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Vernos


vernos1Fui por una lista de respuestas y ella tenía solo una pregunta. ¿Qué pasa con este país?, preguntaba con ojos que no tenían ni una pizca de retórica. Le prometí que intentaría contestarle cuando pudiéramos dar por terminada la entrevista y apagar al fin la grabadora. No olvidó mi promesa por más que la conversación tomara otros rumbos. Como preámbulo de lo que ya para mí se estaba volviendo epílogo, me ofreció una tacita de café. La acepté con gusto y con la curiosidad de quien hace tiempo no toma café en casa ajena. El café es parte de nuestra intimidad mañanera. Ofrecerlo es dar un poco de ese yo aún no público, accesible solo a los más cercanos. Entonces volvió a preguntar: ¿Qué le pasa a este país? Ambas sabíamos que al país, como a todos, nos pasan cientos de miles de cosas; que algunas nos llevan pasando decenas de años y otras, apenas un puñado de días. Para tratar de determinar en qué fijaba ella la vista, le pregunté cuándo empezó a notar el cambio. Lo pensó solo un momento. Cuando me quedé viuda con dos hijos. Le pregunté que pasó entonces y me soltó escuetamente: nadie venía a vernos.

Irse a ver. Voy a verte. Hace tiempo no nos vemos. Ya no te dejas ver. Y mi favorita: A ver cuándo nos vemos. Entre nosotros la mirada bien intencionada, solícita, es lo que para los primates constituye la mano del otro acariciando el pelambre. Una forma básica de sociabilidad. No hay nosotros sin pasarnos la mirada, aunque sea solo un rato. Con café o un vaso de agua helada en la mesita, se trata de compartir un espacio en el que podamos vernos. Creo que la tristeza de esa joven viuda que los años han convertido en desconcierto, me recordó de golpe todas las miradas que extraño. No he visto a Laura y porque sé que no la voy a encontrar en el pasillo que compartíamos, cambié de ruta. No vi a una amiga querida en todo el verano, aunque mi regalo de cumpleaños fue la promesa de vernos. En mi geografía imaginaria, mis padres viven en el punto de encuentro de los catetos, mientras yo recorro semanalmente la larga hipotenusa que es la PR-52. No es la misma distancia. A pesar de los cálculos de Pitágoras.

Al país le pasan muchas cosas, pero una de ellas, agente catalítico de otras tantas, es un desgaste de las formas de sociabilidad. ¿Dónde nos vemos? ¿Cuánto podemos vernos? ¿Cómo aproximar al que vemos por primera vez? ¿Quiénes siguen al margen de ese juego de miradas que construye un nosotros más real que imaginario? A la idea de la democracia que descansa sobre la audibilidad de los argumentos hay que añadirle la idea de una forma de sociabilidad que exige el mirarse. Los esfuerzos institucionales y la política pública deben correr en paralelo: más y mejores condiciones para el diálogo y la deliberación; más y mejores condiciones para fomentar la sociabilidad. A algunos optimistas les puede parecer que ya nos vemos bastante, pero investigaciones en curso sobre el uso del tiempo libre y las estrategias de ocio realizadas por el Grupo de Estudios del Trabajo (GET) que coordina la colega Laura Ortiz Negrón desde el Centro de Investigaciones Sociales en el Recinto de Río Piedras sugieren que en nuestro país las actividades más comunes de ocio consisten en descansar un rato y compartir con la familia. En estas prácticas hay que escudriñar más y eso estamos haciendo, pero una primera lectura de estos hallazgos sugiere que a la hora del solaz respondemos al agobio del cuerpo y a la necesidad de reconectarnos. No hay tiempo ni energías para más. Recargar baterías y ver al otro; ya mañana será otro día.

C. Gamble, J. Gowlett y R. Dunbar, los investigadores que presentaron la propuesta que ganó el concurso con el que la Academia Británica de Ciencias celebró su primer centenario, reportan en su libro Thinking Big: How the Evolution of Social Life Shaped the Human Mind (London: Thames and Hudson, 2014) que en los entornos que estudiaron los individuos dedicaban unas dos horas al día a las interacciones sociales, excluyendo los encuentros en el trabajo y otras relaciones profesionales; por ejemplo, acudir al doctor. De esas dos horas, 48 minutos se invertían en las cinco personas más próximas a cada sujeto encuestado. Si la distribución de tiempo fuera equitativa, detalle que los autores no comparten, cada miembro del círculo más íntimo de un individuo recibiría menos de diez minutos diarios de atención, más o menos el tiempo que toma compartir una taza de café. En el libro al que hago referencia a Gamble y compañía no les interesa explorar el estado de las relaciones de sociabilidad en el mundo actual ni sus consecuencias, sino la importancia que pudieron tener estos vínculos para explicar la selección de individuos con cerebros más grandes en la historia natural de los sapiens. Para estos investigadores, el desarrollo del cerebro permitió la expansión, a escalas diversas, del grupo social de los primates. La colaboración de sus grupos resultó indispensable para que estos individuos con cerebros más grandes y presupuestos metabólicos más altos prosperaran y tuvieran progenie. Según Gamble, Gowlett y Dunbar, debemos el tamaño y la configuración de nuestro cerebro a las formas de sociabilidad que este hizo posible.

