In memoriam: Diane Keaton 1946-2025

Diane Keaton, aquella presencia luminosa que atravesó el Hollywood del siglo XX con una mezcla rara de ternura, ímpetu y elegancia, construyó una carrera que desbordó los moldes que la industria pretendía imponerle. Desde Play It Again, Sam hasta su consagración como Kay Adams en The Godfather, Keaton demostró una versatilidad que incomodaba a quienes preferían las mujeres decorativas. Con Annie Hall, Allen escribió para ella un manifiesto involuntario sobre la libertad creativa: ganó cuatro Oscar y abrió el camino al nuevo naturalismo del cine estadounidense. Pero Keaton era más que personaje: fotógrafa rigurosa, cantante de susurros precisos, obsesionada con capturar silencios. Su muerte en 2025, resguardada por un hermetismo casi político, no apagó nada. Su obra sigue ahí, viva, recordándonos que el arte verdadero nunca se somete.

Blue Moon

Linklater regresa al territorio del diálogo feroz con Lorenz, una pieza fílmica que más parece un drama de cámara que un biopic. Ethan Hawke encarna a Lorenz Hart, el letrista brillante y atormentado que, mientras Oklahoma! celebra el éxito de su exsocio Rodgers, bebe y se desangra de ironía en el bar Sardi’s. Allí conversa con un camarero paciente, un pianista soldado y el escritor E. B. White, invocando los fantasmas del ingenio, la rima interna y la soledad. Entre copas y frases que duelen, surge su amor imposible por la joven Elizabeth Weiland, símbolo de un deseo que no se consuma. Las canciones —Blue Moon entre ellas— resuenan como epitafio de un hombre quebrado por su propio talento. Linklater y Hawke entregan un retrato íntimo, melancólico y afilado como verso perfecto.

Novocaine

Hollywood no ha muerto, pero sigue con resaca: pandemia, huelga y televisión hecha trizas. Del caos brotaron rarezas como Joker: Folie à Deux y Emilia Pérez, donde los criminales cantan en vez de morir tiroteados. En medio de este lodazal creativo aparece una película menor pero simpática: dirigida por Dan Berk y Robert Olsen, y escrita por Lars Jacobson; éstos nos entregan a un «superhéroe» que no siente dolor porque padece CIPA, un síndrome tan raro que en la vida real los pobres diablos que lo sufren no llegan a la adultez. En el filme, Nathan Caine, un buenazo incapaz de sentir dolor, protagoniza esta trama, que pasa de comedia romántica torpe a thriller absurdo tras un asalto navideño. Jack Quaid, flaco como Michael Shannon muerto de hambre, brilla en una farsa donde los golpes no duelen, pero sangran. Ríase mientras pueda: el brazo sigue sangrando, aunque nadie lo note.

The Brutalist

The Brutalist es una película que utiliza el título de un estilo arquitectónico para representar tanto el tema central como a los personajes principales, quienes son brutales a su manera. Dirigida por Brady Corbet, la trama sigue a László Tóth, un judío-húngaro superviviente del Holocausto, que llega a Estados Unidos en busca de una nueva vida. A lo largo del filme, se enfrenta a la discriminación, el antisemitismo y la incertidumbre, pues fue separado de su esposa y sobrina. La película se divide en dos partes y un epílogo, donde Tóth se encuentra con un millonario, Harrison Lee Van Buren, quien lo emplea para diseñar un proyecto ambicioso con estilo brutalista. A lo largo de la película, se explora el contraste entre la admiración y la envidia en la relación entre ambos personajes. El filme también rinde homenaje a los judíos desplazados que emigraron a América, aunque deja en claro que no es el país que los recibió quien celebra su obra. La película se enfoca en las contribuciones de los emigrantes a las artes, pero, aunque cuenta con actuaciones destacadas, no sobresale entre otras obras sobre sobrevivientes del Holocausto.