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Siria y el espectro de la guerra

checklist (gzr 2013)

Foto por: Gazir Sued

“Mankind must put an end to war
before war puts an end to mankind.”

-John. F. Kennedy

“But we are the United States of America…
Out of the ashes of world war, we built an international order and enforced the rules that gave it meaning.”

-Barack Obama

La guerra sigue siendo el negocio más lucrativo del mundo, y el terrorismo su modalidad convencional en todas sus variantes. La industria armamentista a escala global ha invertido sustancialmente en el desarrollo de conocimientos científicos y tecnologías que viabilizan la efectividad de sus productos y hacen más rentable el negocio de la guerra para sus poseedores y beneficiarios. Las armas de destrucción masiva son accesibles en el mercado tradicional, y su comercio está regulado legalmente por ciertos estados nacionales y legitimado para uso exclusivo de sus fuerzas armadas. Pero la clientela se ha diversificado de manera incontenible, dentro y fuera de las leyes nacionales e internacionales. Es un hecho evidente que en la región del Oriente Medio se ha acrecentado la demanda armamentista y han proliferado los competidores por la tenencia de armas nucleares y químicas de nuevo cuño. Las principales potencias inversionistas, sin embargo, siguen siendo las mismas desde la Segunda Guerra Mundial. Para efectos de preservar la supremacía militar y mantener el control hegemónico sobre todas las naciones del planeta, han convenido imponer estrictas regulaciones sobre sus usuarios y severas penalidades a los violadores de sus términos. El Convenio sobre Prohibición de Armas Químicas y la resolución 1540 del Consejo de Seguridad de la ONU son los referentes jurídicos internacionales que restringen la tenencia y usos de esta modalidad de armas de destrucción masiva.

La amenaza de guerras con armas bio-químicas no se limita a los conflictos bélicos entre países soberanos sino que, además, forma parte del arsenal de algunos gobiernos para contener los brotes de violencia interior que atenten contra la estabilidad y preservación de sus dominios. En principio, estos regímenes no vacilarían en hacer uso de agentes tóxicos para exterminar a los ciudadanos que le opongan resistencia armada. Pero sus efectos no distinguen entre insurrectos y el resto de la población civil. Lo mismo sucede a la inversa. Las fuerzas de oposición armada al interior de los estados nacionales también tienen acceso al mercado de armas bio-químicas; y tampoco vacilarían en hacer uso de ellas sin reparo sobre las víctimas “colaterales”.

Las racionalidades guerreristas han fabricado una diferencia artificial entre las armas de destrucción masiva convencionales y las nuevas armas químicas, pero es una distinción basada en una doble moral que no afecta sus negocios sino que, por el contario, los hace más lucrativos. Los fines de las armas, para sus usuarios, son invariablemente los mismos: matar.

El caso de armas químicas en Siria: dilema sobre la credibilidad de la “evidencia”

A principios de 2013, el gobierno sirio denunció en foros internacionales la utilización de armamento químico por las fuerzas insurgentes bajo su jurisdicción nacional. Según alega el régimen de Assad, se trató de “bandas terroristas  que buscan derrocar al gobierno constitucional de la República Árabe de Siria”, sumida en una guerra “civil” desde 2011. Según varias fuentes de la prensa internacional, Assad expresó ante el Consejo de Seguridad y al Secretario General de la ONU “su seria preocupación por la impunidad con la que algunos Estados abastecen de armas químicas a los mercenarios que atacan a la población civil.” Previamente ya había advertido su inquietud por el trasiego de armas ilegales y armamentos prohibidos por leyes internacionales en el territorio sirio, y las repercusiones de su acceso a mercenarios extranjeros y afiliados a la red terrorista de Al-Qaeda y otros organismos del extremismo islámico. La exigencia a la comunidad internacional fue ignorada de manera aplastante, y los opositores del régimen del gobierno sirio continuaron recibiendo apoyo financiero, militar, logístico, político y mediático de los gobiernos de la región (Turquía, Qatar, Arabia Saudita e Israel) y de las potencias occidentales (Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, principalmente). La “evidencia” presentada para sustentar la acusación del uso de armas químicas por las fuerzas mercenarias fue similar a la que recientemente usan las potencias extranjeras enemigas para justificar las acusaciones contra el régimen sirio por los mismos cargos: videos circulados en YouTube.

