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Vientos huracanados: manual irónico (e implícito) para un nuevo bolero


Ante los Vientos huracanados de Pablo Juan Canino Salgado, como ante cualquier otro libro de relatos, los lectores, con todo derecho, pueden preguntar, ¿por qué las historias ocurren de ese modo y no de otro? ¿Por qué unos personajes mueren y otros quedan vivos, solos o acompañados? Detrás de las historias, en el silencio antes de la narración, está el gran juez, el gran demiurgo que diseña y decide los destinos de los personajes. Ése es el autor implícito que es cifra de las normas y valores de la cosmovisión que rige los cuentos, dándoles coherencia.  Y este autor implícito, que es un código, y no el narrador ni el autor real, ha decidido que sus criaturas aprendan a sufrir atravesando por el sufrimiento. Por lo mismo ha decidido que el dolor no quedará en pura inutilidad siempre y cuando abra paso al conocimiento. Así también ha decidido que ciertas violaciones a la ley de la solidaridad o de la compasión no quedarán impunes.

Y como los destinos narrados son simulacros de la conducta humana aquí (en los cuentos) se hace presente la relación tensa o cómoda con la cultura. Y es así como llegamos a las características asociadas tradicionalmente con la dualidad de los géneros masculino-femenino.

Aunque una parte de la conciencia de nuestra época acepta que los rasgos de la conducta humana clasificados bajo la dualidad de lo masculino y lo femenino son un producto cultural, no una condena biológica, todavía éstos operan.  Por lo mismo, pueden servir de material literario.

En el libro circulan, entre otras, dualidades como la acción y la pasividad, la voz y el silencio, la libertad y el encierro, el coraje y la tranquilidad, la furia y la mansedumbre, la cordura y la locura, la mente y la sensibilidad. Éstas afectan los destinos de los personajes, que cumplen, sin remedio, con el diseño que los rige tras bastidores. Pero ya sabemos que estas marcas no tienen contrato de exclusividad con ningún género en particular.

El conjunto de los relatos combina estas características para crear historias que sugieren con ironía, -y es muy importante advertir esta presencia-, instrucciones para atravesar los vientos de la conducta humana. A su manera, el libro es un irónico manual de sobrevivencia, el mapa implícito para otros caminos. Aquí veremos solamente algunas de sus direcciones a través de una selección de los cuentos.

En el primer relato, “Vientos huracanados”, Maggie, la mujer-furia, toda voz, es una especie de Dalila, que le corta la melena a Francis, el hombre pasivo, silencioso, identificado con la imagen de la hoja llevada por las primeras ráfagas del temporal que se acerca. Esa hoja que según el personaje “no tenía la voluntad propia de desprenderse, sólo lo hacía cuando se marchitaba y moría”. Aquí los vientos del título cumplen el doble propósito de indicar las realidades atmosférica y psicológica. La furia ¿masculina? la posee la mujer que en su preocupación por el temporal se convierte en instrumento inconsciente de la fatalidad al llevar a su esposo a la muerte. En un nivel simbólico y con sesgo tragicómico se interpreta que el matrimonio se queda sin baterías, que la posibilidad de luz no se cumple, se queda encerrada, pues ya se hizo tarde. Se infiere también que las consecuencias para ella serán la soledad y quién sabe si la culpa. La lógica de la historia propone como desenlace la eliminación de uno de los polos o entes de la dualidad. Por un momento parece que la trama quiere eliminarla a ella, pero en un giro sorpresivo y subversivo es el hombre silencioso y pasivo el que termina cancelado. La mujer consigue las baterías, el esposo, la muerte, por un balazo.  Gran parte de la ironía está en que el hombre, en apariencia, víctima, no es reivindicado, sino cancelado -interpretamos- por no saber encontrar la sabiduría necesaria para librarse o redefinir la situación. Hay que superar, pues, ese cruel bolero.

