse necesarios para los ciudadanos cuyos intereses van cambiando. En ese afán de buscar viabilidad económica, la noticia se ha transformado en un producto de consumo para la diversión, dejando atrás aquello de “hacer interesante y pertinente lo significativo”.

La fórmula básica para lograr la comunicación efectiva requiere que el mensaje se codifique según los intereses, necesidades y expectativas de las audiencias y que se usen canales accesibles para estas. Los canales son cada vez más variados y numerosos, pero los contenidos…. ¡Ah, los contenidos! Ahí es donde está el problema. ¿Cómo se define lo que debe ser significativo e importante? ¿Quién lo decide?

Los medios han jugado por mucho tiempo a dejar que las audiencias supuestamente definan sus intereses, con aquello de “darle lo que a la gente le gusta” para asegurar audiencias vendibles a los publicistas. Y fueron malcriando a esas audiencias a preferir un contenido digerido, morboso, divertido, amarillista y útil para sectores de poder político y económico. Las noticias no fueron la excepción. Pero los costos de producción aumentaban mientras las insaciables audiencias pedían cada vez más gratificación.

Y entonces, surgieron nuevos medios y aquellas audiencias, sobre todo las más jóvenes que ya habían comenzado a apartarse de las noticias, fueron creando sus propios canales para expresarse e informarse según su necesidad, con mayor diversidad, estilos y acceso a toda hora. Eran audiencias que también venían arrastrando una decadencia del sistema educativo y las instituciones culturales, audiencias que habían comenzado a perder la cohesión social tradicional sustituyéndola con nuevas relaciones más individualistas que colectivas, más globales que locales, más virtuales que presenciales.

Muchas empresas mediáticas entraron en pánico y quisieron jugar ese juego que ya no dependía tanto de la publicidad tradicional. Comenzaron a abrir páginas en redes sociales y blogs, pero no necesariamente con una planificación estratégica que ayudara a entender el rápido cambio en los paradigmas de cómo nos enteramos de lo que nos debe interesar.

En ese proceso de conectar audiencias cuyos intereses no estaban del todo definidos, el periodismo, que distinto a la publicidad y el entretenimiento nunca se había preocupado mucho por los perfiles de la audiencia, se encontró con decisiones editoriales enfocadas en objetivos mercantiles, en vez de ciudadanos.

¿Es el ejercicio del periodismo uno de oferta y demanda, como cualquier otro negocio? ¿Existe una responsabilidad del periodismo de empujar en la agenda social temas que abonen a una mejor calidad de vida? Esas son las verdaderas preguntas que debemos discutir para evaluar si todavía es pertinente la función del periodismo cuando hay tantas otras fuentes para conocer lo que pasa y tantos otros medios para expresar lo que queremos.

¿Qué quieren las audiencias? Hay variedad de información de sobra, de todo tipo, de todo tema, a todo tiempo. Claro está, no olvidemos la brecha entre los que tienen acceso continuo a la red y la mayoría que todavía no cuenta con dicho acceso. Pero, al menos en nuestro país, el acceso a la red cada vez es más amplio y aquel pro activo en búsqueda de información, puede encontrarla. También los medios tradicionales están incluyendo en sus contenidos parte del discurso e intercambio que se da en las redes para beneficio de los que no necesariamente tienen acceso a éstas.

¿Qué ha cambiado? Han cambiado los canales, los intereses de los medios y las audiencias, el nivel de capacitación y compromiso de los periodistas, el escenario económico y político tanto local como global, el conocimiento cultural del ciudadano, la calidad de la educación a todos los niveles, la credibilidad de la prensa y figuras de autoridad, el cinismo de las audiencias, la conectividad digital, la forma de construir redes sociales.

¿Qué no ha cambiado? La búsqueda de gratificación del ser humano, la necesidad de saber más allá de su experiencia, de expresar sus ideas, de conectarse en redes sociales y crear comunidad, de tener a quien creerle sobre lo que le interesa saber. Quisiera pensar que tampoco ha cambiado la función social del periodismo: informar para que el ciudadano decida libremente.

Así que viendo este panorama, nos atrevemos a proponer los siguientes temas de reflexión y discusión sobre el estado del periodismo en su etapa digital.

Ya el periodista no está solo como proveedor masivo de información para que el ciudadano decida. Hay infinidad de fuentes de información, confiables o no, dispuestas a ofrecer información de lo que sea que le apetezca al receptor. Las redes, los blogs, los wikis, los buscadores, las revistas digitales, los portales académicos, en fin… hay todo un universo de fuentes que compiten por la atención.

