Esta es una colaboración entre 80grados y la Academia Puertorriqueña de la Historia en un afán compartido de estimular el debate plural y crítico sobre los procesos que constituyen nuestra historia.
Ya se logró el deseo de Juan Bautista García, personaje de
Tommy Muñiz en el programa de televisión “Los García”. Juan, como a menudo le apocopaba el nombre la actriz Gladys Rodríguez, solía exclamar -¡Sea mi vida gris!

Fotograma del programa «Los García»
Y es que gris se ha tornado el paisaje urbano puertorriqueño en los últimos años con el afán obstinado de los diseñadores del patio por dejar a la vista los muros de hormigón armado y pintar edificios, paredes, ventanas y rejas de dicho color y sus variantes. No hay mal intrínseco en ello, excepto que, a estas alturas, es obvio que se hace irreflexivamente, tendiendo un velo duro de monotonía sobre la urbe.
Podemos despacharlo como moda, pero la moda es siempre menos trivial de lo que suponemos. Lo que la moda tiene de furor y novedad, oculta paralelamente lo embarazoso de lo que le subyace: una complacencia compulsiva compartida por un grupo o grupos, una acción carente de criterio propio. La moda se asume como cuestión de estatus (ser como el otro), aunque se disfrace como preferencia personal.

Antiguo Tribunal ahora Centro de Arte en Humacao
En los años 80 del siglo pasado a todos en Puerto Rico “gustaban” las casas con techos a dos aguas, las columnas clásicas, pedimentos, tejas de barro y losa coralina, primando el crema y el color salmón, todo orlado por vivos en blanco. Las ventanas francesas en “almond” fueron la selección del momento. A partir de los 90, los techos volvieron a ser planos, las columnas adelgazaron, se inclinaron y comenzaron a verse en metal. El blanco hizo su “comeback” y aparecieron grandes ventanales de cristal. Entrado ya el siglo 21, el virus del gris había hecho su aparición como agente infeccioso: elementos estructurales, puertas, ventanas, paredes, topes, rejas, verjas y pavimentos… todos sucumbieron al gris pandémico. Y así, hoy se pavonean por nuestras ciudades, casas, condominios, viviendas de interés social y edificios públicos y privados, todos uniformados en tono plomizo.

Escuela en Bayamón
Nadie está exento del impacto de la moda, por lo que procede aquí un descargo de responsabilidad: en nuestros trabajos de arquitectura también hemos sucumbido al virus del gris. Es inevitable. Claro, hay grises y hay grises. Henry Klumb, pionero de la arquitectura moderna en Puerto Rico, arropó la mayoría de sus edificios de tonalidades grisáceas diversas. Sin dejar de ser gris, unas “tiran” a verde y otras al azul, pero Klumb evadió siempre ese “battleship gray” (gris acorazado o naval reminiscente de la recién concluida Segunda Guerra Mundial) tan popular ahora que, por ser neutro, mustio y de poca luminosidad, sirve quizás para que una embarcación pase desapercibida por aguas del Estrecho de Ormuz. Es el más basto de los tonos – incongruente con el contexto tropical – pero lo vemos más que bastante en la Isla porque se mercadea ampliamente. Actualmente, un distribuidor de pintura denomina su color más popular como “intellectual gray”, como si bastara el nombre para otorgarle al color una virtud que corresponde a la arquitectura, por sí sola, demostrar.

Gris acorazado
No motiva este artículo identificar quién se robó los otros colores de la caja de crayolas. Sabemos que fue la moda. Sin embargo, este historiador se ha antojado de ser cronista para la posteridad y dejar constancia de cómo los habitantes perciben su ciudad en las primeras décadas del siglo 21.

Portón y adorno en un teatro en Hormigueros
Y es que – por común que sea el fenómeno, por mucho que la ciencia estudie el comportamiento de manada y la mentalidad de rebaño, o se encapsule este hecho social bajo el término “desindividualización” – no deja de sorprender cómo una tendencia colectiva y temporal dictada por el comercio y el consumo es aceptada socialmente y hace creer a una persona que se trata de una preferencia individual, de su gusto particular, de su ser auténtico. Nada más lejos de la verdad.

Edificio Histórico en Cayey
Y es que, dada la incertidumbre política, social, económica y cultural que hoy experimenta el país, asusta que nos aferremos sin aparente explicación a lo sombrío, a lo anodino, avalando un tono que suele simbolizar ambigüedad moral y evocar estados de melancolía y entrega.
Evitemos acostumbrarnos a leer la ciudad y el país en gris.
