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Una plática entre dos libros/textos: Darian Leader y Piedad Bonnett


“Vivir con la pérdida es lo que importa, y los escritores y artistas nos muestran muchas formas de lograrlo…”. (92)
–Darian Leader, La moda negra-Duelo, Melancolía y depresión

“….Me corresponde a mí finalmente, correr el velo de la incertidumbre y señalar lo que en el auditorio ni sus amigos, ni sus primos, ni sus maestros ni sus exnovias ni casi nadie sabe:…” (41)
–Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre

autorretrato, Daniel Segura Bonnet

autorretrato, Daniel Segura Bonnet

Hace algunos días escribí una reseña del libro de Darian Leader: La moda negra – Duelo, melancolía y depresión. Su teoría, sus palabras, sus emociones, en suma: su reflexión cristalina y profunda, se quedaron conmigo que vivo un duelo, y días después José Julio (Tertulia Viejo San Juan) me ofreció un libro que escribe una escritora/poeta aferrada a la palabra en la cual cree y con su escritura dialoga, a su manera, con esa teoría y transmuta, vía el locus de arte, el dolor y el duelo del suicidio del hijo. Lo que Leader planteaba en su libro La moda negra- Duelo, melancolía y depresión (Sexto piso, 2014, traducción de Elisa Corona Aguilar) lo estaba leyendo “en carne y hueso” literario en Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett (Alfaguara, 2013).

Estaba viendo en esta escritura/narrativa y poética, lo que Leader plantea y defiende, entre otros asuntos, que: “…La verdadera función social del arte, quizás, es presentar modelos de creación, y por esto la diversidad de cada acto artístico es crucial”(82); o como señala la psicoanalista Ginette Raimnbault, -a quien cita-, “…el trabajo de escritores, artistas, poetas y músicos es muy importante para ayudar a sacar a la luz la naturaleza universal de lo que siente una persona en duelo, pero no porque todos vayan a experimentar lo mismo. Por el contrario: lo que nadie puede entender de mi dolor, alguien puede expresarlo en tal forma que yo pueda reconocerme a mí misma en lo que no puedo compartir”.

Merecen incorporarse aquí, -por ser pertinentes- los tres epígrafes del libro de Bonnett, la madre/escritora/poeta que pierde a su hijo Daniel quien se suicida a los veintiocho años; uno de Paul Auster, el autor, entre otros textos, del ensayo “La invención de la soledad”: “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamٕás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”; un epígrafe, -que arroja luz en el título del libro-, es de Peter Handke: “[…] esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje”; y el tercero es de Blanca Varela: “[…] hurgo mis sentimientos/estoy viva”. Siete libros de poemas anteceden a la escritura de Lo que no tiene nombre y quizás, si se hurgan y trabajan todos, se podría concluir que es en este en el cual aparece de principio a fin la presencia cautelosa y vigilante de la poesía amarrada a la mano de la escritora en su “trabajo de duelo” como lo distingue Freud (Duelo y melancolía, 1915) y lo consigna Leader en su libro.

Desde las primeras páginas de Lo que no tiene nombre entramos al apartamento, a la habitación, de Daniel, el hijo muerto de la escritora que a sus veintiocho años se suicida. La escritora comienza la labor de reconstrucción, de reconfiguración de “cómo procesamos ese dolor” (Leader 30) que es la diferencia entre el duelo y el dolor, según lo plantea el psicoanalista británico, quien enuncia: “El duelo, entonces, es diferente del dolor. El dolor es nuestra reacción a la pérdida, pero el duelo es cómo procesamos este dolor”. Piedad Bonnett, es la voz narrativa/madre de un hijo muerto por suicidio.

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autorretrato

Entra a la habitación de su hijo y comienza su trabajo de percatarse de los detalles, de reestructurar, de esbozar el “escenario” como lo llama. Escribe así la voz narrativa en primera persona, presente en la habitación: “Examino todo, brevemente, de un vistazo: la cama, tendida con pulcritud, el escritorio abarrotado de libros, los cuadernos apoderados de la mesa de noche, la chaqueta de cuadros colgada con cuidado en la silla. Durante algunos segundos no decimos nada, a pesar de que un turbión de emociones nos agita por dentro. Entonces Camila abre el clٕóset y vemos los zapatos alineados, los suéteres y las camisetas puestos en orden, es la habitación de alguien pulcro, riguroso, aseado. Confusos, intercambiando frases cortas que quieren ser eficientes, nos dividimos los espacios a fin de poder hacer la tarea que nos ha traído hasta aquí. (énfasis nuestro) Nadie llora: si uno de nosotros se rindiera al llanto arrastraría con su dolor a los demás”. Conocemos a Daniel, a través de los ojos de su madre, la escritora que domina la palabra, y sabe escoger los adjetivos “pulcro, riguroso, aseado”, que contrastan con el “Confusos” refiriéndose a ella y a sus acompañantes en la inspección de la habitación de Daniel. Resulta interesante destacar que ese espacio no es “allá”, sino “aquí”, ese aquí que es la habitaciٕón; ese “aquí” es la palabra de la madre/escritora y la propia página del libro, el propio signo que se entrelaza con el tejido del lenguaje que nos relata.

