Boricuas de todas las especies: A propósito de una visita a la residencia artística de Bad Bunny

En Puerto Rico, el dolor tiene ritmo y el exilio se anuncia con un apagón. Por eso, cuando retumba la tarima y el pueblo canta “no me quiero ir de aquí”, no estamos en un concierto: estamos en un acto colectivo de afirmación radical. La residencia artística de Bad Bunny en el Choliseo no fue solo una hazaña logística ni una operación económica de precisión milimétrica. Fue una misa profana contra el desaliento. Fue el testimonio sonoro de un pueblo que resiste con los pies, con el sudor y con los besos.En un país donde el colonialismo ha afinado la maquinaria del sufrimiento como un reloj suizo, la música aparece como un antídoto encarnado. Thích Nhất Hạnh hablaba de encontrar el lugar del cuerpo que no duele. Acá, le decimos: baila. Porque al bailar, aunque no se cure el trauma, se suspende el peso.

Un verano en PR: Bad Bunny y el encantamiento decolonial combativo de la música afro-caribeña

Bad Bunny no regresa al Choli este verano: se instala, como se instala un altar en medio del desmadre colonial. No me quiero ir de aquí no es una gira: es una afirmación ontológica, una trinchera bailada frente al desplazamiento. En DeBI TiRAR MáS FOToS, el conejo muta en hechicero del Caribe urbano—reivindicando la música como arma contra el olvido, el desarraigo y el cinismo de la historia oficial. Salsa, bomba y perreo devienen rito, memoria en movimiento. Nueva York se vuelve Nuevayol, la diáspora se rinde al embrujo de un verano sin fin. Lo que parecía reguetón es, en realidad, un contra-hechizo. Porque en el archipiélago borincano, bailar todavía puede ser insurgencia. Y eso, ¡coño!, incomoda.