En “La última nota”, el cuento de cierre de la primera sección del libro, encontramos como telón de fondo el padre infiel que ha abandonado la esposa con cuatro hijos, después vemos esa misma mujer abandonada convertida en madre violenta, fiera. Así llegamos al protagonista cuyo mundo afectivo refleja las dualidades acción e inacción, furia y mansedumbre, enfermedad y salud, expresión y silencio.

El viento de la fatalidad, esa metáfora o brazo disfrazado de la cosmovisión del autor implícito, ha decidido que la mujer furia pareja del protagonista debe morir, lo cual sume en la depresión y desequilibrio mental al personaje.   Sólo la música le trae alivio. Si bien el personaje -por recomendación del psiquiatra- recurre a la terapia de la escritura,  ya no es posible la sanación. Lo mismo ocurre con su don musical.  Se le hace tarde para perfeccionar su destreza, pues la fatalidad se le adelanta. Al final, el vendaval trágico-irónico le quita la vida. Otra vez, un balazo cancela al protagonista.

Aquí se reitera, en otro contexto, una regla implícita del demiurgo que controla las vidas: aquel personaje que se muestre incapaz de convocar, a tiempo, las fuerzas internas que lo liberen de la situación deshumanizante que lo acosa, deberá hacerse a un lado. Recomendación, pues:  desafiar a tiempo, los terribles boleros del desamor y de la autoconmiseración.

Ya en el centro del libro encontramos la trilogía de los cuentos protagonizados por el detective Amado del Pino, acompañado por su colega Carlos Quiñones Ortiz, alias Perejo.

Al repertorio de temas ahora se añaden la codicia económica, el negocio de estupefacientes y, como es lógico, el entramado policíaco con sus corespondientes conflictos de jerarquía. Así también se manifiestan las dualidades violencia y mansedumbre, la diferencias entre la ley y la justicia, entre la indiferencia y la solidaridad así como entre la voz y el silencio. Además, y muy importante, encontramos la amistad entre los detectives. Por su trabajo, los personajes están obligados a entrar en contacto con las pasiones que desembocan en violencia. Otra vez, casi como una ley de la conducta, vemos la tendencia y la acción de herir al prójimo.

Pero el detective del Pino no está ajeno a los terribles vientos. Su esposa “le había disparado de frente [ . . .] el hiriente proyectil de que no lo quería” (p. 78), su hermana había sido asesinada por su esposo, un sargento de la policía que él le había presentado, por lo que siente culpa, y es muy sensible a los llamados crímenes pasionales.

El rasgo de la sensibilidad es central porque revela una regla ética superior. He ahí un camino, un arte para saltar de sí mismo y acceder a un nuevo bolero. En “Gallina de palo”, el primer caso o cuento, ante un crimen cometido por una mujer, el detective se muestra riguroso en la investigación, y, a la vez, flexible en la aplicación de la ley. El detective descubre la verdad de un asesinato, pero decide guardar silencio para proteger a la sospechosa.  La víctima, un hombre furia, narcotraficante, violento, había intentado matar a su amante, pero, por error, se hiere a sí mismo, y es ella quien le da fin a su victimario e intenta hacer ver todo como un accidente. Pero nosotros sabemos que en literatura no hay accidentes. Si bien el detective descubre la verdad, prevalece el sentido de fidelidad a una ley mayor de compasión, de solidaridad. En contraste con otras historias en las que se ve un silencio pasivo, autodestrutor, aquí el silencio es un modo de acción sobre la realidad, un pronunciamiento. Es ese silencio activo el que impide lo que la voz insensible de la rigurosa investigación policial, hubiera pronunciado como resultado inevitable, la acusación contra la mujer. He ahí la diferencia entre la letra y el espíritu de la ley. O si se prefiere, la diferencia entre la investigación criminal y la justicia. Así también, otra vez encontramos la mano de la fatalidad.  Es gracias a un accidente que el hombre violento se ve impedido de completar su acción.  Pero aquí los personajes saltan sobre su circunstancia. Es gracias al saber actuar a tiempo de la mujer, y por medio de la violencia, que su opresor termina expulsado de la historia narrada. Y es gracias al saber callar a tiempo por parte del detective que la mujer se salva de la ley acusadora. Descubrimos, pues, que según las normas del autor implícito o demiurgo, a esta mujer se le dará otra oportunidad, mientras que lo contrario ocurre con el hombre furia. Más adelante, en otro cuento, el destino, ese gran programador que ya conocemos, le dará al detective del Pino otra oportunidad en el amor. Acaso porque sabrá atravesar con sabiduría su propio y doloroso  bolero.

