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Savoy, hito de la cultura popular negra


LA ESQUINA ANTES

El verano pasado vinimos a Nueva York en búsqueda de un apartamento para rentar. Era una empresa ambiciosa que debía llevarse a cabo en tan solo una semana. Muchas películas y series de televisión —sobre todo las chick flicks— crean expectativas erróneas sobre la vivienda en esta ciudad. No es que pensara que iba a vivir en el apartamento de Seinfeld o de Rules of Engagement, pero siempre existe la esperanza de conseguir un facsímil razonable.

Mi imaginación fértil y ambiciosa me ubicaba en un edificio bonito y acogedor en una calle tranquila y llena de árboles. Luego de ver varios apartamentos que cualificaban como pocilgas o cucaracheros, terminamos con solo dos opciones, ambas en el mismo lugar: un complejo inmenso de edificios cuadrados y simplones, y de apartamentitos genéricos y sin ningún tipo de gracia. La semana pasó volando, así que con las muelas de atrás iniciamos el proceso y firmamos el contrato. Y, aunque no me gustaban estos apartamentos, la localización es privilegiada en muchos sentidos.

Lejos estaba yo de saber que iba a vivir en el mismísimo espacio geográfico que ocupó el memorable e icónico Savoy Ballroom, hito de la cultura popular negra y lugar de encuentro libre del agravio de la segregación, en una época de absoluta inequidad racial, en pleno corazón de Harlem. Hoy varias torres cuadradas de apartamentos, una tienda de alquiler de muebles y una tienda de 99¢ ocupan el espacio del que fue llamado “world’s finest ballroom”, ese glamoroso e inmenso salón de baile con alfombras, espejos y pisos brillosos de caoba que tanto contribuyó al American Dance.

Se dice que el Savoy Ballroom fue el primer lugar en Estados Unidos cuyas puertas estuvieron abiertas para todas las personas. Allí nadie pensaba en colores sino en disfrutar de la música y el baile. Curiosamente, a pasos del Savoy en la siguiente cuadra, se encontraba The Cotton Club, otro salón de baile famoso. Pero allí los blancos y los negros, como siempre había sucedido en la historia de este país, se rozaban pero no se mezclaban. Aunque los músicos eran negros, solamente admitían a los visitantes blancos que se aventuraban a visitar Harlem.

Savoy Ballroom abrió sus puertas el 12 de marzo de 1926. Según Barbara Engelbrecht, en su artículo Swinging at the Savoy, allí se congregó esa noche la crème de la crème: celebridades de diversa índole; funcionarios de la ciudad, estatales y federales; representantes de grupos culturales, cívicos y educativos de Harlem, así como estrellas de Hollywood y de Broadway. Desde entonces, este lugar emblemático reunió las almas de gente común (independientemente de raza o clase social), de bailarines apasionados y también de personajes notables como aquellos que participaron en el Renacimiento de Harlem. La música y el baile resultaron ser la medicina perfecta para aliviar los síntomas de la desigualdad, la pobreza y la segregación. Para tener acceso a este espacio y tiempo de lujo se pagaba entre 50¢ y 75¢.

En el Savoy se hicieron famosas las competencias entre bandas. Imagino que todo empezó como una buena excusa para asegurarse de no que no hubiera un minuto de silencio; ni un minuto sin música. En esta “batalla” musical participaron personajes tan célebres como Duke Ellington y Chick Webb quien había reclutado a una jovencísima y principiante Ella Fitzgerald. Allí, además, se gestaron varios bailes de la época, entre ellos el más emblemático del Savoy, el Lindy Hop, bautizado así por una extraña asociación con el cruce del Atlántico que hizo Lindbergh en 1927. Por lo que he visto, el baile conlleva un movimiento absoluto del esqueleto que solo los más avezados podían lograr con éxito. De todo este junte de sonidos y movimientos se aprovechaban los blancos lanzados a la aventura de ir a uptown. Cuando regresaban a su blanco vecindario, emulaban todo lo que veían pero presiento que el contenido de gracia y soltura no era el mismo.

Para no alargar demasiado el cuento del Savoy, solo añado que luego de 32 años de haber sido el “alma del barrio” como dijo Engelbrecht, fue demolido en 1958 para “dar espacio” a un complejo de viviendas para personas de medianos ingresos, que recibió el nombre de Delano Village. En el 2006, el complejo participó de la burbuja hipotecaria. Lo que entonces empezó a ser Savoy Park fue comprado por $175 millones y un año después fue refinanciado por una cantidad que triplicó la deuda de la propiedad. El plan era claro: renovar, subir rentas y desalojar a los antiguos residentes —obviamente negros— quienes llevan décadas viviendo aquí, algunos que casi vieron el polvo de la demolición del Savoy Ballroom. Pero eso es tema para otro día. Así, lo que en el siglo veinte se promocionaba como un “luxury ballroom” hoy se promociona como “luxury living“. Aunque de escaso lujo y dudosa extracción, es loable que hayan rescatado el nombre de un lugar que rememora una etapa lustrosa de la comunidad negra neoyorquina.

Cuando miro por mis ventanas, no logro ver nada que evoque el Savoy verdadero. Y es tonto que sienta algo de nostalgia por algo que no viví y que ni tan siquiera se relaciona con mi historia cultural. Quizá sea porque del “Home of Happy Feet” solo quedó una pequeña placa a la entrada de mi edificio. Es la que pasan a ver los turistas en su recorrido para observar a los pobladores de Harlem en su hábitat natural.