El espacio de la habitación es cotidiano pero “íntimo”. A renglón seguido, la voz narrativa/escritora/ madre así enuncia: “Siento, por un instante, que profanamos con nuestra presencia un espacio íntimo, ajeno; pero también, atrozmente, que estamos en un escenario. Me pregunto qué sucedió aquí en los últimos minutos de vida de Daniel. ¿Acaso sostuvo consigo mismo un último diálogo ansioso, desesperado, dolorido? ¿O tal vez su lucidez fue oscurecida por un ejército de sombras? (Bonnett 16) El padre y la madre entran a la habitación del apartamento ubicado en Nueva York con “dos maletas grandes, livianas porque estaban vacías” (15) y salen de la habitación, “con maletas cargadas” (16) ; llevan con ellos las cosas de su hijo, se llevan una parte de él y ya ha comenzado la labor de comenzar a “reacomodar o recombinar elementos” (Leader 37) que es uno de los pasos del trabajo de lo que constituye el duelo, y paso que es parte del proceso de la separación, que “quizá sólo se vuelve pérdida cuando es registrada”.(Leader 56) A pesar de ser un espacio “íntimo”, la habitación de Daniel también representa ese espacio social en el cual interactúan terceros. Rafael, el marido de la escritora/madre descubre en el escritorio de Daniel “el reloj, la billetera, el iPod, el teléfono móvil” y entonces “Los ojos se nos llenan de lágrimas”.(Bonnett 17) Recuerda Leader que […] “Las perspectivas analíticas que hemos revisado parecen omitir completamente el rol de otras personas. El duelo se aborda como un evento privado y no como un proceso público, social”.(Leader 68) Y en este espacio del apartamento de Daniel están presentes: Camila, Renata, Pamela, Rafael y Piedad (y las pertenencias de Daniel) y los ojos de todos “se nos llenan de lágrimas”: se comparte el dolor, se socializa en algo el dolor, deja de ser exclusivamente privado de Rafael y Piedad o de Piedad solamente. Más adelante en el relato, casi al final, nos percatamos que los abuelos, que casi rondan los noventa años, también forman parte de este ritual de duelo; para Durkheim, recuerda Leader, el duelo es descrito “menos como un proceso individual de aflicción que como un imperativo del grupo social; menos un movimiento de sentimientos privados, heridos por la pérdida que un deber impuesto por la comunidad”. (Leader 69). Y, parece guardar relación con el hecho de que la muerte de alguien nos recuerda nuestras propias pérdidas, y así lo hace Leader al recordar “uno de los más famosos y primeros textos en lidiar con la cuestión del duelo, la Ilíada: “Cuando la multitud reunida se viste de luto por el guerrero fallecido, nos enteramos de que lloran menos por él que por las pérdidas que les recordó… La manifestación pública del dolor le permite a cada individuo tener acceso a sus propias pérdidas”.(Leader 72)

Y es aquí cuando el lector de Lo que no tiene nombre recuerda sus pérdidas, -que no son exclusivamente pérdidas por muertes de seres queridos-, y aunque la lectura sea una actividad íntima, es también una “manifestación pública del dolor” de parte de la madre/escritora y es esto “lo que permite a cada individuo tener acceso a sus propias pérdidas”.(Leader 72) Y es una manifestación pública del dolor porque existimos nosotros lectores que recordamos nuestras pérdidas, y es la propia manifestación pública del dolor transmutada vía el arte lo que permite que también nosotros lectores veamos la belleza de la escritura, del relato, y de la fineza de sentimiento y profundidad del dolor de una madre asistida por la mano y corazón de una escritora, poeta, lo cual nos abre la puerta para que evaluemos este texto como un modelo de creación que nos ayuda a trabajar el duelo y nos catapulta hacia la propia creación en la cual nuestras combinatorias y arreglos con nuestras pérdidas se vuelven propias siguiéndole el hilo a estas dos lecturas.

