El Multiverso de la Pesca: El Dilema de las Villas Pesqueras

Las villas pesqueras nacieron como un sueño de modernización: pequeños enclaves donde el trabajo del mar pudiera organizarse con dignidad, infraestructura y comunidad. Con el tiempo, aquel proyecto —impulsado por Sánchez Vilella y luego reforzado por programas federales y locales— se convirtió en una red de más de sesenta villas que marcaron el litoral puertorriqueño. Pero la historia no fue lineal. Entre intentos de encuadrar a los pescadores, leyes de “eliminación de arrabales” y esfuerzos por controlar territorios considerados marginales, las villas terminaron atrapadas entre la burocracia, la desinversión y el turismo de enclave. Hoy, muchas agonizan entre abandono y privatización, mientras los pescadores reinventan, a pulmón, lo que el Estado dejó caer. Allí persiste la verdadera villa: una comunidad hecha de memoria, saberes y mar.

Extinciones masivas de nuestras fuentes históricas

Las páginas quemadas de nuestra historia no son accidentes, sino crímenes de indiferencia. Desde la quema de Caparra en 1513 hasta el cierre reciente del Archivo General de Puerto Rico sin luz ni climatización, la memoria nacional ha sido tratada como basura, literalmente. Incendios, saqueos, negligencias, burocracias ineptas y proyectos de ley cínicos han reducido a cenizas archivos municipales, colecciones de salud pública, actas de ayuntamientos y legados enteros como los de San Germán, Vega Baja o Utuado. Cada pérdida encoge el país: la historia que sobrevive queda mutilada, filtrada por los ojos del poder. No se trata solo de documentos: son voces, luchas, pruebas de lo que fuimos. Sin archiveros, sin estructuras seguras, los papeles mueren como animales en cautiverio. Y con ellos, muere también la posibilidad de contarnos sin mentirnos.

Los cacicazgos taínos y la historia antigua de Puerto Rico

Francisco Moscoso desmonta la manida frontera entre “prehistoria” e “historia”, esa línea trazada por imperios para clasificar a los vencidos como salvajes sin pasado. Desde los cacicazgos taínos hasta el lenguaje que aún nos habita, Puerto Rico tuvo historia antes de Colón, aunque no la escribiera en papel. Los taínos cultivaban, gobernaban, veneraban, hablaban y nombraban su mundo. ¿Que no usaban letras? Pues hablaban con la tierra, con los dioses y con el maíz. Moscoso exige que se reconozca a los taínos como sujetos históricos, no fósiles de museo ni figuritas para el folclor. Basta de repetir que todo empezó en 1493. La memoria, como dijo Las Casas, también es historia. Y esa memoria indígena aún sopla entre palabras, conucos y nombres que siguen latiendo en esta isla colonizada hasta la médula.