“Cuentos para fomentar el exilio” es el título que podría llevar esta nueva colección de cuentos de Carlos Vázquez Cruz, que tanto evoca la lucidez, la puntualidad, la urgencia del clásico de Belaval. Talón de brea es la más reciente adición al corpus de narrativa de Vázquez Cruz (Puerto Rico, 1971), quien tiene a su haber una decena de publicaciones que comprenden, además de cuento y novela, poesía y crítica literaria.

Portada del libro de Carlos Vázquez Cruz, Talón de Brea.
NELSON RIVERA: Hoy es domingo, 3 de mayo de 2026. Todavía estamos vivos.
CARLOS VÁZQUEZ CRUZ: Todavía.
NR: Que ya es mucho decir. ¿Dónde estás?
CVC: En Michigan, EUA.
NR: Y yo en San Juan de Puerto Rico. Quería hablar un ratito contigo sobre tu literatura, específicamente sobre tu nuevo libro de cuentos, Talón de brea, publicado por Riel Editores. En los últimos años han aparecido en Puerto Rico un número de narraciones de tipo histórico, entre otras, varias novelas de Marta Aponte Alsina, tales como La muerte feliz de William Carlos Williams y Los botánicos alemanes; Muere Riggs de Rafael Acevedo; los cuentos Falsas crónicas del sur de Ana Lydia Vega; y la más reciente, Los nidos de Xavier Valcárcel.
CVC: Jaime Marzán e Hiram Lozada también se han ido por esa línea. En cuestiones más recientes, aunque no sean necesariamente sucesos históricos, porque son contemporáneos, Ada Torres Toro ha publicado una novela sobre asuntos que eventualmente leerán como históricos, ¿no?
NR: A eso iba. Ciertamente Talón de brea no es cuentística histórica, porque cuando hablamos de literatura histórica pensamos en asuntos del pasado y, sin embargo, cuando leo Talón de brea siento lo mismo que cuando leo Redentores de Zeno Gandía. Esos textos, contemporáneos al momento en que se escriben, se sienten como si fueran la historia de ese momento. Igual con Pasión frontera de Francisco Font Acevedo y Esto también es una casa de Cezanne Cardona. Puedes recoger esa historia años después y sentir el tiempo en que se escribieron. En Talón de brea, veo el retrato de un periodo particular, en un lugar muy particular también. Se siente como historia, o que eventualmente se mirará como historia. ¿En cuánto de eso estabas pensando cuando lo escribiste? ¿Querías recoger ese momento, que también está atravesado por el pasado? Tu libro se desarrolla en unos años específicos, mediados de los años diez y principios de los veinte, pero hay una historia mucho más larga detrás.
CVC: Empecé a escribir el libro en 2015. El primero de los cuentos se publica en una antología en 2017 y el último relato acontece durante el año de la pandemia. No estaba pensando en documentar la historia, no, pero sí hay otros rasgos que, cuando se combinan, redundan en eso, aunque sea inconscientemente. Como artistas, tenemos diferentes opciones. Una de las que he asumido es tomarle el pulso a la sociedad en la que vivo y traer otra perspectiva que no sea necesariamente la que figura en las noticias, en las redes sociales; la de la inmediatez y la fugacidad. Tampoco quería que fuera un elemento fijo, sino movible, líquido, que constantemente se amoldara a diferentes escenarios, como pasa con la vida. En cada escenario, la persona está performing, ejecuta un rol específico y, a veces, muchos roles dentro del mismo momento, pero también carga con un bagaje, con una historia. Cuando migra, se encuentra entre dos países y tiene que lidiar con eso. La música me ayudó mucho porque esa formación me lleva a establecer contrapuntos y empezar… “este lugar versus el otro, este lugar versus el otro”, pero mientras se narran ambos lugares de manera alterna, también se cuenta alternadamente la evolución del sujeto, y cómo ese ser, además de ver lo que ve, se revela mediante la forma en que cuenta y nos permite observar su pasado a través de su propio filtro. Estos contrapuntos geográficos entre Puerto Rico y Carolina del Norte pasan con el individuo, pasan con el lenguaje. Por eso hay instantes en que les he dicho a mis consejeros de escritura creativa, “déjenme esta palabra, que es puertorriqueña”. Necesito que ese español de Puerto Rico esté ahí. También escribo pensando en ir contra todo pronóstico, en el sentido de que siempre me han recomendado, “tienes que escribir así, qué van a pensar las personas que no entiendan estas palabras en México, Argentina o España”, y contesto, pero si tuve que buscar en el diccionario cuando leía textos de México, Argentina y España porque ninguno de estos escritores pensó en mí como lector, ¿por qué tengo que pensar en estas personas? Desde que racionalicé eso, decidí que nunca iba a escribir desde la baja autoestima. No estoy confrontando ese problema con mis editores, pero lo he confrontado antes. No puedo escribir desde la baja autoestima, porque siento que hacerlo es una conducta colonizada, del colonizado. Quiero que todas mis marcas estén ahí, que el lenguaje mismo, la forma y el fondo, lo reflejen.