En el inicio de la tercera parte con “Betzaida la bella” regresa en el libro la profesión de los abogados y se presenta lo que podríamos llamar la mujer intertextual. Así también aparecen las dualidades que marcan la diferencia entre la acción y la inacción, lo verdadero y lo falso, la ficción y la realidad, así como lo exterior y lo interior. La mujer protagonista deja de ser la pasiva, frustrada y obesa espectadora de series de televisión para convertirse en la delgada y activa heroína, igual que los personajes de las series. Pero todo es la reescritura irónica y paródica de un cuento de hadas, de un drama de televisión, de una novelita rosa y de una película de amor. Ya se ha dicho que es una mujer intertextual. Sin embargo, como la heroína, aunque un tanto abusadora con su secretaria y otros subalternos, es también ingenua, y tal vez, por eso podría tener una segunda oportunidad sobre la tierra. Tanto en la técnica narrativa como en la historia narrada encontramos la presencia del mundo de la televisión y del cine.  Hay una reiterada mediación entre el narrador y la historia pues aquél alude constantemente a las técnicas de cámara, al uso de la música y la luz. También la dualidad de estirpe literaria de la bella y la bestia anida en cada coprotagonista del amorío. El galán, en su exterior, es un caballero atractivo, elegante, pero en su interior, es falso, una especie de diablo. La dama será la bestia convertida en bella por arte de operación y dieta. Pero en su interior, es una romanticona ingenua. Él es un diestro jugador, ella , el motivo -literal- del juego y de la apuesta. Pero como ya sabemos, desde la dimensión ética, el irónico demiurgo siempre vigila. De ahí los desenlaces y castigos ejemplares. Al final de la historia, una conversación oída a escondidas, por casualidad, le revela la verdadera naturaleza monstruosa de su príncipe. Su interés por ella es falso, se trata de una apuesta con el presidente de la Compañía. “Me debes dos cajas de champán francés” son las palabras que resuenan en el descubrimiento (pág. 197) . Si bien la revelación supone dolor, los lectores infieren que si el personaje aprende, hay esperanza, pues podrá bailar mejor el próximo bolero de pasiones que se presente. Es digna de mención, por su conexión con los significados, la técnica del contraste entre la percepción visual de los lectores y la auditiva por parte de la protagonista burlada. En virtud de las instrucciones dadas por el narrador para el manejo de la cámara y las luces, hasta este momento ha predominado la imagen visual. Ahora, si bien los lectores la vemos a ella, ella no ve a los interlocutores que, por accidente, producen la revelación. La verdad es sólo escuchada. Tal vez se sugiere que se acabó la vida de imágenes de película, se acabó la ficción. Ahora es la verdad como pura información, puro sonido. Sin embargo, para la abogada burlada, a pesar y gracias al dolor, queda abierto el final. No así para el abogado burlador. Éste muere en un accidente de avión.  (Tomemos nota:  dos accidentes, la verdad para ella, la muerte para él. Qué casualidad.) La muerte, esta vez por caída, es una de las formas de castigo que el demiurgo enmascarado como destino les reserva a aquellos que han herido, es decir, aquellos que han violado la ley de la solidaridad y la compasión. Betzaida la bella, suponemos, deberá vivir, para que pueda sanar, siempre y cuando encuentre sabiduría en el sufrimiento. Acaso por ser víctima ingenua aquí se manifiesta otra regla tácita del autor implícito: la ingenuidad es un atenuante en la sentencia dictada por el juez-demiurgo. Pero no hay garantías. Digamos que la protagonista disfrutará de una especie de libertad bajo palabra de crecer.

