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The Founder


La cámara nos revela en primer plano el rostro ajado y guapo de un hombre, Ray Kroc (Michael Keaton), quien nos habla de sus experiencias como vendedor ambulante. Ahora vende batidoras de leche Prince Castle que pueden hacer seis a la vez, pero ha vendido de todo (papel, pianos, muebles plegadizos) y su estilo está en esa primera toma: en términos de hoy día es un “in your face salesman” en 1954. Con inevitabilidad,  andan por su cara los ojos que hicieron que su “Batman Returns” (1992) funcionara. Pueden ser siniestros o tiernos, pero siempre carismáticos. Complementan sus discursillos para vender la máquina que pesa más de lo debido. Pero Kroc es un fracaso que está apunto de, por una coincidencia, dar con un par de hermanos de California del sur que tienen un “restaurante” (toda comida rápida llama sus locales restaurantes) que no depende de mozos que te llevan la comida al auto, práctica muy común en los 40 y 50.

Los hermanos se llaman Mac (John Caroll Lynch) y Dick (Nick Offerman) McDonald. Los McDonald han ido perfeccionado un modelo de vender comida rápidamente. Lo han hecho diseñando un espacio en que las tareas de cada trabajador están coreografiadas alrededor de dos cocineros que se encargan de freír las hamburguesas y dependen de utensilios diseñados por ellos mismos para “automatizar” su operación. Solo venden hamburguesas, papas fritas, refrescos y batidas. La gente se pone en fila, pero en minutos tienen sus comida y ellos mismos se encargan de deshacerse de las bolsas los papeles y las sobras. No hay máquinas de cigarrillos ni música para que se congreguen los adolescentes a molestar e interferir con el flujo de clientes. A Kroc se le prende una bombilla y decide que hay que llevar el negocio a todo el país a través de franquicias.

En estos meses en que vimos dos brillantes “bio-pics” (“Jackie” y “Neruda”, ambas reseñadas aquí) esta llega a tiempo para recordarnos la evolución que ha sufrido el “sueño americano” desde los cincuentas a los tiempos que vivimos. El filme logra, a través del guión de Robert D. Siegel y la dirección de John Lee Hancock, hacer de una historia aderezada con la amargura de la avaricia una que retiene nuestra atención, a pesar de que sabemos el resultado final. Como cuentan la historia es particularmente efectivo porque mantiene el material en flujo continuo, tal y como es el servicio en McDonald.

Es cómo Kroc creó el imperio que es McDonald hoy día lo que es interesante. Puedo adelantarles que, como se imaginan, trabajó como un animal y buscó ayuda y consejería con personas que sabían más que él y le dieron nuevas ideas. Sin embargo, él mismo atribuye su éxito a la persistencia. Lo curioso es que una vez que tuvo un poco de poder se convirtió en una máquina implacable de hacer dinero. Por supuesto, uno no tiene nada en contra de eso si se hace con tesón y elegancia, pero no siempre fue el caso con Kroc. No es fortuito que uno le perdona algunas de estas cosas porque es Keaton el que las está haciendo ante nuestros ojos.

Este actor que alcanzó un pináculo en “Birdman (or The Unexpected Virtue of Ignorance)” (reseñada aquí en 2014) es hoy día, a los 65 años, uno de los mejores que el cine pude ofrecer. En este filme muestra que su talento puede convertir una película rutinaria en algo que vale la pena verse. Le toca decir muchas cosas que alcanzan niveles profundos, y su forma de expresarlas las hace geniales. En una escena resume la nación norteamericana como un lugar en que “en todo pueblo hay una iglesia y una bandera americana” y hace falta un lugar “en que la familia pueda comer barato y rápido”; y “los arcos dorados de McDonald son la nueva iglesia americana”, una nación en que “todo está en tu nombre; McDonald suena americano”.  Es una síntesis bastante certera de un país que se ha reducido a la avaricia, el desdén por el ambiente, a la falta de compasión por el pobre, al rechazo de apellidos que no suenan americanos, y a comer mientras se camina. Keaton convierte su papel en la antítesis de “Death of a Salesman”: el filme podría llamarse “Success of a Salesman”. Ese contrapunto convierte la cinta en una para estos tiempos en que el “vendedor” ha alcanzado el poder máximo en los Estados Unidos: ser presidente. Nada puede ser más “in your face” que eso.

  • William Kreps

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