NR: Tus textos están colmados de tu conocimiento de la literatura, de tu relación con la literatura en general. Lo veo también en Cezanne Cardona. Su novela está infiltrada por la literatura, desde Homero hasta Matos Paoli, una historia completa de la literatura que está ahí, viva, en Vega Baja. En tu caso, que residías en Chapel Hill, North Carolina, toda esa literatura vive ahí también.
CVC: Hay gente que dice, “no voy a leer para no contaminarme” o “la literatura nace conmigo” y escribe tratando de erradicar toda influencia: la “muerte al padre”, etcétera. Yo no. Siento que mi literatura tiene que estar en contacto con su tradición, con sus tradiciones. Mi literatura, primero que todo, tiene que ser puertorriqueña. Puede dejar de ser cualquier otra cosa, pero jamás va a dejar de ser puertorriqueña, esencialmente puertorriqueña. A partir de ahí va a seguir creando capas porque así responde a quien soy. Antes de tener conciencia, yo hablaba en español de Puerto Rico, en San Lorenzo. Necesito sentir que es una literatura orgánica, viva, porque me refleja desde todos mis flancos. Donde escribo es en Puerto Rico y, fundamentalmente, San Lorenzo, esté donde esté. Siempre he dicho que San Lorenzo es la cuna de mis mitologías. Puerto Rico lo es, y en Puerto Rico, San Lorenzo. Quiero que esa literatura puertorriqueña esté ahí. Quiero que estas influencias se vean, sobre todo la influencia fuerte del ciclo de novelas de la tierra, en la vaga atmósfera que rodea al café en el cuento “Salamanco y los PoliamorOsos”. Para mí, el mejor escritor que ha tenido Puerto Rico en todos los siglos es Alejandro Tapia y Rivera, que hasta con Póstumo se le adelantó al Orlando de Virginia Woolf, aunque son muy distintos, claro, y lo tengo como modelo de autor polifacético, arriesgado y experimental. También, quiero que mi literatura, además de puertorriqueña, sea caribeña, latinoamericana e hispanoamericana. El segundo cuento en Talón de brea, “Flora y fauna de Chapel Hill”, está inspirado en trabajos de Felisberto Hernández, uruguayo, que tenía mucho cuento sin trama y quise hacer uno similar. Quien lo lea podrá pensar, “¿qué hace este cuento aquí?, aquí no hay nada”, pero en él se patenta la psicología de la persona que va a seguir contando el resto. Esa es la gran historia. Creemos conocer la vida de quienes van llegando a Linda’s Bar & Grill, pero sólo accedemos a percepciones que, a la larga, presentan los vicios mentales de este narrador cuya voz seguirá contándonos a través del libro. También tiene de herencia el núcleo aglutinante, los espacios cerrados adonde entra la gente, que aquí no son necesariamente no-lugares, sino un sitio en donde converge la diversidad de una sociedad a la que el hablante desconoce, pero sobre la cual se siente superior porque la cataloga. Esto lo adopto del carruaje de Maupassant en “Bola de sebo”, del manicomio de Saramago en Ensayo sobre la ceguera, y de “La guagua aérea” de Luis Rafael Sánchez. El observador, como dice Sartre, siente que, a través de la mirada, domina al otro; el otro está sujeto a lo que yo veo y pienso de él. Dentro de ese núcleo aglutinante que es Linda’s Bar & Grill en “Flora y fauna…”, el narrador es todopoderoso, pero, cuando sale, descubre su vulnerabilidad en la calle. Todo lo que se construye, que vamos pensando, toda ínfula de poder es tan fantasiosa que, con salir, se confronta la fragilidad. Muchas influencias se pueden evocar: la Sagrada Familia revertida con Mary y Joseph; los cuentos tradicionales, como La Caperucita Roja y el Lobo Feroz, usando como pretexto a uno de los bartenders; el sarcasmo hacia la academia (Juan Antonio Ramos es un maestro en eso) con las estudiantes de Escuela Graduada… Todo está ahí, pero eventualmente se irá separando y, una por una, se verán hasta el final.