Basado en el mismo referente jurídico-internacional, el presidente estadounidense acusó al régimen sirio de usar armas químicas contra la población civil. Según alega, los informes de inteligencia/espionaje de los Estados Unidos y sus principales aliados en la región (Israel, Jordania y Arabia Saudí) “evidencian” que el régimen del presidente sirio es responsable del ataque con armas químicas reportado el 21 de agosto en una zona de la capital, en Damasco. Cerca de millar y medio de civiles fueron expuestos a gases letales (gas sarín). No obstante, otras fuentes investigativas e informes de toxicólogos de la ONU han expresado serias reservas sobre la alegada “evidencia” que sustenta la acusación contra el gobierno sirio y justifica la amenaza de bombardeo como represalia. Todavía las investigaciones de la ONU no han sido reveladas y los “estudios” de la inteligencia estadounidense son vagos en materia científica e inverosímiles con relación a los cargos acusatorios.

La credibilidad de las acusaciones se debilita aún más ante la negativa del gobierno estadounidense de difundir las supuestas pruebas que vinculan al gobierno de Assad con la masacre del 21 de agosto. Ante este escenario de encubrimiento y sospechas de falseamiento de  “pruebas”, debemos guardar cautela y suspicacia; cuestionar la credibilidad de las pruebas presentadas (videos circulados en internet) así como la autoridad científica-profesional de sus investigadores. La demanda para que sea revelada toda la información “clasificada” sigue siendo objeto de reiterada negativa por parte del gobierno estadounidense.

Simultáneamente, convergen en los medios informativos versiones disímiles sobre la naturaleza del conflicto en Siria y serias reservas sobre la inminencia del ataque militar estadounidense. Fuentes de crédito apuntan la posibilidad de que los ataques con armas químicas en Damasco fueron realizados por grupos de rebeldes-mercenarios opositores al gobierno de Siria y no por sus funcionarios militares. En numerosos medios ha subido la noticia de que “rebeldes” -entrevistados por periodistas internacionales- se adjudicaron la autoría de los ataques químicos y testificaron que las armas químicas fueron provistas por el gobierno de Arabia Saudita, aliado de Estados Unidos. El suceso de Damasco, al parecer, pudo tratarse de un accidente ocasionado por la ignorancia sobre el manejo de armas químicas por parte de  “rebeldes” inexpertos. Mientras otras autoridades “independientes” consideran esta posibilidad, portavoces del Ejército Libre de Siria lo niegan.

Injertada la guerra en el escenario mediático, ambos polos disputan la ficha de la opinión pública internacional; las pruebas provistas por la inteligencia estadounidense no solo son insuficientes y parcas sino que, además, ha sido puesta en entredicho la credibilidad de sus propias fuentes. La ansiedad se hace patente en las expresiones del secretario de Estado, John Kerry, que rellena las lagunas de información con una retórica inflamatoria y patéticamente demonizadora: “Bashar al-Assad ahora se une a la lista de Adolf Hitler y Saddam Hussein, que usaron armas químicas durante la guerra.”