Pero no tienen la misma función periodística si partimos de las funciones que mencionamos antes. Para que no sean competencia ni desplacen al periodista, éste debe tener credibilidad, independencia, capacidad crítica, compromiso con la verdad y el bienestar común, ser capaz de traducir el mensaje para que sea comprensible a todo ciudadano, y gestionar su atención haciéndolo interesante y pertinente. Si se ha sentido amenazado por la agilidad de los blogueros, la omnipresencia de las redes sociales, o la credibilidad de portales académicos, debe preguntarse, ¿dónde estoy fallando? ¿En cuál de las características he perdido a las audiencias?

El periodismo tiene que aprender a convivir con un nuevo modelo de intercambio social de ideas y conocimiento. Para ello, hay que diferenciar su producto, su mensaje, sus historias. Tiene que renovar votos de credibilidad, abrazando la verificación de fuentes y compromiso con la verdad, en vez de la competencia de velocidad por quien tira adelante. Esto no es una carrera de tiempo, sino de resistencia… de resistir la tentación de convertirse ellos en la noticia.

Hemos visto como periodistas muy respetados dominan medios como Twitter, y adelantan sus historias en sus propias cuentas, para sus miles de seguidores, antes de que las mismas corran por los medios que le pagan su salario. Vemos como cubren así los tribunales desde las mismas salas, o conciertos y reuniones a donde se le ha restringido el acceso a la prensa. Vemos como capturan de otras cuentas de Twitter o Facebook información de fuentes que a veces son prácticamente desconocidas pero se encuentran en el lugar donde ocurren los sucesos y redactan, toman fotos y videos, y se convierten en la fuente o la competencia para los periodistas.

Todo esto enriquece el conocimiento pero solo es periodismo si se rige por la ética periodística. Los hay que se llaman periodistas y no la cumplen. Los hay que se llaman blogueros y tuiteros, y la cumplen mejor. El hábito no hace al monje, sino la consecuencia de sus actos.

El periodista es y debe seguir siendo un filtro confiable y sensible para el conocimiento ciudadano. Tiene que retomar el espacio, físico o virtual, con criterio y valentía para publicar lo que su conocimiento y conciencia le dicta que es significativo para su comunidad. Tiene que tener la capacidad de contextualizar la historia y codificarla de forma clara y sencilla para beneficio de todos. Todo eso conlleva preparación y dedicación, lo que toman tiempo, esfuerzo y sacrificio, y no siempre es bien remunerado. También requiere de una gerencia editorial que le permita esa discreción.

Tiene que aprender a maximizar el uso de la tecnología, la cual también agiliza la búsqueda de información para sus historias. Pero la técnica no puede eclipsar el contenido y propósito. La tecnología tiene que seguir siendo el medio y no el fin de su trabajo. Esta ofrece oportunidad de mayor independencia editorial e interactividad con las audiencias, pero los modelos pueden no favorecer una base económica sostenible, como ocurre con algunos blogs con auspiciadores. Además, no se debe olvidar de la brecha digital y buscar la manera de llegar a aquellos marginados por la modernidad, por razones generacionales o económicas.

Debe aprender igualmente lo que es persuadir, no para convencer a la audiencia de sus propias creencias u opiniones, como tan a menudo lo hacen los llamados analistas, sino para convencer a la gente de la importancia de prestar atención a sus historias. Eso objetivo se consigue al hacerlas interesantes, amenas y comprensibles sin restar valor al contenido. Para lograrlo, debe conocer mejor a sus audiencias, sus intereses, sus aspiraciones, sus necesidades.

Eso se logra cogiendo calle; saliendo de la comodidad de las salas de redacción, no solo para cubrir conferencias de prensa o sucesos noticiosos. Tiene que coger calle para sentir en su propia carne el palpitar de un pueblo que se expresa día a día más allá de las redes cibernéticas. El periodista es el enlace entre un pueblo y su propia realidad muchas veces eclipsada por la propaganda y el entretenimiento.

El abandono de ese rol es el que ha permitido que los blogueros, tuiteros y noticiarios facebukeros ocupen esos espacios, porque esos son de la calle, son silvestres, son los que viven a todos los niveles sociales, experimentando de forma directa lo que pasa a cada minuto y no llegando cuando son convocados o asignados por su editor. El periodista necesita curtirse la piel de experiencias diversas para poder contextualizar con sensibilidad y poder comprender lo que es verdaderamente pertinente para las audiencias.

Lo que lo hace periodista no es trabajar para un medio, tener carnet de prensa, haber estudiado periodismo o tener su propio blog. La diferencia es su ética, su conocimiento de la profesión, el tipo de servicio que ofrece a la sociedad y la consecuencia de éste. Mientras haya gente que necesite y quiera saber y gente que tenga algo que decir, habrá espacio para el periodismo, pero solo si sabe cumplir con su obligación social y moral.