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Un día más


Esta mañana un tipo dejó un alijo de cosas en el tren F y salté como un resorte: “Excuse me, Sir! You forgot your bags under the seat“, le dije, muy amable. Solo para que me cayera encima un aguacero de insultos en una lengua inteligible. Le escuchaba, pero en realidad solo veía su cara y los escupitajos que lanzaba al aire como desaforado: “What? Only because of my skin color you have to assume I am a f*cking terrorist?“, alcancé a escuchar antes de que se clausuró la puerta detrás suyo.

No señor, no. Yo solo trataba de ayudarle, pensé, mientras perdía la oportunidad de comunicarme. Luego me asaltó el recuerdo de aquel libro de Murakami sobre los atentados con gas sarín en el metro de Tokio, acaecidos en el ’95, creo, y me agarró la paranoia. ¿Qué tal si de veras es algún demente el esperpento ese? Durante el rato, tal vez 50 segundos, que transcurre entre las estaciones de York Street y East Broadway, bajo el río, entre Brooklyn y Manhattan, el tiempo pierde un poco el sentido. Una especie de vacío genera una sensación sónica que en nada ayuda a las personas obsesivas. “Dios mío, permite que sea yo la más loca de todas las personas que viajan en este tren hoy”, alcancé a pensar. Hasta que alguien se acercó y pateó la bolsa para revelar un bagel mordisqueado y un vaso vacío. Respiré profundo, cerré los ojos y me enchufé los audífonos para enajenarme el resto del camino. Justo se largó The Cure al azar con aquello de: “Can I use some of your lipstick?”. Entonces me animé a pintarme allí mismo la boca de rojo.

Hace unas cuantas semanas dejé el café. Para una persona que se tomaba un número significativo de tazas al día, ha sido un gran paso, y debo decir que ha resultado ser muchísimo más facil de lo que esperaba. El té no le llega ni a los talones a la vertiginosa  cafeína, pero me sirve de inspiración y mantra para cumplir con la tarea que me comprometí a llevar a cabo en los próximos meses. El día ha sido muy largo en el trabajo y las infusiones de menta no ayudaron lo suficiente: no conseguí persuadir a nadie para cambiar el modo en que hacemos las cosas, que tiene mucho de absurdo, y me pregunto si debo seguir o simplemente mandarlos a todos al cuerno.

Decido largarme a casa y, en la entrada del subterráneo, esta vez en sentido contrario, una señora se acerca con cara de necesitada y decido atenderla: Ma’am, can you help me with a dollar for a soda, please?”, como si de ello dependiera su vida. “For a soda? Are you freaking kidding me, Lady? Sodas are bad for you!”. Renuncio al mundanal ruido, me enchufo de nuevo y salta Cerati: “Aaaarriba el sol, aaabajo el reflejo de como estasha mi alma”… (Gustavo siempre tan pertinente).

De camino a casa fantaseo por enésima vez con la idea de mudarme a la Patagonia para dedicarme de lleno a contemplar el Perito Moreno. Llueve y la temperatura está un poco fría para ser mayo. Me detengo a comprar unos retoños de bruselas, porque me parecen lo más hermoso que vi en el día y me apetecen muchísimo. Cuando llego por fin, mi media naranja me hace la pregunta más absurda: “¿Qué le pasó a tu pelo hoy? Parece una explosión”. ¿Sería la bomba imaginaria del tren de la mañana, la falta de café o la “insoportable levedad de ser”? Siento que estoy eléctrica (debo tener el pelo de puntas). Voy a mi cuarto y prendo una vela, porque fundí la lámpara cuando traté de encenderla. Cada cosa que digo o hago genera un campo magnético inusual: ¿No seré yo el bosón de Higgs?