El saldo, hasta el momento, es similar al que precedió la orden de invasión de Irak en 2003, justificado por las pruebas de la inteligencia estadounidense sobre arsenales de armamentos de destrucción masiva que se probaron inexistentes. Una guerra que se prolongó por casi diez años sobre una farsa diseñada por estrategas y propagandistas guerreristas; encubierta por la misma demagogia patriótica y la retórica de “seguridad nacional” e interés “humanitario” de los Estados Unidos y sus aliados. La alegada “evidencia” sigue siendo argumentativa y especulativa, y no existe prueba a ciencia cierta de la relación del gobierno sirio con la masacre de Damasco. Inquiriendo como lo haría un estratega político, ¿cuál podría haber sido el objetivo de semejante atrocidad? ¿cuáles pueden haber sido las motivaciones políticas o el cálculo militar que sustente la productividad táctica de una masacre de ciudadanos civiles? La posibilidad de tratarse de un error por efecto de la ignorancia de algunos insurgentes tiene mayor peso racional que la acusación que pesa contra el gobierno sirio, que bien conoce las repercusiones que tal acto criminal tendría en la opinión pública internacional y las severas penalidades que conlleva, de acuerdo a los tratados jurídicos de la ONU. ¿Qué interés puede tener el gobierno sirio para exponerse al enjuiciamiento de la humanidad y al castigo designado para tal acto criminal? ¿Por qué el presidente de los Estados Unidos actúa unilateralmente, al margen del Consejo de Seguridad de la ONU y sin apoyo de los gobiernos aliados? ¿Por qué la insistencia de Israel en que se ejecute la represalia militar aun sin pruebas suficientes? Y aun si se probara que el gobierno sirio es responsable del cargo criminal adjudicado, ¿acaso se justifica el bombardeo previsto como represalia legítima? ¿Qué se resolvería finalmente? ¿Quién se beneficiaría realmente?

La realidad: objeto de manipulación/guerra mediática

Las razones de fondo, así como las consecuencias inmediatas de un ataque militar a Siria, son objeto de especulación e imposturas permanentes entre las partes involucradas, y no existe modo alguno de disipar en términos absolutos el clima de incertidumbre generalizada. Ninguna fuente oficial o medio alternativo provee información objetiva e infalible sobre las motivaciones (políticas, militares y económicas) que subyacen la iniciativa guerrerista estadounidense, ni pueden pronosticar a ciencia cierta sus  posibles repercusiones. Debe admitirse que no disponemos de otros recursos informativos que los publicados en las redes mediáticas, y que estos, por lo general, son insuficientes, ambiguos y confusos; contradictorios y parcializados.

No podemos menos que convenir que las declaraciones públicas de las máximas autoridades del gobierno federal estadounidense carecen de credibilidad en varios puntos sensibles:

  • La justificación unilateral de un ataque militar inminente, anunciado como única respuesta legítima al caso criminal levantado contra el régimen del gobierno sirio.
  • La negativa explícita a reconocer cualquier iniciativa diplomática o alternativa política de intermediarios internacionales afines a los objetivos que, en primera instancia, deberían fundamentar la agresión armada como represalia justa y necesaria.
  • La naturaleza falaz e ilusoria de los objetivos estratégicos que supuestamente se garantizarían mediante la embestida militar propuesta: a saber, que los bombardeos sobre los blancos determinados serviría de disuasivo efectivo al uso de armas químicas y, a la vez, tendría un efecto intimidatorio en las naciones enemigas o grupos terroristas.
  • Las imposturas relativas a las motivaciones belicistas, como la aseveración de tratarse de un problema de “seguridad nacional” y de una acción legítima de “protección” a la humanidad en general.
  • Los engaños relativos a las posibles repercusiones, como provocar una guerra a gran escala.

La experiencia histórica nos fuerza a considerar todas las fuentes informativas de las que dispongamos, ponerlas en duda crítica y cernir bajo sospecha incisiva su credibilidad. Poseemos los conocimientos necesarios para imaginar con seriedad las posibles ramificaciones de un ataque militar contra Siria. De una parte, es previsible el recrudecimiento de las violencias bélicas al interior del país intervenido, agravadas por las condiciones propias de la guerra civil. Las propias milicias “rebeldes” al régimen promueven el ataque en su país, con la ilusión de minimizar su potencia militar y adelantar su causa para derrocarlo. Simultáneamente podrían desencadenarse ataques paralelos de las fuerzas armadas iraníes sobre objetivos militares estadounidenses en la región, o aprovecharse de las condiciones para bombardear directamente a Israel, principal aliado de los Estados Unidos, promotor incondicional del ataque a Siria y adversario mortal en la contienda por el control militar, político, económico y religioso de la región.

