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Santurce 1930-1940: Los vendedores ambulantes

de José Antonio Torres Martino

Si nos remontamos al Santurce de los años 1930 y 40 encontramos un hervidero de gente ocupando las calles. Hay carretas, carretones, carritos, caballos, puestos y vendedores ambulantes. Por la calle Loíza y en las calles de Villa Palmeras y Barrio Obrero, por las calles que dan a la Fernández Juncos, por Tras Talleres y la calle Cerra van y vienen los vendedores de cocos, de mondongo, de dulces y fritangas, los piragüeros, los que cambian chinas por botellas, los amoladores, los que venden escobas y escobillones, los que venden refrescos, los revendones, los que arreglan muebles. Cada cual avanza con su pregón, el amolador con su flauta, los vendedores de la lotería cantando sus números, el revendón sus berenjenas, batatas, ñames, guineítos niños, yautías, y huevos del país.

Los revendones llevan sombreros de paja porque pasan sus días al sol. Las camisas son de manga larga, los pantalones khakis. Son dicharacheros porque esa es parte de su estrategia de venta. En cada ruta conocen sus sitios de apoyo, la doña que quiere chayotes los martes, la sirvienta que busca hablar de gente de su pueblo, el viejito que compra si lo escuchas un rato, el ama de casa que tiene antojo de lerenes.

El dulcero es el más artero de todos. Con su gran batea sobre la cabeza espía los niños en las aceras, y pregona con aplomo merengues, mantecaditos, brazos gitanos, polvorones, coquitos, pastelillos de guayaba, budines hasta que la señora sale al balcón, y entonces exhibe su mercancía. Los niños se agolpan. Ella pregunta si son frescos, examina si la batea está limpia, habla de precios, y los niños creen interminable la transacción.

A través de los censos y los libros de novedades podemos recuperar los nombres de algunos dulceros y saber algo sobre sus edades y lugares de residencia. En el censo de 1930 en el Caño San Antonio, en casa del dueño de cafetín Pedro Galarza, viven alojados Porfirio Batista de 24 años soltero, alfabetizado, dulcero en el hogar y empleado, y Emilio José Arce, de 20 años, soltero alfabetizado y vendedor de dulces, empleado. 1 El 9 de diciembre, 1938, Juan Hernández Gómez alias El Canario, residente de la calle Cortijo, informa que tenía un carrito de mano de tres ruedas en la calle Muñoz Rivera esquina Betances dedicado a la venta de dulces y fue chocado por el auto guagua Y 128 que se dio a la fuga. El carrito resultó con un cristal roto y 125 dulces (valorados en $1.25) quedaron inservibles.2

En el censo de 1940, en el barrio Hoare, calle 1 casa 5, vive Juan Cuadrado Antiba, de 32 años, casado con María del Valle y con tres hijos, analfabeto, vendedor ambulante de dulces.3 Gastón Álvarez Álvarez vive en 1940 alojado en la calle Cerra en casa del vendedor ambulante de verduras Leoncio Marcano Martínez. Él tiene 30 años, es vendedor ambulante de dulces, procedente de Juncos, divorciado y analfabeta.4 Fernando de León Cruz, de 23 años, alfabetizado, dulcero ambulante por su cuenta en 1940 vive en San Ciprián en Barrio Obrero con su compañera Josefina Soltero de 17 años, alfabetizada, y un niño al parecer recién nacido, Ángel. Es propietario de su casa que vale $50.5

Enrique Vázquez, residente de la calle Roble de Río Piedras, informa al cuartel de la calle Cerra el 12 de octubre de 1949, que el sábado 8 a las 8:30 de la mañana le entregó a Armando González Villanueva, de 20 años, natural del barrio Santa Rosa de Utuado y de residencia ambulante, un carro de madera con tres ruedas de hierro pintado de amarillo, con 2939 dulces, cuyo valor era de $20.57, y éste, luego de vender los dulces, dejó el carro en casa de su primo Ermelindo González, natural del barrio Caguana de Utuado y residente de la calle K del Fanguito, y se dio a la fuga con el dinero producto de las ventas. 6

Hay nombres de algunos vendedores ambulantes de frituras. En el censo de 1940 en la calle Cerra vive con su madre y su padrastro carpintero Manuel Soto Herrera, descrito como de color, de 13 años, analfabeto, vendedor ambulante de frituras.7

