LLAMARLE TRAUMA PODRÍA SER UNA EXAGERACIÓN, por carecer del impacto directo con el que luego asociaría el hecho traumático, pero he de admitir que tengo memorias cargadas de ansiedad del terremoto de Nicaragua de los 1970s, que fue la primera vez que supe que la tierra era cualquier cosa menos estable.
Tendría unos cinco añitos.

Cartel de la película Earthquake, donde se marca un evidente cambio de época, es decir un hecho social total, que abarca la totalidad de los espacios de la vida y todas las dimensiones de la persona. Aquí se presenta el Star system histórico transicionalizando con nuevas costelaciones de los 70.
Contrastando con la saturación contemporánea de imágenes y vídeos de cataclismos, en 1972, el terremoto con epicentro en Managua no pudo tener demasiada cobertura gráfica, pues no recuerdo imágenes. Sí recuerdo el luto nacional frente a la efigie de Roberto Clemente, quien muere en un accidente aéreo llevando ayuda a Nicaragua.
Lo cataclísmico en mi imaginación infantil colapsó, en una misma memoria de pesadumbre, con la crisis política de Watergate y una huelga monumental en Puerto Rico, ocurriendo todo muy cerca de la tragedia nicaragüense.
La película Earthquake del 1974 suplió las imágenes de terror que no pude ver de Nicaragua, y que casi coincide con la renuncia de Nixon a la presidencia.

Escena de Earthquake
Así como ignoré el deporte en mi infancia, ese vacío de memorias deportivas lo llenaron los noticieros, que veía junto a mi padre y, por supuesto, el cine.
Añadan la “crisis del petroleo” de 1973, que se comió a toda la década, las películas de desastres — las Airports, Towering Inferno, Hurricane, Poseidon Adventure, etc. —, y la amenaza de que se explotaran las gomas del auto en movimiento por los “sabotajes” de la huelga de “Fuentes Fluviales” de 1973, y tienen a un Miguelito Ángel cultivando un trauma que junta crisis “naturales” con “crisis política”.
Mi comportamiento felino de estudiar la situación antes de tomarme riesgos creo que viene de haber crecido en la atmósfera de ansiedad de los 1970s. Mi desprecio al escapismo de Star Wars, que alejó al cine del “disaster movie genre”, viene de haberme instalado, permanentemente, y quizás confortablemente, en el trauma.
La era disco y la salsa gorda, hacia el último tercio de la década, balancearon mi temperamento, pues descubrí tener vocación natural para el baile. Podría casi decir que desde entonces engaveté las memorias traumáticas, y me dejé amoldar el espíritu por una línea más sibarita que pesimista.
Las imágenes de Venezuela, sin embargo, me han dejado saber que mi gavetero de traumas sigue en sitio, y ha abierto memorias que al día de hoy me persiguen, como la escena del elevador de Earthquake, con sangre salpicando a la cámara, o la cantidad de edificios a medio construir en los 1970s, incluyendo mi actual hogar, por la “crisis de la gasolina” y la fuente de conflicto: un muy abstracto y decontextualizado “Medio Oriente”.

El titular de Nixon es la autopsia del poder sin maquillaje: un presidente acorralado rompe la ley para salvarse, y el periódico lo convierte en cadáver político de primera plana. Kissinger, mientras, se encuentra con Brezhnev para discutir sobre los palestinos.
Gaza me ha llenado toda mi capacidad para ser testigo visual del horror, y creo que mi tristeza estacionaria actual le debe mucho a eso, como a la tragedia política de Estados Unidos, Puerto Rico y el mundo.
Una gran parte de mi imaginación creativa hoy trata de conectar con tramas alegres, y quien interactúe conmigo se sorprendería de mi lado payasín, pero la realidad es que domina en mí un clima de pesadumbre cataclísmica, que viene de muy atrás, quizás de esos setentas donde un niño con ojos y oídos escuchaba los gritos de un mundo en crisis.
Mi interés por la ruina arquitectónica viene del desfase entre escuchar las historias de mis padres, ver las numerosas fotos que tenía mi madre en contextos de jovialidad, y no poder compatibilizar el carácter festivo y olor a nuevo de todo eso con el deterioro urbano del San Juan en donde llegué al mundo en 1966.
Santurce, en ese sentido, es el lugar de encuentro de la ruina urbana, las pancartas de cine anunciando tragedias — “Krakatoa”, —, interceptadas por puteros, club nocturnos y rótulos de neón con copitas de champán parpadeantes, junto al anuncio de “Cabaret”, que estuvo año y medio en cartelera.

González Padín en Santurce fue una escenografía del deseo moderno. Una catedral comercial iluminada en medio de la noche urbana, con vitrinas como promesas, maniquíes como fantasmas elegantes y ese rótulo monumental diciendo que el Santurce decadente, por un momento, también quiso parecer capital del mundo.
Entre las piernas de la Minelli, las vitrinas luminosas de Padín, la picardía de la fachada de El Cotorrito, la monumentalidad de la Central High, y alguna que otra fachada Art Decó, Santurce le decía al niño Miguelito Ángel que otros mundos eran posibles, que hubo pasados mejores — allí estaban las ruinas para probarlo —, y que “Terremoto” acabada de ver en el Cinerama de la fea Fernández Juncos, con Sensurround, no era nada más que una película de muerte y no la totalidad de la vida.

Para un niño que venía mirando edificios cansados, vitrinas encendidas y marquesinas de tragedia, esa imagen decía otra cosa: que el mundo podía estar cayéndose a pedazos, sí, pero todavía quedaba música, piernas en alto, lentejuelas y una insolencia vital negándose a morir.
Como pueden ver, mi fórmula de sobrevivencia ha sido enfrentar el horror con el mismo fervor y entusiasmo con el que abrazo a “my own private Weimar”.