El objetivo principal del ataque a Siria fue anunciado con el fin explícito de castigar y amedrentar a su gobierno por uso de armas químicas, y también intimidar a los gobiernos que ostentan armas nucleares, principalmente a Irán y Corea del Norte. A las potencias vengadoras y guerreristas no les interesa contribuir al desenlace civilizado de la guerra civil en Siria. Saben que la agresión militar no va a tener un efecto “pacificador” sino todo lo contrario. La violencia combatida con violencia genera más violencia y no a la inversa. Los beneficiarios inmediatos son los comerciantes de armas y equipos bélicos, para quienes la guerra es su más lucrativo negocio.

Al mismo tiempo, las poderosas milicias de extremistas islámicos que participan contra el régimen del gobierno secular sirio tendrían mayores probabilidades de concretizar su proyecto de exterminio masivo de “infieles”, como ha sucedido con la minoría étnica kurda en la frontera con Turquía. Así, como hasta ahora, después del bombardeo los Estados Unidos y las monarquías árabes, continuarían financiando cédulas mercenarias de Al Qaeda para derrocar a al-Assad, pero no para estabilizar políticamente el país o por intereses democratizantes o humanitarios. La experiencia de Irak y de Afganistán demuestra contundentemente que la guerra no resuelve ningún problema sino que lo agrava y lo complica aún más. El terrorismo islámico ya no tiene cabeza, pero no dejan de rodar y volar cabezas por él. La sed de sangre del Estado sionista de Israel solo echa más leña al fuego. El dominio sobre Irán sigue siendo el principal objetivo estratégico y para adelantarlo les es preciso desmantelar a su principal socio en la región: Siria.

Qué hacer: ética y política ante el discurso guerrerista

Es una responsabilidad ética inexcusable en las sociedades democráticas que la ciudadanía procure informarse debidamente antes de asumir posturas sobre temas sensibles y de graves repercusiones como son los conflictos armados en cualquier parte del mundo. La tarea de discernir entre la credibilidad, veracidad o falsedad de la información es una tarea difícil en sí misma, por las consideraciones mencionadas y por las dinámicas propias al flujo incontenible de información. La inmensa diversidad de perspectivas nutren de contradicciones y contrasentidos la realidad, pero esta condición no debe desanimarnos. Es preciso posicionarnos con honestidad intelectual e integridad ética, y asumir una actitud radicalmente crítica y reflexiva ante la información publicada en los medios tradicionales, oficiales o alternativos; pero no para diluirnos en elucubraciones teóricas, distraernos o eludir la responsabilidad de asumir postura sobre los asuntos que nos conciernen directa o indirectamente, como ciudadanos y como seres humanos.

El tema de la guerra es un asunto que nos concierne a todos, en todo momento y sin reservas por las distancias geográficas, las diferencias culturales o nuestra propia ignorancia y desinterés sobre el tema. La ignorancia no es un derecho ni la ingenuidad una virtud. Hoy nos convocan a dar un voto de confianza incondicional para atacar militarmente a Siria, un país lejano y del que desconocemos los trajines más profundos de su existencia. Es nuestro deber pensar por nosotros mismos, informarnos y actuar de acuerdo a nuestras propias convicciones morales y políticas. Sería bochornoso tomar carta en el asunto por presiones ajenas, por comodidad, temor o complicidad sin miramientos sobre las consecuencias previsibles de otra guerra.  Así aunque nuestros soldados no pongan pie sobre la nación atacada, como ha prometido el primer mandatario estadounidense, comandante en jefe de las fuerzas armadas y premio Nobel de la Paz, Barack Obama.

No nos prestemos a los juegos demagógicos de los engañadores, ni a las presiones de los guerreristas imperiales, ni a la gula occidental por el petróleo, ni a los intereses de la industria armamentista, ni a las artimañas de extremistas islámicos… A todas estas fuerzas inhumanas y deshumanizantes, que privilegian la crueldad, la violencia y la guerra sobre la diplomacia política y la vida humana, digamos con firmeza y determinación: ¡No en mi nombre! ¡No con mi complicidad! ¡No con mi silencio!