El Día de los Muertos (2 de noviembre) de 1949, cuando la administración municipal se dispone a pavimentar la avenida A en el barrio Hoare, el capataz Carlos Pabón López, blanco de 54 años, natural de Juana Díaz, llama al cuartel de la policía en la calle Cerra para denunciar que un vendedor de frituras y cuchifritos y su hijo quieren quitar la barricada que protege el terreno apisonado y listo para embrear e insisten en pasar con su carro de tres ruedas. Eduvigis Ortiz Ortiz, trigueño, 46 natural de Aguas Buenas y residente de la calle 9 num 61 de Hoare y su hijo Ernesto Ortiz Torres, de 19 años, natural de Santurce, prorrumpen en denuestos: “Estos cabrones después que yo le di el voto ahora no quieren dejarme pasar”. Sin atender razones Eduvigis Ortiz coge el cuchillo que utiliza para partir frituras y cuchifritos y amenaza al capataz, y su hijo Ernesto lo agrede con las manos. Eventualmente se declaran culpables de alteración a la paz y acometimiento y agresión y el juez los sentencia a $5 de multa por el primer caso y $10 por el segundo.8

¿Cuánto gana al día un revendón en 1939? Sólo podemos especular por indicios. Antonio Mercado Santiago, trigueño, de 26 años, natural de Isabela y residente en el barrio Hoare calle 9 se presenta al cuartel de la calle Cerra el 18 de abril, 1939, para decir que conducía un carro de manos cargado de verduras que le había confiado Pedro Gómez. La había vendido pero unos individuos desconocidos lo atacaron y le robaron $2.25 en efectivo, el producto de sus ventas. El policía no le cree, piensa que los rotos en sus ropas han sido hechos a propósito con un cuchillo, y Mercado admite que él se había gastado el dinero. Consultado Gómez, se opone a que lo procesen.9

En enero, 1946, Tito Nuñez, dueño de un puesto en la Plaza del Mercado de Santurce, le entrega unas frutas a José Muñiz Medina para que las revenda en la calle. Al negarse a entregar los $5.65 de su importe, Nuñez amarra con cadenas las piernas de Muñiz Medina en lo que llega la policía. Muñiz dice que Nuñez está usando los mismos procedimientos que la guardia civil española. La policía se lo lleva arrestado por abuso de confianza.10

El vendedor de billetes de lotería es un numerólogo. Atiende a todas las posibles representaciones que sus números de esta semana puedan evocar. Las terminaciones son importantes, la suma de todas las cifras en un número ominosa. Cada número encierra una maravilla por conocer, la edad de uno, el día del aniversario, el año de nacimiento, el día de San José, de la Virgen del Carmen, el número de los elegidos. – Pero ya la semana pasada terminó en 1.Sí, pero este no solo termina en 1, sino en 11, los apóstoles que fueron fieles al Señor.

Y así la gente compra un pedacito aquí y un pedacito allá, y quizás para la extraordinaria tenga las diez posibles terminaciones, encontrando en la semana anterior al sorteo presagios y premoniciones, esperando la lista de la lotería que traerá el resuelve, la liquidación de una deuda, el completo del alquiler de la casa para este mes, los zapatos nuevos.

Luego están los vendedores de refrescos. El 18 de noviembre de 1946 informa el señor Francisco Cintrón Vargas, residente de la calle Aguacate 12 de Tras Talleres, que el día 10 como a las 10 a.m. en la calle Cerra tenía un carrito de mano cargado con un barril de hielo y botellas llenas con refresco de china y estacionado al lado del oeste mirando hacia el sur, y el auto 4656 al dar hacia adelante y luego hacia tras le chocó el carro de mano. Declara como pérdidas el eje delantero de la rueda roto, valor 75 c, 27 botellas llenas de refresco de china, valor $2.20, los largueros del carro de mano rotos e inservibles, $5, y una tabla nueva que le había puesto valorada en $1.25. Según los archivos del Departamento del Interior el auto 4626 pertenece al dr. Francisco S. Urgell, residente en la calle España 8, Miramar. La esposa del doctor informa por teléfono que el auto era del doctor pero que lo había vendido. Que el doctor desde el 29 de octubre estaba en Estados Unidos bajo tratamiento médico.11

El piragüero no es conversador. Está cansado de empujar su carrito y de nombrar todos los sabores de sus almíbares, frambuesa, tamarindo, coco, piña, anís. La rutina de raspar el hielo, llenar el cono de papel, derramar el sirope, cobrar los cinco centavos, seguir calle adelante no deja tiempo para conversar con muchachos.