NR: Varios de tus cuentos en Talón de brea tienen una relación directa con unos cuentos o novelas específicas de otros autores.
CVC: En el libro entero. Son tres. Ese segundo cuento, “Flora y fauna de Chapel Hill”, lo quise inscribir en la literatura hispanoamericana por Felisberto Hernández. “Nosotros” lo relacioné con el cuento “Nosotras” de María Elena Llana, cubana: literatura fantástica, y mi cuento también tiene una dimensión fantástica; el espiritismo, que me es muy familiar; el espiritismo versus la medicina, etcétera. Se alude al cuento de María Elena Llana de manera indirecta. “La Nochebuena de Christopher Josephson” toma el título de “La Nochebuena de Encarnación Mendoza” de Juan Bosch, pero aquí hay otro tono de lo religioso y es muy distinto lo que pasa en esa Nochebuena. Quise honrar mi herencia caribeña y latinoamericana; que mi libro, siendo puertorriqueño, conectara con Felisberto Hernández por Uruguay y decir “es latinoamericano”, pero también tener a República Dominicana y a Cuba, una al lado de la otra, el alusivo a María Elena Llana primero y después el que dialoga con Bosch.
NR: Es uno de los aciertos de tu libro. Se desarrolla en un espacio tan poco caribeño como Chapel Hill, pero se siente que salió de San Lorenzo.
CVC: Cuando uno se aleja, busca siempre contacto con el origen. Muchas veces lo hacemos por la comida; otras veces, por la música. Ponemos en Navidad a los Cantores de San Juan o a la Tuna de Cayey o a Danny Rivera. Cuando escribo, empiezo mucho a manuscrito. Siento que, metafóricamente, ese hilo de palabras es como un cordón umbilical que me conecta con el origen, con el sitio de donde salí, específicamente, el español de Puerto Rico, aunque esté intervenido por la academia, una academia que empecé a tener en la Isla. No es una academia que se adquirió fuera, no. Cuando salí graduado de la Universidad de Puerto Rico y llegué a Nueva York, no tenía nada que envidiarle a nadie. Cuando me senté el primer día en una sala de clases en New York University y mis compañeros empezaron a abrir la boca, dije, “yo no tengo nada que envidiarle a esta gente”. Independientemente de los conflictos que haya tenido con la educación puertorriqueña, nuestra educación no desmerece en ningún lugar. Eso se refleja cuando escribo. Incluso cuando hablo de “Una Gran Universidad” en mi literatura, esa “Gran Universidad” es para mí la Universidad de Puerto Rico, no porque todo lo que haya pasado en los libros sea cierto, sino porque es mi modelo de una gran universidad, con todo lo bueno y lo malo.
NR: Esa ha sido la experiencia de prácticamente todos los que hemos estudiado alguna vez fuera de Puerto Rico después de habernos graduado de nuestra Universidad. Tenemos una educación privilegiada.
CVC: Mucha gente lo reconoce, y no lo dice.
NR: A través de tu trabajo narrativo hay un elemento siempre presente, que es la violencia. Se me hace difícil pensar en otro escritor que sea tan consistentemente violento como tú (risas).
CVC: Fíjate, no lo había pensado (risas).
NR: Tus novelas y cuentos son sufridos y tremebundos, y este libro nuevo no es la excepción. Una violencia a muchos niveles: la familiar, que reciben los niños, adultos, ancianos, a nivel íntimo, y a nivel político, social. Me interesa cómo trabajas la violencia a través del lenguaje, que se convierte en el arma para luchar contra toda esta violencia. Cuando termino un libro tuyo, es siempre con el corazón oprimido.
CVC: Me quedo pensando porque es una pregunta que nunca me habían hecho. Nunca he escrito un libro que me haya hecho sentir bien. Hay una gratificación de que quieres calidad, de que quieres contar buenas historias, pero no son libros que me hacen sentir bien. Cuando terminé Dos centímetros de mar, me acosté en la cama mirando al techo, y las lágrimas me caían por los lados al mattress, y lo único que decía era, “bendito, Carlos”. Tengo que traer estos asuntos. Alguna gente me ha preguntado por qué escribo sobre personajes crueles. Les digo, “mira al lado tuyo”. Nadie está exento de esa naturaleza humana.
NR: Cuando bell hooks estuvo en San Juan, una de las cosas que dijo en su presentación fue que se debía estar hablando de la violencia de las mujeres hacia las mujeres.
