Entrando y saliendo de realidades alternas, el gobernador Luis Fortuño emite juicios de tenor esquizoide sobre la identidad cultural y nacional de los puertorriqueños. Lo peor del asunto es que lleva razón. Sus conceptos de que somos boricuas y americanos, con amor por Puerto Rico y lealtad hacia EE.UU, retrata el enredo de miles de puertorriqueños obnubilados por el agradecimiento y el temor a perder el vínculo con ese país. Hay otros más que no sienten ni lo uno ni lo otro, los que andan por ahí diciendo que son ciudadanos del mundo. Estas disquisiciones cuasi teológicas de unidad y diversidad, seriatim o concurrente, son tan pertinentes a la atracción de capital español al país, como la discusión sobre los «pay toilets” que han instalado en el cielo. Precisamos nuestra cultura, diferenciada a la de la metrópolis, a base de sus adornos más peculiares: peleas de gallos, pitorro, música campesina, frituras et al. Pero a la hora de fumar y beber hay que importar lo fumado y lo bebido. Igual las viandas, claves en la dieta, vienen ahora mondadas y refrigeradas de otros países donde se cultiva. Por fortuna llegan unas ayudas para fomentar la estabilidad social y la obediencia ciega y dogmática cortesía del capital norteamericano, razón por la cual aquí no hay un cuadro espeluznante de necesidad ni ayunos a muerte ni bombas en los zapatos. Hay plata en el bolsillo, poca pero hay.
En la mayoría de los casos la barriga se llena, y nos entretenemos en el nacionalismo de héroes, no de pólvora seca y pulso sereno, sino de bates, guantes de boxeo, músicos y cantantes de gran talla. Con eso se va tirando. Ser o no ser. Para el gobernador Fortuño somos lo que queramos ser según las circunstancias lo ameriten: ora Estados Unidos, ora boricuas y bilingües, leales a un país y enamorados de otro simultáneamente porque ha menester que estos dos últimos sentimientos no se interrumpan. No se trata del ser o no ser. No discurrimos por el trillo azaroso de Hamlet, sino que estamos instalados en la variación hemingwayana: tener o no tener, esa es la cuestión.
Para el ser o dejar de ser hay mundos alternos en el plano subatómico y en las salas de tratamiento intensivo de los manicomios. Cabe suponer que a los españoles les resultará curioso eso de que no entendamos la diferencia entre lealtad y amor. Y no somos bilingües. La marca de esta facultad es leer un ensayo en la lengua extranjera y tomar posiciones coherentes en torno de lo leído. Por ello me atrevo a insinuar que ni siquiera lo son una gran parte de los cuatro millones de boricuas que viven en los EE.UU., mucho menos los cuatro millones de aquí que en algún momento se dejarán caer por allá para mejorar sus condiciones de vida en las comunidades hispanas que se han desatado por allá. Y vienen obligados a tales asentamientos porque enfrentan problemas de biotipo y colorización … y de etiquetación en cualquier otro lado. Esto no empece a que somos Estados Unidos y encima de eso leales. “Dark skinned hispanic male speeding eastbound with open intoxicant in car” y hay que joderse porque viene, como decía Machito , “el guardia con el tolete”. Es que no tenemos necesidad de ser bilingües porque manejamos nuestros asuntos en castellano aunque el inglés se ha colado insidiosamente en ciertos y determinados asuntos que aún no son eje y función primordial para vivir en el país. El bilingüismo se queda en el suspiro de alivio cuando el taxista de Nueva York es hispano. Porque el manejo de la otra lengua se limita a ordenar: “airport, meter”.
No soy de altas escuelas, sólo viejo y recuerdo que antes se nos distinguía por las camisillas y la brillantina (West Side Story) pero ya nadie usa ni la una ni la otra. Era eso y una costumbre muy criticada, un gesto particular que se hacía inadvertidamente, casi como reflejo: cambiar de sitio el colgante testicular, en los gallos y en la misa; algo genético, supongo, que con el tiempo —y los calzoncillos Jockey— mutó. No he visto a nadie hacerlo. Me he quedado solo.