Y sin embargo el piragüero será el último en desaparecer del escenario callejero. Primero los discursos higienistas y los reglamentos de Salud descalificarán a algunos vendedores ambulantes, como los de la leche y las fritangas. Esto había ocurrido ya en las décadas de 1910 y 1920, pero con la Depresión se había brindado una mayor tolerancia al comercio ambulante. Acabada la Segunda Guerra el discurso higienista vuelve a la carga. Un tal Julio Vargas Calderón escribe al editor en junio de 1946 cuestionando las prioridades del doctor Antonio Fernós Isern, entonces Comisionado de Salud, y pregunta,

si el cuerpo de inspectores de Sanidad ha sido totalmente suprimido en su departamento. Porque ahora esos vendedores ambulantes – la mayoría sin su certificado de Salud- infringen más que nunca los reglamentos de la higiene y la salud pública. Véanse si no sus botellas y cacharros mohosos, sus carros destartalados y sus bateas pidiendo a gritos lavados con agua hervida o conDDT.

No son dos o tres pesetas lo que cuesta la Sanidad del país…Son millones. ¿Pero dónde está?12

 Y luego el inexorable avance del automóvil, atropellando a unos, desautorizando a otros, rindiéndolos a todos vulnerables al tránsito, prescindibles, anacrónicos. Los agentes del orden público primero protegen a los de la calle, luego los hostigan y los denuncian. Desautorizados buscan su último reducto en las luces del tráfico, para ahí también ser acosados. Algunos revendones encuentran acogida en las calles de las urbanizaciones, pero luego estas se les cierran. Finalmente la introducción del impuesto sobre las ventas los reduce a la ilegalidad, gente sin licencia ni contabilidad, que no puede emitir recibos ni rendir cuentas. Habiéndole cerrado todas las posibilidades a los vendedores ambulantes, es posible que haya quienes no se den cuenta que al estrechar ese cerco condenaron a los sectores populares a recurrir a la delincuencia.

(*) Fragmento de un libro en imprenta sobre el Santurce de 1930 y 1940.

  1. Censo 1930, distrito 8-22, hoja 17-A, familia 327. []
  2. Novedades Barrio Obrero Diciembre 1938-Febrero 1939, p. 17. []
  3. Censo 1940, distrito 8-53, hoja 4-B familia 68. []
  4. Censo 1940 distrito 8-53, hoja 4-A y B, familia 60. []
  5. Censo 1940 distrito 8-81 hoja 8-A familia 160. []
  6. Novedades Calle Cerra, Agosto-Noviembre 1949, p. 217. []
  7. Censo 1940, distrito 8-53, hoja 3-B, familia 40. []
  8. Novedades Calle Cerra Agosto-Noviembre 1949, p. 292 y 295 []
  9. Novedades Parada 19, Abril-Junio 1939, p. 64. []
  10. El Imparcial, 17 de enero, 1946, p. 6, “Amarran con Cadenas a Revendón Que No Pagó Frutas Que Compraba”. []
  11. Novedades Calle Cerra Agosto-Diciembre 1946, p. 227-28 []
  12. El Imparcial, 1 de junio, 1946, p. 17, “La Voz del Pueblo” “Pregunta al Dr. Fernós”. []

  • Eggy

    Me ha gustado mucho el escrito porque expone, aunque de forma sucinta, las razones de la virtual extinción de los vendedores ambulantes del país. No tengo edad suficiente para haber vivido la época de oro de nuestros vendedores ambulantes, pero sí he tenido oportunidad de visitar países en que lo descrito en esta columna sigue vivito y coleando. Ahora bien, con lo que no estoy de acuerdo es cuando el profesor afirma que “[h]abiéndole cerrado todas las posibilidades a los vendedores ambulantes, es posible que haya quienes no se den cuenta que al estrechar ese cerco condenaron a los sectores populares a recurrir a la delincuencia”. ¿En qué estudio, informe o reporte se basa el profesor para hacer semejante afirmación?

  • Guest

    que

  • José Felipe González Pabón

    Poco a poco…marginándolos…desplazándolos…sustituyéndolos…satanizándolos…extinguiéndolos…

  • Fernan Rivra

    Que mucho se aprende de las historias de vidas…!