CVC: Hay que hablar también de las violencias dentro de los mismos grupos. Es importantísimo. No estoy aquí para asumir un bando, estoy aquí para mirar la vida. En ese transcurrir, muchas cosas pasan y uno las registra porque si no, uno se hace partícipe también. Lo que me pasa con la violencia es que la he visto, sea porque me ha llegado en carne propia, o la he atestiguado. La he visto desde momentos en los cuales no tenía ni la fuerza para pelear ni el lenguaje para nombrar, y me he percatado de que, mientras más alta es la escena, más se refina la violencia, pero ese refinamiento no le quita su contundencia ni su letalidad. No estoy aquí para retratar la vida, “así es, tal como es, sino para retratar la esencia impalpable de esa vida, “así es”, aunque no sepa “cómo es” concretamente. Por eso puedo cambiar el escenario, pero transmitirte lo que sentí. No quiero capturar las escenas ni a los personajes, sino a esos elementos abstractos, uno de los cuales es la violencia, máxime cuando viene acompañada de una justicia desentendida. Tú la puedes sentir, como dices, pero es porque yo la sentí primero. Habrá quien diga, “ay, me sentí así”, como si yo no hubiese experimentado lo mismo. La magia del lenguaje es que te permite transmitir. Cuando te rías, jura que son las partes en que yo me reí. Cuando te indignes, jura que son las partes en que me indigné, y cuando sientas la violencia y el dolor y la frustración, ten la seguridad de que fueron los instantes en que yo los sentí. El lenguaje como transmisor, ¿no? Primero lo usé como el cordón umbilical que me conecta con ese origen, pero, como escritor, representa el cordón umbilical que, como cable de teléfono, facilita ahora la comunicación entre mi extremo y el del lector.
NR: Y lo que también hace tu violencia tan terrible es tu humor. De las cosas más devastadoras de tu literatura es que se dicen las cosas más terribles e inmediatamente después hay un chiste, o se dicen dentro de un chiste y entonces uno no sabe si reírse o morirse (risas).
CVC: No sé si es de todo el mundo, pero sé que es muy caribeño que el humor acompañe esto. No hay forma de soportar tanta desavenencia, tanta agresión, tanto horror, si no es con el humor. Quiero hacer esta diferencia entre el humor y el chiste, porque tampoco es gratuito. El humor cumple una función, como un fuelle. De momento, sopla, pero luego descansa para seguir y avivar el fuego. Eso es lo que hacemos nosotros, sobre todo, en Puerto Rico.
NR: ¿Piensas que la forma en que usas el lenguaje es un arma de combate, o de protección?
CVC: No, creo que es más de combate que de protección, porque no me interesa estar seguro. Si fuese así, escribiría desde la comodidad. Sé lo que estoy arriesgando, sé lo que estoy diciendo, y sé que lo estoy diciendo porque lo quiero decir. Me quiero unir a otros escritores puertorriqueños que dan la batalla por Puerto Rico, un país amenazado con desaparecer. En todo sentido, mi escritura es política. No tengo la intención de hacerte sentir bien, de pensar en flores y mariposas. Pongo mi carne al ruedo. No publico con seudónimo. Estoy pensando mucho en la generación del 70 y en gente como Marta Aponte Alsina, específicamente: narraciones incómodas que no buscan congraciarse con nadie. No escribo para obtener el favor de los demás. Escribo por mi literatura y quiero que esa literatura sea orgánica, autorreferencial, pero que también refleje mis posturas. Si quieres saber cómo es Carlos Vázquez, léelo. Ahí lo sabrás. Todo elemento ajeno, no necesariamente lo es.
NR: En todas tus narraciones hay una conciencia de nuestra situación colonial, pero en Talón de brea esta conciencia es aún más aguda, crítica. Posiblemente, porque es de las pocas de tus narraciones que se desarrolla fuera de Puerto Rico. Me interesa explorar cómo en este nuevo libro trabajas a tus personajes, algunos de los cuales son puertorriqueños, otros latinoamericanos o estadounidenses, y cómo la ideología política de los personajes se liga a su situación de clase social. Por ejemplo, cuando hablas de los asimilistas, exhibes un desprecio hacia esos personajes, pero si son de clase media baja, hay, además del desprecio, una compasión, y hasta una comprensión. Lo que usualmente hemos visto es que el personaje asimilista se presenta con desprecio y ya, pero en tu trabajo se le mira desde una perspectiva muy distinta que creo que está ligada al asunto de clase.