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Esta experiencia de lectura es como si fuera un “luto público” y, recuerda Leader, que ‘El luto público está ahí para permitir que el duelo privado se manifieste”, así como “El lamento por los héroes muertos que tenía un lugar tan preciso en la cultura helénica tenía la función de proveer un espacio para el lamento de pérdidas individuales, privadas”.(Leader 72) Pues “[…] Esta es una función básica de los rituales públicos de duelo. Lo público facilita lo privado”.(Leader 73) Piedad Bonnet hace público su luto y lo hace vía el arte, una novela de ciento treinta y un páginas que permite un diálogo de duelos, y “Un diálogo de duelos puede tener muchos efectos. Puede permitir a una persona iniciar el proceso de duelo adecuado, y puede proveer el material necesario para representar su pérdida. Como leemos en Ricardo III, de Shakespeare:

Si la tristeza puede admitir compañía,

Cuenta tus penas de nuevo al ver las mías”.

(Leader 89)

Recuerda Leader que la analista kleiniana Hanna Segal “señala un punto muy simple pero apenas notado acerca de nuestra experiencia con las obras de arte. Aunque en cierto nivel podemos creer que nos ‘”identificamos” con el protagonista, también hay un proceso de identificación con el creador, en el sentido de que alguien ha podido hacer algo a partir de una experiencia de pérdida inferida. Como lo plantea Segal, han creado algo “del caos y de la destrucción”. […]”Segal argumenta que es a través de la identificación con el artista que puede alcanzarse un duelo fructuoso, implicando quizá una experiencia más transitoria de catarsis que el larguísimo trabajo de duelo descrito por Freud”[…] “el lugar de las artes en nuestra cultura adquiere un nuevo sentido: como un conjunto de instrumentos que nos ayudan a vivir el duelo. Las artes existen para permitirnos acceder al dolor y lo hacen mostrando públicamente cómo la creación puede emerger de la turbulencia de una vida humana. En nuestro inconsciente de las artes tenemos que salir de nosotros para volver adentro”.(Leader 81)

Cuando Piedad Bonnet incorpora escritores en Lo que no tiene nombre los mismos se convierten en bálsamo de su dolor que enuncia así en las postreras páginas de su libro: “Tomo notas, me observo. Ahora sé que el dolor del alma se siente primero en el cuerpo. Que puede nacer de improviso, en forma de un repentino desaliento, de un aleteo en el estómago, de náusea, de temblor en las rodillas, de una sensación de ahogo en la garganta. O simplemente de lágrimas calientes que acuden sin llamarlas.

(Es sentimiento puro albergado en la amígdala -me dice mi terapeuta- que surge sin necesidad de pensamiento asociado.) […]

Sé que en determinados momentos mi dolor me acerca a la locura. También hay brevísimos instantes de lucidez, de comprensión: no, Daniel no volverá jamás. Es como si esta palabra afectara una parte de mi cerebro, que hace que me abisme a un estado desconocido, imposible de describir con palabras exactas”. (Bonnett 123) Y ese dolor, Piedad Bonnett lo transmuta vía Lo que no tiene nombre, que se convierte en su “trabajo de duelo” como apuntaban Freud y consigna Leader. Piedad Bonnet, la escritora, poeta, es consciente de su escritura y se pregunta por qué escribe lo que ha escrito; se responde (nos guía) así:

Quizá porque un libro se escribe sobre todo para hacerse preguntas.

Porque narrar equivale a distanciar, a dar perspectiva y sentido.

Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras.

Porque a pesar de todo, mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras.

Porque aunque envidio a los que pueden hacer literatura con dramas ajenos, yo sólo puedo alimentarme de mis propias entrañas.

Pero sobre todo porque, como escribe Millás, “la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”

Darian Leader y Piedad Bonnett sostienen un diálogo, quizás para aquellos que vivimos un duelo, y quizás para aquellos que intuyen que algún día lo vivirán. El trabajo de duelo y el trabajo de arte es el trabajo de escritura de Piedad Bonnett, quien en el “Envío” que cierra su libro habla así de las palabras: “Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme”.

  • Claudio Raúl Cruz Núñez

    Saludos.

    El dolor es una hoja desgajada. El duelo es la sabia reparadora.