En la tercera y última parte del libro, el juego de las dualidades continúa en “Martes de Domingo” a través de dos parejas. Vemos cómo se enfrentan la mente y la sensibilidad, la libertad y el encierro, el amor y la soledad, el conocimiento vital y el libresco a través de un espejo irónico. En este cuento la mujer o el hombre furia o burlador ha desaparecido para dar paso a la pareja que llega a la senectud en soledad. Aquí los vientos de huracán se han convertido en brisa triste de melancolía.

El profesor Marcelo ayuda a una viuda a deshacerse de los libros de su difunto esposo. Pero el gran regalo que recibe es el amargo conocimiento de la contradictoria relación entre el conocimiento libresco y el conocimiento de vida. La imagen e idea que en un principio le parece al profesor la vida perfecta, -verse en un paraíso de libros, a lo Borges- luego se revela como la condena de soledad para la mujer que terminó por rechazar todo el tesoro  de discos y libros acumulado en vida por el marido.

En una especie de bifurcación dentro de la biblioteca, el profesor encuentra el libro La nave de los locos, de Sebastián Brant. Entonces ocurre un giro. Leemos de un libro que niega el valor de los libros, o, al menos, que desconfía del conocimiento sólo hallado en los libros.  Se inicia y madura en el profesor una sensibilidad, un proceso de conocimento que da por resultado la renovación o intensificación del amor conyugal. El espejo de la pareja Domingo, el juez lector y melómano encerrado que solamente salía los martes a comprar libros con su esposa, y su esposa encerrada todos los días excepto ese martes de libros, hace despertar en el profesor Marcelo un conocimiento distinto que sin excluir la razón (lectora o erudita) no se limita a ella. Comprende que él y su esposa corren el peligro de convertirse en la pareja del lector-solo, y la esposa sola-ajena a los libros. Al final, pues, el personaje llega a la gnosis, a la sabiduría, a través del espejo irónico de la pareja solitaria. Ante la experiencia reveladora, el profesor sólo quiere regresar a su hogar, como Ulises después de las navegaciones.

Nos sugiere el cuento que todas las dimensiones o aspectos del ser humano deben vivir unidas, una parte no debe dominar o expulsar a las otras. La biblioteca es el falso paraíso para uno solo donde la mente y la razón reinan y han expulsado las otras dimensiones del ser. Por lo tanto sólo si salimos de la necedad de segmentar nuestro ser dándole el dominio de la mente y su razón, sabremos encontrar la sabiduría del equilibrio de los opuestos. Además de la razón y la mente también está la sensibilidad. ¿Acaso lo femenino dentro de lo masculino?

En los Vientos huracanados de Pablo Juan Canino Salgado encontramos los elementos de la catástrofe, pero también algunos indicios de felicidad. Las historias trazan con ironía y compasión, distintos paisajes donde se ven las caídas en el dolor, pero también donde se vislumbra un mapa que, aunque borroso, sugiere instrucciones para atravesar el vendaval de la cultura: este mapa o manual nos propone redefinir el código que nos programa desde siempre, liberarnos de los patrones de conducta amarrados a viejas dualidades de género. Nos sugiere el libro que por encima de las divisiones entre la acción y la pasividad, la voz y el silencio, la violencia y la mansedumbre, la mente y la sensibilidad, por encima está la capacidad humana para la superación y el conocimiento, esa conciencia de la experiencia, esa lucidez que se hace desafío, no sólo ante los otros, sea hombre o mujer, sino ante uno mismo. Por eso, como si los lectores fuéramos personajes frente al gran código que preescribe nuestra conducta, la pregunta final, (que sería de comienzo) es la siguiente: ¿seremos capaces de demostrarle al gran juez, el autor implícito, que sí podemos liberarnos de su juicio mediante la superación de la cultura madre y padre convirtiéndonos en autores de un nuevo bolero? Ahí está el detalle.