Si Gamble, Gowlett y Dunbar tienen razón, la historia natural de la sociabilidad es la historia profunda de cuánto hemos considerado prototípicamente humano. Si así resulta, lo muy humano no es adánico, es simiesco. Por gran parte de la historia profunda de nuestra especie esto no debió molestar a nadie. Quizás comenzó a resultar incomprensible y hasta abominable desde hace solo unos pocos miles de años, cuando a esas formas de sociabilidad primera se le sobrepusieron los deberes con el Estado y la religión organizada. Esas no fueron las últimas de las intervenciones. Hace menos de doscientos años que el capital comenzó a reconfigurar la sociabilidad a su imagen y semejanza, profundizando la experiencia de una existencia individual y precaria cuya supervivencia depende más de la capacidad de acceso a los mercados que de la confianza en los otros. Ahora que nos hemos acostumbrado a estar solos en el mundo, a cuesta con nuestras penas, nos encontramos encerrados en nuestras casas, extenuados y con apenas diez minutos que ofrecer a aquellos que más cerca se encuentran.

Esto es algo de lo que nos pasa. ¡Y es tanto! Sirva al menos para explicar por qué nadie viene a vernos.

  • Gerardo

    Los atrios de las iglesias fueron transformados en parkings; hay mas estacionamientos para carros que áreas donde puedan jugar los niños; los patios de las escuelas están sembrados de cemento; las escuelas que logran que los estudiantes aprendan a pasar exámenes son vistas como excelentes mientras que las que fomentan la socialización y búsqueda de conocimiento en comunidad y con la comunidad ni las mencionan; los grupos de adultos, sindicatos, etc. protestan para lograr beneficios que no incluyen la vida en comunidad en el espacio público.

    • Anayra

      Gracias, Gerardo, por su comentario.

      Es importante reflexionar sobre cómo nos hemos ido apropiando del tiempo de los niños(as). No les está permitido trabajar, pero el Estado ni nadie le garantiza las 9 horas de sueño que necesitan, por no hablar del tiempo de solaz que seguimos necesitando todos.

  • Anita Yudkin

    Cuan cierto… Llevamos como diez años y los que llevas en Río Piedras con “a ver cuando nos vemos”. Espero sea muy pronto – a ti y a muchos/as otros que hace falta ver y por qué no abrazar.

    • Anayra

      Gracias, Anita.

      Creo que este semestre ya está en camino al menos una ocasión.

      Un fuerte abrazo.

  • juanoterogarabis

    ¿Cuándo y dónde podemos realizar esa promesa de compartir? Puedo pensar que los espacios cotidianos que “compartimos” —de una modo muy extraño— están minados. El temor al otro domina sobre el deseo de ver al similar. Nuestra planificación urbana plagó de campos deportivos las urbanizaciones de la clase media, pero proveyó escasos parques para encuentros menos combativos, de modo que también alejó a los adultos de los espacios públicos. Esto, muy a pesar de que la inmensa mayoría de esos “nuevos” hogares estaban diseñados con el espacio liminal del balcón.
    Y nuestros trabajos…. lo dejo ahí, porque no es de eso de lo que queremos hablar cuando nos veamos.

    • Anayra

      Querido Juan,

      Los autores que cito insisten en que las cosas (por ejemplo, esas que ahora identificamos como “herramientas”) nacieron en entornos sociales y debieron haber servido para diversificar esos lazos. (Por ej: “Ahora podemos hacer esto con esto otro.”) Ahora pareciera que en nuestro mundo las cosas son cómplices del aislamiento humano y de la ilusión de la autosuficiencia individual. En un mundo diseñado para la existencia solitaria sacar el tiempo para verse es una nueva tarea frecuentemente frustrada.

      Hay mucho que rediseñar para que los caminos se crucen y podamos confluir.

      Mientras, un abrazo.

      • juanoterogarabis

        pero que no se agoten las ganas de verse… tras el miedo de no querer ver “cierta gente”

        • Anayra

          En lo absoluto, Juan.

  • Laura Náter

    Esa nueva ruta debe tener algún pasillo o esquina o recoveco. Me gustaría encontrarlo y encontrarte. Vernos.
    L

    • Anayra

      Querida Laura,

      Pasillo, esquina, terracita, cafecito… Tú escoges.

      Abrazos.

  • Mabel Rodríguez Centeno

    Anayra, esto es tan triste como hermoso. Me hace pensar en muchas cosas. La reivindicación verdadera es el tiempo, qué hacemos con el tiempo en este tiempo. No se trata únicamente de trabajo/no-trabajo/qué-es trabajo, esto es sobre el tiempo necesario para vivir la vida. Gracias!
    Siempre, Mabel

    • Anayra

      Querida Mabel,

      Totalmente de acuerdo. El tiempo es una reinvindicación necesaria que no debe desplazar otras planteadas. Y no solo como tiempo “después del trabajo.” Así visto, ese tiempo está tan cooptado como el tiempo contratado. Se trata de reclamar el tiempo que sostiene una vida humana y no sólo, por ejemplo, las calorías y nutrientes que sostienen el cuerpo. Plantear el tiempo como una reinvindicación requiere examinar elementos de la vida social que han pasado desapercibidos en las demandas emancipatorias, por ejemplo, el tema de la escala social.

      Por ahí iba el comentario que se quedó en el tintero en nuestro último intercambio en este espacio.

      Un abrazo.

  • José Felipe González Pabón

    Muy
    triste!