CVC: Bueno, sí está ligada al asunto de clase, pero, lo tengo que decir, está ligada a mi propia vida. Esa crítica al sistema siempre ha estado, pero lo abiertamente político, lo político partidista que tenga que ver con esa ideología ocurrió por primera vez al escribir a Débora de Lourdes Sauerkrautfrankfurterberger, un personaje LGBTQ de mi novela anterior, Las siete Partidas, que se convierte en presidenta del Senado por un día y decide transformarse en otro instrumento más del poder: abusar de él y todo eso. He tenido un proceso de toma de conciencia muy personal. Debido a mi afiliación anterior, lo único que recibía era crítica, crítica por eso, pero estaba solo fuera de esa crítica. Me dejaron solo para descubrir el camino. Entonces, tuve que quedarme con dos o tres personas que me confrontaban, que me decían, “Pero es que tu literatura no concuerda con esto que dices ser tú. Mírate ahí. Mira tu lucha de clase, tu denuncia de las violencias hacia las mujeres, tu exposición del racismo, tu afirmación del español puertorriqueño y de la diversidad sexual, tu ataque a la hipocresía religiosa y partidista, tu antiestablishment, tu propuesta artística como proyecto nacional”. Esa gente me apuntaba hacia qué ver de mi propia escritura, qué ver de mi propio proceso, y fue con esa gente que mi toma de conciencia se levantó, pero sola, con muy pocas personas. A esos pocos los atesoraré siempre. Ya cuando escribí a Débora de Lourdes, llegué al límite en que ese desprecio por el asimilismo se acepta, se asume, y surge la conciencia de que no puedo querer para el país lo que no quiero para una persona porque un país es la suma de sus individuos. Si quiero que una persona sea independiente, debo querer que mi país sea independiente. Si quiero que una persona sea instruida, necesito que mi país tenga acceso a la educación. Si quiero que una persona luche por lo que quiere, necesito que mi país luche por lo que quiere. Asumí esto poco a poco, tortuosamente, y, aun cuando en mi literatura se reflejaba, no lo podía ver como me lo señalaban. Esta toma de conciencia llega, e independientemente de que haya una compasión, esa compasión se manifiesta porque yo estuve ahí. Es una desaprobación por el asimilismo, el entendimiento cabal de una experiencia que conozco bien. Tengo compasión porque, de abajo hacia arriba, los pobres ponen sus ilusiones en manos de líderes que se aprovechan de ellos para olvidarlos en cuanto llegan al poder. Tengo compasión porque, cuatrienio tras cuatrienio, reciclan esa ilusión sin percatarse de que la estadidad nunca va a llegar, les prometieron un futuro que no existe. En ese sentido, no estoy aquí para juzgar a mi personaje, porque la gasolina de los pobres es la fe. Ese es el problema que me pone en conflicto como autor. Tengo que respetar el proceso de mis personajes, como respeté mi propio proceso. Pero también tengo que ser claro de que hay una labor, una gesta política dentro de mi propia escritura. No voy a juzgar a nadie, pero tengo que mostrarlos como son.
NR: Cuando haces arte y eres un artista de verdad, no puedes mentir; es algo que siempre he dicho. Sabes que, aunque no te guste, lo tienes que decir porque es la verdad y se acabó.
CVC: Cuando negocias esa integridad, ya claudicas.
NR: ¿Cómo te sientes respecto a lo que haces en relación con lo que los demás hacen?
CVC: Fíjate, me siento muy contento de que en Puerto Rico haya tan buenos escritores. Tan contento. Maravillosos escritores. Me siento muy orgulloso de lo que hacen. Estoy siempre celebrando sus logros porque, si hay espacio entre nosotros, es porque todos cabemos. No compito contra nadie. Celebro lo que está bien hecho porque somos puertorriqueños. Si un escritor puertorriqueño, una escritora puertorriqueña, une escritore puertorriqueñe, publica en una editorial extranjera, lo celebro también, porque tenemos que hacer lo que nos toca, donde sea. Hay escritores que escriben desde Puerto Rico, otros escriben desde Nueva York, otros escribimos desde Michigan o Carolina del Norte. No importa. Sólo hace falta dar cupo, abrir espacio, reconocer lo bueno. Sí trato de que mi literatura sea única, porque no vale la pena reinventar la rueda y, menos, si ya se hizo bien. Quiero un producto distinto, único, excelente e importante. Superior a lo que hice antes. Veo que alguien echó pa’lante, que fue a tal sitio, que publicó, y estoy de verdad feliz, porque somos puertorriqueños, y no voy a poner el pie para que otro se escote. No estoy aquí para eso.
